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lunes, 29 de agosto de 2016

RUSIA Y EL MUNDO

RUSIA Y EL MUNDO
(Fin del artículo)


Los nuevos desafíos y amenazas


Irán se encuentra actualmente bajo la luz de los proyectores. Es evidente que Rusia siente preocupación por la creciente amenaza de desencadenamiento de una operación militar contra ese país. Si eso ocurriese, las consecuencias serían desastrosas. Es imposible imaginar su verdadero alcance. Estoy convencido de que ese problema debe resolverse de forma pacífica. Nosotros proponemos que se reconozca el derecho de Irán a desarrollar su programa nuclear de carácter civil, incluyendo la producción de uranio enriquecido. Pero eso debe hacerse poniendo toda la actividad nuclear iraní bajo el control minucioso y confiable del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Si eso funciona, será posible levantar todas las sanciones adoptadas contra Irán, incluyendo las de carácter unilateral. Occidente se ha dejado llevar por su tendencia a querer castigar a ciertos países. A la menor contrariedad, [Occidente] impone sanciones e incluso emprende una operación militar. Yo quisiera recordar que ya no estamos en el siglo XIX y ni siquiera en el siglo XX. También es muy seria la situación alrededor del problema nuclear norcoreano. En contradicción con el régimen de no proliferación, Pyongyang exige abiertamente el derecho a disponer de un programa nuclear de carácter militar y ya ha realizado dos ensayos nucleares. El estatuto nuclear de Corea del Norte es inaceptable para todos. Seguimos siendo favorables a la desnuclearización de la península de Corea, por vías exclusivamente políticas y diplomáticas, y exhortamos al restablecimiento de las negociaciones a seis bandas.

Sin embargo, es evidente que no todos nuestros socios comparten ese enfoque. Tengo la convicción de que en este momento hay que ser especialmente prudentes. Son inadmisibles los intentos de poner a prueba la resistencia del nuevo dirigente norcoreano, lo cual puede provocar reacciones apresuradas. Recordemos que Rusia y Corea del Norte tienen una frontera común y, como sabemos, nadie escoge a sus vecinos. Continuaremos un diálogo activo con el gobierno de ese país y el desarrollo de relaciones de convivencia, mientras incitamos a Pyongyang a resolver el problema nuclear. Es evidente que ello sería más fácil si se fortaleciera la atmósfera de confianza mutua en la península y se reanudara el diálogo intercoreano. En el contexto de las pasiones que los programas nucleares de Irán y de Corea del Norte han desencadenado, se comienza a reflexionar inevitablemente sobre cómo aparecen los riesgos de proliferación del armamento nuclear y aquello que los refuerza. Tenemos la impresión de que los casos cada vez más frecuentes de injerencia extranjera, brutal e incluso armada, en los asuntos nacionales de un país pueden incitar a tal o más cual régimen autoritario (y no sólo a estos) a dotarse del arma nuclear, creyendo que la posesión de esa arma puede protegerlos. Y a quienes no la tengan sólo les queda esperar una “intervención humanitaria”. Nos guste o no, la injerencia extranjera da lugar a esa manera de pensar. Y es por ello que aumenta, en vez de disminuir, el número de países donde las tecnologías nucleares militares están “al alcance de la mano”. En esas condiciones, crece la importancia de las zonas libres de armas de destrucción masiva creadas en diferentes partes del planeta. Por iniciativa de Rusia, ha comenzado una discusión sobre los parámetros para la creación de ese tipo de zona en el Medio Oriente.

Hay que tratar por todos los medios de que nadie se sienta tentado a obtener el arma nuclear. Para lograrlo tiene que producirse un cambio entre los propios combatientes de la no proliferación, sobre todo entre aquellos que están acostumbrados a castigar a otros países recurriendo a la fuerza militar, despreciando así la diplomacia. Fue ese, por ejemplo, el caso de Irak, cuyos problemas no han hecho más que empeorar después de casi 10 años de ocupación. Si lográsemos eliminar por fin las razones que llevan a los Estados a tratar de poseer el arma nuclear pudiéramos dar por fin al régimen internacional de no proliferación un carácter verdaderamente universal y sólido gracias a los tratados en vigor. Gracias a ese régimen, todos los países podrían beneficiarse plenamente con la tecnología nuclear de carácter civil bajo el control del OIEA. Eso sería muy positivo para Rusia ya que trabajamos activamente en los mercados internacionales, construimos nuevas centrales nucleares con tecnologías modernas y seguras y participamos en la creación de centros internacionales de enriquecimiento de uranio y de bancos de combustible nuclear. El futuro de Afganistán es igualmente preocupante. Hemos respaldado la operación militar tendiente a aportar ayuda internacional a ese país. Pero el contingente militar internacional dirigido por la OTAN no ha cumplido con la misión asignada. Subsisten el peligro terrorista y la narcoamenaza provenientes de Afganistán. Mientras anuncia la retirada de sus tropas de ese país para el 2014, Estados Unidos está creando bases militares en ese mismo país y en los países vecinos sin disponer de ningún mandato para ello, sin objetivo claramente definido y sin anunciar plazos de duración de la actividad. Está claro que eso no nos conviene.

Rusia tiene intereses vitales en Afganistán. Y esos intereses son perfectamente legítimos. Afganistán es nuestro vecino inmediato y nos interesa que ese país se desarrolle de forma estable y pacífica. Y sobre todo que deje de ser la principal fuente de narcoamernaza. El tráfico de estupefacientes se ha convertido en una de las principales amenazas, está socavando el fondo genético de naciones enteras, crea un ambiente favorable a la corrupción y el crimen y conduce a la desestabilización de la situación en el propio Afganistán. Hay que señalar que la producción de estupefacientes afganos no sólo no se reduce sino que el año pasado incluso aumentó en cerca del 40%. Rusia está siendo blanco de una verdadera agresión de la heroína, que inflige une enorme perjuicio a la salud de nuestros conciudadanos. Dada la envergadura de la amenaza que representa la droga afgana sólo es posible luchar contra ella uniéndonos, con el apoyo de la ONU y de las organizaciones regionales –la OTSC (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva), la OCS (Organización de Cooperación de Shangai) y la CEI (Comunidad de Estados Independientes). Estamos dispuestos a prever un significativo aumento de la participación de Rusia en la operación de ayuda al pueblo afgano. Pero con la condición de que el contingente internacional en Afganistán actúe de manera más enérgica también en interés nuestro, de que se dedique a la destrucción física de las plantaciones de droga y los laboratorios clandestinos.


La intensificación de las operaciones antidroga en Afganistán debe acompañarse con el desmantelamiento de las redes de transporte de los opiáceos hacia los mercados externos, la supresión de los flujos financieros que sostienen el tráfico de estupefacientes, así como el bloqueo del aprovisionamiento de los productos químicos utilizados en la fabricación de heroína. El objetivo es instaurar en la región un complejo sistema de seguridad antidroga. Rusia contribuirá realmente a la eficaz unificación de los esfuerzos de la comunidad internacional por lograr un cambio radical en la lucha contra la narcoamenaza mundial. Es difícil hacer pronósticos sobre la evolución de la situación en Afganistán. La historia nos enseña que la presencia militar extranjera no le ha aportado la paz. Sólo los afganos pueden resolver sus propios problemas. A mi entender, el papel de Rusia consiste en ayudar al pueblo afgano a crear una economía estable y a mejorar la capacidad de las fuerzas armadas nacionales en la lucha contra la amenaza del terrorismo y del tráfico de droga, con la participación activa de los países vecinos. No nos oponemos a que la oposición armada, incluyendo los talibanes, se una al proceso de reconciliación nacional, a condición de que renuncie a la violencia, de que reconozca la constitución del país y rompa sus vínculos con Al-Qaeda y con otras organizaciones terroristas. En principio, estimo que el establecimiento de un Estado afgano pacífico, estable, independiente y neutro es algo perfectamente realizable.

La inestabilidad anclada a lo largo de años y décadas es terreno fértil para el terrorismo internacional. Todo el mundo reconoce que constituye uno de los más peligrosos desafíos para la comunidad internacional. Yo quisiera subrayar que las zonas de crisis que engendran las amenazas terroristas se hallan mucho más cerca de las fronteras rusas que de las fronteras de nuestros socios europeos o americanos. Las Naciones Unidas han adoptado una Estrategia Antiterrorista Mundial, pero da la impresión de que la lucha contra ese mal no siempre se desarrolla siguiendo un plan universal común y de manera coherente sino en respuesta a las manifestaciones más agudas y bárbaras del terror, cuando llega a su apogeo la indignación pública ante acciones provocadoras de los terroristas. El mundo civilizado no debe esperar a que se produzca otra tragedia similar a la del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York o algo parecido a lo ocurrido en la escuela de Beslan para empezar a actuar de forma colectiva y decidida. Lejos estoy, sin embargo, de negar los resultados obtenidos en la lucha contra el terrorismo internacional. Están a la vista. En estos últimos años, se ha fortalecido la cooperación entre los servicios de inteligencia y las fuerzas del orden de diversos países. Pero son evidentes las reservas en la cooperación antiterrorista. ¿Qué otra cosa podemos decir ante el hecho que hasta ahora se mantiene una política de doble rasero y que los terroristas son vistos de forma diferenciada, según los países, considerándoselos como “buenos” o “no demasiado malos”. Algunos no vacilan en utilizar a estos últimos en sus rejuegos políticos, por ejemplo, para desestabilizar regímenes considerados indeseables.

Yo diría igualmente que todas las instituciones de la sociedad –los medios de prensa, las asociaciones religiosas, las ONGs, el sistema de educación, la ciencia y las empresas– deben utilizarse plenamente en la prevención del terrorismo. Es necesario un diálogo interconfesional y, en un sentido más amplio, intercivilizacional. Rusia es un país multiconfesional y nunca hemos tenido guerras de religión. Nosotros podríamos aportar nuestra contribución a la discusión internacional sobre ese tema.
Fin de la primera parte