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miércoles, 17 de agosto de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

Que en Dios no hay más que un solo acto, el cual
es su propia divinidad.


Nosotros tenemos una gran diversidad de facultades y de hábitos, que son causa de una gran variedad de acciones. En Dios no ocurre lo mismo, porque en Él no hay más que una sola y simplicísima perfección, un solo y purísimo acto, el cual, no siendo otra cosa que la propia esencia divina, es, por consiguiente, siempre permanente y eterno… Nosotros, hablamos de las acciones de Dios; como si Él, todos los días, hiciese muchas y muy diversos, aunque sabemos que ocurre todo lo contrario. Nos vemos obligados a ello por causa de nuestra impotencia, porque no sabemos hablar sino de las cosas que entendemos, y sólo entendemos las cosas que suelen ocurrir entre nosotros. Ahora bien, como que, entre las cosas naturales, a la diversidad de las obras corresponde casi una diversidad igual de acciones, cuando vemos tantas obras diferentes, tan gran variedad de producciones y esta innumerable multitud de proezas de la omnipotencia divina, nos parece, a primera vista, que esta diversidad de efectos es resultado de otras tantas acciones. San Crisóstomo hace notar que todo lo que Moisés, al describir la creación del mundo, dijo empleando muchas palabras, el glorioso San Juan lo expresó en una sola, cuando dijo que por el Verbo, es decir, por esta palabra eterna, que es el Hijo de Dios, fueron hechas todas las cosas. Luego, esta palabra, siendo simplicísima y única produjo toda la variedad de las cosas: siendo invariable, produjo todas las buenas mudanzas; finalmente, siendo permanente en su eternidad, da la sucesión, el orden, el lugar y la disposición a cada uno de los seres.

Como el impresor, Dios da el ser a toda la variedad de criaturas que han sido, son y serán, por un solo acto de su voluntad omnipotente, sacando de su idea, esta admirable diversidad de personas y de otras cosas, que se suceden según las estaciones, las edades y los siglos, cada una según su orden y según lo que deben ser, pues esta suprema unidad: del acto divino es opuesto a la confusión y al desorden, mas no a la distinción y a la variedad, de las cuales, por el contrario, se sirve, para producir la belleza, reduciendo todas las diferencias y diversidades a la proporción, y la proporción al orden a la unidad del mundo, que comprende todas las Cosas creadas, así visibles como invisibles, el conjunto de las cuales se llama universo, tal vez porque toda su diversidad se reduce a la unidad, como si universo significara único con diversidad y diversidad con unidad.

De la providencia divina en general

La providencia soberana no es sino el acto por el que Dios quiere dar a los hombres y a los ángeles los medios necesarios o útiles para que consigan su fin. Mas, como quiera que estos medios son de diversas clases, distinguiremos también el nombre de providencia, y diremos que hay una providencia natural y otra sobrenatural, y que ésta es o general, o especial y particular. Y, puesto que, poco después, te exhortaré, oh Teótimo, a unir tu voluntad con la divina providencia, quiero, antes, decirte dos palabras acerca de la providencia natural. Queriendo Dios proveer al hombre de los medios naturales que le son necesarios para dar gloria a la divina bondad, produjo, en favor suyo, todos los demás animales y las plantas; y para proveer a los animales y a las plantas, produjo variedad de tierras, de estaciones, de fuentes, de vientos, de lluvias y, tanto para el hombre como para todas las demás cosas que le pertenecen, creó los elementos, el cielo y los astros, y estableció un orden admirable, que casi todas las criaturas guardan recíprocamente.

Así, esta Providencia todo lo toca, todo lo gobierna, y todo lo reduce a su gloria. Ocurren, empero, casos fortuitos y accidentes inesperados, pero sólo son fortuitos e inesperados con respecto a nosotros; pero absolutamente ciertos para la providencia celestial, que los prevé y los ordena para el bien general del universo. Ahora bien, estos accidentes fortuitos son el efecto de la concurrencia de varías causas, las cuales, por carecer de un mutuo enlace natural, producen sus peculiares efectos, de tal suerte, empero, que de su concurrencia surge un efecto de otra naturaleza, al cual, sin que se haya podido prever, todas estas diferentes causas han contribuido.

Las aventuras de José fueron maravillosas por su variedad y por los viajes de uno a otro confín sus hermanos, que le habían vendido para perderle, quedaron después admirados, al ver que había llegado a ser virrey y temieron grandemente que se mostrase ofendido de la injuria que contra él habían cometido; mas no, les dijo él no ha sido por vuestras trazas, que he sido enviado aquí, sino por la Providencia divina. Vosotros concebisteis malos designios acerca de mí, pero Dios ha hecho que redundasen en bien.

El mundo hubiera llamado fortuna o accidente fortuito lo que José llama disposición de la divina Providencia, que ordena y reduce todas las cosas a su servicio. Y lo mismo se puede decir de todas las cosas que acontecen en el mundo, aun de los mismos monstruos, cuyo nacimiento hace que sean más estimables las cosas acabadas y perfectas, causa admiración, e incita a filosofar y a formular muy buenos pensamientos; son, en el universo lo que las sombras en, los cuadros que dan gracia y realzan, la pintura.

De la sobrenatural providencia que Dios ejerce sobre
las criaturas racionales

Todo cuanto Dios ha hecho ha sido ordenado por él a la salud de los hombres y de los ángeles. He aquí, pues, el orden de su Providencia, según podemos entreverlo, atendiendo a las sagradas Escrituras y a la doctrina de los antiguos, y según nuestra flaqueza nos permite hablar de él. Dios conoció eternamente que podía crear innumerables criaturas, con diversas perfecciones y cualidades, a las cuales podría comunicarse, y, considerando que, entre todos los medíos de comunicarse, ninguno había más excelente que unirse a alguna naturaleza, creada, de suerte que la criatura quedase como injertada y sumida en la Divinidad, para no formar con ella más que una sola persona, su infinita bondad, que de suyo y por sí misma es inclinada a la comunicación, resolvió hacerla de esta manera, para que así como en Dios hay eternamente una comunicación esencial, por la cual el Padre comunica toda su infinita e indivisible divinidad al Hijo, produciéndole y el Padre y el Hijo juntos producen el Espíritu Santo, comunicándole también su propia y única divinidad, también esta soberana dulzura se comunicase tan perfectamente fuera de sí misma a una criatura, que la naturaleza creada y la divinidad, conservando cada una de ellas sus propiedades, quedasen empero tan unidas, que formasen una sola persona.  

Ahora bien, entre todas las criaturas que esta soberana omnipotencia pudo producir, parecióle bien escoger la misma humanidad, que después se unió efectivamente a la persona de Dios-Hijo, y a la cual destinó al honor incomparable de la unión personal con su divina majestad, para que eternamente gozase de la manera más excelente de los tesoros de su gloria infinita. Habiendo, pues preferido para esta dicha a la humanidad sacrosanta de nuestro Salvador, la suprema Providencia dispuso no limitar su bondad a la sola persona de su amado Hijo, sino derramaría, en gracia de Él mismo, sobre muchas otras criaturas y entre la innumerable multitud de cosas que podía producir, escogió crear a los hombres y a los ángeles para que acompañasen a su Hijo, participasen de sus gracias, y de su gloria y le adorasen y alabasen eternamente, Y, al ver Dios que podía hacer de muchas maneras la humanidad de su Hijo, al hacerle verdadero hombre, a saber, creándolo de la nada, no sólo en cuanto al alma, sino también en cuanto al cuerpo; o bien formándolo de alguna materia ya existente, tal como hizo el de Adán y Eva; o bien por vía de generación ordinaria de hombre y mujer, y, finalmente, por generación extraordinaria de una mujer, sin hombre, resolvió hacerla de esta última manera, y, entre todas las mujeres que podía escoger a este efecto, escogió a la santísima Virgen nuestra Señora, para que, por su medie, el Salvador se hiciese no sólo hombre, sino niño del linaje humano.


Además de esto, la divina Providencia resolvió producir todas las demás cosas, así naturales como sobrenaturales, con miras al Salvador, a fin de que los ángeles y los hombres pudiesen sirviéndole, participar de su gloria, por lo cual, aunque quiso Dios crear, tanto a los ángeles como a los hombres, dotados de un absoluto libre albedrío, con verdadera libertad para elegir entre el bien y el mal; sin embargo, para dar testimonio de que, por parte de la bondad divina, estaban destinadas al bien y a la gloria, los creó en estado de justicia original, la cual no era otra cosa que un amor suavísimo que los disponía, inclinaba y conducía hacia la felicidad eterna.