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viernes, 12 de agosto de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN

II
LA INCLUSIVIDAD
DE LA MENTE DEL CONCILIO

Otra propiedad por la que pensamos que podría llegar a definirse el Concilio, pues lo distingue de todos los demás concilios de la Iglesia, es lo que llamamos la «inclusividad» de su mente y de su lenguaje, pues hasta ahora el magisterio eclesiástico había tendido a pensar y pronunciarse de modo «exclusivo», lo que habría perjudicado la deseada unidad de los cristianos. Ésta es la tesis que se ha sostenido para justificar el cambio. Expliquemos, entonces, brevemente los motivos por los que el Concilio ha adoptado este modo, señalemos luego cómo se ha dado y, finalmente, hagamos un juicio crítico.

1º Los perjuicios del «exclusivismo» escolástico

Oigamos cómo justifican los teólogos «nuevos» el cambio de modalidad adoptado por el Concilio en la manera de referirse a la verdad revelada. No citamos ningún autor en particular, pero es más o menos como piensan todos ellos: La excesiva confianza del espíritu griego en el logos humano, llevada al extremo en Aristóteles, habría influido sobre todo en los teólogos escolásticos y, a través de ellos, en el mismo magisterio eclesiástico, haciéndoles perder de vista, o al menos disminuir la dimensión de misterio de las verdades reveladas, creyendo que a fuerza de distinciones y definiciones, podrían expresar adecuadamente los misterios revelados. Esta ilusión no habría causado mayor daño, y hasta hubiera tenido algo de bueno, si los escolásticos se hubieran limitado a desarrollar una explicación teológica común de la Revelación, unificada un poco artificialmente porque en las Escuelas cristianas sólo se enseñaban los instrumentos gnoseológicos de la tradición grecolatina, pues todos aprendían lógica con la Isagogé de Porfirio y teología con las Sentencias de Pedro Lombardo. Pero se hizo perjudicial porque el mismo Magisterio se dejó contagiar, y comenzó a excluir de la comunión eclesiástica a todo aquel que no formulaba los misterios de la fe con las mismas distinciones y definiciones. El «exclusivismo» escolástico consiste, entonces, en la pretensión de que todo aquel que no piensa y expresa los misterios revelados con las precisas distinciones y definiciones de las Escuelas medievales, debe ser excomulgado por hereje. Durante los mil años de predominio del helenismo (hasta el siglo XIII) los daños fueron limitados porque en todo el orbe cristiano se pensaba más o menos del mismo modo, aunque no dejaron de producirse divisiones que una mayor amplitud de espíritu podría haber impedido. Pero el problema se fue haciendo más crítico cuando, con el Renacimiento, comenzó a quedar claro que el aristotelismo no era el non plus ultra del intelecto, y fueron surgiendo las nuevas ciencias y los nuevos enfoques del pensamiento moderno. Los teólogos católicos más libres fueron perdiendo rápidamente la angélica certeza de sus esquemas mentales. Aquellos, en cambio, que estaban más comprometidos en el ejercicio del magisterio jerárquico de la Iglesia, es decir, los teólogos de la Curia vaticana, estaban más atados por las costumbres pasadas y más comprometidos en sus decisiones presentes, y se comprende que hayan sido mucho más lentos en desprenderse de la estrecha armadura mental del lenguaje escolástico. Esta fue justamente la decisión tomada por el Concilio Vaticano II durante sus primeras sesiones, al desembarazarse de los esquemas redactados por las Comisiones preparatorias, todavía contaminados del prurito escolástico. Entienda, por favor -se nos dice-, el estructurado tradicionalista: No se trataba de dejar de lado el magisterio aristotélico para cambiarlo por otro hegeliano. De lo que se trataba era de recuperar la verdadera catolicidad del magisterio jerárquico, que tuviera en cuenta que el misterio cristiano puede ser expresado de diversas maneras según la diversidad cultural de quienes lo reciben en la fe. Porque el misterio de Dios y de Cristo es en sí mismo inefable, y nunca puede ser agotado por los conceptos humanos, de allí que haya lugar para proponer una pluralidad de enfoques teológicos no idénticos, pero tampoco excluyentes, sino complementarios. Hasta Pío XII, los Papas habían confundido la tarea del magisterio con la tarea de los teólogos, proponiendo en sus Encíclicas verdaderos tratados de teología escolástica. La función del magisterio eclesiástico es proponer la Revelación de manera más amplia, que pueda luego ser explicada por algunos en un enfoque tomista y por otros en conceptos kantianos o personalistas.

Al hablar, entonces, de la «inclusividad» de la mente y del lenguaje del Concilio, se hace referencia, en primer lugar, a la amplitud de conceptos con que ha expresado el mensaje cristiano, dejando de lado la estrechez del tecnicismo escolástico; y en segundo lugar, a la consiguiente actitud de comprensión frente al pensamiento moderno, no pretendiendo excluirlo por manejarse con otros conceptos sino, al contrario, traduciendo a su lengua -si así puede decirse- los aspectos fundamentales del cristianismo.

2º El «inclusivismo» en los dichos y hechos del Concilio

Desde la convocación del Concilio, Juan XXIII pondrá al «inclusivismo» como la forma mentís que distinguiría a este concilio de todos los demás. Este sería el primer concilio no dogmático sino «pastoral». Es cierto que todo concilio anterior había querido ser pastoral, pues siempre se convocaron para solucionar los problemas del rebaño fiel, pero la pastoral antigua creía que el primer cuidado consistía en ofrecer a sus ovejas los pastos de la sana doctrina, y se ponía a definir dogmas y a anatematizar. Este sería el primer concilio de una nueva pastoral, que no se reuniría para definir doctrina, ni para condenar la opinión de nadie, sino para quitarle al mensaje evangélico el estrecho traje de la escolástica, devolviéndole la inclusiva amplitud que se necesitaba para volver a abrazar en la unidad a todos aquellos hijos que el escolasticismo anterior había excluido de la Iglesia de Cristo.

La Curia romana no supo interpretar el deseo del Papa y preparó esquemas todavía demasiado impregnados del quasi racionalismo escolástico. Hubo que cederle el lugar al grupo de teólogos del Rin para que le dieran este nuevo modo a los documentos del Concilio. Señalemos solamente algunas de las características de esta nueva metodología:

• Se prefiere el lenguaje de la Sagrada Escritura al lenguaje de origen filosófico, con lo que se halla multitud de citas en cada página.

• Cuando se incorporan nuevos conceptos, como sacramento, misterio pascual, ecumenismo, colegialidad, etc., no se intenta estrecharlos con una definición.

• Cuando se explica alguna noción, no se lo hace de una única manera. Por ejemplo, la Iglesia es explicada por Lumen gentium en función del concepto de sacramento, Reino, Cuerpo Místico, Pueblo de Dios, etc.

• Se evitan en lo posible las excluyentes distinciones escolásticas, como entre naturaleza y gracia, potestad de orden y jurisdicción, etc.

• Se buscan expresiones amplias que ofrezcan margen para la pluralidad de interpretaciones.
Esta nueva manera de pensar y de hablar se fue haciendo cada vez más marcada en el magisterio posconciliar, sobre todo en los diálogos ecuménicos que se entablaron con prácticamente todos los grupos religiosos no católicos. Si a todo esto se agrega la infinita paciencia de las autoridades eclesiásticas para permanecer en diálogo ad intra y ad extra de la Iglesia, sin apurarse en terminar nunca ninguna discusión, puede colegirse la enorme «inclusividad» que adquirió -¡ay!- la proposición de la verdad católica con el Concilio.

3º El «inclusivismo» conciliar no es sino subjetivismo y ambigüedad


La «escolástica» no es una manera entre otras de pensar, sino la claridad necesaria del espíritu para iluminar con la verdad revelada toda la realidad humana y defender la fe de todo engaño. No es la contingente «inculturación» del Evangelio en la tradición grecolatina, sino la incorporación purificada de los valores universales que tan generosamente se hallaron en el pensamiento griego. Lo único que excluyó de la Iglesia el Magisterio tradicional fue la infección de la herejía que hubiera acabado con el rebaño Hoy, cuarenta años después del Vaticano II, cuando en todo este tiempo la única autoridad, la única obligada referencia para toda reflexión dentro de la Iglesia han sido los documentos conciliares, Benedicto XVI nos dice que la verdadera interpretación de la mente del Concilio todavía está por darse. Evidentemente, el problema no está solamente en los intérpretes, sino en los textos mismos, que no son «inclusivos» sino ambiguos. Sus artífices expusieron en ellos la doctrina modernista, que está en ruptura completa con la doctrina tradicional de la Iglesia, con la suficiente ambigüedad como para que sufriera también una interpretación en aparente continuidad con la Tradición, ambigüedad que se les hacía fácil por la intrínseca vaguedad del subjetivismo moderno. Como hemos explicado ampliamente en otra parte, lo que aquí hemos llamado «inclusivismo» de la mente conciliar, no es sino escéptico subjetivismo y maquiavélica ambigüedad. Lo único que podemos decir en descargo de los que imprimieron este modo en el Concilio, es que era un veneno que venía desgastando la cristiandad desde hace siglos y quizás se contagiaron en los mismos Seminarios en que se formaron. Aunque es un descargo muy relativo, porque ¡cuántas veces los Papas anteriores lo habían advertido!