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lunes, 22 de agosto de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

LA UNIDAD


La unidad es una condición esencial para la vida. Allí donde cae la tea de la discordia y raja y se hunde el hacha de la división, la vida está en peligro. Aún la vida en su aspecto puramente individual se desquicia y fracasa cuando falta la unidad. Una personalidad robusta y victoriosa no es más que la expresión más alta y clara de la unidad. Las personalidades endebles y raquíticas, ante todo, padecen una guerra interna y sorda que ha desquiciado la unidad de pensamiento, de voluntad y de acción.

La raíz vital y profunda de un pueblo se encuentra en la unidad. Por eso, nada es demasiado sacrificio, si ese sacrificio va en línea recta a conservar, defender y rehacer la unidad. El día en que comenzó a soplar el viento trágico de la guerra por encima de las fronteras de Francia, de todos los labios y de todas las almas se levantó un solo y unánime grito: la unión. Y fue entonces cuando las espadas de todos los que habían reñido desesperadamente dentro de su propia casa, dejaron de herir carne hermana para volverse en un erizamiento inmenso hacia todas las fronteras. Y fue entonces también cuando Francia se sintió ceñida por todas las manos de sus hijos convertidos en una trinchera para juntar la sangre y el coraje de todos: vivos y muertos y salvar a la patria. Y Francia se salvó. Porque el desangramiento de todos se tradujo en fecunda y victoriosa defensa.

Es cierto que al día siguiente de la defensa algunas manos se separaron y que no faltó, entre otros, el tristemente célebre Eduardo Heriros,[1] quien se atreviera a romper la unidad sagrada. Pero, de todas, maneras, Francia le dio al mundo una lección, como a todos los demás países: esa lección consistió en enseñar a todos que la vitalidad de un pueblo solamente se tiene toda entera y en plena e intensa fecundidad, el día en que bajo los subterráneos de todas las conciencias y de todos los cuerpos y de todas las almas y de todos los vivos y de todos los muertos, se hace o se rehace si ha sido rota la unidad.

La sentencia evangélica: todo reino dividido desolado será”, se cumple todos los días en todas las vidas, en todos los hombres y en todos los pueblos. Y por esto no solamente el día de los grandes peligros, sino que a todas horas, minuto a minuto, se impone la ley suprema de juntar conciencias, corazones, voluntades, pensamientos, brazos y palabras bajo el índice salvador de la unión. Francia llamó sagrada a la unión de todos sus hijos el día de las tragedias que pasaron por encima de sus fronteras.

Sin embargo, la unión es sagrada hoy, mañana, en la hora del peligro, en el momento de la guerra, en el instante de la paz y a todas horas. Porque dividirse es hacerse la guerra, es debilitarse, es suicidarse. Porque el suicido no es más que la conjuración del pensamiento y del brazo contra el nudo central de la vida. De aquí que la unidad interna de los pueblos es cosa sagrada. Quien se atreve a tocarla para deshacerla comete uno de los más altos, espantosos y funestos sacrificios.

El arca sagrada de donde arranca la vitalidad de los pueblos, es el nudo central de la vitalidad espiritual. Quien hunde allí su mano maldita, hiere, estruja en la mitad de la vida, allí donde se juntan cuerpo y espíritu, y mata. Estas verdades no son principios intrincados de difícil alcance. Su demostración la tenemos los hombres a todas horas, en todas partes. Sin embargo, todos los días sobra quien se atreva a romper el nudo central de la unidad espiritual de los pueblos. De aquí que hay que proclamar a todas horas que la unidad es sagrada hoy, mañana, después y siempre.

No solamente cuando muchas manos de enemigos asomen sobre las fronteras, deben los pueblos inclinarse delante del arca santa de la unidad interior y espiritual, sino minuto a minuto. Porque un momento de guerra interna y esto es la división basta para debilitar y no pocas veces para herir de muerte a una nación. Nosotros vivimos, mejor dicho, morimos en medio del desquiciamiento interior de nuestro ser nacional y del desmenuzamiento del nudo central de la vitalidad nacional. Los muertos y los vivos; las cosas y los hechos; nuestro pensamiento y nuestra historia: todo nos está gritando desde hace más de un siglo que es necesario restablecer la unidad sagrada.

Sin embargo, los gritos de los vivos y de los muertos han sido y siguen siendo desoídos. Pero ese grito, a medida que el desquiciamiento crece y baja hasta las cenizas de nuestros muertos, crece y resuena con una inmensa ansiedad.

Es tiempo de que todas las manos que estrujaban carne y pensamiento y que atormentan el nudo vital de nuestro espíritu nacional, suspendan su obra suicida. De otra suerte moriremos. A lo menos, en medio de nuestra agonía se alzarán los índices demacrados de mucho millones de mexicanos para marcar con el estigma de verdugos a los que viven entregados a la tarea de desquiciar nuestra unidad espiritual.

Entre tanto, el grito de los vivos y de los muertos está allí. Es un grito que pide como los franceses asomados a las trincheras que cese la obra demoledora de nuestra vida interior y que se haga la unión sagrada.




[1] HERRIOT, Eduardo (1872-1957). Político francés, presidente del Partido Radical en 1919, fue tres veces jefe del gobierno y presidente de la Asamblea Nacional de 1947 a 1955.