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lunes, 18 de julio de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

HA EMPEZADO A PAGAR


La ley de la inercia preside y trabaja las marchas de la historia. Este pensamiento lo han subrayado tenazmente, antes de hoy, Ramiro de Maezt en uno de sus sorprendentes ensayos y Pablo Luis Landsberg en su libro La Edad Media y Nosotros. En virtud de la inercia de la historia, nada muere ni se extingue –si se trata de sistemas y de corrientes de hechos de alcance trascendental– al día siguiente que han sido o son enterrados los libros o los acontecimientos. Porque a lo largo de las corrientes subterráneas de la vida, continúa su marcha el pensamiento y sigue su curso el movimiento de las cosas. Esto explica que hasta ahora muchos se jacten y se hayan jactado de haber visto y de haber enterrado el cadáver del pasado; pero sin haber conseguido otra cosa que encontrarse delante de él, sobre todo en los días de las crisis agitantes y arrasadoras. Porque el día en que todo se nubla, en que todo se obscurece y empieza a faltar aire para los pulmones y apoyo para todos los pies, todos –en medio del vértigo del derrumbe y de la asfixia– se abrazan de todos los leños rotos, aunque sean las astillas de los barcos enemigos. El Viejo Mundo, entrado a saco por espacio de varios siglos por las legiones de los innovadores, gastó lo mejor de su pensamiento y de su vida en hacer ataúdes para todo lo antiguo consagrado por la Edad Media y hoy busca ansiosamente –después de todos los ensayos y de todos sus fracasos– en el fondo recóndito del pasado, la fórmula salvadora.

Al decir, hace muy pocos días, Orestes Ferrera,[1] en sus declaraciones hechas a un periódico de la metrópoli, que Europa padece una crisis de fuerte agotamiento y que ha vuelto a la Edad Media para buscar el contacto con los bárbaros, se ha equivocado, porque Europa aunque no vive ni ha vivido últimamente en la Edad Media, sin embargo, vive y ha vivido y vivirá en la Edad Media. Este es un hecho proclamado a voz en cuello y hacia los cuatro vientos por serios observadores y, sobre todo, por los mismos acontecimientos.

Miopes incurables fueron y siguen siendo los que al alzar el estandarte de las revoluciones modernas en el Viejo Continente y clavar una, diez, cien mil veces la piqueta en los antiguos cimientos, juzgaron haber enterrado para siempre a la Edad Media. Y más ciegos son los que piensan que toda una irresistible, honda y fuerte etapa de vida como la Edad Media –crisol de sistemas, de ideas, de planes de organización, de personalidades y recios caracteres, encendido y alimentado por la hoguera de vida interior más pujante que ha pasado a lo largo de la historia– había de morir de extinguirse sin dejar una herencia que podría nutrir a las generaciones de muchos siglos.

Pero no es solamente Europa la que vive y vivirá de la Edad media. América: la virgen, la joven América es, claro está, el innegable testimonio de la vitalidad de los pueblos europeos; pero es también una confirmación de la inercia de la historia y del reflujo vital de la Edad Media. Y el homenaje que en estos momentos se le rinde en el vecino país del Norte a la Iglesia Católica no es, no puede ser un hecho destroncado de las marchas y de la continuidad de la historia. Es, por el contrario, un acontecimiento que se halla dentro del cauce por donde siguen su curso los acontecimientos empujados por todo el trabajo subterráneo e invisible de la velocidad adquirida de pensamientos y de hechos. Decir, delante del homenaje de hondísimo respeto –rayano en veneración– que los Estados Unidos del Norte rinden en estos instantes a la Iglesia Católica, que no  hace otra cosa que pagar –por parte del pueblo americano– una deuda vieja y no cumplida respecto de Roma es algo paradójico y desconcertante; pero es algo reciamente innegable y cierto.

Como Ulises[2] –cargados de años, de ausencia, de tormentas, de nostalgias y de incertidumbres–, llega en las páginas de Homero a su viejo reino de Itaca y logra hacerse reconocer de los suyos a fuerza de invocar recuerdos y señales olvidadas; la Iglesia Católica hoy llega a las playas del país más fuerte de América y si vacía toda su inmensa alforja de recuerdos y se sienta a escrutar en su derredor a la luz de su Historia y de la historia de las instituciones norteamericanas, acabará por ser reconocida como la vieja fundadora de esa república, hoy plenamente dueña de sus destinos y, ayer y siempre, deudora espiritual –y aún desde el punto de vista constitucional– de la Edad Media y de Roma. Como en el caso de Ulises, el problema es de historia, de recuerdos y de señales. Y hace apenas unos cuantos meses que Parson,[3] notable publicista norteamericano, en un artículo intitulado La Iglesia Católica en Estados Unidos, ha podido señalar con toda exactitud las conexiones y entroncamientos espirituales de las instituciones centrales de Estados Unidos con las viejas instituciones de Europa. Para este insigne pensador, la Constitución Norteamericana procede directamente de los whigs ingleses y americanos del siglo XVIII e indirectamente de las doctrinas sustentadas por Suárez[4] y Belarmino[5] e idénticas a las de Santo Tomas, según la demostración hecha por el profesor O. Rahilly. El articulista atribuye todo el mérito de esta investigación, principalmente al religioso jesuita Moorhouse Millar. Por lo que toca a ciertos elementos de origen marcadamente revolucionario tomados de la ideología de Juan Jacobo, fueron transportador por Jefferson[6] e injertados en la Constitución Norteamericana. Don Toribio Esquivel Obregón[7] es un prólogo lleno de osadías y de acento reciamente vengador contra las ideas democráticas, al estudiar la vida de los Estados Unidos del Norte en relación con la democracia, afirma que este país, fuerte, alto, gigantesco y próspero, ha llegado a tocar con sus propias manos la clave luminosa del éxito, no en virtud de las corriente democráticas, sino a pesar de ellas y a causa de sus inmensas reservas de vitalidad.

Hay que suscribir –también con un gesto implacablemente vengador contra la utopía de la democracia moderna– ese fallo de Esquivel Obregón; pero habrá que insinuar la idea de que el resorte de toda la vitalidad de ese pueblo tiene fuertes, obscuros, subterráneos e invisibles entronques con la riqueza espiritual de la Edad Media. José Enrique Rodó se preguntaba hace algún tiempo en las páginas de Los Motivos de Proteo, que cuál es el soporte de ese prodigio de la voluntad que se alza al otro lado del Bravo; y con su acostumbrada inclinación de retórico se daba esta respuesta: “un vuelo de pájaro”. Hoy podemos enunciar una contestación que tenga su punto de arranque en las corrientes históricas, en la marcha incontenible de la inercia de la historia y en la lógica de los sistemas. Hoy ya podemos decir que en la base de todo ese inmenso poderío que ha logrado hacer olvidar la misma cordillera de Los Andrés, no hay vuelo de pájaros, hay un vuelo de ideas, hay una onda de vitalidad del pasado, hay, en fin, un feudo espiritual y gigantesco de la Edad Media que lleva gallarda y airosamente la clámide de la República sobre sus hombros. Y lo primero es que se nos va a imponer a todos, innovadores de todas las escuelas, radicales de todos los matices y férvidos defensores de lo de ayer, en una definitiva actitud de respeto hacia el pasado. Porque muy pronto fluirá con natural sencillez y con inesperada espontaneidad la consecuencia de que el pasado –a nuestro pesar o a pesar de todos nuestros irreconciliables enemigos– perdura en medio de nosotros, dentro de nosotros, sigue siendo savia fuerte que todos los días absorbemos con los labios del cuerpo y sobre todo por los poros del espíritu, para vivir, marchar y tener aire y sustento.

Ayer el problema que se planteó con una osadía que hoy puede hacer temblar, fue éste: “¿es posible matar el pasado”? Hoy la cuestión ha cambiado de una manera sustancial todos se preguntan –sitiados por el hambre devoradora de las últimas crisis y la innegable tuberculosis en que han caído sistemas y escuelas: ¿es posible vivir sin el pasado?– Lutero –ya entonces llevaba la bandera de rebelde contra Roma– decía rendido ante la evidencia: “Nos sustentamos con lo robado a los egipcios y reunido en tiempo del pontificado”. Este pensamiento puede tener todo el alcance de una verdad general respecto al pasado y, sobre todo, respecto a la Edad media. Y como Lutero ha podido decir todos los innovadores que se han dado a la tarea de derruir lo edificado por el tiempo: “sustentamos con el pasado”. Casi cuatro siglos después un compatriota de Lutero, Pablo Luis Landsberh, había de escribir en uno de sus libros –con toda la alta arrogancia de un desquite– palabras arreciadas: “Todo a positivo que se encuentra en la vida, en la concepción del mundo y en el pensamiento moderno, es un resto medieval, que como columna aislada en las ruinas de un templo, se ha conservado en la historia de la cultura por ley de inercia, para servir a las eternas necesidades espirituales del alma y de la sociedad”.

Reconocida la ley de inercia de la historia, nada más natural y lógico que acudir a la presencia del pasado para descubrir la clave de la vitalidad de un pueblo. Ni nada más lógico que proclamar el principio de que nadie ha podido ni podrá dejar de ser deudor del pasado. Aun al paganismo –toda penumbra, podredumbre y orgías cuando menos el día de su crisis final– le debemos muchos vislumbres y no pocos maestros. ¿Qué podremos decir de la Edad Media que supo bajar hasta las raíces más recónditas del espíritu y arrojar –con recia, con insuperada velocidad– pensamientos, destinos, escuelas y sistemas? Al pasado se le paga y se le debe pagar cuando menos con el mismo hondo y emocionante reconocimiento con que Ulises –a su regreso– se cura de sus largas tristezas de viajero errante por los mares, al platicar con el porquerizo Eumeo y, sobre todo, al resucitar todo entero en el recuerdo de su esposa.

En la actitud asombrosamente desconcertante –por su hondo respeto y su ata reverencia hacia la Iglesia Católica– de los Estados Unidos de América hay, no cabe dudarlo, una generosidad que abrirá surcos y se quedará en la mentalidad contemporánea; pero desde el punto de vista de las corrientes que todos los días arroja –más allá del alcance de nuestras miradas– en la inercia de la historia no hay más que un fuerte movimiento de fidelidad, un impulso instintivo que acusa en todo caso una profunda intuición de las cosas, de los hechos, de la vida humana y quizá hasta de la historia, de deudor que en el primer encuentro sabe y quiere pagar con toda eficacia y con superabundancia. No todos han sabido pagar. Muchos hombres y pueblos se han atrevido –sobre todo al tratarse de la Iglesia Católica– no solamente a negar su deuda, sino a ahorcar al acreedor. Nuestro país todavía hoy se ha empeñado en pagarle a la Iglesia con la horca y con el destierro. Francia ha intentado hacer otro tanto o cuando menos lo intentaba todavía hace unos cuantos años.

Afortunadamente ha llegado la hora de la liquidación y, por tanto, la hora de pagarle al pasado. Quien se niegue a hacerlo –hombre o pueblo– seguirá secando las raíces de su propia vitalidad hasta agotarse y morir. Quien sepa y quiera pagar –aunque sea con un estrecho y efusivo abrazo de reconciliación– se reinjertará definitivamente en el fermento perpetuamente vivo de la juventud y de la renovación cuyo centro es Roma, que –precisamente por esto– ha venido a ser y seguirá siendo el centro de la historia.

Por ahora el pueblo más alto de América y el más rico y pujante del mundo ha empezado a pagar con un brío de generosidad que estremece y entusiasma. Otros seguirán pagando. No hay que dudarlo. Nosotros seremos quizá los últimos. Pero también pagaremos. Sí, también pagaremos a pesar de todo y de todos. Porque arruinados y desahuciados, tendremos que colocarnos a la sombra del pasado.

Junio de 1926.



[1] FERRARA, Orestes (1876). Escritor y diplomático cubano, hizo la guerra de la Independencia, presidió la Cámara de Representantes y fue Ministro de Relaciones Exteriores de su país.
[2] Ulises u Odiseo. Legendario Rey de Itaca, protagonista de la Ilíada y de la Odisea.
[3] PARSON, Francisco (1854-1908). Publicista y profesor norteamericano, ingeniero, abogado y maestro, fue un notable conferenciante de sociología, economía y agricultura.
[4] SUÁREZ, Francisco (1548-1617). Teólogo jesuita español, llamado Doctor eximius et pius, el más brillante maestro e investigador de teología de su época.
[5] BELARMINO, san Roberto (1542-1621). Cardenal y teólogo jesuita, sobrino del Papa Marcelino II. Ecuánime y brillante polemista de la contrarreforma.
[6] JEFFERSON, Tomás (1743-1826). Tercer Presidente de los Estados Unidos, de 1801 a 1809.
[7] ESQUIVEL Obregón, Toribio (1861-1945). Jurisconsulto y periodista, revolucionario antirreeleccionista. Caído de la gracia del Sistema, desapareció en el anonimato.