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miércoles, 6 de abril de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.


Capitulo
XX
EL SENTIDO DE LA HISTORIA

En los capítulos precedentes he tratado de mostrar que los católicos liberales tales como Lamennais, Maritain, Yves Congar, tienen una visión poco católica del sentido de la historia. Trataremos de profundizar su concepción y de juzgarla a la luz de la fe.

¿Sentido o contrasentido?

Para los católicos llamados liberales, la historia tiene un sentido, es decir, una dirección. Esta dirección es inmanente y de esta tierra: es la libertad. La humanidad es llevada por un soplo inmanente hacia una conciencia creciente de la dignidad de la persona humana y por lo tanto hacia una libertad cada vez mayor de toda coacción. El Vaticano II se hará eco de esta teoría diciendo a ejemplo de Maritain:

“De la dignidad de la persona humana tiene el hombre de hoy una conciencia cada día mayor y aumenta el número de quienes exigen que el hombre en su actuación goce y use de su propio criterio y de libertad responsable, no movido por coacción, sino guiado por la conciencia del deber.”

Nadie discute que sea de desear que el hombre se determine libremente hacia el bien; pero que nuestra época y el sentido de la historia en general estén marcados por una conciencia naciente de la dignidad y de la libertad humana, eso es muy discutible. Sólo Jesucristo al conferir a los bautizados la dignidad de hijos de Dios muestra a los hombres en qué consiste su verdadera dignidad: la libertad de los hijos de Dios de la que habla San Pablo (Rom. 8, 21). En la medida en que las naciones se sometieron a Nuestro Señor Jesucristo, se vio en efecto el desarrollo de la dignidad humana y una sana libertad; pero desde la apostasía de las naciones instaurada por el liberalismo, es forzoso verificar que, al contra-rio, donde Jesucristo no reina “las verdades disminuyen entre los hijos de los hombres” (Sal. 11, 2), y la dignidad humana es cada vez más despreciada y pisada, y la libertad se reduce a un eslogan vacío de todo contenido. En cualquier otra época de la historia, ¿se ha visto una empresa tan radical y colosal de esclavitud como la técnica comunista para esclavizar a las masas? Si Nuestro Señor nos invita a “discernir los signos de los tiempos” (Mat. 16, 3), ha sido, pues, necesaria toda la ceguera voluntaria de los liberales y una consigna absoluta de silencio, para que un concilio ecuménico reunido precisamente para discernir los signos de nuestro tiempo se calle sobre el signo de los tiempos más manifiesto, que es el comunismo. Este silencio basta por sí solo para cubrir de vergüenza y reprobación a este Concilio ante toda la historia y para mostrar lo risible de lo que alega el preámbulo de Dignitatis Humanæ que os he citado. Por consiguiente, si la historia tiene un sentido, no es ciertamente la inclinación inmanente y necesaria de la humanidad hacia la libertad y la dignidad, inventada por los liberales “ad justificandas justificationes suas”, para justificar su liberalismo, para cubrir con la máscara engañosa del progreso, el viento helado que el liberalismo hace soplar desde hace dos siglos sobre la cristiandad.

Jesucristo, eje de la historia
¿Cuál es, pues, el verdadero sentido de la historia? ¿Hay acaso sentido de la historia?

Toda la Historia está ordenada a una persona, que es su centro: Nuestro Señor Jesucristo, porque, como lo revela San Pablo: “En El han sido fundadas todas las cosas, las de los cielos, y las que están sobre la tierra, las visibles y las invisibles, sean tronos, sean dominaciones, sean principados, sean potestades. Todo ha sido creado por El y en El, y El es antes que todas las cosas, y en El subsisten todas. Y El es la cabeza del cuerpo de la Iglesia, siendo El mismo el principio (...) para que en todo tenga el primer lugar. Dios ha querido que toda la plenitud habitara en El, y por medio de El reconciliar todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su Cruz.” (Col. 1, 16-20) Jesucristo es, pues, el eje de la historia. La historia no tiene más que una ley: “Preciso es que El reine” (I Cor. 15, 25). Si El reina, reinan también el progreso verdadero y la prosperidad que son bienes más espirituales que materiales. Si El no reina, es la decadencia, la caducidad, la esclavitud en todas sus formas y el reino del Maligno. Esto es lo que profe-tiza la Sagrada Escritura: “Porque la nación y el reino que no te sirvan perecerán, esas naciones serán completamente destruidas” (Is. 60, 12). Hay libros excelentes sobre la filosofía de la historia, pero que me llenan de sorpresa e impaciencia al comprobar que omiten este principio absolutamente capital, o no lo ponen en el lugar que le corresponde. ¡Se trata del principio de la filosofía de la historia, y además es una verdad de fe, verdadero dogma revelado y comprobado centenares de veces por los hechos!  He aquí la respuesta a la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la historia? Pues, la historia no tiene ningún sentido, ninguna dirección inmanente. No existe el sentido de la historia. Lo que hay es un fin de la historia, un fin trascendente: la “recapitulación de todas las cosas en Cristo”; es la sumisión de todo el orden temporal a Su obra redentora; es el dominio de la Iglesia militante sobre la ciudad temporal, que prepara el reino eterno de la Iglesia triunfante del Cielo. La fe lo afirma y los hechos lo de-muestran, la historia tiene un primer polo: la Encarnación, la Cruz, Pentecostés; se desarrolló plenamente en la ciudad católica, ya sea el imperio de Carlomagno o la república de García Moreno; y tendrá su término llegando a su polo final, cuando el número de los elegidos se complete, después del tiempo de la gran apostasía (II Tes. 2, 3); ¿No estamos acaso viviéndola?

Una objeción liberal contra la ciudad católica

Pienso que habéis comprendido bien, por lo anterior, que en la historia no hay ninguna ley inmanente del progreso de la libertad humana, ni tampoco una ley de la emancipación de la ciudad temporal respecto a Nuestro Señor Jesucristo. Pero, dicen los liberales como el Príncipe Alberto de Broglie en su libro L’Eglise et l’empire Romain au IV Siècle [La Iglesia y el Imperio Romano en el siglo IV], el régimen propuesto, de la unión de la Iglesia y el Estado, que fue el de los césares cristianos romanos o germánicos ha conducido siempre al avasallamiento de la Iglesia respecto al Imperio y a una molesta dependencia del poder espiritual respecto al temporal. La alianza del trono y el altar, dice el autor, jamás fue “ni durable, ni sincera, ni eficaz”. En consecuencia, la libertad e independencia de estas dos potencias no tiene precio. Dejo al Card. Pie la misión de responder a estas acusaciones liberales; él no duda en calificar estas afirmaciones temerarias como “trivialidades revolucionarias”:  “Si varios príncipes aún neófitos y no muy desligados todavía de las costumbres absolutistas de los césares paganos, trocaron en opresión su protección legitima desde un principio; si procedieron con un rigor contrario al espíritu cristiano (generalmente luchando por la herejía y a pedido de obispos herejes), hubo en la Iglesia hombres de fe y de valor como nuestros Hilario, nuestros Martín, como los Atanasio y los Ambrosio, para llamarlos al espíritu de la mansedumbre cristiana, para repudiar el apostolado de la espada, para declarar que la convicción religiosa jamás se impone por la violencia, para proclamar en fin elocuentemente, que el cristianismo, que se había propagado a pesar de la persecución de los príncipes, podía prescindir de sus favores y no debía enfeudarse bajo ninguna tiranía. Conocemos y hemos pesado cada palabra de esos nobles atletas de la fe y la libertad de su Madre, la Iglesia. Pero, aunque protestaron contra los excesos y los abusos y censuraron las acciones intempestivas y faltas de inteligencia que incluso a veces atentaban contra el principio y las reglas de la inmunidad sacerdotal, ninguno de estos doctores católicos ha dudado jamás que las naciones y sus jefes tienen el deber de profesar públicamente la verdad cristiana, de conformar a ella sus actos y sus instituciones y aún de prohibir con leyes ya preventivas, ya represivas según las disposiciones del tiempo y de los espíritus, los atentados que revistieron carácter patente de impiedad y que introdujeren la turbación y el desorden en el seno de la sociedad civil y religiosa.”


Es un error que ya he subrayado y que este texto del Card. Pie ilustra bien, que el régimen de “sola libertad” sea un progreso respecto al régimen de unión de las dos potencias. La Iglesia jamás ha enseñado que el sentido de la historia y el progreso consistieron en la tendencia inevitable hacia la emancipación recíproca de lo temporal respecto de lo espiritual. El sentido de la historia de Jacques Maritain y de Yves Congar no es más que un contrasentido. Esa emancipación que presentan como un progreso, no es más que un divorcio ruinoso y blasfemo entre la ciudad y Jesucristo. Fue necesaria toda la desvergüenza de Dignitatis Humanæ para canonizar ese divorcio y, suprema impostura, ¡esto en nombre de la verdad revelada! Juan Pablo II declaraba con motivo de la conclusión del nuevo concordato entre la Iglesia e Italia: “Nuestra sociedad se caracteriza por el pluralismo religioso”, y sacaba la consecuencia: esta evolución exige la separación entre la Iglesia y el Estado. Pero en ningún momento Juan Pablo II pronunció un juicio sobre este cambio, aunque fuera para de-plorar la laicización de la sociedad, o para decir simplemente que la Iglesia se resignaba a una situación de hecho. ¡No! ¡Su declaración, como la del Card. Casaroli, alababa la separación de la Iglesia y el Estado, como si fuera el régimen ideal, el resultado de un proceso histórico normal y providencial, contra el que nada puede decirse! Dicho de otro modo: “¡Viva la apostasía de las naciones, he aquí el progreso!” o aún: “¡No hay que ser pesimista! ¡Abajo los profetas de desgracias! ¿Jesucristo ya no reina? ¡Qué importa! ¡Todo va bien! La Iglesia camina de todos modos hacia el cumplimiento de su historia. Y además después de todo, Cristo viene, ¡aleluya!” Este optimismo simplón mientras se amontonan ya las ruinas, este escatologismo en verdad torpe ¿no son acaso los frutos del espíritu del error y del extravío? Todo esto me parece absolutamente diabólico.