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martes, 8 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

René Capistrán Garza
presidente de la ACJM (Asociación Católica de Jóvenes Mexicanos -1925)

"La hora de la victoria pertenece a Dios."
El emperador Maximiano marchó a las Galia a sofocar un levantamiento. Quiso y mandó que la Legión Tebana se uniera al Ejército a su mando. Estando ya en camino y muy próximo a entrar en batalla, mandó a los Tebanos ofrecer sacrificios a los dioses, dizque para que les diesen la victoria. La gloriosa Legión Tebana, al oír tan extraña e impía orden contestó: "Nosotros hemos venido a combatir a los enemigos del imperio, no a renegar de nuestra fe; mandad que desnudemos nuestras espadas contra los enemigos, pero no nos mandéis desobedecer a Dios. ¿Cómo podríais contar con nuestra obediencia, si faltásemos a la que debemos a Dios?"

-Tan valiente respuesta valió el martirio a aquella gloriosísima Legión y a su incomparable general San Mauricio. ¡Muy bien por los militares dignos! El año antepasado, cuando el déspota Herriot, Primer Ministro del Gabinete Francés, se proponía imponer leyes impías y tiránicas a la nación francesa; en los momentos en que recorría las calles de París una manifestación pacífica de católicos que protestaban de semejante tiranía, Herriot mandó a los soldados hacer fuego sobre la multitud. Pero los jefes rompieron sus espadas en las rodillas, las arrojaron al suelo con desprecio y contestaron con digna arrogancia: "No fuimos soldados para derramar la sangre de nuestros hermanos que reclaman su libertad y defienden sus derechos, sino para defender la integridad de la Patria". La resistencia armada se había iniciado, y con Capistrán repetimos: la hora de la victoria pertenece a Dios.

IX
Nos citaron al grupo corriendo la voz de que se trataba de una junta de mucha trascendencia, a la que no debíamos faltar. Con más a menos precauciones fueron llegando a mi casa, escogida para la reunión, la cual conocían por haberse celebrado algunas veces en ella la Santa Misa, en un pequeño altar que mi madre arreglaba con arte y primor. En esas ocasiones ofició para nosotros el Padre Miguel Pro, quien llegaba de cachucha y en bicicleta, y nos estimulaba por su jovial alegría y piedad sincera. Nos informaron los bien enterados que se trataba de damos a conocer un - documento de extremo valor y estábamos en ascuas por que llegara "la hora de las revelaciones”. Cuando entró Luis nos encontrábamos de pie a lo largo del pasillo de acceso. Se inclinaron reverentemente los primeros para saludado, mientras le decían: -¡Paso al casto varón!-. Los demás seguimos la broma y él pasó sonriendo a todos. Mientras Luis presentaba sus respetos a mis padres, el Pichón ocupó la pequeña mesita del estrado e imitándole la voz y ademanes nos dijo: -Compañeros, calmen su justa impaciencia. Se nos citó para darnos a conocer en el mayor secreto una orden y una noticia, las que aquí traigo y voy a leerles suplicándoles su atención:  

Todo habitante consciente de esta nación desgraciada debe
desear que a Plutarco se lo lleve...
se lo lleve la trompada.
 Por su poca educación y sus "pujidos" tan feos...
                     por quitarle sus empleos a toda la gente honrada...
           por lo de los ferrocarrileros
  se lo lleve ...
se lo lleve la tostada.
Al traidor patriarca Pérez,
que es una vejiga inflada ...
y a Morones y a Aluaritos,
y a la pandilla malvada
con tantos escandalitos
se los lleve ...
se los lleve la trastada.

¡Así sea! -carearon todos, riendo la ocurrencia. Intervino Luis para rogarnos seriedad; reprendió amistosamente al Pichón por sus versos "fuera de lugar en esa ocasión", y en seguida inició el acto con el Rosario rezado en la forma que le había dado fama, porque lo alargaba con peticiones por el remedio de todas las necesidades de vivos y difuntos, con oraciones para todos y cada uno de los santos de la Corte Celestial.

En seguida nos dio la grata nueva que había motivado aquella reunión: el Santo Padre Pío XI había dirigido a los fieles del mundo una Encíclica sobre la persecución religiosa en México, suplicando "al Divino Fundador de la Iglesia para que pusiese el remedio a tan grandes y acerbos males".Nos conmovió profundamente la Encíclica por el paternal cariño del Papa hacia sus hijos de México, demostrando estar profunda y detalladamente enterado de cuanto nos ocurría, y algunos de sus párrafos nos fueron especialmente significativos o gratos, escuchándolos con todo respeto:...contra nuestros carísimos hijos mexicanos otros desertores de la milicia de Cristo y hostiles al Padre común de todos, han movido hasta ahora y mueven todavía una despiadada persecución. Es cierto que en los primeros siglos de la Iglesia y en tiempos posteriores, se ha tratado atrozmente a los cristianos; pero, quizá no ha acaecido en lugar ni tiempo alguno, que un pequeño número de hombres, conculcando y violando los derechos de Dios y de la Iglesia, sin algún miramiento a las glorias pasadas, sin ningún sentimiento de piedad para con sus conciudadanos, encadenaran totalmente la libertad de la mayoría con tan premeditadas astucias, enmascaradas con apariencias de leyes.

…El Clero y la multitud de los fieles, socorridos con más abundantes efusiones de la gracia divina en su paciente resistencia, han dado tan ejemplar espectáculo que merecieron con todo derecho que Nos, en un Documento solemne de nuestra Autoridad Apostólica, los propusiéramos como ejemplo ante los ojos del mundo católico. Mientras leía guardábamos todo religioso silencio, turbado tan sólo cuando alguien hizo muy por lo bajo alusión a las espadas vírgenes de cierta asociación, por lo que Luis suspendió la lectura y con voz grave dijo:

-¡Silencio! ¡Está hablando el Papa!

- ¿Papa tú? Si ni a camote llegas -comentó Pichón, y provocó la carcajada de toda aquella juvenil concurrencia. Hizo una pausa Luis, que como el más anciano de aquella tropa sabía que era pedir peras al olmo exigir la seriedad de un académico a "sus muchachos", y continuó leyendo, pues en el fondo estaba admirado, según dijo después, de que hubieran guardado en todo el resto del tiempo "tan solemne silencio". Otros párrafos fueron justamente subrayados: …aquellos que idearon, aprobaron y dieron sanción a dichas leyes, " en su soberbia y demencia, creyeron que podían disgregar y echar por tierra "la casa del Señor, sólidamente construida y apoyada sobre Roca Viva", Más adelante agregaba el Papa: Es increíble, Venerables Hermanos, cuánto Nos entristece esta grande perversión del ejercicio de la autoridad pública, Hombres y mujeres que defendían la causa de la Religión y de la Iglesia, de viva voz o distribuyendo hojas y periódicos han sido llevados a los tribunales y puestos en prisión. Los miembros de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa que se ha pro pagado por toda la república, trabajan concorde y asiduamente para que los católicos bien ordenados e instruidos presenten un frente irresistible a sus adversarios. Una fingida tosecilla de satisfacción se apoderó de nosotros cuando se refirió concretamente a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, de quien Pío XI dijo que sus socios "están tan ajenos a todo miedo, que lejos de huir, buscan los peligros y aun gozan cuando les toca sufrir malos tratamientos de los adversarios, ¡Oh espectáculo hermosísimo dado al mundo, a los ángeles y a los hombres! ¡Hechos dignos de toda alabanza!"

En este elogio incluyó igualmente a la benemérita Unión de Damas Católicas Mexicanas, Casi para terminar tuvo el Santo Padre un párrafo lleno de esperanza para nosotros: Sabremos que vendrá igualmente un día en que la Iglesia Mexicana descansará de esta tempestad de odios, porque, según los divinos oráculos no hay sabiduría, no hay prudencia, no hay consejo contra el Señor y las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia de Cristo. Terminó la Encíclica implorando a Nuestra Señora María de Guadalupe, celestial Patrona de la Nación Mexicana, que alcance para su pueblo las bendiciones de la paz y la concordia. Después de hacer entusiastas comentarios se disponían a partir, cuando de improviso iluminamos el patio de la casa y, abriendo la puerta que le daba acceso, aparecieron a los ojos de todos dos formidables piñatas, que nos llenaron de una alegría indescriptible, pues el boycot nos había privado de toda clase de diversiones por cinco largos meses, y no figuraron aquel año en nuestro programa las tradicionales posadas que esperábamos siempre con ansia. Nuestra alegría no tuvo límites. Olvidáronse de que estaban en casa ajena, y dejando a un lado preocupaciones y tristezas, se lanzaron al patio, celebrando con risas y gritos la feliz ocurrencia de los Piñateros, quienes habían aderezado las ollas imitando a dos personajes.

La una tenía en su cara de cartón la expresión de un niño gordo con bigotes y anteojos y un brazo mochado a la mitad, buena caricatura de Obregón, y la otra de una cara dura, con bigote recortado y arrugas muy marcadas, imitaba admirablemente a Plutarco Elías. Luis fue el primero en vendarse, respetando la voluntad popular que así lo pidió a gritos. Pablo tomó de los brazos a Luis y llevándolo así le hizo tocar la olla con el palo y le dio después varias vueltas sobre sí mismo para que perdiera la idea de su situación respecto a la piñata. Humberto, que tenía en sus manos la cuerda que la sostenía, la hizo descender hasta que tocara el suelo con sus pies de cartón, y le dio un impulso que hizo parecer que caminaba impaciente de un lado a otro, como en espera del garrotazo que había de poner fin a su vida. El anciano descargó los tres golpes reglamentarios en los precisos momentos en que la piñata acababa de pasar frente a él. Roberto fue el siguiente en turno y no logró hacerle mayor daño que romperle una parte de las vestiduras y dejar al descubierto ventruda olla prometedora de gran abundancia de golosinas. Tras ligera discusión, en que salieron a relucir edades y otros títulos que obligaban al que los poseía en mayor abundancia a aceptar el siguiente turno, fueron pasando varios, pero se salvaba la piñata gracias a la habilidad de Humberto, que esquivaba los golpes, hasta que uno puso fin al muñeco y se lanzaron todos sobre sus mortales despojos, y ¡oh decepción! de la panza del manco no cayeron sino jitomates, ajos, cebollas y garbanzos en cantidad, con los que se entabló encarnizado combate, que suspendió Luis para dar lugar a la siguiente piñata. Con el turco se repitió la diversión. Un formidable golpe del general le abrió la negra barriga, pues muy ahumada estaba la olla, y de ella salieron sólo papas, con las que se reanudó la batalla.

X

LA NOTICIA DE LOS PRIMEROS LEVANTAMIENTOS en armas corría de boca en boca y el entusiasmo de la gente era contagioso y lleno de optimismo. Insistentemente se habló de un barco cargado de pertrechos adquiridos en el vecino país del norte, en el cual vendría Capistrán Garza para ponerse al frente de la gente que tan sólo esperaba elementos con qué actuar. Se señalaba Puerto Vallarta como el lugar indicado para el desembarco, e incluso se daban detalles del plan preparado para apoderarse previamente del citado puerto. Mientras eso ocurría era indispensable pertrechar a los alzados que carecían de todo lo necesario, y se inició una colecta de armas y parque entre las personas amigas de la causa, y se reunieron en buena cantidad, pero eran de tipos tan diversos, y algunas tan antiguas que mejor aprovechamiento hubieran tenido en algún museo ad hoc.