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miércoles, 23 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


ANOCHE FUE ASALTADO EL TREN DE GUADALAJARA.


Consumaron los alzados el atentado más monstruoso que se registra en los anales de nuestros trastornos. Orlando de luto nuestras columnas damos la noticia que nos fue proporcionada por el General José Álvarez, Jefe del Estado Mayor Presidencial. El criminal acto que hizo víctimas no sólo a la escolta, que se batió heroicamente, sino a una parte del pasaje, fue consumado por la gavilla capitaneada por los curas Vega, Pedroza y Aguilar, el licenciado Loza y el cabecilla apodado El Catorce. La escolta sucumbió ante la superioridad numérica de los levantados y la fiereza de éstos que hizo víctimas, en forma espantosa y con una crueldad que subleva, a una parte del pasaje. Informó el jefe del Estado Mayor Presidencial que acércanos y estaban a punto de tomar contacto con los alzados para exterminarlos, y comentaba: "La impresión de las autoridades militares es que la actitud de los rebeldes se debe a la dura batida de las fuerzas federales en Jalisco) que los ha obligado a reconcentrarse en otros sitios y manifestar su despecho en forma positivamente condenable", A pesar de la censura se supo que el asalto al tren se debió a que transportaban en el mismo pertrechos destinados a las fuerzas federales y dinero. A las ocho horas y media de la noche obligaron al tren a detenerse por los obstáculos acumulados en la vía, además de que los rieles habían sido levantados en una gran extensión. Los cristeros se apostaron bien parapetados en ambos lados de la vía, dominando al convoy. El destacamento a cuyo cuidado iban los pertrechos se diseminó por todos los carros y ocupó las ventanillas, desde las cuales hicieron fuego incesantemente, sin importarles la seguridad del pasaje, el cual tirado contra el piso de los mismos carros, quedó expuesto a las balas de los atacantes. El combate duró casi tres horas, hasta que sucumbió el último hombre de la escolta, que dicho sea en su honor, se portó con fiera valentía.

Una vez dominada la situación subieron los rebeldes al tren, se apoderaron de las armas, pertrechos y dinero que en él se conducían, bajaron al pasaje, transportaron a los heridos fuera de los carros, y quedaron dentro sólo algunos de los soldados muertos durante la refriega; regaron los carros con el combustible de la máquina y les prendieron fuego. Los atacantes pensaron que ante un hecho de esta magnitud la prensa no podía permanecer callada. Además creyeron complacer a los que se mofaban de sus procedimientos de hacer "revolución"; pero el callismo, ante la imposibilidad de ocultar este descalabro, lo aprovechó como publicidad negativa en contra de los alzados. Refiriéndose al asalto, El Universal Gráfico informó el 21 de abril lo siguiente: Subieron los rebeldes sin escuchar a las mujeres que pedían piedad. Bajaron del tren los pasajeros que pudieron hacerla, pero se quedaron los niños y heridos. Los asaltantes sin miramiento alguno regaron de chapopote los carros y les prendieron fuego, consumiéndose por completo y oyéndose en medio de la hoguera los gritos de quienes se quemaban vivos. Todos los diarios' informaron con grandes titulares el día y hora en que llegarían a México "los supervivientes de la catástrofe" y el gobierno dispuso que todas las ambulancias disponibles en la ciudad de México estuvieran desde temprana hora. Frente a la estación del ferrocarril; colocaron las camillas en el andén y apostaron fuertes contingentes de policías y tropas haciendo valla.

La prensa al dar la reseña de su llegada dijo: "Vivimos a una niña de apenas 5 años de edad con ropas manchadas de sangre. Una ancianita herida que casi no podía hablar y fue recogida por la Cruz Blanca. En los carros de segunda venía un soldado acribillado de balas y herido de arma blanca y cuatro pasajeros heridos. En el express cinco cadáveres de soldados, también recogidos por las Cruces". El 26 de abril publicó El Universal Gráfico, en primera plana, tres fotografías, una de un carro de ferrocarril con hierros retorcidos, otra con un carro entero y tres hombres tirados en el terraplén y una última donde se ve la locomotora fuertemente inclinada. El tono del texto explicativo acusa a las claras su intencionado fin, pues su dramaticidad no corresponde a las fotografías publicadas y los argumentos esgrimidos son desusados. La leyenda dice así: Primeras fotografías que dan una idea exacta de la magnitud del atentado que causa verdadero estremecimiento, pero que sin embargo, el periódico en su obra de reileiar la verdad se ve en el caso de publicar, contrariando sus deseos de ofrecer siempre a sus lectores hechos gratos, amables, que levanten el espíritu y no produzcan, como en el caso, violenta sensación de horror.

Los sindicatos de la CROM y el gobierno organizaron novilladas y festejos en beneficio de los familiares de los soldados muertos en el tren y por muchos días mantuvieron viva la espectación del pueblo. El asalto al tren de Guadalajara sirvió al callismo como pretexto para consumar otro atentado que hasta entonces no se había atrevido a intentar: la expulsión del país de los arzobispos y obispos mexicanos, encabezados por el anciano arzobispo de México, señor José Mora y del Río, de quien dijo Tejeda, el Secretario de Gobernación, que "como era el director intelectual del ataque e incendio del tren había salido huyendo del territorio nacional". La persecución de los católicos se extremó y se hizo más rígida la búsqueda de sacerdotes y religiosos, los cuales al ser aprehendidos invariablemente acusados de estar en connivencia con los levantados en armas, e inclusive de ser directores del movimiento.


Los miembros del Comité Directivo de la Liga Defensora de la Libertad fueron aprehendidos, pero ya prevista esta contingencia entraron sucesivamente en funciones otros Comités previamente librados. Luis, el noble Anciano del Grupo, formó parte de uno de dichos Comités sustitutos, por lo que la Inspección de Policía ordeno su captura; penetraron a su casa por las azoteas vecinas, pero no lograron su objeto porque ese día había salido en comisión a una de las ciudades próximas a la capital. Saquearon su domicilio los agentes y se llevaron el dinero y objetos de valor que encontraron, Por fortuna él pudo ser advertido cuando venía de regreso y aprovechando el ofrecimiento que mi padre le había hecho, se refugió en mi casa, en la cual permaneció por bastante tiempo. Con el pase días muy gratos, mesclando las bromas que le jugaba, y las que a Luis le gustaban, con provechosas lecciones de oratoria, pues era notable declamador. Durante las noches si disfrazaba con ropas de obrero y salía conmigo “a estirar las piernas”, según decía. En una ocasión lo acompañe a una cena a la cual asistieron personalidades eclesiásticas y directores de acción católica. Allí le pidieron insistentemente recitara “Para entonces”, de Gutiérrez Nájera, la que escucho la concurrencia con religioso silencio:

Quiero morir cuando decline el día,
En altamar y con la cara al cielo.

Cuando recitó aquello de Quiero morir y joven, le dije: ¡Ya no se te hizo, lo que provocó carcajada general; pero en seguida se produjo la reacción; me sentí corrido y apenado, pues era el único muchacho en la reunión y me acosaron las miradas de tanto circunspecto comensal. Otro motivo de entretención nos lo daba la lectura de los periódicos, pues nos acostumbramos a "leer entre líneas", es decir, a interpretar las escasas noticias que los diarios daban temerosos de contravenir la rígida Ley contra Alarmistas. Las única, noticias relacionadas con el movimiento armado eran los partes oficiales, redactados todos más o menos en los mismos términos. Reproduzco UI10 cualquiera, el publicado en Excélsior el 17 de mayo de 1927, por tenerlo a la mano.

CINCUENTA MUERTOS A UNA PARTIDA REBELDE.

Fue aniquilada la gavilla del Pbro. A. Pedroza. En la Presidencia de la República se nos proporcionó el siguiente boletín de noticias acerca de la campaña que se está desarrollando en el Estado de Jalisco. Dice así:  La chusma episcopal de bandidos que encabezan los presbíteros Antonio Pedroza, de Ayo el Chico; Pedro González de Jalpa y el Cura Vega, fueron alcanzados por las fuerzas federales, después de cinco días de tenaz persecución en que los asaltantes y ladrones del tren de Guadalajara huyeron vergonzosamente. Según informa el General Espiridión Rodríguez Escobar, Jefe de la columna, los ladrones episcopales se preparaban, según las órdenes del episcopado y las instrucciones de la Iglesia en esta compañía, para asaltar otro tren de pasajeros asesinar a todos los que vinieran en trenes de segunda. Las gavillas e episcopales que merodeaban por los Altos han tenido en esta última semana más de cien bajas. Se tomaron prisioneros cuarenta JI cinco mujeres y niños que los episcopales tenían escondidos en las barrancas. Por el rumbo de Los Altos, es decir, por la zona que comprende los pueblos de Tototlán, Tepatitlán, Arandas, hasta San Miguel el Alto y San Julián, han quedado algunas gavillas tratando de ocultarse de la persecución. Era imposible tomar en serio los partes de la Presidencia de la República y de buena gana reíamos con párrafos como el de que "los ladrones episcopales", "por órdenes de los obispos e instrucciones de la Iglesia iban a asesinar a todos los pasajeros que vinieran en segunda". -Asaltarían los lujosos coches-dormitorio, que es donde viajan ahora los revolucionarios -comentó Luis-, y no los de segunda donde viajaban los nuestros. Otras veces las noticias eran francamente chuscas, revelando el ánimo y la mentalidad de los esbirros del callismo. El cuatro de julio de 1927 Excélsior publicó en primera plana la siguiente noticia:


UN INCIDENTE PENOSO EN LA LEGACIÓN RUSA.

Un grupo de ignorantes agentes policíacos pretendía catear la residencia diplomática de la República Soviética. Creían que estaban celebrando cultos. Por un error de un policía, la Legación de la Unión de las Repúblicas Soviéticas Socialistas, estuvo a punto de sufrir la violación de su derecho de extraterritorialidad, así como también la propia Ministra, excelentísima señora Alejandra Kollontay, iba a ser detenida y llevada a las oficinas de la policía, acusada de desarrollar ceremonias religiosas en el edificio de la Legación en Rhin. Sucedió que numerosas personas fueron invitadas a la fiesta de despedida a la señora Kollontay, que parte para Alemania, lo que atrajo la atención del guardián que vigilaba una de las esquinas de la calle y sucedió que en los momentos en que trataba de averiguar a través de la reja de la casa lo que estaba pasando en su interior, escuchó algunos cantos, que le parecieron de Iglesia. La música rusa y, especialmente, el Himno Internacional, que es el canto bolchevique, tienen ciertas modulaciones parecidas a la música religiosa, por lo que en el cerebro del modesto guardián surgió la idea de que se estaba violando la reciente ley de cultos y que aquellos cantos eran, indudablemente, del rosario. El policía pensó inmediatamente que podía hacer méritos y aun vislumbró un posible ascenso, con sólo dar parte a la comisaría, lo que hizo desde luego. Esta oficina mandó en el acto un grupo de agentes para que procedieran a detener a todos los que se hallaban en el interior de aquella residencia. Los agentes llegaron violentamente y todavía pudieron enterarse de que lo asegurado por el gendarme era cierto; aunque no podían percibir con exactitud las palabras de lo que se estaba cantando pues lo hacían en ruso, pero creyeron que eran oraciones en latín.

Desde luego comenzaron a estudiar la situación del edificio y se informaron si tenía salida por la parte de atrás, a fin de impedir que los supuestos infractores pudieran escapar y, ya una vez cerciorados de estos detalles, procedieron a dar el golpe, como se dice en estos trances policíacos. Sin embargo, el desacato pudo evitarse a tiempo, para lo cual bastó la intervención de los secretarios de la Legación, que pasaron a la octava comisaría, en donde se identificaron, y a la vez solicitaron las debidas garantías para la señora Kollontay. Naturalmente que no siempre nos hacían reír las noticias de los diarios; en ocasiones eran terribles, como la que se refirió a la muerte del Dr. Baltasar López, a quien Luis mucho estimaba. En la página editorial, con el título de "El pánico en las pequeñas localidades", leímos el artículo siguiente: Frecuentemente, sin que hayamos podido obtener hasta lo presente resultados prácticos, nos hemos quejado de los abusos (y seguido de graves delitos) que cometen los jefes militares pequeño, y grandes, con el pretexto de extinguir los focos de rebelión que han brotado en diferentes partes del país.

Nos hemos referido a atentados cometidos en las grandes ciudades, pero lo qué no podríamos decir de la situación angustiosa de las pequeñas poblaciones, donde la autoridad militar es omnipotente y donde las quejas de las víctimas son ahogadas sin permitir que trasluzcan hasta la capital? Interminable sería la lista de esta clase de agresiones: los mismos periodistas no las conocemos todas. Nuestros corresponsales, temiendo caer bajo el enojo y la venganza de los caciques apenas si osan informar hechos que por su enormidad no pueden ser disimulados. Es por esto que muchos crímenes quedan sin castigo, aun ignorados por las autoridades del Centro. Como ejemplo típico de lo que pasa en las pequeñas localidades, reproducimos el relato que una persona, cuya veracidad está encima de cualquier duda, nos comunica desde una población del interior del país. Nosotros garantizamos la exactitud de esta información; la monstruosidad de los hechos que ella revela es tal que nos hace imprimirla en editorial. He aquí la carta: El miércoles 6 de este mes (mayo de 1927) a las cinco de La mañana, en el municipio de Moroleón (Estado de Guanajuato), un camión proveniente de Acámbaro se detuvo frente a la casa del estimable doctor Baltasar López. El auto estaba lleno de soldados federales al mando de un capitán. Este bajó en seguida y golpeó violentamente la puerta. Los ocupantes despertaron y el infortunado doctor apareció por una ventana. Inquirió el motivo de la llamada. El Capitán respondió -¿Quién es usted? -El doctor Baltasar López-. Venga en seguida a atender un enfermo ordenó el soldado.

El doctor, temiendo por su seguridad, se excusó diciendo que él mismo estaba enfermo y que no podía salir a semejante hora. Pero el soldado renovó la orden, previniendo al doctor que debería salir de todos modos, bajo la amenaza de ser obligado por la fuerza. El doctor se vistió a toda prisa y salió. Preguntó a dónde iban.

-A Acámbaro -le contestaron.

Montó en el vehículo, que se puso en marcha. En la primera esquina de la calle, el culpable (?) pidió permiso para comprar cigarros. El comerciante no quiso recibirle dinero al doctor, quien entonces le suplicó avisar a su cuñado, señor Miguel Cerrato, que lo llevaban preso, aparentemente para Acámbaro. El auto de la muerte continuó su ruta. Más lejos, frente a la casa del presidente municipal de Uriangato, se detuvo de nuevo. Llamaron al presidente a golpes de culata sobre el batiente de su puerta. Al salir, el capitán le ordenó: "Haga levantar el cadáver de este hombre que voy a fusilar en el lugar". El coche volvió a partir, dejando estupefacto al funcionario, que veía caer una cabeza inocente sin formular la más mínima pregunta. Un poco más lejos, hicieron descender al doctor López, aún no repuesto de la impresión de horror que le causaron las palabras del capitán al presidente municipal, y se echó al cuello del soldado pidiéndole piedad, protestando su inocencia absoluta en todo lo que se le pudiera imputar, ofreciendo como testigo de su honradez al pueblo entero de Moroleón. Así luchó el desventurado contra ese ser sanguinario. ..Hasta que esta hiena para deshacerse de él le arrojó de cara contra el muro, rompiéndole las narices y las mejillas.