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miércoles, 16 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

“LA GUERRA SANTA ENCENDÍA DE ENTUSIAMO”


-Mire, jefe, tamos con el sol encima y ta lejos l'olla, será mejor no chiquearnos tanto y picarle a lo macizo.

-¡Híjole! -replicó Epifanio-. ¡Ya vienes alzando gallo! No por mucho madrugar amanece más temprano. ¿No ves que los señores vienen de lejos?, ¿o porque naciste en pesebre presumes de Niño Dios?

Gusto me dio la respuesta de Epifanio, pues poco acostumbrado a montar, con trabajo les seguía bordeando las milpas, brincando zanjas y salvando obstáculos. Después de mediodía llegamos a donde acampaba parte de la gente que con Braulio andaba. Fuimos muy bien recibidos e invitados desde luego a tomar un taco. Siguieron otros y un trago que me ofrecieron con este comentario:

-¡Ándele, mi amigo, beba nomás hasta caerse, lo demás es vicio!

A lo que contesté:

-Lo que me tumba es la sed. ¿Tiene agua que me dé? -¡Válgame María Santísima! -me contestó riendo-o Si el agua destruye puentes y acaba caminos, ¿qué no hará en los intestinos? Pero diciendo y haciendo, solícito me presentó un jarro en el cual se conservaba deliciosamente fresca y bebí hasta satisfacer la sed.

-¡Bueno! -dijo Pijanio, como le decía su gente-, atole que no se menea, se quema. Vamos a ver lo que nos trujeron.

Muy satisfechos abrimos el Niño y yo nuestras maletas, mostrando con orgullo los numerosos envoltorios de balas que contenían. Se acercó Epifanio y rodilla en tierra fue desenvolviendo los pequeños paquetitos y colocando a un lado los cartuchos. A pesar de que entonces nada sabía acerca de armas y municiones, comprendí, al ver el cambio gradual de expresión de Epifanio y la diversidad de calibres y tamaños de las balas, que aquel parque, obtenido en pública colecta, distaba mucho de ser el que esperaban Braulio y su gente.

-¡Desde lejos, lo parecen; de cerca, ni duda cabe! -dijo uno de los rancheros que presenciaba la escena.

-¡Ni hablar, canijo! -replicó Epifanio-. No hay mal colchón pa un buen sueño, ni gordas duras p'al hambre.
Afortunadamente para ellos, el parque que con el cargamento de piñas habían mandado sí era del que se necesitaba para los 116 rifles arrebatados a los callistas, por lo que muy satisfecho Epifanio dijo:

-¿Ven? ¡Cuando la de malas llega, la de buenas no dilata! Vamos a celebrarlo, que quiero que se lleven un buen recuerdo. Ya con este parque nos encargaremos nosotros de arrebatarles el resto a los pelones.

Tranquilos, con la seguridad de que nuestros padres habrían recibido los mensajes que de Querétaro les pusimos comunicándoles nuestro feliz arribo, acampamos con los cristeros aquella noche espléndida de invierno, bajo un cielo tachonado de brillantes estrellas. De madrugada nos despertaron los que nos habían de acompañar de regreso, y nos despedimos de Epifanio y su gente. Al llegar al pueblo fuimos a donde estaba el coche que nos llevó; el chofer que lo guiaba dijo al vemos:

-¡Bendito sea Dios que les permitió regresar! Ya temía hubieran tenido algún desagradable encuentro.

-Muy por el contrario -le contesté-, el viaje y nuestra estancia en el campamento cristero no pudieron haber sido más agradables y tranquilos.

-Es que ahora se está más seguro en el monte con el rifle en la mano que en el interior de su casa. ¿Saben que mataron a don Ramón, el dueño de la fonda?

-¡Cómo es eso! ¿Quién lo mató? -pregunté.

-Ayer, poco después de la partida de ustedes, llegaron los agraristas de la Defensa Rural a la fonda. Se arrojaron sobre los presentes al grito de "arriba las manos, ¡Hijos de tal!" Registraron la casa en busca de Epifanio y los suyos, pues alguien los vio allí; pero al no encontrarlos se enfurecieron y encerraron a don Ramón y su mujer en la habitación, donde lo golpearon brutalmente, creyendo que tenía alguna relación con ellos. Saquearon la casa con el pretexto de buscar armas y documentos y no obstante no haber encontrado cosa alguna comprometedora, insistieron ( martirizar al patrón y extremando su felonía abusaron de la mujer delante del marido, a quien ya para irse dieron de tiros, cayó herido de muerte junto a la señora. Ella aún se encuentra junto a él, sin lágrimas, con la mirada inexpresiva, repitiendo con voz sin inflexiones:

-¿Por qué le han hecho esto?

Profundamente conmovidos por el relato del chofer, salimos del pueblo sin ser molestados, pues afortunadamente él hacía regularmente viajes llevando toda clase de pasajeros, además de que por nuestra edad e indumentaria citadina no llamamos la atención de aquellos esbirros. De Querétaro la emprendimos desde luego a México, Siguióme por mucho tiempo el recuerdo de aquellas horas vividas con tanta intensidad.

LA GUERRA SANTA ENCENDÍA DE ENTUSIASMO nuestros corazones y eran muchos los que deseaban ir a defender su modo de vivir con las armas en la mano; terreno al que el gobierno nos llevó al privamos de las formas naturales de petición y defensa. El 31 de diciembre de 1926 parecía día de fiesta para los acejotaemeros del Grupo Guillermo Ketteler de Tlalpan, Distrito Federal, que con otros compañeros de los grupos de Coyoacán y del Centro de Estudiantes se disponía a partir para unirse a los Libertadores del Sur. Sin una lágrima, sin sombra alguna de amargura se despidió de los suyos; prepararon las cosas que habrían de llevar consigo, y gozosos, como quien se dispone a tomar parte en algún desfile triunfal, partieron rumbo a la montaña del Ajusco.  Era tal el entusiasmo, que se olvidaron las precauciones y no sólo sus familiares, sino el pueblo en masa salió a despedirlos el primero de enero de 1927 hasta las afueras de la población.  Muchos no habían disparado un arma en su vida, pero todos iban por Dios, y El proveería. Llevaban pantalón de mezclilla azul, saco de casimir, zapatos de ciudad unos y los más botas fuertes bajo el pantalón.  Lentamente se alejaron. Algunos volvían la vista para mirar el caserío de TI al pan o tal vez a algún ser querido que aún pudieran distinguir. El tres de enero, dos días después de su partida, los periódicos daban la noticia de sus actividades. Un gran titular del Excélsior decía: "Asalto sin consecuencias en Topilejo" y a continuación la noticia: V arios automóviles fueron detenidos por un grupo de hombres armados, que solicitaron de los viajeros comida, armas y dinero, sin cometer violencias ni actos de pillaje con nadie. El asalto ocurrió el día dos en Las Raíces, entre Parres y Topilejo, sobre la carretera de México a Cuerna vaca, como a las cuatro y treinta horas.

El grupo de asaltantes parecía obedecer las órdenes de un individuo de buena apariencia, vestido con traje de charro. Eran unos treinta individuos, la mitad a pie y el resto a caballo, armados con carabinas 30-30. Ante la actitud correcta de los asaltantes los pasajeros les dieron unos cuantos pesos, así como algunos víveres. Después se extendía la noticia del periódico con las entrevistas de automovilistas y choferes asaltados, todos los cuales coincidían en reconocer la actitud cortés de los alzados, quienes les leyeron el Manifiesto a la Nación firmado por René Capistrán Garza. El Universal Gráfico del mismo día 3 de enero hizo el siguiente comentario:

ASALTANTES DE GUANTE BLANCO. Una de dos, o nos hemos olvidado de la manera de revolucionar o los armados que ayer aparecieron en Topilejo son neófitos o unos perfectos ilusos. Miren ustedes que andar a salto de mata, por cerros y matorrales, para hacer irrupción en un camino y decir a los pasajeros con la mejor de sus sonrisas: ('Quieren ustedes, si a bien lo tienen, darnos algún alimento, algún dinero del que les sobre, y algunas armas de las que no necesiten mucho? De tal manera, desusada por cierto en nuestras revoluciones, se portaron los que ayer detuvieron coches y camiones en la carretera de Cuerna vaca, sin saberse hasta la fecha si esos individuos son alzados en armas, si son bandoleros, si son cruzados de alguna causa desconocida. Pero, si son alzados, aunque dejen muchas gratitudes entre los caminantes, irán a la muerte por inanición; si son bandoleros acabarán pidiendo limosna y si son cruzados pararán en la cruz de cualquier camino. De muchos de ellos no volvimos a tener noticias, varios abandonaron la lucha y otros murieron en ella.

Armando Téllez Vargas, acejotaemero muy querido del Centro de Estudiantes, fue torpemente asesinado después de haber sido hecho prisionero con otros compañeros en una emboscada que les tendieron en la serranía del Ajusco y en la cual cayeron cuando iban por agua al manantial. El nombre de otro de los muertos, Manuel Bonilla, ha sido recogido con especial veneración, por las circunstancias en que ocurrió su muerte y por su vida ejemplar. Gracias a él conocemos muchas de las penas que pasaron estos cristeros, muy semejantes a las nuestras, Durante la campaña escribió un diario que cayó en manos de los que lo sacrificaron, quienes por mofarse de sus tiernas expresiones y probar su ascendiente religioso lo dieron a la publicidad en parte. A través de sus líneas sabemos de las penalidades sufridas en terrenos poco hospitalarios, fríos, agresivos. Grandes esperas y golpes rápidos de audacia increíble y luego el repliegue a refugios que parecen inaccesibles al hombre. Tuvieron algunos días de triunfo en pueblos que los aclamaban delirantemente, sintiendo en ellos la exaltación de la libertad religiosa; la Misa en la plaza pública, el Te Deum triunfal; pero después nuevamente la retirada, cediendo terrenos largamente disputados, no por falta de valor, sino por la continua escasez de municiones. Con el mismo empeño con que socorría a los suyos, o si cabe aún mayor, Manuel Bonilla atendía a los heridos del enemigo y ayudaba a bien morir, cristianamente, a los soldados callistas que cayeron en su campo.

En una de las páginas de su diario revela el sufrimiento que le embargaba cuando dice: "Dios mío, mi valor está a punto de desfallecer. Pienso en huir de esta vida de penalidades para irme con los míos. Se me figura que mis sacrificios son inútiles ... Qué lucha más atroz, superior a mis fuerzas.. " En otras se queja de las deserciones de los jóvenes que como él salieron del seno de sus familias para luchar por Cristo; pero faltos de espíritu, sin la preparación necesaria para vida tan dura, fueron desapareciendo, dejando aún más solos a los que perseveraron. El 13 de abril de 1927 los cristeros del general Manuel Reyes cayeron en una emboscada en Puente de la Melera, Estado de México, y sufrieron gran descalabro. Huyó Manuel Bonilla con un compañero herido, a quien llevó en ancas de su caballo. El 15 de abril llegó a las 5 de la mañana a la hacienda de San Diego, después de mucho rodear y ocultarse. Haciéndose pasar por comprador de ganado, solicitó hablar con el dueño de la hacienda, un señor Trevilla, a quien abrió su corazón preguntándole:

-¿Es usted católico? El señor Trevilla contestó afirmativamente, por lo que Manuel no tuvo inconveniente en confesarle que era cristero y venía  Huyendo, suplicándole proporcionara alguna ayuda al herido que traía, y los medios para que él se disfrazara. Le entregó el dinero que tenía como tesorero que era de su grupo; se afeitó totalmente la barba y el bigote, que durante la campaña le habían crecido, y escondió en el lugar que se le indicó la bandera que llevaba y su pistola, y dejó su magnífica yegua en los corrales.

Mientras esto ocurría, por el teléfono de la misma hacienda se dio parte de su llegada al general callista Urbalejo, y momentos después llegó un carro con militares que se dirigieron directamente a Manuel, y lo encerraron en uno de los cuartos de la hacienda. Mientras estuvo preso escribió cuatro cartas, una de ellas para su madre y otra para Lucha, su novia. Además, envió por con ea un lacónico recado a su casa diciendo:

-"Madre, ven luego, estoy preso en la hacienda de San Diego de Linares, junto a Toluca. Quiero tu bendición y despedirme. Juan". Este era el nombre de guerra de Manuel.

No hubo formación de causa, ni el más mínimo simulacro de juicio: sólo una orden de muerte, y de la hacienda de San Diego lo llevaron a Toluca y de allí al rancho de la Marquesa, junto al Monte de las Cruces. Pidió unos momentos para encomendar su alma y poniéndose de rodillas oró. Al concluir escribió en un trozo de papel sus últimas palabras: "Muero por Dios. Manuel Bonilla". Erguido abrió los brazos en cruz y gritó: i Viva Cristo Rey! La escolta disparó sobre él. Murió en Viernes Santo, a las tres de la tarde, el 17 de abril de 1927.

En los mismos días ocurrieron otros levantamientos; entre ellos los que más éxito alcanzaron fueron los de Parras, en Coahuila, y Puruándiro, en Michoacán. En Parras de la Fuente, la noche del dos de enero de 1927, unos cuarenta jóvenes se reunieron para recibir las últimas órdenes. Allí conocieron el Manifiesto de Capistrán Garza; se confesaron y a la madrugada recibieron la Sagrada Comunión. A las cinco de la mañana del día tres se posesionaron de la plaza e hicieron prisioneros a las autoridades y a los más connotados bolcheviques de la ciudad, a los cuales trataron con toda corrección. Mataron sólo a un cromista que intentó disparar sobre ellos. Los muchachos patrullaron la población para mantener el orden, y eran aclamados en todas partes. Se apoderaron de los caballos y armas que tenía el gobierno en Parras y con ellos pudieron armar cosa de 200 hombres; pero era tal el entusiasmo orden, y eran aclamados en todas partes. Se apoderaron de los caballos y armas que tenía el gobierno en Parras y con ellos pudieron armar cosa de 200 hombres; pero era tal el entusiasmo, que se les unieron otros 300 más sin arma alguna, con la esperanza de hacerse de ellas en las rancherías y pueblos vecinos.  El día 4 supieron que de Torreón iba una columna de caballería y un tren cargado de infantería enemiga. Este se hallaba detenido a unos 55 kilómetros de Parras, pues se había tomado la precaución de inhabilitar los puentes entre San Isidro y Hoyos.

Medidos sus recursos, vieron que no era posible hacer frente a tan considerable número de tropa de línea perfectamente equipada, sobre todo por carecer ellos de parque en la cantidad necesaria para una operación de esa envergadura, y resolvieron abandonar la ciudad por la tarde, y buscar refugio en los cerros próximos. La caballería gobiernista emprendió su persecución, pero volvió al día siguiente con los caballos reventados, sin haber logrado calizarlos. Como represalia saquearon los negocios y domicilios particulares de los que se unieron al movimiento y de otros muchos cuyo único delito era ser católicos destacados. El 9 de enero algunos bajaron del cerro en busca de víveres. Toparon con un campesino que los recibió con afabilidad y les ofreció su casa para pasar la noche, así como preparar les unos cabritos para la gente. Mientras los cristeros se aprestaban al descanso, traidoramente dio aviso de la llegada de los católicos al Cuartel de Parras. Sugería los sorprendieran durante la noche de modo que pudieran apoderarse fácilmente de ellos. Fuerzas callistas de caballería rodearon el rancho, pero fueron advertidos por los centinelas cristeros, quienes dieron la voz de alarma y todos sobre las armas les resistieron durante algún tiempo, hasta que, abrumados por el número y la superioridad del armamento de los federales -rifles automáticos y ametralladoras-, emprendieron la retirada protegidos por el jefe Antonio Muñiz y algunos de sus hombres, y se defendieron desesperadamente hasta agotárseles el parque. Eran tan buenos tiradores, que el coronel callista les dijo al aprehenderlos:

-¡Se la jugaron bien, hijos de tal. .. ! De haber tenido parque no quedamos uno, por'ora les va p'a dentro, a ver si estiran como encogen.

De once que hicieron frente a las tropas, pudieron huir a última hora dos. Los nueve restantes fueron aprehendidos y conducidos a pie a Parras, a donde llegaron agotados, y les llevaron inmediatamente al panteón para fusilarlos. El pueblo de Parras de la Fuente guarda piadosamente los nombres de los ocho esforzados cristeros fusilados, a quienes llaman los mártires de Parras) siendo ellos: Francisco Guzmán, Antonio Muñiz, Juan Silva, José Rodríguez, Dolores Rodríguez, Francisco Fuentes, Plácido Esciniego y Bernardo Morales. Antonio Muñiz, jefe del grupo, los exhortó a morir por Cristo, y bajo su dirección gritaron los nueve al unísono con toda la fuerza de sus varoniles pechos: i Viva Cristo Rey!

Francisco Guzmán, obrero a quien por sus virtudes y carácter se le había nombrado Jefe Local de la Liga Defensora de la Libertad durante los meses de resistencia pasiva, quiso morir de rodillas con los brazos en cruz. Fueron dispuestos en tres grupos de tres, frente a los cuales tres pelotones de soldados esperaban la orden de hacer fuego. A una señal del jefe de la escolta rodaron abatidos los nueve soldados del Ejército Libertador, y recibió a continuación cada uno de ellos el tiro de gracia en la sien, dado por el mismo jefe de la tropa. Los soldados despojaron a los muertos de sus prendas de valor y uno de ellos exclamó riendo:

-«Fanáticos hijos de tal. ¡Que venga su Cristo Rey a resucitarlos!"

Entonces, ante el asombro de todos, Isidoro Pérez, muchacho de unos diez y nueve años, se levantó lentamente y exclamó:

-"¡Cristo Rey me ha salvado. El Sagrado Corazón me devuelve la vida!"  Por un instante quedaron desconcertados los soldados, pero repuestos de su estupor vieron que en la frente tenía incrustada la cruz del escudo de la ACJM que llevaba en el anillo. Faltába le el dedo anular de la mano izquierda, el cual fue arrancado por el tiro de gracia en el momento en que él llevaba la mano a la frente para persignarse. Se desvió la bala al pegar contra el anillo. Discutieron entre sí los oficiales de la escolta si debían fusilarlo de nuevo, o simplemente darle otro tiro de gracia. Mientras tanto él abrió sus brazos en cruz, y vieron sus manos perforadas por las balas y su frente bañada en sangre. El coronel se opuso a que se le rematara, e Isidoro fue llevado al hospital de la población, aún como prisionero. Allí fue sanado hasta recuperarse por completo. Se lamentaba el valiente de que su vida "no hubiera sido aceptada por Cristo Rey".

En Puruándiro los levantados en armas se apoderaron del cuartel y las oficinas públicas, pero igualmente tuvieron que abandonar la población al aproximarse fuertes contingentes de tropas. Aún se veía la retaguardia de los cristeros cuando entraron los callistas y descargaron su ira contra algunos católicos connotados, que, ajenos al movimiento, habían permanecido en la ciudad. Ni las mujeres escaparon a la represión, pues colgaron a cuatro de ellas en los árboles de la plaza pública.