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lunes, 7 de marzo de 2016

La Pequeña Historia de mi larga Historia

CAPÍTULO 3
Pronto religioso, misionero 

Prosigo la historia… Yo era, pues, vicario en esta parroquia de las afueras de Lille en Marais de Lomme junto a un párroco y un primer vicario. En el transcurso de ese año que pasé allí, en 1930-1931, recibía cartas frecuentes de mi hermano que era ya misionero en Gabón, en las que me describía su trabajo y el trabajo de sus compañeros. Estaban agobiados de trabajo, no había bastantes misioneros. Por eso me insistía: « ¿Por qué no vienes? Después de todo, ya hay bastantes sacerdotes en la diócesis de Lille.» Esta frase correspondía un poco, evidentemente, a lo que me dijo el párroco a mi llegada. Me había dicho: «Mire usted, lo recibo amablemente, hasta con gusto, pero no tenía necesidad de un segundo vicario.» A pesar de estas insistencias de mi hermano, no me sentía atraído por las misiones. No sé por qué… No, yo no estaba hecho para ser misionero a lo lejos; eso no me atraía. Habría preferido, como les decía, ser párroco o vicario en un pueblo, y conocer a toda la gente, y hacerles bien. Pero recorrer la selva, vivir en medio de indígenas, aprender nuevas lenguas, en definitiva estar en un mundo completamente extraño y diferente al mío, me daba la impresión de que todo eso me supe-raba, no era para mí. No me sentía atraído en absoluto, pero a fuerza de escuchar los llamados de mi hermano… tuve una vocación misionera de razón. Pensé: «Bueno, puesto que aquí no soy absolutamente indispensable, y si realmente allí falta gente, ¿por qué no ir?» Por eso, a finales del año, escribí al cardenal Liénart y luego a la Congregación de los Padres del Espíritu Santo diciendo que si el Cardenal me autorizaba a dejar la diócesis, entraría de buena gana en la Congregación de los Padres del Espíritu Santo para ser misionero. El Cardenal me contestó afirmativamente, y me dijo: «¡Oh! claro que siempre nos pesa ver partir a uno de nuestros sacerdotes, pero en fin, si verdaderamente usted piensa ser útil en las misiones, no podemos negarle este pedido.»

EN EL NOVICIADO

Los Padres del Espíritu Santo, desde luego, estaban contentos de recibir a un sacerdote secular, porque no tenían que ocuparse de él para su formación. Yo había sido su alumno en el Seminario francés, es cierto, pero no en beneficio suyo, sino de la diócesis de Lille. No habían contribuído de manera positiva a mi formación. Por eso, ciertamente, se pusieron contentos de recibirme. Así, pues, entré en el noviciado de Orly, cerca del actual aeropuerto. Allí los Padres del Espíritu Santo tenían una propiedad para el noviciado. Éramos tres sacerdotes, todos antiguos alum-nos del Seminario francés. Uno de ellos era el Padre Laurent. Habíamos sido amigos en el seminario, sin imaginarnos que la Providencia nos conduciría un día al mismo noviciado. ¡Otra vez la Providencia! Allí reanudamos una amistad aún más profunda, porque los dos llegamos a ser Padres del Espíritu Santo. El otro era el Padre Wolf, que más tarde fue obispo de Madagascar, en la diócesis de Diego Suárez. Por lo tanto, éramos tres sacerdotes, y alrededor de ochenta novicios, solamente por lo que se refiere a Francia. Es mucho. Cuando se piensa en cifras como estas, uno se pregunta si es posible, pues ahora ya no queda nada. El maestro de novicios era el Padre Faure, y el confesor era el Padre Desmats: ambos muy buenos Padres del Espíritu Santo. Pasamos un año de noviciado, un año frío, ¡Dios mío, Dios mío! ¡Será posible hacer sufrir así a los novicios, increíble! Yo no sé si fue un año excepcionalmente frío, pienso que sí. En todo caso, no teníamos calefacción en nuestras habitaciones, sólo tenía calefacción la sala de comunidad, y no teníamos agua corriente en ese tiempo. Íbamos a buscar el agua con palanganas, había una canilla al fondo del pasillo. ¡El agua se congelaba en la palangana! Por la mañana había que romper el hielo para poder lavarse un poco… Nos poníamos cuatro, o cinco, o seis frazadas, que hacían peso pero no calentaban. Siempre se tenía el mismo frío. ¡Oh, era algo espantoso! ¡No sé cómo no me morí de frío! Y por añadidura, nos hacían leer el libro del Padre Rodríguez, un jesuita, en cuatro volúmenes: Ejercicio de perfección cristiana. ¡Debíamos leer a Rodríguez unos detrás de otros, en el claustro, afuera! ¡Con el frío que hacía! Ya no sentíamos los dedos que aguantaban el libro, y estábamos así, unos detrás de otros, para leer. ¡Ah, eso era el noviciado!

PROFESIÓN Y PRIMER NOMBRAMIENTO

Finalmente, acabado el noviciado, hice profesión el 8 de septiembre de 1932, en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen. Luego fui nombrado a Gabón. Habría podido ser nombrado en otra parte, pero evidentemente, como mi hermano era el que me había atraído… Monseñor Tardy, el obispo de Gabón, había venido ya a verme al noviciado y me había dicho:
            — Usted se viene con nosotros, ¿sabe?
            Yo le contesté:
            — No sé nada, eso depende del Superior General.
            — Sí, sí, sí, estoy seguro, estoy seguro… ¡Y usted no debe negarse a ello! Su hermano está allí, debe seguir a su hermano.
            Repliqué:
            — Si el Superior General da su aprobación, me voy con ustedes.
            Entonces él añadió:
            — Y como usted hizo sus estudios en Roma, será profesor en el seminario.
¡Oh!… ¡Esa sí que no me la esperaba!… Era lo que más me asustaba, ¡oh, no, no era posible! Me gustaba mucho la pastoral, me gustaba mucho el ministerio, me sentía hecho para eso. Pero profesor, ¡ah, no, eso sí que no! ¡Profesor en el seminario, no!
Le dije:
— Mire usted, no soy más capaz que los demás. No crea que porque fui a Roma voy a ser mejor profesor.
Pero el insistió:
— ¡Ah! ¡Claro que sí! ¡Sí, sí!

EN GABÓN: PROFESOR Y DIRECTOR

Así, pues, el Superior General me nombró en Gabón, adonde partí el mes de octubre. Como en ese momento no había aviones, viajé por barco, que tardaba quince días en llegar a Gabón. Me despedí de mis padres y me fui en octubre de 1932. Ya no volvería a ver a mi madre, puesto que murió en 1938. No pude volver a verla, porque estaba todavía allá lejos. Fui nombrado en el seminario, cuyo director era el Padre Fauret. Dos años más tarde, cuan-do el Padre Fauret fue designado como obispo de Loango, en Congo Medio, Monseñor Tardy me nombró director a mí. Tuve como ayudante al Padre Berger, que desgraciadamente ya murió. Así, pues, tuve que hacerme cargo de todos esos jóvenes seminaristas, y no era poco trabajo asegurar todas las clases, porque junto a unos quince seminaristas mayores, había también una quincena de seminaristas menores. ¿Cómo programar todas esas clases? Para reducir el número de horas de clase procedimos por ciclos, año por año, a fin de tener todos los seminaristas a la vez. Entre estos había algunos que hoy son obispos de Gabón. Uno es Monseñor Ndong, que era mi alumno y que se convirtió en obispo de Oyem, en Gabón. Otro es Monseñor Makouaka, que es ahora obispo de Franceville, en el interior de Gabón. Un tercero es Monseñor Ciríaco Obamba, que aún hoy es obispo de Mouila, y que también fue mi alumno en Gabón  . En cambio, el arzobispo actual de Libreville, Monseñor Anguilé, no fue alumno mío. Muchos sacerdotes que aún viven fueron también mis alumnos. Entre los seminaristas menores, varios dejaron el seminario, y tienen ahora más de sesenta años, sesenta y cinco, setenta. Algunos me conocieron bien, y eso, gracias a Dios, facilitó la implantación del Padre Gro-che en Gabón. Es muy cierto que si mi hermano y yo no hubiésemos sido misioneros allí, nunca habríamos podido implantarnos: los obispos habrían hecho presión de tal manera que el gobierno nos habría prohibido hacer una fundación. Mientras que ahora, como esos obispos habían sido mis alumnos, les era difícil expulsarme y hacer en serio la guerra contra mí. Así, pues, fue ciertamente una gracia particular de Dios que la Fraternidad San Pío X haya podido implantarse en Gabón. Para mí es un gran consuelo pensar que ahora la llama vuelve a encenderse allí, en Gabón, gracias al Padre Groche y a los padres que están con él, que resucitan la Tradición, lo que nosotros dimos a esos obispos. Lo que yo hice por ellos, lo seguimos haciendo ahora, lo sigue haciendo el Padre Groche.


LA ENFERMEDAD, Y LUEGO LA MISIÓN DE N’DJOLÉ

Estuve, pues, seis años en el seminario: dos años como profesor, y cuatro como director. El trabajo era muy duro y el clima terrible. Muchos jóvenes misioneros enviados a este país morían al cabo de dos o tres años. Cuando íbamos al cementerio, veíamos las tumbas de nuestros misioneros: fallecido a los veintiséis años, fallecido a los veintisiete, fallecido a los veintiocho. El clima era difícilmente soportable. En ese momento nos defendíamos mal contra todos los insectos y todas las enfermedades que había allí: el paludismo, la filaria, la amebiasis, los gusanos intestina-les, la mosca tsé-tsé (la mosca del sueño); era espantoso. También estaba la biliosa hemática, es decir, hemorragias internas en un hígado que trabajaba mal a causa de los alimentos y del calor. La biliosa hemática era muy grave, mortal. Mi hermano estuvo muy enfermo al cabo de su segundo año. Y yo, al cabo de mi sexto año, estaba prácticamente medio muerto, y no podía continuar el trabajo; ya no tenía fuerza, me encontraba completamente extenuado. Ahora bien, en ese momento, en principio, no se debía regresar a Francia sino cada diez años. Se me concedió poder volver en 1939. Pero dejé el seminario antes, en 1938, y durante un año estuve en una misión en el interior. Allí me encontraba más a mi gusto, pero debía aprender el idioma. Era muy feliz en esta misión de N’djolé, como vicario con el Padre Ndong, el futuro Monseñor Ndong. Nos llevamos y nos entendimos muy bien. Contábamos con religiosas de Castres, de la Congregación de la Inma-culada Concepción, que estaban allí como misioneras. En todas nuestras misiones había siempre una escuela… En N’djolé teníamos ochenta niños y sesenta o setenta niñas. Las Hermanas se encargaban de las niñas, internas todas ellas, y nosotros, los Padres, nos encargábamos de la escuela de los niños. También hacíamos, claro está, las giras por la selva.


LA GUERRA DE 1939 — MOVILIZACIÓN

Regresé a Europa en 1939 en el momento en que comenzaba la guerra. La guerra nos sor-prendió cuando estábamos frente a Guinea inglesa, en Freetown. El comandante nos avisó de ello al Padre Viril y a mí, que éramos compañeros de infancia. Nos dijo: «Creo que esto es la guerra.» Y, en efecto, se declaró la guerra. Regresamos entonces al puerto de Freetown para camuflar todo el barco, para que no hubiese luz, y así no viniesen los submarinos a torpedearlo. Comenzamos el regreso a Europa. En Dakar esperamos algún tiempo, y desde allí fuimos conducidos en convoy. Dos o tres barcos militares acompañaban a cinco o seis barcos de pasajeros para protegerlos eventualmente contra los ataques de los submarinos. Algunos barcos de pasajeros habían sido hundidos ya frente a las costas de Mauritania, después de la declaración de la guerra.
Llegamos sin tropiezo hasta Burdeos, pero como era la guerra, fuimos movilizados. ¡Al cabo de un mes debía yo marchar de nuevo a África como soldado! Tuve justo el tiempo de ver a mi padre algunos días, y luego a mis hermanos y hermanas que estaban allí.

VUELTA A AFRICA — DESMOVILIZACIÓN

Y tuve que volver a Burdeos y embarcarme de nuevo en un barco acompañado aún por barcos militares, hasta Dakar. Después el barco siguió hasta Libreville. Allí fui desmovilizado.

MISIÓN EN DONGUILA
Fui nombrado en Donguila, en una misión de la selva, por Monseñor Tardy. Y allí, como a pesar de todo era la guerra, fui movilizado de nuevo, enviado al Chad, etc. ¡Viajes inútiles! Luego nos hicieron volver a Gabón. Tuvimos mucho que sufrir, porque las tropas del General De Gaulle, asistido por los Ingleses, invadieron Gabón, lo cual trajo a Gabón a muchos presidiarios y comunistas. Era lamentable: eso daba muy mal ejemplo a los indígenas, que veían a los Franceses pelearse entre sí. Sí, era lamentable. Incluso se llegó a encerrar a Monseñor Tardy en un barco enviado por el General De Gaulle. Encerrado a bordo durante algún tiempo. Fue preciso entrar en negociaciones para liberarlo, etc. Sucesos increíbles, que evidentemente escandalizaron a esos pobres negros. No fue una actitud ejemplar; eso no facilitó nuestro ministerio.

OTRAS MISIONES

Fui nombrado en varias misiones : en Libreville durante algún tiempo, luego en Donguila, luego Monseñor Tardy me nombró en Lambaréné, donde estaba ese famoso Doctor Schweitzer, del cual tanto se habló. Era un gran músico, un gran intérprete de Bach, médico, pastor protestan-te, y había sido profesor en la Universidad protestante de Estrasburgo. Estaba, pues, allí, en su hospital, que construía y desarrollaba. Mantenía muy buenas relaciones con la misión católica, razón por la cual tuve ocasión de encontrarme con él varias veces.

NUEVO NOMBRAMIENTO

Un día estaba haciendo una gira en una pequeña embarcación con algunos niños —una bar-quita con motor para visitar las aldeas— cuando veo llegar una piragua desde bastante lejos. Los niños tienen buena vista, yo no la reconocía. Me dijeron:
            — ¡Ah! Padre, es una de las piraguas de la misión. Es una piragua que viene de la misión.
            Yo dije:
            — ¿De la misión? ¿Para qué? ¿Qué sucede? ¿Qué vienen a hacer? ¿Hay novedades?
            — ¡Ah! Sí, seguro, es una piragua de la misión, seguro.
            En efecto, la piragua se dirigía hacia nosotros. Nos aborda…
            — ¡Ah! Padre, llegó una carta urgente para usted, etc.

¡Ay, ay, ay! Estábamos en 1945, hacia el fin de la guerra; las comunicaciones se habían establecido de nuevo, y era ese famoso Padre Laurent (el Padre Laurent que estaba conmigo en el noviciado, y que se había convertido en Provincial de Francia), que pedía a toda costa a Monseñor Tardy que me soltara, para ponerme como Superior del seminario de filosofía de Mortain. ¡Ay, ay, ay! ¡Oh! ¡Era para llorar!… ¡Ah! Yo ya no quería regresar a Europa: mi madre había muerto, mi padre también en un campo de concentración, y mis hermanos y hermanas estaban bien establecidos. Yo quería quedarme allí, en Gabón, definitivamente, sin tener que regresar jamás a Francia. ¡Oh! Les aseguro que eso fue para mí una dura, durísima prueba: « ¡Heme aquí obligado ahora a irme de Gabón!»

REGRESO A EUROPA

Como ven, siguen las etapas. La etapa de Gabón se termina: trece años de misión en Gabón. Ahora le toca el turno a una pequeña permanencia en Europa. Así, pues, me fui de Gabón en 1945, al fin de la guerra. Los primeros aviones militares que venían a ponerse de nuevo en contac-to con las colonias, se llevaron en sus primeros viajes a las personas ya de edad, ya enfermas, o que tenían motivos particulares para irse. Las autoridades de la Congregación consiguieron que yo pudiera embarcarme en uno de los primeros aviones que salían de Libreville rumbo a Francia. Ahora se tarda seis o siete horas para ir hasta Gabón, pero en esa ocasión, incluso en avión, tardamos tres días… Primera etapa hasta Douala; segunda etapa hasta Kano, al norte de Nigeria; y ter-cera etapa hasta Algeria, y luego Algeria-París. Los aviones no viajaban de noche, y eran avioncitos que volaban muy lentamente. Partí con uno de mis compañeros que estaba un poco enfermo y regresamos a Francia.


SUPERIOR DEL SEMINARIO DE MORTAIN

Allí, evidentemente, me designaron para ser Superior del escolasticado de Mortain, que era un escolasticado de los Padres del Espíritu Santo. Mortain era un hermosísimo edificio, artístico al menos, correspondiente a una antigua abadía del siglo XI, parecida a la de Ruffec, un poco más pequeña, un poco más estrecha, pero muy hermosa también, con bonitos cruceros, totalmente reconstruida por Bellas Artes. Era absolutamente magnífica, y estaba dotada de un edificio que había sido en otro tiempo el seminario menor de la diócesis, pero luego había quedado sin uso, y había servido durante la guerra para recoger a los heridos, a los enfermos. Luego fue devuelto lentamente a la Congregación de los Padres del Espíritu Santo, para convertirse en escolasticado de filosofía. Contaba entonces con ciento diez alumnos, repartidos en dos años de filosofía: cincuenta y cinco alumnos por año, lo cual era una cifra enorme, magnífica en esos tiempos. Ya nos gustaría ahora tener otro tanto. Había, desde luego, un cuerpo profesoral, profesores de filosofía y de todas las materias accesorias. Yo mismo tenía la dirección y aseguraba, por la tarde, las conferencias espirituales. De estas conferencias salieron los folletos que hice multicopiar. Pasé allí dos años, totalmente distintos de los de Gabón, claro está, pero con buenos jóvenes que salían del noviciado, que estaban por consiguiente llenos del celo del noviciado, esperando ir al escolasticado de teología que se encontraba en Chevilly-Larue, muy cerca de París.