utfidelesinveniatur

sábado, 12 de marzo de 2016

El Peregrino Ruso

SEGUNDA PARTE
CAPITULO QUINTO
“Ninguna de estas pequeñas acciones es vana ni pasará inadvertida a la mirada omnipotente de Dios.”


Staretz
Ha pasado ya un año desde mi último encuentro con el Peregrino y ahora oigo llamar suavemente a la puerta. Una voz suplicante me anuncia la llegada de este piadoso hermano, a quien esperaba con tanta ansiedad: -¡Entra, hermano! Juntos demos gracias al Señor, que ha bendecido tu ida y tu vuelta.

-Gloria y acción de gracias al Altísimo por su misericordia, porque El dispone todas las cosas según su designio, siempre favorable a nosotros, peregrinos y extranjeros en este mundo. He aquí a este pecador, que os dejó hace un año, hallado digno, por la misericordia de Dios, Por supuesto, esperáis de mí una amplia descripción de Jerusalén, la Ciudad Santa de Dios, hacia la que mi alma se sentía atraída, centro de mis pensamientos. Pero no siempre es posible realizar los propios deseos. y éste ha sido mi caso. ¿Podrá maravillar que no le haya sido concedido a un pobre pecador como yo pisar aquella tierra sagrada, que sintió las huellas de Nuestro Señor: Jesucristo? ¿Recordáis, venerado padre, que el año pasado salí de aquí con un compañero viejo y sordo, y que llevaba carta de un mercader de Irkutsk para un hijo suyo, en Odesa, pidiéndole que me embarcase a Jerusalén? Pues bien; llegamos en poco tiempo y felizmente a Odesa. Mi compañero reservó en seguida un pasaje para la nave que le llevaría a Constantinopla, y partió. Yo, por mi parte, estuve buscando al hijo del mercader de Irkutsk para entregarle la carta. Encontré en seguida la casa y cuál no sería mi estupor y pena cuando supe que la persona buscada había muerto hacía ya tres semanas, después de una breve enfermedad, y había sido enterrada. A pesar de mi profunda tristeza, me confié a la voluntad de Dios.

La familia estaba de luto. La viuda, a quien quedaban tres hijos pequeños, estaba tan desesperada que lloraba continuamente y con frecuencia le sorprendía un colapso. Parecía no poder sobreponerse a tan fuerte dolor. A pesar de todo, me acogió afectuosamente. No teniendo posibilidad, en estas circunstancias, de enviarme a Jerusalén, me propuso permanecer dos semanas en su casa, hasta que llegase a Odesa el padre del difunto, tal como había prometido, para arreglar los asuntos familiares y allí me quedé. Pasó una semana, un mes, y después otro. El mercader escribió una carta en la que se excusaba de no haber podido ir debido a los negocios personales. Aconsejaba a la viuda pagar a los empleados y llegarse, con sus hijos, a Irkutsk. Comenzó entonces tal alboroto y movimiento en aquella casa, que me di cuenta de que no había más lugar para mí. Les di las gracias por la hospitalidad y me despedí. Y comencé, de nuevo, mis peregrinaciones por Rusia. Pensaba y repensaba: ¿adónde vaya ir? Finalmente decidí que lo primero que tenía que hacer era llegarme hasta Kiev, donde hacía muchos años que no había estado. Me puse en camino. Si bien en un principio me sentía afligido por no haber podido realizar mi deseo de ir a Jerusalén, pensé, sin embargo, que tampoco esto era ajeno a la providencia de Dios.

Me tranquilicé en la esperanza de que Dios, amigo de los hombres, en su bondad habría aceptado la intención en lugar de la acción, no dejando sin beneficio espiritual mi pobre viaje y así fue. Por los caminos encontré a muchas personas que me revelaron muchas cosas que yo desconocía y que, para mi bien, alumbraron la oscuridad de mi alma. Si no hubiera emprendido aquel camino por necesidad, no habría encontrado aquellos bienhechores espirituales. De día caminaba en compañía de la oración; por la tarde me detenía a descansar y leía la Filocalía para fortificar y estimular mi alma contra los invisibles enemigos de la salvación.

A unos setenta kilómetros de Odesa me sucedió un caso extraño. -Vi pasar unos treinta carros cargados de mercancía. El primer conductor, que era el jefe, iba andando junto a su caballo, mientras los otros iban en grupo un poco detrás de él. La carretera bordeaba un pequeño lago, alimentado por un torrente, en el que el hielo, roto por el ambiente primaveral, flotaba en el agua y se amontonaba en las orillas con un ruido infernal. De repente, el primer conductor, un joven, detuvo el caballo y detrás tuvieron que pararse también todos los demás carros. Los compañeros le alcanzaron corriendo y vieron que el joven se desnudaba. Le preguntaron por qué lo hacía, y respondió que tenía muchas ganas de bañarse en el lago. Atónitos, unos comenzaron a reírse, otros a tomarle el pelo llamándole loco, y el mayor, que era hermano suyo, trató de convencerle a que siguiese, dándole un empujón. Se libró de él: no pensaba escucharle. Los más jóvenes comenzaron a sacar agua del lago con los cubos que servían para abrevar los caballos y a echársela encima para divertirse, a la vez que decían: « ¡el baño te lo damos nosotros! ». Al sentir el agua, respondió: «¡qué estupendo! », y se tiró al suelo mientras continuaban echándole agua. Poco después se tendió en su sitio, y expiró tranquilamente. Quedaron todos aterrados y no comprendían qué era lo que había sucedido. Los mayores se movían en su entorno y decidieron que era preciso avisar a la autoridad; los otros concluyeron diciendo que esta muerte quedaba inscrita en su destino.

Permanecí allí una hora y partí de nuevo. Después de haber andado unos cinco kilómetros vi un pueblecito al lado de la carretera principal. Al entrar en él me topé con un viejo sacerdote que paseaba por la calle. Pensé contarle lo que me había sucedido para saber su opinión. El sacerdote me invitó a su casa. Le conté lo que había visto y le pedí que me explicase la causa de todo aquello. «Sólo puedo decirte, querido hermano, que en la naturaleza hay muchas cosas misteriosas e incomprensibles a nuestra mente. Yo creo que Dios ha dispuesto así las cosas para demostrar más claramente al hombre su gobierno y providencia sobre la naturaleza, a veces incluso con cambios extraordinarios e inmediatos en sus leyes. Yo mismo fui una vez testigo de un hecho parecido. No lejos de nuestro pueblo hay un precipicio, muy profundo y escarpado, aunque no muy ancho, pero de unos sesenta pies o más de profundidad. Uno se espanta con sólo mirar hacia abajo, al fondo tenebroso. Se había construido sobre él un pequeño puente. Un campesino de mi parroquia, un hombre casero y muy respetable, sintió súbitamente el impulso irresistible de tirarse desde el puente al abismo. Toda una semana luchó contra este pensamiento venciéndolo. Pero no logrando dominarlo por más tiempo, un día se levantó de madrugada, se fue al precipicio y se tiró. En seguida se oyeron sus gritos y se logró sacarlo, aunque con gran dificultad. Tenía las piernas rotas. Cuando le preguntaron por qué se había tirado, el viejo respondió que a pesar del dolor que sentía en aquellos momentos, no obstante estaba tranquilo, porque había podido satisfacer aquella  irresistible atracción que le había obsesionado. Estuvo en el hospital más de un año. Yo le visitaba con frecuencia, y cuando veía a los médicos junto a él me venían ganas de preguntarles, como tú lo has hecho conmigo, cómo se explicaba aquello. Los médicos, todos de acuerdo, me dijeron que se trataba de un desvarío.

Les pedí que me explicasen científicamente qué era eso y por qué se apoderaba así de una persona, pero no lograron decirme nada. Sólo me dijeron que se trataba de un misterio de la naturaleza, que la ciencia no había aún logrado explicar. Yo observé que si un hombre, ante este misterio de la naturaleza, se hubiese dirigido a Dios orando, incluso aquel desvarío irresistible no habría surtido efecto. Realmente hay muchos hechos en la vida humana que no son claramente comprensibles.» Mientras hablábamos se nos echó encima la oscuridad y me quedé allí toda la noche. Por la mañana el alcalde envió su secretario al sacerdote para pedirle que enterrase al muerto en el cementerio. Le hizo saber que la autopsia no había descubierto signo alguno de alteración mental y atribuía la muerte a un síncope.

« ¿Ves?, me dijo el sacerdote, «ni siquiera la medicina ha podido determinar las causas de la irresistible atracción de aquel hombre por el agua».

Saludé al sacerdote y seguí mi camino. Después de algunos días llegué, bastante cansado, a un gran centro comercial llamado Belaja  Tserkov. Como se venía la noche encima, busqué un lugar donde dormir. Encontré en la plaza del mercado a un hombre que también parecía peregrino y andaba preguntando en las diversas tiendas y puestos por un cierto conocido suyo que vivía allí. Al verme, me dijo: «Por la pinta, también tú eres peregrino. Ven conmigo y buscaremos a un hombre llamado Evreinov, que vive en esta ciudad. Es un buen cristiano, tiene una rica posada y recibe con gusto a los peregrinos. Aquí tengo esta dirección.» Acepté complacido y en seguida encontramos la posada. Aunque el dueño estaba ausente, la mujer, una buena vieja, nos acogió amablemente y nos condujo al desván para que pudiéramos descansar. Nos acomodamos y descansamos un poco. Después llegó el dueño y nos invitó a cenar con él. Durante la cena comenzamos a hablar -quiénes éramos y de dónde veníamos, y el discurso recayó sobre el significado del nombre.

«Os diré», fueron sus primeras palabras y comenzó a narrar la historia. «Mi padre era hebreo, había nacido en Sklov, y odiaba a los cristianos. Desde pequeño me preparó para ser rabino, estudiando con verdadero empeño todas las patrañas hebreas contra los cristianos. Una vez tuvo que pasar por un cementerio cristiano. Vio una calavera que probablemente había sido desenterrada al cavar una fosa aquellos días. La calavera tenía las dos mandíbulas y algunos dientes. Comenzó a burlarse maliciosamente de ella: la escupió, la insultó y la pisó. No contento con esto, la cogió y la colgó de un palo, como se acostumbra a hacer con los huesos de los animales para espantar a los transeúntes. Contento con su hazaña, se marchó a casa. La noche siguiente, apenas se hubo dormido, se le apareció de repente un desconocido que le recriminó duramente, diciéndole: "¿Cómo te has atrevido a profanar mis restos mortales? ¡Yo soy cristiano, mientras tú eres enemigo de Cristo!" La visión se repitió varias veces durante la noche y no consiguió dormir ni descansar. Posteriormente la visión comenzó a molestarle también de día, presentándosele a la vista y haciéndole oír el eco de su recriminación. Cuanto más tiempo pasaba, más frecuente se hacía la visión. Deprimido, atemorizado y exhausto, corrió a ver al rabino, quien oró por él y le exorcizó. No obstante, la visión no sólo no cesó, sino que se repitió con más frecuencia e insidia.

El hecho comenzó a saberse, y un cristiano, con el que mantenía relaciones de negocios, le aconsejó convertirse al cristianismo, porque no tenía otra salida si quería verse libre de la inquietante visión. Aunque el hebreo no estaba convencido, no obstante respondió: "Estaría dispuesto a hacer lo que me dices, si antes pudiera librarme de esta intolerable visión." El cristiano se alegró de estas palabras y le convenció de que pidiese al obispo de aquel lugar ser bautizado y recibido en la Iglesia. La petición era escrita y el judío, aunque sin mucha gana, la rubricó. Y desde el momento en que firmó la petición al obispo, dejó de atormentarle la visión. Quedó feliz y satisfecho, y sintió nacerle una fe tan viva en Jesucristo que se dirigió inmediatamente al obispo, le contó lo sucedido y le confesó que deseaba vivamente recibir el bautismo. Aprendió rápidamente y con avidez los dogmas de la fe cristiana, recibió el bautismo y se trasladó a vivir a esta ciudad, donde se casó con mi madre, una buena cristiana. Llevó una vida devota y muy confortable, y era muy generoso con los pobres. Quiso que también lo fuera yo, y antes de morir me dio, con su bendición, pertinentes consejos en este sentido. Esta es la razón de mi nombre, Evreinov.» Escuché con reverencia este relato, y pensé: «¡Dios mío! ¡Qué bueno es el Señor Jesús y cuán grande su amor! Son infinitos los caminos por los que llama a los pecadores, y profunda la sabiduría con que convierte hechos mezquinos en grandes acontecimientos. ¿Quién podía pensar que la bravata de un hebreo le iba a conducir al conocimiento de Jesucristo y a una vida devota?»

Terminada la cena, dimos gracias a Dios y a nuestro hospedero y nos fuimos a descansar al desván. No teníamos sueño y nos pusimos a hablar un poco. El me dijo que era comerciante en Moghilev; había vivido dos años en Bessarabia como novicio en uno de aquellos monasterios, pero sólo tenía el pasaporte que caducaba en fecha precisa, pasaporte provisorio. Se dirigía ahora a su ciudad para obtener de la comunidad de comerciantes el debido consentimiento y entrar definitivamente en la vida religiosa. Alabó mucho los monasterios de Bessarabia: «Me satisfacían aquellos monasterios, así como su constitución y reglas, y la vida dura de muchos devotos staretzs que allí viven.» Me aseguró que son distintos de los rusos como el cielo de la tierra, y me insistía para que yo hiciese como él. Mientras estábamos hablando de estas cosas llevaron al desván a una tercera persona, que se había presentado allí para pasar la noche. Era un suboficial, que iba a casa con permiso. Nos dimos cuenta de que estaba cansado del viaje, rezamos juntos y nos acostamos.

Nos levantamos pronto preparándonos para emprender de nuevo el camino, pero precisamente cuando íbamos a despedirnos de Evreinov oímos que tocaban a Maitines. Pensamos lo que convenía hacer: « ¿Cómo vamos a irnos sin pasar por la iglesia? Es mejor quedamos a Maitines, rezar nuestras oraciones en la iglesia y así nuestro camino será más alegre. “Lo decidimos e invitamos al suboficial. El nos contestó: «Si estamos de viaje, ¿para qué paramos en una iglesia? ¿Qué le importa a Dios? [Lleguemos primero a casa y después rezaremos! Id vosotros, si queréis; yo no pienso ir. Mientras rezáis Maitines habré caminado ya cinco kilómetros; quiero llegar a casa cuanto antes.» El comerciante le respondió: “Cuidado, hermano, con adelantar los designios de Dios!» y así nosotros nos dirigimos a la iglesia y el suboficial se puso en camino. Nos quedamos a Maitines y al resto de la liturgia. Después volvimos a nuestro desván y comenzamos a preparar las alforjas. Entró la señora, con el samovar (2), y nos dijo:  « ¿Adónde vais? Bebed el té y comed algo; no os dejaremos partir con hambre.» No había pasado media hora desde que estábamos sentados en torno al samovar, cuando se nos presenta, jadeante, el suboficial:

-«He vuelto a vosotros con dolor y alegría.»

-« ¿Qué queréis decir?», le preguntamos.

-«Veréis: apenas os había dejado pensé ir a una taberna a cambiar un cheque y a beber algo, a fin de caminar mejor. Voy, cambio el cheque y me pongo en seguida en camino. No habría andado más de tres kilómetros cuando me vino la idea de contar el dinero que había cambiado. Me siento al borde del camino y saco el dinero. Todo bien. De pronto me doy cuenta de que me falta el pasaporte. Busco, pero no lo hallo. No encuentro más que unos papeles y el dinero. La ansiedad me hacía perder la cabeza. "Lo tengo que haber dejado en la taberna, al cambiar el dinero", me decía. "Tendré que volver corriendo." Corro y corro, y vuelve a dominarme la angustia: "¿y si no lo hubiera dejado allí?”. En la taberna me dijeron que no lo tenían; fue la desesperación. No me quedaba más remedio que buscar y rebuscar en los lugares donde había estado y a lo largo> de la carretera.

Tuve suerte: lo encontré en la tierra, entre la paja y la suciedad, pisado y enfangado. ¡Gracias a Dios! Me parecía liberarme del peso de una montaña. No importaba mucho si estaba todo sucio. Al menos podía ir y venir, caminar sin miedo a perder la vida. Pero he venido aquí para contaros esto y porque, corriendo, me he desollado un pie y lo tengo en carne viva; no puedo caminar,  necesito cubrir la herida.» -« ¿Ves, hermano?», comenzó diciendo el mercader. «Esto te ha sucedido porque no quisiste oírnos y venir a rezar con nosotros a la iglesia. Querías adelantarnos, y todavía estás aquí; y, además, cojo. Te había dicho que no debías adelantarte a los designios de Dios. No solamente no fuiste a la iglesia, sino que incluso dijiste que nuestras oraciones no servían a Dios. Esto, hermano, estuvo mal. Es cierto que Dios no necesita nuestras oraciones de pecadores, pero le gustan por el amor que nos tiene. Y no sólo ama la oración santa, la que el Espíritu suscita y alimenta en nosotros; nos la exige cuando dice: "Permaneced en mí y yo en vosotros" (Jn 15, 4). Dios estima como preciosa toda intención, impulso, incluso pensamiento, dirigido a su gloria y salvación nuestra. Por todo esto, la infinita ternura de Dios nos recompensa con creces. El amor de Dios concede gracias muy superiores a las que merecen las acciones humanas. Si tú le das a Dios una pizca de nada, El te lo recompensa en oro. Con sólo que te propongas ir al Padre, El te vendrá al encuentro. Bastan pocas palabras: "¡acógeme, Señor; ten piedad de mí!", y El te abrazará y te besará. Este es el amor que el Padre tiene a sus indignos hijos. Gracias a este amor, El se alegra del más pequeño gesto que hagamos por nuestra salvación. Piensa un poco qué gloria puede derivar al Señor, y a ti qué ventajas si rezas un poco, aunque después tus pensamientos se desvíen de nuevo; o si haces una acción buena, aunque pequeña, como, por ejemplo, decir una oración, postrarte diez veces, suspirar con el corazón el nombre de Jesucristo, tener un buen pensamiento, leer algo edificante, abstenerte de un manjar o soportar en silencio una ofensa. Todo esto te puede parecer insuficiente e infructuoso para tu salvación. ¡Pero no es verdad! Ninguna de estas pequeñas acciones es vana ni pasará inadvertida a la mirada omnipotente de Dios. Todas serán recompensadas con creces, no sólo en la vida eterna, sino también en ésta. Lo afirma Juan Crisóstomo: "Ningún bien -dice- será olvidado por el rectísimo juez. Si nuestros pecados serán examinados tan minuciosamente que tendremos que responder de cualquier palabra, deseo y pensamiento, lo serán más aún las buenas acciones. Por pequeñas que sean, serán valoradas con cuidado exquisito y se les asignará su mérito ante nuestro Juez amoroso."

2. Una especie de jarra con agua caliente para el té.