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jueves, 11 de febrero de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

II. (continuación)

EN JULIO DE 1926 LOS ATENTADOS contra la libertad de enseñanza se sucedieron en toda la República. En Morelia clausuraron intempestivamente el Colegio Teresiano y arrojaron a la calle a cuatrocientas niñas y a sus maestras; en Querétaro el pueblo manifestó su protesta por el cierre de los colegios particulares y la policía cargando sobre la población inerme mató a dos manifestantes e hirió a otros muchos; en la misma ciudad de México cerraron numerosos planteles educativos y confiscaron sus edificios; oficialmente se anunció que los estudios hechos en colegios particulares no serían reconocidos, por lo que sus alumnos tendrían que sustentar exámenes a título de suficiencia ante sinodales que el Gobierno nombrara, y se habló de que las pruebas serían especialmente rigurosas en puntos de historia, anatomía, higiene, etc., en que necesariamente surge el conflicto entre las enseñanzas tendenciosas y corruptoras de una mafia disolvente y los principios sanos que los padres de familia y los profesores deben impartir.

Un grupo de estudiantes decidimos asociar a los alumnos de las escuelas particulares para defender nuestros intereses, e invitamos a elementos representativos de los colegios a una junta. Poco a poco nos fuimos reuniendo. Se premiaban con ruidosas manifestaciones las anécdotas y chascarrillos que profusamente circulaban y con los que el ingenio popular flagelaba a sus opresores.  Rafael contó que el águila de Catedral, con su cabeza levantada y sus alas abiertas, preguntaba al águila del escudo del Palacio Nacional: "¿Por qué tan de pico bajo, estando en rica mansión?" y ésta, compungida, contestaba: "Porque ya me lleva el ajo, con este turco ladrón". (Alusión a Plutarco Elías Calles)

El representante del Colegio San Borja, comentando la orden de suprimir los nombres de santos a las escuelas, proponía que la suya se llamara Borjasan.  Otro dijo: -¿Saben lo que quiere decir CROM? Pues esto: ¡Cómo Roba Oro Morones! ¿Y al revés?  ¡Más Oro Roba Calles! Pablo nos mostró un periódico diciéndonos: -Oigan el telegrama que los alijadores de Veracruz enviaron a Calles y éste, halagado, dio a los diarios para su publicación: Su ascenso a excomulgado papal nos regocija y nos obliga a felicitarlo. La excomunión la consideramos como un paparrucheo pontifical para disfrazar una derrota y significa la condecoración de más cuantiosa valía que haya usted recibido como premio a su indiscutible labor revolucionaria.

¡Qué bárbaros! -comentaron todos, mofándose de tan grotesco mensaje. Cuando los convocados estábamos ya en suficiente número, Raúl inició la sesión y explicó el motivo de la misma. Describió el cuadro general de los hechos que conmovían al país. Calles había desatado la persecución religiosa aplicando las numerosas prescripciones que la constitución revolucionaria de 1917 contiene, imponiendo multas, encarcelando y desterrando obispos y sacerdotes, cerrando escuelas e instituciones de beneficencia, y creando con ayuda de Morones y sus bolcheviques la grotesca farsa de la Iglesia Católica Mexicana, a la que entregó el Templo de la Soledad y posteriormente el de Corpus Christi.

-En los Estados secundan al Jefe Máximo -prosiguió Raúl- expidiendo leyes como la que en Tabasco establece que para ejercer su ministerio los sacerdotes del culto católico deben ser casados; en Veracruz limitaron el número de ministros de los cultos a uno por cada cien mil habitantes, y en Chiapas se llegó a la Ley de Prevención Social, que en su capítulo II, al referirse a las "Prevenciones contra locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos", dice: Podrán ser considerados como malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión en sanatorios, prisiones, trabajos forzados, etc., los mendigos profesionales, las prostitutas, los sacerdotes de cualquier denominación religiosa que ejerzan sin autorización legal, las personas que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores de fetiches y estampas religiosos, así como los expendedores de libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda inculcar prejuicios religiosos.

En Yucatán se decretó que el agua de las pilas bautismales debería correr, y se prohibieron las pilas de agua bendita; para el Distrito Federal y Territorios, Calles decretó una brutal ampliación al Código Penal, de abierto espíritu antirreligioso, estableciendo muy severas penas. Raúl leyó algunos artículos de esta ley publicada en los diarios: "Ningún sacerdote extranjero podrá ejercer su ministerio so pena de cárcel, multa o expulsión inmediata del país". Otro artículo establece la "pena de seis años de prisión para el individuo que en ejercicio del ministerio incite a la desobediencia de las leyes, de las autoridades o de sus mandatos, y de un año para los que en cualquier caso hagan crítica de las mismas leyes, autoridades o mandatos, y en general del gobierno". Se suprime la libertad de imprenta al proclamar que "las publicaciones periodísticas de tendencias marcadas en favor de determinadas creencias religiosas no podrán comentar asuntos políticos nacionales, ni informar sobre actos de las autoridades, que se relacionen directamente con el funcionamiento de las instituciones públicas".

La libertad de asociación termina con otro artículo que decreta "prohibida estrictamente la formación de toda clase de agrupaciones políticas cuyo título tenga alguna palabra o indicación cualquiera que las relacione con alguna confesión religiosa", y por si esto les pareciera poco -agregó Raúl-, se ordena que fuera de los templos no podrá ninguno de los individuos de uno u otro sexo que profesen algún culto usar medallas, cruces o cualquier distintivo que los caractericen, bajo pena gubernativa de quinientos pesos, o arresto de quince días, y en caso de reincidencia arresto mayor y multa de segunda clase. -Las salidas están cerradas -terció Pablo-: la ley está hecha de tal forma que de hacerse cumplir terminaría necesariamente con toda idea o conocimiento religioso, pues reforzando los preceptos confiscatorios de la Constitución, que declara propiedad de la Nación los templos, casas curales o parroquiales, asilos o conventos, la ley Calles decreta que "cualquier edificio en que se haga propaganda o enseñe un culto religioso pasará desde luego, de pleno derecho, al dominio directo de la Nación, para destinarse exclusivamente al servicio de la misma".

La ley Calles asegura su aplicación, haciendo responsables a las autoridades municipales que al tener conocimiento de infracciones a cualquiera de los artículos citados, no procedan inmediatamente a hacer la consignación respectiva, considerándolas como cómplices o encubridoras y les impone penas que llegan hasta la destitución e inhabilitación para desempeñar cargos o empleos públicos por cinco años, además de multa y prisión.

-Estas leyes -exclamó el Pichón- no pueden ser toleradas por quien se precie de hombre, ni mucho menos si éste es mexicano y católico, y por descontado se da que la Iglesia tampoco podrá en conciencia aceptarlas.

-Por eso se le acusa de desobediencia -dijo en tono medroso uno de los delegados-: ése es el cargo primordial que le hace el gobierno y que usa como estribillo el representante de Calles ante los yanquis.

-¡No seas estúpido, Chocolate! -replicó otro-: si de eso se la acusa, en buena hora. Los callistas están como aquel que decía a un condenado que llevaban a ahorcar: No te aflijas, hombre, si sólo te pondrán un cordón al cuello y luego tirarán de él. -¡Pero, señor, si eso es ahorcar! -replicó el pobre reo. Eso mismo tenemos que contestar a los que "sólo piden la obediencia a las leyes": ¡Pero si eso es ahorcar, Plutarco!

-Muy bien dicho -comentó Raúl-: no es el caso de pacificar al asesino dejándose matar. Por el contrario, debemos resistirle y hacerle ver nuestros derechos y las limitaciones que los suyos tienen. Para esto se ha fundado la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, con la que todos debemos cooperar; pero, además, nosotros debemos actuar como estudiantes, ya que como tales tenemos intereses y derechos muy particulares que defender. El ataque principal viene contra la escuela y somos nosotros los llamados a responder. Se impone urgentemente aprestar una fuerza capaz de impedir la corrupción del elemento estudiantil, que el gobierno trata de emplear como formidable factor de agitación social bolchevizante. Esta fuerza no conviene que sea extraña, porque desvirtuaría lo que debe ser el nervio de esta acción defensiva y protectora: el ejercicio de nuestros propios derechos y responsabilidades. Un cerrado aplauso rubricó estas palabras y sólo Pancho bromeando dijo:  -Hay momentos en la vida de los pueblos en que como dice el camarada que me precedió en el abuso de la palabra... -¡Cállate! -le gritaron varios, que tirándole de la silla cortaron su perorata, enderezada como crítica a la verborrea de mitin burocrático muy en boga en esos días.

Otro de los organizadores pasó a exponer lo hecho hasta entonces. Contábamos con la anuencia de la mayor parte de los directores de colegios particulares, y con el apoyo moral del anciano Arzobispo Mora y del Río, quien con frases de aliento nos daba su bendición. Ya también en la Universidad se estaban organizando los ex-alumnos de nuestras escuelas. Así nació la Confederación de Estudiantes Católicos de México, creada para luchar por la libertad de enseñanza, defender nuestros derechos de conciencia, procurar la sólida formación cristiana y velar por los intereses profesionales del gremio estudiantil. Simultáneamente inscribíamos a sus miembros en los cuadros de acción de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. U nos como conferenciantes, para que preparados en círculos de estudios sustenten pláticas instructivas y de aliento; otros como Jefes de Manzana, con obligación de organizar a los moradores de una manzana, transmitirles órdenes y cobrar cuotas. En un tercer grupo se inscribieron los dispuestos a distribuir en las calles, o donde se les indique, la propaganda impresa de la Liga.

III

EL DANIEL O'CONNELL encontrábase en ebullición. Las noticias se sucedían y cada uno que llegaba o salía era portador de una nueva, o llevaba una orden para cumplimentar. El Episcopado anunció su resolución de suspender el culto en las iglesias de la República antes que entrara en vigor la Ley Calles, por la imposibilidad de seguir ejerciendo el ministerio conforme a los cánones. Los propagandistas de la Confederación de Estudiantes distribuimos ampliamente la carta pastoral en que se comunicaba al pueblo tan grave determinación. Trabajaremos -decían los obispos en la pastoral- para que dicho Decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados, y no cejaremos hasta verlo conseguido. Esta conducta no es rebeldía, porque la misma constitución abre el camino para sus reformas; y porque es justo acatamiento a mandatos superiores a toda ley humana y una justa defensa de legítimos derechos. En la imposibilidad de continuar ejerciendo el Ministerio Sagrado según las condiciones impuestas por el Decreto citado, después de haber consultado a nuestro Santísimo Padre, Su Santidad Pío XI, y obtenida su aprobación, ordenamos que, desde el día 31 de julio de 1926, hasta que dispongamos otra cosa, se suspenda en todos los templos de la República el culto que exija la intervención del sacerdote. No se cerrarán los templos, para que los fieles prosigan haciendo oración. Los sacerdotes encargados de ellos se retirarán de los mismos para eximirse de las penas que les imponga el Decreto del Ejecutivo, quedando por lo mismo exentos de dar el aviso que exige la ley.

Esta determinación conmovió profundamente al pueblo mexicano, que a partir de ese momento llenó las iglesias noche y día en solicitud de los Sacramentos. Los matrimonios se efectuaban colectivamente por cientos, y en Catedral la multitud que acudía a recibir la confirmación no precedente. Era notorio que aun personas que por muchos años habían permanecido alejadas de las prácticas religiosas acudían a confesarse, y la adoración del Santísimo Sacramento, expuesto en todos los templos, se veía tan concurrida como en los más solemnes días de la Iglesia.