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miércoles, 17 de febrero de 2016

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

CAPITULO XXVII: OBEDIENCIA DIVINO-HUMANA.

Si la psicología interior de Nuestro Señor, como ya hemos visto, plantea problemas misteriosos que son aparentemente contradictorios, en realidad no puede haber contradicciones en la obra de Dios y menos aún en Nuestro Señor mismo. La coexistencia en la misma Persona de la voluntad divina y de la voluntad humana plantea al mismo tiempo un problema: ¿hay alguna contradicción entre la debilidad y limitación de la voluntad humana y la trascendencia de la voluntad divina? Este misterio tendría que ser un gran modelo y un gran consuelo para nosotros. Queda claro, como ya hemos dicho, que no puede haber la menor oposición entre ambas voluntades, pues es la misma Persona, la Persona divina, la que asume esa voluntad humana del alma de Nuestro Señor. Como ya hemos señalado, al hablar de Nuestro Señor es peligroso separar su humanidad de su divinidad y tratar las cosas como si en El hubiera dos personas. No hay que olvidar nunca que sólo hay una Persona, la Persona divina, que asume el alma de Nuestro Señor. Sin embargo, está la realidad de su alma humana y, por consiguiente, de las facultades humanas de Nuestro Señor, de su voluntad y de su inteligencia.

A veces hallamos en las palabras de Nuestro Señor cosas que pueden resultarnos difíciles de comprender. Por ejemplo, Nuestro Señor afirma con mucha frecuencia que obedece. ¿Puede decirse que Nuestro Señor es “obediente”? Sí, El mismo lo dijo y se hizo obediente hasta la muerte en la Cruz. ¿Lo único que explica esta obediencia es que Nuestro Señor había recibido un alma humana? ¿O se puede decir que la voluntad humana estaba enteramente sujeta a la voluntad divina, por tratarse de la voluntad humana de la Persona divina de Nuestro Señor, que procede del Padre? Hay que unir ambas voluntades y no separarlas nunca. ¿O, en último término, a causa de la Misión que el Padre le da a su Hijo? Al ser enviado, en Nuestro Señor la obediencia se lleva a cabo bajo la influencia de esta orden de su misión divina y temporal. Esta obediencia de Nuestro Señor puede explicarse, pues, por la Misión que recibió y que llevó a cabo, evidentemente, bajo la influencia de la voluntad divina. Y esta obediencia la manifestó cuando dijo: «Por esto el Padre me ama, porque Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy Yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla. Tal es el mandato que del Padre he recibido» (S. Juan 10, 17-18). Nuestro Señor dijo que recibía órdenes de su Padre. Parece difícil pensar que en el interior de la Santísima Trinidad una Persona le dé órdenes a otra, pero si no, ¿cómo explicar la orden dada a la Persona de Nuestro Señor, que al mismo tiempo es la Persona divina? Precisamente, no se puede explicar más que por esta Misión. Es al mismo tiempo una Misión eterna y una Misión temporal, porque se realiza en el tiempo, en la Encarnación de Nuestro Señor y en su Redención.

La voluntad humana de Nuestro Señor, si así podemos decir, toma el relevo y saca su energía, en cierto modo, de esta Misión que la Persona del Hijo recibe de su Padre y que, por supuesto, realiza con una perfección sin falla. Este es el sentido en el que obedece y en el que hay que comprender la obediencia de Nuestro Señor, obediencia que no se opone a su personalidad divina. Es una obediencia al mismo tiempo divina y humana. Nuestro Señor dice también: «Porque Yo no he hablado de mí mismo; el Padre mismo, que me ha enviado, es quien me mandó lo que he de decir y hablar» (S. Juan 12, 49). Es, pues, el Padre quien le manda lo que debe decir, dándole, en cierto modo, una orden, que Nuestro Señor vincula a su Misión divina y a su cumplimiento divino-humano. En este doble sentido, hay una orden y Nuestro Señor dice que siempre cumple los mandatos de su Padre (S. Juan 8, 29). Sin embargo, Nuestro Señor al mismo tiempo que se muestra obediente, afirma que tiene todo poder. Hay palabras de Nuestro Señor que manifiestan este poder, como por ejemplo cuando dijo a sus discípulos: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas, y Yo os preparo un reino» (S. Luc. 22, 28-29). Realmente es Él quien prepara el reino. En eso muestra su omnipotencia, muestra que puede obrar por su voluntad, no independientemente de su Padre sino como su igual, y que dispone del reino de su Padre. Lo mismo dice en la maravillosa oración sacerdotal a la que ya hemos aludido, cuando se dirige a su Padre: «Padre... quiero que donde esté Yo estén ellos también conmigo» (S. Juan 17, 24).

Casi parece que así le impusiera su voluntad al Padre: pero sabemos que si dice eso es porque también esa es precisamente la voluntad de su Padre y que ambas voluntades no pueden oponerse, porque reina una unidad perfecta: unidad en la Trinidad y unidad en Nuestro Señor mismo. Esta unidad es la que tenemos que procurar alcanzar. Para estar unidos a Dios y unidos a Nuestro Señor nuestras voluntades tendrían que ser siempre semejantes y estar unidas a la de Nuestro Señor; ahí se nos ofrece un hermoso ejemplo. Por supuesto, nuestra voluntad no ha sido asumida por Dios mismo, como lo estaba la voluntad humana de Jesús. Sin embargo, nosotros también hemos sido enviados, tenemos una vocación y tenemos que ser fieles a la voluntad de Dios. Nuestro Señor es para nosotros un modelo en esto. Deseemos que ponga en nuestra voluntad las disposiciones que El mismo tendría en su voluntad humana. Otra cita de lo que escribe el Padre Bonsirven: «Si nos elevamos hasta la vida trinitaria, comprenderemos la unidad de voluntad que hay entre el Hijo y el Padre, de modo tal que Este le muestra y le comunica a Aquél todo lo que hace, y por su parte el Hijo no quiere ni puede sino lo que le muestra el Padre. ¿Qué obediencia puede haber tan perfecta como esta comunión integral y esta uniformidad de voluntad? Como explica san Cirilo, del Padre al Hijo no hay verdaderas órdenes, del mismo modo que el sol no le manda a los rayos de luz, que reciben todo de él (la imagen es bastante hermosa). Y el mismo doctor añade que si consideramos al Hijo encarnado, el mandamiento no es una orden de un Superior, sino únicamente la expresión de la Misión del Hijo». Digamos, quizás con más precisión, que del Padre al Hijo no hay verdadero mandato, sino Misión de la Persona del Hijo; y que si consideramos al Hijo encarnado, el mandato y la obediencia expresan al mismo tiempo esta Misión eterna y su cumplimiento temporal, especialmente por la voluntad y la operación humanas. «Esta actitud de libre dependencia, dice el Padre Bonsirven, aparece en un conocido episodio. Los dos hijos de Zebedeo se acercaron a Cristo y le pidieron “sentarse en su reino en los dos primeros lugares, a su derecha y a su izquierda”. Jesús les respondió: “No sabéis lo que pedís. ¿Podréis beber el cáliz que Yo tengo que beber?”. Y ellos le dijeron: “Podemos”. Jesús les replicó: “Beberéis mi cáliz, pero sentarse a mi diestra o a mi siniestra no me toca a mí otorgarlo: es para aquellos para quienes está dispuesto por mi Padre”.


«Con esta respuesta, Cristo no quiso eludir una pretensión inoportuna y menos aún negar lo que afirmó en otros lugares, que El tiene derecho a decidir sobre el reino y que de hecho dispone de él para los suyos, sino que quiso recordarles a sus discípulos presuntuosos que todas las gracias emanan del Padre como de su fuente primera y que es a El a quien hay que pedírselas humildemente». Aquí tampoco se contradicen las palabras de Nuestro Señor, sino que quiere llevar a los hijos de Zebedeo a la humildad, y recordarles que todo viene en primer lugar del Padre y que El lo recibe todo del Padre y se somete a su Padre.