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martes, 23 de febrero de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta PastoralNº 17
LA CARIDAD SACERDOTAL.

Después de la participación en los Santos Ejercicios del retiro anual, pensad animosamente en el nuevo año de apostolado y santificación personal. Permítanme que os sugiera algunos saludables pensamientos y reflexiones sobre este apostolado, a fin de que sea siempre más conforme al espíritu de caridad y de verdad que nos ha sido dado por Nuestro Señor, a fin de animar y guiar nuestra “misión”. “Accipe Spiritum Sanctumet ecce Ego mitto vos”. Nuestra entera vida sacerdotal es una vida de caridad. Vida de caridad hacia Dios, en Nuestro Señor, que es el “Orante” por excelencia, enseñándonos a rezar en espíritu y en verdad. En efecto, la vida de oración es la primera manifestación de la caridad: amor y adoración del Padre que está en los cielos por su Divino Hijo y en su Espíritu. ¡Bienaventuradas las horas del Breviario, de la oración! ¡Sublimes instantes de nuestra Santa Misa, que son la manifestación de nuestra caridad hacia Dios! Vida de caridad fraterna en el respeto por la autoridad “non ad oculum servientes, sed propter Deum”. Caridad fraterna en la comunidad sacerdotal y misionera compuesta por nuestros compañeros, por nuestros auxiliares: hermanos, religiosas, catequistas; caridad que lleva hacia la oración en común, hacia el común acuerdo en el trabajo, hacia una unidad de pensamiento y celo apostólico, que no es más que la unidad del Espíritu Santo. Bienaventurados los catequistas o laicos responsables, bienaventurados los hermanos, las religiosas guiadas y animadas por sacerdotes animados con esta caridad. Pero esta caridad es exigente: reclama de nosotros una profunda humildad que no conozca el desprecio, ni la violencia, ni la desconsideración, ni el olvido, ni la indiferencia.

Guardémonos de provocar en las almas una amargura que poco a poco arruina la confianza y molesta para las confesiones. ¿Algunos sacerdotes piensan en la difícilmente reparable herida que causan las palabras de desprecio, el libre curso de la impaciencia o el rechazo de un socorro espiritual o material muy legítimamente pedido? ¡Qué responsabilidad!

¡Guardémonos de la invasión de la vida fácil y abandonada a los caprichos y la indisciplina! Tal es el egoísmo que penetra en la vida de comunidad y en la vida sacerdotal: vigilemos los gastos exagerados de tabaco, bebidas, radio; evitemos los viajes inútiles. Vigilemos el cuidado de los vehículos manejando con precaución y a velocidad moderada: ¡cuántas reparaciones costosas se evitarían! La indisciplina de vida y la invasión del egoísmo se manifiestan además en las inexactitudes, los retrasos continuos a los oficios, a las comidas, y en una vida diaria abandonada a los impulsos. Un primer movimiento aparece en la inclinación a evitar las tareas que no nos gustan, a establecer una contabilidad personal que no esté sometida al párroco o al superior.

¡Cuántas cadenas que asfixian la caridad y dificultan la unidad de los espíritus y los corazones se forja de esta manera uno! “Caritas non quærit quas sua sunt” (I Cor. XIII, 5). Semejantes inclinaciones aceptadas, consentidas sin esfuerzo para enderezarlas, son graves. Hay que vivir la caridad que libera el alma de todas estas servidumbres del egoísmo, siempre lista para prestar servicio, para manifestar a quien competa la gestión de su tarea, de sus cuentas, preocupada por mantenerse en la obediencia y el abandono de la voluntad divina. A la caridad fraterna en la comunidad misionera debe corresponder la caridad apostólica en la realización de la “misión”. Caridad en la autenticidad y la verdad del testimonio, sensible y evidente en todas las páginas del Nuevo Testamento en particular. La fe en Jesucristo, testigo del Padre, Dios mismo, Creador del mundo fuera de quien nadie puede ir al Padre, es toda nuestra razón de ser. Nuestra gran caridad hacia el mundo será llevarle ese testimonio tal como Nuestro Señor nos lo transmitió por la Iglesia. Las conclusiones derivan de ellas mismas, es inútil insistir. El sacerdote que no sea más el perfecto reflejo del pensamiento de la Iglesia pierde su razón de ser, se hace indigno de su sacerdocio. La verdadera caridad no contribuye a dejar los espíritus en el error y las almas en el pecado. Una cosa es entender las almas y el camino que las llevó al error y al pecado, y otra cosa es darle al error una apariencia de verdad, al pecado un semblante de virtud, lo que haría creer a nuestro interlocutor que está en la verdad y en el bien. Ciertamente, se trata aquí de matices, pero la verdadera y entera caridad, hecha de buena fe en Jesucristo, no se equivoca y no pondrá la luz bajo el celemín. Es más fácil el no contradecir nunca, aprobarlo todo siempre y crearse una popularidad fácil a costa de Nuestro Señor mismo: así, uno se busca a sí mismo y no se ejerce la verdadera caridad. ¡Bienaventurada la caridad que encuentra el camino de las almas, a fin de llevarlas al único Pastor! Esta caridad será tan celosa como pueda para permanecer verdadera, no como una ola impetuosa que barre a su paso toda disciplina, todo reglamento, todo dominio de sí. Siendo profundamente humilde y olvidadiza de sí misma, se preocupará por aliar un celo desbordante con una perfecta sumisión a la voluntad de Dios; una y otra, estando indisolublemente ligadas, no pueden concebir que se las separe.

Feliz el sacerdote que estableció su vida sacerdotal en estas convicciones de fe y caridad; puede vivir con esperanza, su alma está establecida en Dios. Puede decir con toda verdad: “In te, Domine, speravi: non confundar in æternum” (Ps. XXX, 1,1).

Pedimos a la Santísima Virgen que nos dé a cada uno de nosotros esa verdadera caridad que llenó su corazón.

Monseñor Marcel Lefebvre

Carta circular a los sacerdotes, Dakar, 29 de julio de 1960