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lunes, 15 de febrero de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral n° 15
EL LAICISMO

Muy queridos Padres:
Durante la cuaresma han leído y explicado a los fieles la carta pastoral que cada obispo dirigió a su rebaño según las necesidades particulares de su diócesis. Al acercarse la santa fiesta de la Pascua, hemos juzgado oportuno, conforme a una decisión tomada en la última asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, dirigirles algunas palabras paternales de exhortación y orientación (…)

Queremos que esta carta colectiva les llegue en una de las fechas más solemnes del calendario litúrgico, aquella que la Iglesia nos encomienda recordar tres veces por día: la anunciación de la Santísima Virgen y la Encarnación del Hijo de Dios. En las páginas que siguen encontrarán nuestra preocupación respecto a un error y a una mentalidad que están en profunda contradicción con la Encarnación y con la vida sobrenatural que la Encarnación restauró en el mundo. Existe un humanismo que proclama su voluntad de abrazar todos los problemas humanos y que pretende entenderlos y poder resolverlos con fuerzas y valores puramente humanos, obstinándose en ignorar y combatir a Jesucristo. Es la Encarnación la que ha dado a Jesucristo al mundo. Ahora bien, el Salvador le ha puesto la verdadera luz a los problemas humanos. Enseña los principios para distinguir el valor y ofreció los medios para resolverlos. Con una incomprensible falta de lógica, los que proclaman el valor soberano del hombre no quieren saber nada de Él, de su obra, de sus compañeros de existencia que - hombres ellos también, creyendo en Él y siguiendo sus mandamientos - saben que no solamente el hombre ha recibido de Dios un fin que trasciende su naturaleza, sino que esta misma naturaleza no se puede explicar y desarrollar en plenitud, en su integridad armoniosa, si olvida lo sobrenatural, si rechaza la gracia, si excluye las instituciones y los medios queridos por Dios para que la gracia llegue a las almas. Nuestras palabras quieren sobre todo reavivar en ustedes el sentido de la dignidad que les ha sido confiada como levadura, como sal, como luz de la tierra.

Comprobaciones y ansiedades

1.- Nuestra entrada en materia contiene la expresión de una profunda satisfacción. Estos años transcurridos desde la posguerra, donde la vida y la acción sacerdotal han sido sometidas a durísimas pruebas, han sido meritorios para la Iglesia. Tanto en los puestos más humildes, como en los de mayor responsabilidad, se han dado luminosos testimonios de vida ejemplar, de ardiente celo apostólico, de incansable fervor y de iniciativa. Conocemos sus diarios sacrificios, sus indecibles inquietudes, sus silenciosos sufrimientos, sus escondidos martirios. Quizás nunca como en estos años la acción del sacerdote tuvo que enfrentarse con dificultades y problemas de un alcance tan grande como complejo, que hasta las almas más fuertes son turbadas. Se han comportado dignamente en la prueba, y sus obispos, que han compartido de cerca sus alegrías y dolores, desean brindar un homenaje público a su ejemplar comportamiento y al celo generoso de su ministerio.

2.- Se han desarrollado realidades consoladoras en el seno de la vida religiosa de la nación; una sensibilidad más grande ante los problemas del espíritu; una cultura religiosa más elevada y profunda; un esfuerzo intenso para elaborar una doctrina social cristiana que se inserta en la trama viviente de la realidad actual; una adhesión más consciente de varias clases de nuestro pueblo a la fe, con una participación más viva a la vida litúrgica y sacramental; unas organizaciones católicas con fines sociales y de asistencia; un despertar del laicado católico, para extender el rayo de la acción apostólica de la Jerarquía, e inspirar, en un sentido cristiano, desde el interior, los diversos dominios de la actividad humana. Entre los fenómenos de nuestra época, uno de los más importantes es el de la penetración, en el circuito de las fuerzas vivas de la nación, de las masas que hasta ayer permanecían fuera o al margen de la vida de asociación. Es un fenómeno de evolución social del cual debemos alegrarnos y que nos empuja a situarnos amorosamente al lado de la humanidad en marcha, como la Iglesia siempre lo ha hecho, y como lo testimonia la historia. Pero no podemos cerrar los ojos ante las desviaciones del pensamiento y de las costumbres que acompañan ese soplo de renovación. Existe una concesión a un hedonismo más y más exasperado; existe una superestimación exclusiva de los valores económicos; existe un relativismo moral contagioso que hacina especialmente a las jóvenes generaciones; existe una exteriorización tal de la vida desordenada que asfixia por así decir la posibilidad de reflexión del alma acerca de las realidades más efímeras y banales. Tenemos fe en el valor del mensaje cristiano, pero esa misma fe nos impone ver claramente las cosas en el mundo de hoy, para adoptar la necesaria posición cristiana y sacerdotal.

EL LAICISMO Y SUS CONSECUENCIAS
Naturaleza del laicismo

3.- Tomando como base las diversas desviaciones doctrinales y prácticas del mundo actual, ¿se puede descubrir un denominador común, que exprese de alguna manera el alma de todo, y represente el principio inspirador de la compleja gama de actitudes erróneas en el dominio religioso y moral? Pensamos que es posible, y creemos reconocer esa actitud fundamental en la mentalidad corriente de nuestro tiempo, que es conocida con el nombre de “laicismo”. No tememos afirmar que ahí está el error básico, en el cual se encuentran en germen todos los demás, con una infinidad de variedades y matices.

4.- Es difícil dar una definición del laicismo, pues expresa un estado de alma complejo y presenta una variedad multiforme de posiciones. Sin embargo, es posible ver en él una línea constante que podría definirse así: una tendencia, o mejor todavía, una corriente de oposición susceptible de ser ejercida contra la religión en general, y contra la Jerarquía católica en particular, sobre los hombres, sus actividades e instituciones. Así entonces, nos encontramos en presencia de una concepción puramente materialista de la vida, donde los valores religiosos, o son categóricamente rechazados, o son relegados al cerrado reducto de las conciencias y la penumbra mística de las iglesias, sin ningún derecho de penetrar y ejercer una influencia en la vida pública del hombre (su actividad filosófica, jurídica, científica, artística, económica, social, política, etc…)

5.- Tenemos así, ante todo, un laicismo que prácticamente se identifica con el ateísmo. Niega a Dios, se opone abiertamente a toda forma de religión, reduce todo a la esfera de la inmanencia humana. Ahí precisamente está la posición del marxismo, y no es momento de detenernos a demostrar esto. Tenemos también una expresión de laicismo menos radical, pero más corriente, que admite a Dios y al hecho religioso, pero se rehusa a aceptar el orden sobrenatural como una realidad viva y actuante en la historia humana. En la edificación de la ciudad terrestre, entiende que hay que hacer una completa abstracción de los principios de la revelación cristiana, y rechaza que la Iglesia tenga una visión superior que oriente, ilumine y vivifique el orden temporal.

6.- Las creencias religiosas son, según dicho laicismo, un hecho de naturaleza exclusivamente privada; para la vida pública no existiría más que el hombre en su condición puramente natural, totalmente aislado de toda relación con un orden sobrenatural de verdad y de moralidad. El creyente, entonces, está libre de profesar en su vida privada, las ideas en las cuales crea. Pero si su fe religiosa, saliendo del cuadro de la práctica individual, trata de traducirse en una acción concreta y coherente para conformar igualmente su vida pública y social con los principios del Evangelio, se grita entonces el escándalo, como si eso constituyese una pretensión inadmisible. Tan sólo se le reconoce a la Iglesia un poder independiente y soberano en el cumplimiento de su actividad específicamente religiosa, teniendo un fin directamente sobrenatural (actos de culto, administración de los sacramentos, predicación de la doctrina revelada, etc…) Pero se le rechaza todo derecho de intervención en la vida pública del hombre, porque ella gozaría de una total autonomía jurídica y moral, y no toleraría ninguna subordinación, ni siquiera una imposición de parte de las doctrinas religiosas exteriores.

7.- No nos detenemos en refutar esas afirmaciones, que están en neta contradicción con la doctrina católica. Queremos solamente subrayar su gran alcance. Prácticamente, se niega o se descarta el hecho histórico de la revelación; se desconoce la naturaleza y la misión salvífica de la Iglesia, se trata de quebrar la unidad de vida del cristiano, en quien es absurdo querer separar la vida privada de la vida pública; se abandona la distinción entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, al arbitrio del individuo o de las colectividades, abriendo así el camino a todas las aberraciones individuales y sociales de las cuales -desgraciadamente- nuestras últimas décadas han ofrecido testimonios atroces. Como se ve, el fenómeno laicista tiene sus profundas raíces en una oposición radical de los principios. No se resume en el hecho político contingente, aún si se prefiere seguir sobre todo en este terreno una polémica diaria con la Iglesia. En su aceptación más lógica, es una concepción de vida que se encuentra en las antípodas de la concepción cristiana.

8.- Hoy el peligro inherente a ese error es acentuado por dos hechos. Primero, la situación de laicismo en la cual se encuentra Italia en nuestra época, generalmente evita las actitudes espectaculares y groseras del viejo anticlericalismo del siglo XIX. Es más astuto y flexible, más inteligente y adaptado a las técnicas de la época. Más que atacar de frente, prefiere la insinuación pérfida y la crítica sutil; más que atacar las ideas, prefiere utilizar las debilidades de los hombres; más que las declamaciones espectaculares de los actos públicos, prefiere el brillo de un cierto rigor cultural. Aún cuando ataca a la Iglesia, se esfuerza por disimularlo tras nobles motivos; quisiera liberarla de todo “compromiso” temporal, purificarla de toda “contaminación” mundana y política, ponerla a la altura de la época y rejuvenecer sus estructuras internas, a fin de que, libre y renovada, pueda ejercer de nuevo su soberano ministerio espiritual sobre las almas.

9.- A esto se le agrega otro factor importante: el laicismo se sustrae a posiciones doctrinales precisas. Como todos los errores de hoy, prefiere actitudes imprecisas y vaporosas. Se funda sobre todo en impresiones, sentimientos y resentimientos, sobre estados de alma. A veces, se debe a la superficialidad de las ideas, pero a menudo obedece a un cálculo preciso. Le gusta jugar con el equívoco para alcanzar sus fines sin suscitar reacciones excesivas, sobre todo en la parte de la opinión pública que todavía se halla apegada - de alguna manera - a la religión y la moral cristiana. Se libra a un mimetismo para obrar fácilmente, de manera de crear progresivamente un clima de pensamiento y de vida, liberado de toda referencia sobrenatural y abierto a todas las aventuras intelectuales y morales. Estos hechos provocan una amenaza más grave porque, bajo una apariencia de respeto por la fe religiosa del pueblo, la obra de corrosión del alma católica del país se puede cumplir gradual e insensiblemente.

10.- En la raíz de la actual actitud laicista, hay una profunda oposición de carácter religioso, como lo demuestra un examen -aún sumario- de sus manifestaciones más recientes, que pueden ser brevemente indicadas como sigue:

a) Críticas rabiosas, aún si a veces se expresan bajo una forma de respeto aparente hacia toda intervención del Magisterio eclesiástico, cada vez que pasa del plan de los principios a las aplicaciones prácticas; alarmas y protestas cuando la Iglesia y la Jerarquía intervienen, por ejemplo, solamente en materia de moralidad pública.

b) Intolerancia y desconfianza, si no hostilidad abierta hacia todo lo que es expresión del pensamiento y de la vida de los católicos en el país, hacia todo lo que indica su presencia y su influencia en los diversos sectores de la vida pública.

c) Publicidad complaciente dada a hechos de desfallecimientos inevitables y pretendidos escándalos en el clero y el laicado católico militante; deformación sistemática de los objetivos que inspiran las obras católicas de asistencia, de caridad, de educación, etc…

d) Apoyo solícito a toda tentativa tendiente a introducir el divorcio en la legislación italiana, y para atemperar las disposiciones en vigor para la protección de las leyes de la vida.

e) Esfuerzos aislados pero evidentes para volver a cuestionar el Concordato, acogido sin embargo con un reconocimiento por así decir unánime en la inmediata posguerra e incorporado a la Constitución.

f) Después de ataques contra la verdadera libertad de la escuela no gubernamental, y acusaciones incesantes contra los católicos de querer sabotear la escuela del Estado: rechazo tenaz a todo pedido de subvenciones, por parte del Estado, para la escuela no gubernamental, y acusación dirigida a ella de falta de libertad y de no formar para la libertad, so pretexto de que al católico le sería rechazada la libertad de búsqueda necesaria para el progreso y la cultura.

g) Escándalo y protesta contra las autoridades públicas que tomen parte en manifestaciones religiosas o participen en actos de homenaje al Vicario de Cristo, en quien no se quiere ver más que el Soberano de la ciudad del Vaticano, a quien se debe tratar como a un igual, so pena de humillar al Estado y hacerlo abdicar de su dignidad soberana.

h) Incapacidad de entender, en su entera significación religiosa, las intervenciones de la Iglesia y de su Jerarquía destinadas a dirigir a los católicos en la vida pública, a recordarles -en la hora actual- el deber de la unidad, y a ponerlos en guardia contra ideologías que, ya antes de ser aberraciones políticas y sociales, eran auténticas herejías religiosas. Será útil recordar las palabras de Pío XI: “Hay momentos donde nosotros, el episcopado, el clero, los laicos católicos, parecemos ocuparnos de la política. Pero en realidad, no nos ocupamos más que de la defensa de la religión y de los intereses religiosos, mientras se combate por la libertad religiosa, por la santidad de la familia, por la santidad de la escuela y por la santificación de los días de Dios. No es eso hacer política. Es entonces la política la que ha tocado a la religión, la que ha tocado el Altar, y nosotros defendemos entonces el Altar” (Pío XI, discurso del 19 de septiembre de 1925).

Estas breves consideraciones indican la evidencia de la gravedad de los errores difundidos bajo la etiqueta del laicismo. La Iglesia no tiene ningún interés en hacer revivir antiguas diferencias; no desea que los católicos se dejen llevar a un terreno de polémicas estériles, que no servirían más que para desunir el bloque espiritual de la nación y distraer a los católicos de su duro y positivo deber cotidiano de edificar una sociedad más justa y más capaz de resolver los problemas concretos y urgentes de la vida de nuestro pueblo. Sin embargo, no puede permanecer indiferente frente a los ataques que tocan a la sustancia de su doctrina: traicionaría su misión y abriría así el camino a desviaciones fáciles en las almas que le son confiadas.

El laicismo y el laicado católico

Pero nuestras reflexiones no pueden detenerse ahí. El cuadro aparecería este día incompleto, si no se esclareciera otro problema: el peligro que corren el clero y el laicado católicos de dejar infiltrar insensiblemente el error laico en sus rangos. La atmósfera cultural y social que respiramos está tan profundamente impregnada por él, que las almas mismas que tendrían que estar a buen resguardo, son acechadas por sus trampas. El laicado católico puede dar pie a algunas tentaciones fáciles viviendo con mentalidad laica. He aquí las principales:

a) La tendencia a sustraerse a la influencia y a la dirección de la Jerarquía y del clero, so pretexto de haber alcanzado la mayoría de edad. Así, el laicado católico está convencido de adquirir la plena conciencia y todos los derechos del ciudadano, tanto en la comunidad religiosa, como en la
sociedad civil.

b) La tendencia a querer que la Iglesia practique una total independencia hacia lo “profano” sin darse cuenta que, frecuentemente, los problemas de orden técnico y temporal plantean cuestiones que no sabrían dejar indiferente a la Iglesia.

c) La tendencia a subestimar el valor de la doctrina del Evangelio o a dudar que sea capaz de resolver los problemas sociales del mundo moderno. La Iglesia, de hecho, tendría una visión demasiado abstracta de los problemas humanos. La acción de su Magisterio se contentaría con enunciar principios generales. La necesidad de la Iglesia de tener el equilibrio entre fuerzas amenazadas de decrepitud y las que suben al horizonte, podrían hacer que no tuviera ni el coraje, ni la audacia de enfrentar la realidad brutal de ese mundo que evoluciona de manera trágica.

d) La tendencia a deslizarse sobre la pendiente de un naturalismo sutil: despreciando la eficacia magisterial y sacramental de la Iglesia en el dominio del progreso que se cumple bajo nuestros ojos, dando la prioridad, cuando no la exclusividad, a los medios humanos; acogiendo más o menos abiertamente los métodos y el estilo del adversario; teniendo en vista por encima de todo el éxito inmediato y haciendo un caso exagerado de las manifestaciones masivas y de la aprobación de la opinión pública.

e) La tendencia a librar en su interior querellas intestinas poco edificantes y a volver a llevar hacia el mundo exterior una solicitud que debiera tener como primer objetivo la caridad fraternal y la unión de los espíritus entre los que trabajan y sufren a su lado, a pesar de sus defectos y sus lagunas inevitables.

f) La tendencia a oponer la Iglesia dispensadora de la gracia (o carismática) frente a la Iglesia Jerárquica, las inspiraciones espirituales del corazón a la organización exterior de la disciplina. Uno se imagina que hay que distinguir entre expresiones visibles del cristianismo y lo que es su sustancia interior sobrenatural. Que basta, en suma, tener la caridad, sin todo ese aparato jurídico.

g) La tendencia a poner en un pie de igualdad al laico y al sacerdote. Se quiere que sean partícipes en partes iguales, llamados a completarse; que sus funciones y sus poderes sean paralelos. Y así se reduce, hasta hacerla desaparecer, la distinción entre el sacerdocio genérico que comparten todos los miembros en cuanto miembros del cuerpo místico de Cristo, soberano Sacerdote, y el sacerdocio propiamente dicho, fundado sobre el carácter sacramental que da la ordenación.

12. Las tentaciones que fácilmente acechan al laicado católico tienen varias causas, y sus canales de derivación son múltiples. Pasemos revista a las principales de estas causas:

a) La carencia de cultura teológica, sobre todo en lo que toca al misterio de la Iglesia, su naturaleza, sus poderes, su organización exterior e interna. Muchos de nuestros laicos no poseen más que un magro bagaje teológico. Y estos acontecimientos los fragmentan.

b) La influencia de la prensa que se compromete en una dirección resueltamente laica, o por lo menos, se siente llevada hacia ella. Es entonces en este estado de espíritu que la prensa explica ordinariamente (aunque por sus formas se muestre respetuosa hacia la religión) la presencia de la Iglesia en el mundo moderno, el código que regula las relaciones de la Iglesia y del Estado, la acción de los católicos, el conjunto de los problemas morales que atraen la atención de la opinión pública. Muchos católicos leen esta producción, sea porque no aprecian el diario católico, sea porque (nos gustaría creerlo) tengan la intención sincera de conocer las objeciones del adversario para combatirlas con más eficacia. De hecho, terminan por absorber el veneno poco a poco.

c) La influencia de cierta literatura religiosa de vanguardia (especialmente de más allá de los Alpes) donde una inquietud congénita refuerza las más aventuradas audacias de pensamiento y se entusiasma sin reserva con todas las iniciativas de apostolado que rompen con los cuadros tradicionales. Proclama con convicción que es la única manera de llegar a métodos capaces de retomar el contacto perdido con el mundo.

d) La influencia del protestantismo, que se ejerce por una propaganda lanzada con vigor en numerosas ciudades y regiones, por revistas que difunden novedades teológicas, por movimientos de inspiración espiritualista (por ejemplo, el movimiento de Caux) por la literatura, el cine y el teatro.

e) La influencia de la concepción democrática. Algunos quisieran aplicarle desconsideradamente a la Iglesia los esquemas de la sociología profana, como si la definición de la verdad religiosa y el ejercicio de los poderes sagrados debieran ser sometidos a la aprobación del laicado y al juego de las mayorías y minorías.

f) La superestimación de la acción del laicado. Se la pone en la balanza con la acción del sacerdote, que quizás no siempre alcanza el mismo resultado brillante sobre el plan exterior. La facilidad, sobre todo en estos jóvenes, de ver las simples y sinceras felicitaciones venidas de la Jerarquía como una suerte de investidura suprema que lo consagra (al laicado) salvador de la situación, que detenta carismas especiales, lo cual lo conduce a veces, excitado por el orgullo, por el acuerdo tácito de tal o cual superior, por la adulación de sus amigos, por los aplausos de la muchedumbre, a adoptar actitudes de independencia hacia toda disciplina.

g) Las enfermedades de algún sacerdote que pueden crear situaciones penosas hechas de incomprensión recíproca, de críticas de una y otra parte, de desconfianza y de oposición. Así, por ejemplo, un autoritarismo exagerado, falta de confianza hacia el laicado, estrechez de espíritu, apertura insuficiente frente a los problemas del apostolado moderno y de la vida social, defecto de juicio e imprudencia cuando su deber le manda intervenir sobre el plan político.

h) La falta de formación espiritual sólida (sin hablar del contacto diario más bien brutal con un mundo que cree mediocremente en las profundas virtudes cristianas: la humildad, la paciencia, la lealtad, la caridad, la justicia, el desinterés, etc…). El laicado católico podía ser marcado en su manera de pensar y de actuar, no conforme o ajena al mensaje cristiano, y confundirá fácilmente la decisión con la violencia, la inteligencia con la astucia y el cálculo, la necesidad imperiosa de las transgresiones sociales con la revolución, el ardor del impulso con la impaciencia que se cobra, el reino de Dios con la dominación terrestre, el servicio de la Iglesia con la pretensión de poner a la Iglesia al servicio de sus propias ideas y de sus intereses personales.

Hablamos aquí de tentaciones posibles, de tendencias que pueden tomar cuerpo, no de una situación de hecho a gran alcance. Por estas exhortaciones a la vigilancia no se quiere de ninguna manera negar o poner en duda el aporte inmenso y admirable del laicado católico a la Iglesia en nuestro país, en el curso de estos últimos años. Es un capítulo de historia del cual ninguna nube del mundo podrá velar el esplendor brillante.

aparecido en L’Osservatore Romano,

traducción francesa, del 29 de abril de 1960