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martes, 26 de enero de 2016

Historia de San Pascual Bailón

11. A través de Francia.
El Capítulo de la Orden celebrado en Roma en 1571 había elegido para el cargo de Ministro General al P. Cristóbal de Cheffontaines. En ese tiempo Francia estaba en situación de revuelta, y el nuevo General consigue llegar a París en 1576. El Provincial de Valencia, por su parte, necesitaba enviar al P. Cristóbal cartas de importancia. Pero ¿cómo hacerlo, en el estado en que se hallaba Francia? El país, sobre todo en el centro y en el norte, era víctima de las guerras de religión. Habían sido violados los sepulcros, destruídas las iglesias, dispersadas las reliquias, profanadas las Hostias, y asesinados muchos sacerdotes y seglares. Más de doscientos franciscanos habían perecido en las revueltas. Así, pues, un religioso que atravesara Francia se exponía a una muerte probable.

Con todo, el envío de las cartas no podía retardarse. Ante un tal estado de cosas, Juan de Moya, guardián del convento de Almansa, llama a su presencia al Bienaventurado.
–Fray Pascual, le dice, es necesario que estas cartas lleguen a manos de nuestro Padre
General, que se encuentra en París. Pero para llevárselas hay que atravesar un país infestado por los hugonotes. Muchos de nuestros Hermanos han sucumbido ya víctimas de su furor... ¿Os encontráis con fuerzas para abordar esta empresa? El Santo oye con recogimiento la voz del superior y con toda alegría responde:
–Iré, con el mérito de la santa obediencia.

Pascual acaba de entrever allá, a lo lejos, la corona del martirio. Y como anteriormente había salido para Jerez, sale de nuevo ahora sin otro equipaje, al decir de los antiguos relatos, que «su abnegación y su pobreza». Larga es la ruta que ha de andar Pascual hasta llegar a los Pirineos; pero no importa, pues aún camina por país amigo. La rica y fértil Cataluña no niega al pobre de Dios un pedazo de pan conque alimentarse cada día. Pero a medida que sale de España, el aspecto del país va siendo diverso. Se suceden las grandes montañas, y se abren a sus pies las negras gargantas y el sordo murmullo de los torrentes. El Santo debió pasar por el puerto del Oo que faldea el Monte Maldito, y luego se dirige por el sur de Bagnères de Luchon para llegar a Tolosa. Extenuado por el cansancio, llama a la puerta del gran convento franciscano de Tolosa y solicita se le conceda hospitalidad. Allí se le recibe como a un hermano. El Santo declara el objeto de su viaje, y los religiosos se quedan asustados.

–¿Pero es que no conoce vuestro superior los peligros del viaje?... Aquí mismo, dentro de la ciudad, los calvinistas han saqueado muchas casas. Millares de hombres han sucumbido combatiendo con los herejes. Partidas armadas recorren el país, llevándolo todo a sangre y fuego. Predicadores y sínodos legalizan estas violencias, y la autoridad real concede amnistía a los culpables. Todo el territorio, desde aquí hasta París, arde en el fuego de la hostilidad y de la persecución.

Los franciscanos de Tolosa deliberan largo tiempo sobre si les será lícito consentir que el Santo prosiga su viaje. Los pareceres son contrarios y nada se resuelve. Al fin, se halla una solución: Pascual irá a París, puesto que así lo quiere a toda costa, pero a condición de que vaya disfrazado. Pascual rechaza una tal propuesta, y prosigue su viaje en la misma forma en que lo ha principiado. Piensa conseguir la palma del martirio, y cree que así llegará a ver realizado más fácilmente su ideal. Cruza las pequeñas poblaciones y atrae sobre sí las miradas curiosas de los habitantes. Los muchachos le hacen escolta, y no faltan quienes le toman por un pobre demente al ver su porte afable y resignado,  su vestido humilde y sus pies desnudos. En otras partes es recibido a gritos y saludado con salvas de pedradas. En algunas se vocifera contra el papista, que logra evadirse, no
sin dificultad, a las iras del populacho.

Pascual, al llegar a Orleans, se ve rodeado por una turba de hugonotes:
–¿Crees tú, le gritan, que Cristo se halla realmente en la Hostia de los sacerdotes papistas?
–Sí, lo creo con toda mi alma.
–¡Insensato! le gritan.
Y arrojan sobre él toda la granizada de objeciones sofísticas que estaban entonces de moda contra de la presencia real de Jesús en el Sacramento. El Santo, iluminado por el Altísimo y valiéndose del poco francés que había aprendido durante el viaje, responde a sus sarcasmos con una vigorosa profesión de fe. ¿No había dicho el Salvador a sus discípulos: «cuando os halléis en presencia de vuestros verdugos, el Espíritu Santo hablará por vuestra boca y Yo os daré una sabiduría a la cual nadie podrá contradecir?»... Los reformados se vieron confundidos con el discurso del pobre fraile. Pero no por eso desisten de sus propósitos y se arrojan contra Pascual.
–¡Ah, canalla de español, que quieres darnos lecciones, ahora vas a morir a pedradas como un perro!
En medio de brutales blasfemias, lanzan sobre él una lluvia de piedras. El Santo, acometido por todas partes, se desploma en tierra bañado en su propia sangre. Su caída es celebrada concarcajadas de odio y gritos estruendosos de victoria:
–¡He ahí uno que enmudece para siempre!
Y, dándole por muerto, los asesinos se alejan. Poco después vuelve en sí el Santo. El dolor atenaza y tortura todos los miembros de su cuerpo. Sus espaldas, sobre todo, están destrozadas, y la herida que se ve en ellas no dejará ya de proporcionarle dolores durante el resto de su vida. «Es una fineza que recibí en Orleans», solía decir después alegremente. En estado tan lastimoso, el pobre fraile se arrastra como puede hasta una próxima vivienda.  Llama a la puerta y ve comparecer ante sí a una buena mujer.
–¡Ah, mi Reverendo, cómo os han puesto! gimió ésta, apresurándose a atenderle con esmero y a mitigar sus dolores.
–¡Ah, qué buenos católicos hay en aquel país! ¡Qué corazones tan generosos! exclamaba el Santo al describir de regreso a la patria su viaje por Francia.
Por lo demás era Pascual extremadamente reservado, y ni aun hoy conoceríamos los pocos datos que sabemos de este viaje, si el Santo no se hubiera visto obligado a manifestarlos, cediendo a las reiteradas instancias de Juan de Moya. Otro día, obligado el Siervo de Dios por el hambre, se decide a llamar a las puertas de un vecino palacio, coronado por torrecillas y enclavado en el centro de un espléndido parque. Los
domésticos le permiten la entrada y avisan a su señor. Dicho señor, que era calvinista y enemigo  jurado de los católicos, se hallaba entonces comiendo con los suyos. Cuando vio a Pascual, pálido y maltrecho, y puso los ojos en su miserable sayal, le gritó:
–¡Vive Dios, bien se ve que eres un espía español; así que pagarás cara tu audacia! ¡Verás qué limosna vamos a darte! ¡Ten un poco de paciencia! ... Ante todo debo atender a mi salud. Pero luego, añadió con brutal regocijo, atenderé a la tuya. Después de comer serás ahorcado. Pascual se reconcentra en sí mismo, pone su suerte en manos de Dios y se dispone a morir...

El calvinista, por su parte, no acaba nunca de concluir la comida, deseoso de prolongar la agonía  del pobre fraile, que sigue mudo e inmóvil en presencia del malvado. Mientras tanto, la señora de la casa, de corazón compasivo, no puede ver por más tiempo este
juego bárbaro. Y aprovechándose del estado de embriaguez de su marido, se ingenia para poner a Pascual fuera del alcance de sus iras. Los criados, obedeciendo sus órdenes, lo conducen  afuera. Se ve privado así, una vez más, de la corona del martirio.
En otra ocasión fue rodeado por el revuelto populacho. Trataba éste de jugarle una mala partida, cuando aparece de improviso un hombre y lo libra de manos de sus agresores. Su libertador lo encierra en una cuadra de cerdos, coreado por los aplausos de la multitud. Abandonado así en prisión tan infecta, Pascual espera la muerte de un momento a otro... Llega con esto el alba y al propio tiempo su extraño libertador, quien le entrega un pedazo de pan y le dice con tono áspero:
–Huid cuanto antes y no volváis a aparecer por estas tierras.
En otra ocasión, una mujer de calidad se esfuerza por convertirle. Para ello echa mano ante todo de los favores; luego desciende a las lisonjas, y dice al Santo:
–Creedme, no hay mejor cosa que el que os hagáis reformado como yo me he hecho.
Al oír esto el Siervo de Dios estalla en indignación:
–¡Reformado yo! Pero ¿no veis que soy religioso de San Francisco de Asís?...»
Y dichas estas palabras se da a la fuga.
Añadamos a estos relatos un último episodio que agrega Ximénez, como referido por el mismo Santo. Caminaba Pascual con su acostumbrada recogimiento en la oración, cuando cierto caballero se detiene delante de él, con la lanza colocada en actitud de acometerle.
–¡Monje! le dice, ¿Dios está en el cielo?»
El fraile responde sin vacilaciones:
–Sí, está en el cielo».
El caballero, al oír esta respuesta, vuelve grupas y parte al galope.
Pascual, desconcertado, queda envuelto en confusiones... Luego se siente iluminado por una idea:
–¡Ay! lamenta, ¡ahora comprendo! Yo debiera de haber añadido: “y en el Santísimo
Sacramento del altar”. ¡Entonces me hubiera atravesado con su lanza y yo sería mártir, por haber muerto en defensa del Sacramento del amor! ... ¡Infeliz de mí, que no me he hecho digno de una tal gracia! Y se pone a llorar abundantes lágrimas... Pascual, a su salida para París, tenía los cabellos negros, y cuando regresa al convento los tiene ya blancos. ¡Ha envejecido en pocos meses!

CONTINUA...