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sábado, 2 de enero de 2016

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"


CAPITULO XXI:
HEMOS VISTO SU GLORIA

Las reflexiones a las que nos hemos entregado hasta aquí, nos han permitido salir del mundo de las contingencias para elevarnos al mundo eterno que, por lo menos, es permanente. Como hemos visto, Nuestro Señor afirma claramente su unidad con el Padre, esta compenetración del Padre y del Hijo, esta comunicación integral de naturaleza y de bienes que el Hijo ha recibido del Padre, Principio único. Lo afirma claramente, sobre todo en su magnífica oración sacerdotal, que tenemos que leer con frecuencia: es tan rica, tan consoladora y tan hermosa. El primer párrafo, sin duda el más precioso, es como una mirada sobre la Santísima Trinidad misma.«Esto dijo Jesús, y levantando sus ojos al cielo, añadió: Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que Tú le diste les dé El la vida eterna» (S. Juan 17, 1-2).

Nuestro Señor pide, pues, a su Padre que le dé esta gloria, gloria que El mismo le dio a su Padre mientras estuvo en este mundo y gloria que El comunicó también a los que el Padre le dio. Es decir, a todos los que son sus fieles discípulos, y por consiguiente, esto se aplica también a nosotros. Son realmente palabras de eternidad, palabras admirables, que revelan perfectamente lo que realmente es Nuestro Señor, el Hijo eterno del Padre. Esta palabra “gloria” la encontramos frecuentemente en los labios de Nuestro Señor. Es la palabra que resume lo que la Iglesia siempre ha creído y enseñado sobre la Eternidad, el cielo y la Santísima Trinidad. En todo momento, en nuestras oraciones, repetimos el “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto”, “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Acabamos la lectura de todos los salmos con este “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto”, la recitación se hace más solemne y más lenta, porque esta oración realmente es lo mejor que le podemos decir a Dios: gloria a Ti.

¿Qué significa esta gloria? Es difícil de definir, porque es algo eterno que es propio de Dios y la divinidad para nosotros sigue siendo un gran misterio. Creo que podemos pensar que esta gloria, ese esplendor y honor que se le debe a Dios, proviene de la riqueza del Ser divino que lo contiene todo, que es el autor de todo, que tiene la omnipotencia, que es eterno y que es una inteligencia infinita y un espíritu infinito. Esta irradiación espiritual tiene también consecuencias en los cuerpos. Nuestro Señor lo mostró en su propio cuerpo. Pero es evidente que se trata sobre todo de la gloria espiritual. Nuestro Señor mismo dijo:«Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (S. Juan 17, 3).

No se trata de que nos representemos en la imaginación un fulgor espléndido o una luz como la que los apóstoles vieron en la Transfiguración, sino de una luz espiritual, mucho más profunda, mucho más íntima y mucho más rica que la luz puramente corporal y puramente física. Nuestro Señor pide que le sea restituida la gloria que tuvo antes de que el mundo existiese. Pero de hecho, durante su vida en este mundo Nuestro Señor nunca perdió esta gloria sino que, sencillamente, no permitió que transparentase de un modo habitual a través de su cuerpo. Al tener la visión beatífica y ser el Hijo de Dios, Nuestro Señor no dejaba de estar en el seno de la Trinidad, de estar en el gozo más perfecto en su alma, en su espíritu, en su inteligencia, en su voluntad y en su corazón. Es imposible pensar que hubiese un instante en el que el Hijo no le diese gloria a su Padre y en el que el Padre no le comunicase su gloria a su Hijo.

Pero a los apóstoles, Nuestro Señor no se les aparecía ni estaba ante ellos con esta gloria de un modo constante. Pide que su Padre le vuelva a dar con la Resurrección esta gloria corporal. De esto mismo habla santo Tomás cuando se pregunta por qué se dice que Nuestro Señor está a la diestra del Padre.

«¿Le conviene a Cristo sentarse a la diestra de Dios Padre?
¿Le conviene según su naturaleza divina?
¿Le conviene según su naturaleza humana?
¿Le conviene como algo propio?» (IIIª, cuest. 58)

Para santo Tomás y según san Juan Damasceno, por la palabra diestra se puede comprender la gloria de la divinidad:«Sentarse a la diestra del Padre no es sino poseer junto con el Padre la gloria de la divinidad, la beatitud y la potestad de juzgar, y esto de modo inmutable y real. Esto es algo que le conviene al Hijo por ser Dios...» (IIIª, cuest. 58, art. 2).

También se puede comprender esta posición de Cristo a la derecha del Padre como la dignidad comunicada a la naturaleza humana de Jesús por la gracia de unión personal; o mejor aún, como «la gracia habitual que es más abundante en Cristo que en las otras criaturas, en cuanto la misma naturaleza humana es más bienaventurada en Cristo que en las demás criaturas y tiene sobre las demás criaturas un poder real y de juez» (IIIª, cuest. 58, art. 3). Y santo Tomás resume y concluye:«Se dice que Cristo está sentado a la diestra del Padre, en cuanto que según la naturaleza divina es igual al Padre y según la naturaleza humana posee los bienes divinos de un modo más excelente que las demás criaturas. Ambas cosas sólo le convienen a Cristo, por lo que a nadie más, ni ángel ni hombre, le conviene estar sentado a la diestra del Padre» (IIIª, cuest. 58, art. 4).

Y añade una consideración:«Al ser Cristo nuestra cabeza, se nos ha otorgado a nosotros todo lo que se le ha otorgado a El. Y por eso, dice el Apóstol que al haber resucitado El, en cierto modo Dios nos ha resucitado a nosotros, porque todavía no hemos resucitado en nosotros mismos sino que tenemos que resucitar, según aquello de la epístola a los Romanos: “El que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, vivificará también nuestros cuerpos mortales” (Rom. 8, 11)» (IIIª, cuest. 58, art. 4, ad. 1).Siguiendo el mismo modo de expresarse, el Apóstol escribe también: «Nos ha hecho sentarnos con El en el cielo» (Efes. 2, 6), «es decir, que nuestra cabeza, que es Cristo, está sentado allí» (ibid.).

Así pues, si no podemos pretender estar sentados a la diestra del Padre, porque somos pobres criaturas, sin embargo, a través de Cristo, que es la cabeza del Cuerpo místico, podemos tener este privilegio. «El que medita sencillamente estas elevaciones de la oración sacerdotal, dice el P. Bonsirven, puede ver el sentimiento de esta unidad profunda con su Padre, de la que Cristo era consciente; esta comunión total, que se expresa en el don del nombre divino y de la gloria divina, tiene como fuente el amor que está en Dios, el cual se difunde primeramente en el Hijo único para que por El se extienda sobre los demás hijos de Dios. Así comprendemos la importancia de los títulos que se le dan a este Hijo: el muy amado, el unigénito y el único engendrado, expresiones que dicen más que el Hijo único».

La palabra consustancialidad puede parecernos demasiado técnica y filosófica y sin embargo es la única que conviene. A causa de su consustancialidad con el Padre, al Hijo se le da toda gloria y participa realmente de todos los atributos del Padre. Hablando de la gloria de Nuestro Señor, el Padre Sauvé escribe en su obra Jesús íntimo:«El cielo sólo será el desarrollo completo, el florecimiento perfecto de la gloria de Jesús. Si queremos empaparnos bien de esta verdad tan importante, cuya finalidad es la de darnos una idea real de Nuestro Señor y también de nuestra unión eterna con El, y de nuestra eterna dependencia hacia El, tenemos que considerarlo con fe y con amor bajo sus diferentes aspectos». Y el P. Sauvé repasa todos los títulos por los que Nuestro Señor tiene esta gloria y nos la comunica, precisamente porque como hombre es la cabeza de la Iglesia triunfante al igual e incluso más perfectamente que de la Iglesia de la tierra y del purgatorio.

«Así como la divinidad y el alma santa de Nuestro Señor iban desarrollando durante su infancia y juventud, con una perfección admirable, el cuerpo de Jesús que glorificaban por su influencia eterna, la santa humanidad va desarrollando en el transcurso de los tiempos su Cuerpo místico y lo va vivificando y santificando en la tierra, purificándolo en este mundo y en el purgatorio, esperando que en la eternidad lo animará más perfectamente y lo glorificará y lo beatificará por siempre. El cielo no será más que Jesús colmando a todos los santos con su vida, su gozo y su gloria. Será todo en todos» (I Cor. 15, 28). Estas páginas son muy hermosas y nos muestran cómo, Nuestro Señor, en su humanidad gloriosa, nos comunica la gloria que ha recibido de su Padre.

«Cómo me alegra este papel de vuestra humanidad, oh Jesús; después de haber sido mi alimento en este mundo, será bajo vuestra divinidad mi gloria en la eternidad (...) Cuál sería mi locura si desde ahora no bebiese yo de esta fuente inagotable de la gracia, la caridad, todos los días, a cada hora y sobre todo a la hora tan fecunda de los sacramentos, de la comunión y de la absolución para beber un día en el cielo con más abundancia la gloria y el amor eternos. Jesús objeto de admiración eterna para todos santos. Jesús ejemplo y fuente de gloria será al mismo tiempo, por su Sacrificio, el alma de sus adoraciones, de sus alabanzas y de sus agradecimientos».

Esto es lo que podemos decir de la gloria de Nuestro Señor y de la comunicación de la que gozaremos (esperémoslo) en el Cielo. 

continua...