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martes, 10 de noviembre de 2015

EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

CAPITULO V: EL CANTO DEL AMOR DE DIOS  



Leamos también el magnífico SIMBOLO DE SAN ATANASIO, que se rezaba hasta hace poco tiempo a la hora de Prima cada domingo.

«Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre».

Nadie se puede salvar sin la fe católica. Está claro, ¡pero id a decir esto hoy en día!...

“Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre y el Hijo y el Espírito Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos sino un solo Eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo Increado y un solo Inmenso. Igualmente, Omnipotente el Padre, Omnipotente el Hijo, Omnipotente el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo Omnipotente”. 

Esta formulación tan clara de nuestra fe, tan nítida y tan exacta provoca nuestra admiración. «Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres dioses, sino un solo Dios. Así, Señor es el Padre, Señor el Hijo y Señor el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres señores, sino un solo Señor. Porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores.  El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado ni engendrado, sino que procede».

Los términos escogidos por san Atanasio son perfectamente claros y expresan de modo definitivo, se puede decir, las verdades de nuestra fe. No se puede cambiar el Credo. No hay cambio posible. Las expresiones que se han empleado y que han sido confirmadas por la Iglesia no permiten que nadie se entregue a interpretaciones que modifiquen su sentido. Pero eso no lo quieren aceptar ni los modernistas ni los teólogos modernos. Ya no quieren aceptar que las fórmulas de nuestra fe son definitivas, pues según ellos, la fe se tiene que poder expresar siempre en función de la evolución de los tiempos modernos y de la época en la que vivimos. Si tuviéramos que emplear ahora otros términos para expresar estas mismas verdades con el pretexto de usar palabras o definiciones más adaptadas a la filosofía moderna, a la inteligencia moderna y a la ciencia de nuestro tiempo, no lograríamos más que expresiones y definiciones carentes del significado exacto que siempre han tenido, tal como han sido explicadas durante siglos por los teólogos para expresar exactamente lo que quieren decir en la fe católica. Es imposible hacer esos cambios. «Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos. Y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales. De suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad en la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad». Está claro y es indiscutible.

«Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo. Perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana. Igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad». Esta expresión de nuestra fe es admirable y con una gran claridad aniquila todas las herejías que se refieren a la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo hecho hombre. «Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo. Uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios. Uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona.

Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. A su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos. Los que obraron bien irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse». Por eso es muy importante que conozcamos lo que expresan estos tres Símbolos y vivir de ellos. Hagamos un esfuerzo para que cada vez que recemos o cantemos el Credo seamos verdaderamente conscientes de que las palabras que pronunciamos son el resumen de todo lo que tenemos que creer y amar. Es lo más profundo y lo que más queremos en nuestra vida temporal, porque expresa todo lo que Nuestro Señor y todo lo que Dios ha hecho para amarnos. Es la realización del canto del amor de Dios por nosotros. Este es el verdadero Credo: el resumen de la caridad de Dios por nosotros. Es maravilloso. Sic nos amantem quis non redamaret?, dice la sagrada liturgia en el Adeste fideles de Navidad, siguiendo a san Agustín: «¿cómo no vamos a amar a quien tanto nos ha amado?». Cada vez que recemos o cantemos el Credo, acordémonos de este llamamiento a nuestro amor y a esta caridad que le debemos a Dios. Esforcémonos en sentir este llamamiento a orientarnos siempre con mayor profundidad a amar verdaderamente a Dios, a agradecerle, a darle gracias y a hacer todas las cosas para que su amor por nosotros no sea en vano. Es terrible pensar que todo lo que Nuestro Señor hizo, todo lo que Dios hizo por nosotros pueda ser en vano y que no haya respuesta a este amor. De este modo comprendemos que la justicia de Dios permite y quiere que quienes rechazan este amor no gozarán de El en la eternidad. Es una perspectiva espantosa contra la que Dios no puede hacer nada, porque es el hombre mismo el que cierra el camino al amor de Dios, al no querer conocer a Nuestro Señor Jesucristo, Dios creador de todas las cosas, y al encerrarse en su egoísmo y en su orgullo, rechazando toda luz. Como escribía San Juan, «la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas lo rechazaron» (S. Jn. 1, 5). Dios ha venido a su propia familia y los suyos lo han rechazado, salvo aquellos a los que Dios les ha dado la gracia de ser hijos de Dios (Cf. S. Jn. 1, 11-12). 

CONTINUA...