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viernes, 25 de octubre de 2019

UNA LECCION DE VALENTIA Y FE DE LOS MARTIRES DESDE LOS APOSTOLES HASTA NUESTROS DIAS.


SAN SEBASTIAN MARTIR
Desde los Apóstoles a la fecha, la Iglesia Católica, juntamente con el dolor que le causa la pérdida de sus buenos hijos, de sus mejores hijos, en medio de tormentos a veces espantosos sobre toda ponderación, se regocija intensamente tanto por la gloria y felicidad que para ellos significa su martirio, como por el testimonio irrecusable que dan con él de la verdad de su fe divina.
Díjose alguna vez, y yo recuerdo bien haberlo leído en letras de molde, que la época de los mártires ya había pasado, con la tolerancia religiosa que trajeron a este mundo las ideas de la Revolución Francesa. ¡Qué sarcasmo! Nunca, en los veinte siglos de su historia, la Iglesia Católica ha dejado de tener este testimonio augusto de su verdad. La misma Revolución Francesa, como bien lo sabemos, hizo innumerables mártires católicos, que no murieron por otra cosa, que por su catolicismo. ¿Qué otro motivo de conspiración o rebeldía pudieron alegar en contra de aquellas santas Carmelitas de Compiegne, guillotinadas por los feroces revolucionarios, si no era el de su fe católica; y de tantos sacerdotes "septembrizados", por los conspiradores contra el orden cristiano de las sociedades? Si se hubieran unido a los errores en la fe de los Sieyes y Gregoire, aquellos miembros del clero francés, a pesar de formar parte como ésos, en las filas del sacerdocio católico, no lo hubieran pasado mal. Pero fue el odio a la fe de Jesucristo, in odium fidei, lo que llevó a tantos católicos de Francia a la guillotina.
Hoy, en pleno siglo veinte, la lista de los mártires católicos que mueren por su fe ha aumentado considerablemente. Un nuevo martirologio se está escribiendo, con la sangre pura y generosa de los hijos de la Iglesia, víctimas de la misma conspiración, que se disfrazó en la Revolución francesa de "liberalismo" y hoy se disfraza de "comunismo". No hay un solo pueblo en donde haya sentado sus reales el comunismo, que no haya sido ensangrentado por los martirios de católicos, que no pueden estar de acuerdo con los intentos, aun disfrazados de redención a los trabajadores, de esta ya secular conspiración contra Jesucristo, su Iglesia y su doctrina salvadora.
Antes de recoger en estas páginas, como pienso hacerlo con el favor de Dios, los elogios de los mártires de esta primera mitad del siglo veinte, quisiera, ante todo, poner bien en claro cómo el martirio de los hijos de la Iglesia Católica, y no otro ninguno, es un testimonio apologético de la verdad de la doctrina y divinidad de la Iglesia.
Porque hay no pocos escritores y doctores, aun católicos, que niegan ese valor apologético al martirio católico, fundándose en argumentos especiosos que es preciso destruir.
"Si el martirio de los católicos es una prueba de la verdad de su fe, dicen, entonces tenemos que admitir, que el martirio de los paganos, de los herejes y de los judíos, que han tenido también sus mártires, como consta de la historia, prueba la verdad de todas esas religiones y de su fe. Pero como esas religiones profesan doctrinas de fe contrarias entre sí, tendríamos que admitir el que dos cosas contrarias en sí, son verdaderas al mismo tiempo; lo cual es un absurdo. Por consiguiente, el martirio no prueba nada, si no es a lo más el valor individual de cada mártir para confesar su propia fe, aun en medio de los tormentos y la muerte".
Para resolver esta objeción aparentemente formidable, tenemos que hacer varias distinciones, que precisen el concepto de martirio.
La Iglesia Católica reconoce que hay dos clases de martirio verdadero: el martirio teológico y el martirio filosófico, o sea, como dice Benedicto XIV el martirio coram Deo (delante de Dios) y el martirio coram Ecclesia (o delante de la Iglesia). El martirio teológico o coram Deo, es el que tiene el mérito salvífico ante Dios, o sea que, como bautismo de sangre, Dios premia con la salvación del mártir. El martirio filosófico o coram Ecclesia, es el que teniendo el mérito del anterior, tiene además el valor apologético de la demostración de la verdad de la fe, por que muere el mártir.
Hay casos en que un armenio cismático ha sido martirizado por los mahometanos por no  querer renegar de la divinidad de Jesucristo. Este hombre fue, pues, martirizado, no por su fe en conjunto, sino por una verdad que la herejía o el cisma ha conservado de la doctrina y fe católica. Y si tuvo esa gracia del martirio, que le dio sin duda la salvación de su alma, fue porque Dios mismo le dio grandes auxilios de fortaleza de ánimo, que no le hubiera dado, sin que en el resto de su herejía estuviera de buena fe, es decir si fuera culpable realmente de ser hereje o cismático. Pero él creía con sencillo corazón, que estaba en la verdad. Es éste un martirio teológico. La Iglesia, sin embargo, no puede beatificar a este armenio, porque sería tanto como subir al honor de los altares a una doctrina falsa, en él representada.
En 1885 y 1886 en Uganda, del centro del África, fueron martirizados unos pobres negros protestantes, juntamente con otros católicos, por el reyezuelo Mwanga, que odiaba al Cristianismo, sin distinguir, como sus víctimas protestantes, cuál era el verdadero e íntegro cristianismo. Fue, pues, movido el tiranuelo a martirizar, in odium fidei, en odio de la fe. Los negritos protestantes estaban en la herejía de buena fe, y naturalmente, con ese bautismo de sangre se salvaron, pues pertenecían al alma de la Iglesia. Vulgarmente se diría que se salvaron "por chiripa", pero en realidad porque la misericordia y bondad de Dios, les dio, en vista de su buena fe, la gracia de la fortaleza para morir por lo que ellos creían que era la verdadera fe cristiana.
Mas la Iglesia sólo ha beatificado a los negros católicos porque sólo ellos tenían en su integridad y realmente el verdadero cristianismo que perseguía el tirano Mwanga.
El caso de los protestantes relapsos, que condenó la Inquisición Española y algunos de los cuales murieron por su idea o fe, si queremos llamarla así, es muy distinto. Porque la Inquisición era un tribunal religioso para juzgar si la idea de tal o cual acusado era contraria o no a la fe católica, pero era al mismo tiempo un tribunal civil, para defender las instituciones del Estado, una de las cuales era la religión católica. Una vez que los teólogos, examinando en su especialidad la doctrina del acusado, encontraban que era realmente contra la religión del Estado, lo relegaban al poder civil, para que éste les aplicara el rigor de la ley, como perturbadores de la sociedad civil, que tenía en su Constitución como parte de su régimen, la religión católica, exclusiva de cualquiera otra. En esto no había nada de martirio, sino un castigo por delito de orden común. Se trata en estos casos no de una herejía interna, que no se manifestara al exterior, porque de intentionibus non judicat Ecclesia; la Iglesia no juzga de las intenciones meramente internas, sino de una herejía manifestada al exterior por predicaciones o confesiones públicas, que alteraban el orden de un régimen civil católico.
Por lo que hace a los judíos, jamás la Inquisición condenó a un judío por ser tal, observante de la ley de Moisés. Los reyes católicos se contentaban con expulsarlos de su nación, por evitar el peligro de que sus súbditos cristianos se contagiaran de su error, o porque ellos maltrataban a los cristianos, los explotaban inicuamente con su usura, o los odiaban quizás hasta el crimen.
¿A quiénes condenaron los inquisidores? A los judaizantes, es decir a los que falsa é hipócritamente, para salvaguardar sus intereses terrenos, se hacían bautizar, quedando, sin embargo, adeptos a su religión y practicando los ritos de ella. Eran los lobos que se disfrazaban con piel de oveja, para introducirse en el rebaño y destruirlo. Eran, pues, unos criminales de orden común, y no tiene nada que ver su muerte con el martirio, por una fe y doctrina.
En ninguno de estos casos, como se ve, su muerte puede tomarse como testimonio de la verdad de una fe.
Pero, si millones y millones de seres de todas edades, clases, sexos, y condiciones, a lo largo de los siglos, en todas partes del mundo han muerto heroicamente, por la confesión de la verdad de una misma doctrina y fe; y al mismo tiempo han dado en su muerte muestras evidentes de las virtudes propias de esa fe, la paciencia, el perdón de los enemigos, el amor de Dios, el desprecio de los bienes de fortuna y aun de la misma vida por ser fieles a la fe que profesan, la humildad, la confianza en Dios, la esperanza de los bienes eternos, etc. ¡ Ah ! entonces tal cosa supone un milagro moral de primer orden en favor de esa doctrina por la cual son sacrificados; y ese milagro no ha podido realizarse, sino por una gracia especial de Dios, la única capaz de superar las fuerzas naturales; y dada en favor de esa doctrina y de esa fe, no puede menos de ser ella la verdad, porque Dios no hace milagros en favor de una mentira.
Tal es el caso único, que registran los anales de la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta nuestros días de comunismo.
Tenemos la honra, que estampará para siempre en sus páginas la historia, de que en el nuevo martirologio católico, los primeros mártires del comunismo, en este siglo XX, sean nuestros hermanos mexicanos. No que ellos sean las primeras víctimas del comunismo; éstas fueron las de la Revolución Francesa, y luego las de la Comuna; muchas de las cuales ya han sido elevadas al honor de los altares. No; este nuevo martirologio, que pretendo bosquejar, aunque sea a grandes rasgos, es el nutridísimo de la era de mártires que comienza en este siglo XX, en que el comunismo "ha llegado a las fronteras de la victoria", según la frase de Mr. Churchill, y en el que ya, precisamente a la mitad de él, se perfilan en el horizonte de la historia humana, los signos indudables del fracaso de la gran conspiración contra el orden cristiano, que en frase de S. S. el Papa Pío XII, en su Mensaje de Navidad de 1949, lleva casi dos siglos de existencia.
Y desde luego, me imagino que algunos de mis lectores, al leer que catalogo entre las víctimas del comunismo a nuestros "mártires de Cristo Rey", como los conocemos, no dejarán de extrañarse, preguntándose, ¿qué tiene que ver con el comunismo, la obra sangrienta de la Revolución Mexicana? Extrañeza que se funda en el habilísimo equívoco creado astutamente por los recientes directores de la conspiración anticristiana, y fomentado inconscientemente por los mismos escritores y polemistas enemigos del comunismo, cuando asientan que el comunismo es el sistema filosófico-económicopolítico ideado por Carlos Marx; cuando la verdad es que este sistema marxista, es una tapadera oportunista, un disfraz hipócrita de la dicha conspiración; forjado a fuerza de plagios de otros sistemas anteriores, desacreditados por la experiencia, y empleado como cebo para atraer a los bandos de la conspiración a la numerosa clase de los trabajadores, explotada no por el capitalismo a secas, sino por el capitalismo liberal, que se olvidó de las leyes cristianas de justicia y caridad.
El meollo del comunismo, su esencia misma, no está en esos elementos con que lo describe artera y superficialmente Lenin, "sistema filosófico-eco nómico-político”; sino "en otro elemento" que oculta hábilmente: el elemento revolucionario contra el orden cristiano, contra la civilización cristiana de las sociedades, y que oficialmente entre las sombras del secreto más absoluto, aparece en el mundo el l°. de mayo de 1776.    



jueves, 24 de octubre de 2019

LOS DIEZ MANDAMIENTOS COMETADOS POR SANTO TOMAS DE AQUINO



16. 3) Lo tercero que la caridad opera consiste en ser un socorro contra las adversidades. En efecto, a quienes poseen la caridad no los daña ninguna adversidad, sino que ésta se les transforma en algo saludable: Rom. 8, 28: "Todas las cosas concurren para el bien de los que aman a Dios". Ciertamente, aun las cosas adversas y difíciles le parecen dulces al que ama, tal como entre nosotros lo vemos patente.
17. 4) El cuarto efecto [de la caridad] es que conduce a la dicha. En efecto, únicamente a los que posean la caridad se les promete la eterna bienaventuranza.
Porque sin la caridad todo es insuficiente. II Tim IV, 8: "Ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no sólo a mí, sino a todos los que aman su venida".
18. Y es de saberse que sólo según la diferencia de la caridad es la diferencia de la bienaventuranza y no según alguna otra virtud. En efecto, hubo muchos que fueron más abstinentes que los Apóstoles; pero éstos aventajan a todos los demás en bienaventuranza en virtud de la excelencia de su caridad, porque, según el Apóstol —Rom. 8, 23—, poseyeron las primicias del espíritu. Así es que la diferencia de la bienaventuranza proviene de la diferencia de la caridad.
Y así se manifiestan los cuatro efectos que produce en nosotros la caridad.
Pero aparte de ellos hay algunos otros producidos por ella, que no se deben olvidar.
19. 5) En primer lugar, en efecto, produce la remisión de los pecados. Y esto lo veremos claramente por nosotros mismos. En efecto, si alguien ofende a otro, y luego lo ama íntimamente, en virtud de este amor a él perdona el ofendido la ofensa. De la misma manera, Dios les perdona los pecados a los que lo aman. I Pedro IV, 8: "La caridad cubre una muchedumbre de los pecados". Y bien dice "cubre", porque éstos no los ve Dios para castigarlos. Pero aunque diga que cubre una multitud, sin embargo, Salomón dice —Prov 10,
12— que "la caridad cubre la totalidad de los pecados".
Y esto es lo que manifiesta sobre todo el ejemplo de la Magdalena —Luc 7, 47—: "Le son perdonados sus muchos pecados". Y en seguida dice por qué: "porque ha amado mucho".
20. Pero quizá diga alguno: Luego basta la caridad para lavar los pecados, y no se necesita la penitencia.
Pero se debe considerar que no ama en verdad el que no se arrepienta verdaderamente. En efecto, es claro que cuanto más amamos a alguien, tanto más nos dolemos si lo ofendimos. Y este es uno de los efectos de la caridad.
21. 6) Igualmente causa la iluminación del corazón.
Como dice Job —37, 19—: "todos estamos envueltos en tinieblas". En efecto, con frecuencia ignoramos qué debemos hacer o desear. Pero la caridad enseña todo lo que es necesario para la salvación. Por lo cual dice San Juan, 2, 27: "Su unción os lo enseña todo". En efecto, donde hay caridad, allí está el Espíritu Santo, que lo conoce todo y nos conduce por el camino recto, como se dice en Salmo 142, 10. Por lo cual dice el Eclesiástico —2, 10—: "Los que teméis a Dios, amadle, y vuestros corazones serán iluminados", esto es, conociendo lo necesario para la salvación.
22. 7) Igualmente produce en el hombre la perfecta alegría. En efecto, nadie posee en verdad el gozo si no vive en la caridad. Porque cualquiera que desea algo, no goza ni se alegra ni descansa mientras no lo obtenga. Y en las cosas temporales ocurre que se apetece lo que no se tiene, y lo que se posee se desprecia y produce tedio; pero no es así en las cosas espirituales. Por el contrario, quien ama a Dios lo posee, y por lo mismo el ánimo de quien lo ama y lo desea en El descansa. "El que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él", como se dice en I Juan 4, 16.
23. 8) Igualmente produce una perfecta paz. En efecto, ocurre que frecuentemente se desean las cosas temporales; pero ya poseyéndolas, aún entonces el ánimo del que las desea no descansa; por el contrario, poseyendo una cosa, desea otra. Isaías 57, 20: "Pero el corazón del impío es como un mar proceloso que no puede aquietarse". Y también Isaías 57, 21: "No hay paz para los impíos, dice el Señor". Pero no ocurre así habiendo Caridad para con Dios. Porque quien ama a Dios, goza de perfecta paz. Salmo 118, 165: "Mucha paz tienen los que aman tu ley; no hay para ellos tropiezo".
Lo cual es así porque sólo Dios basta para satisfacer nuestros deseos: Dios, en efecto, es más grande que nuestro corazón, como dice el Apóstol (I Juan 3, 20), y por eso dice San Agustín en sus Confesiones (L. I): "Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Salmo 102, 5: "El sacia tus deseos de todo bien".
24. 9) Igualmente la caridad hace al hombre de gran dignidad. En efecto, todas las criaturas están al servicio de la Divina Majestad (porque todas han sido hechas por El), como están al servicio del artesano las obras de sus manos; pero la caridad convierte al siervo en libre y amigo. Por lo cual les dice el Señor a los Apóstoles —Juan 15, 15—: "Ya no os llamo siervos...sino amigos".
25. Pero ¿acaso no es siervo Pablo, ni los demás Apóstoles, que se firman siervos? Pero es de saberse que hay dos clases de servidumbre.
La primera es la del temor; y ésta es aflictiva y no meritoria. En efecto, si alguien se abstiene del pecado por el solo temor de la pena, no por eso merece, sino que todavía es siervo. La segunda es la del amor. En efecto, si alguien obra no por temor del castigo sino por el amor divino, no obra como siervo, sino como libre, por obrar voluntariamente. Por lo cual les dice Cristo: "Ya no os digo siervos". Pero ¿por qué? El apóstol responde —Rom 8, 15—: "No habéis recibido un espíritu de servidumbre para recaer en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos". En efecto, no hay temor en la caridad, como se dice en I Juan 4, 18, porque el temor es por un castigo; pero la caridad no sólo nos hace libres sino también hijos, de modo que nos llamamos hijos de Dios y lo somos, como se dice en I Juan 3, I. En efecto, el extraño se hace hijo adoptivo de alguien cuando adquiere para sí el derecho a heredarlo.
De la misma manera, la caridad adquiere el derecho a la herencia de Dios, la cual es la vida eterna, porque, como se dice en Rom 8, 16-17: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo". Sabiduría 5, 5: "He aquí que han sido contados entre los hijos de Dios".
26. Por lo ya dicho son patentes las ventajas de la caridad. Puesto que es tan ventajosa, con ahínco se debe trabajar por adquirirla y conservarla.
Sin embargo, es de saberse que por sí mismo nadie puede poseer la caridad, antes bien es un don de solo Dios. Por lo cual se dice en I Juan 4, 10: "La caridad está no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero"; pues es evidente que Dios no nos ama porque nosotros lo amáramos primero, sino que nosotros lo amamos a causa de su amor.
27. Se debe considerar también que aunque todos los dones provienen del Padre de las luces, el de la caridad sobrepasa a todos los otros dones. En efecto, todos los demás se pueden poseer sin caridad y sin el Espíritu Santo, mientras que con la caridad necesariamente se posee al Espíritu Santo. Dice el Apóstol en Rom 5, 5: "La caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado". En efecto, sin la gracia y sin el Espíritu Santo se poseen ya el don de lenguas, ya el de ciencia, ya el de profecía.
28. Pero aunque la caridad sea un don divino, para poseerla se requiere una disposición de nuestra parte.
Y por eso es de saberse que para adquirir la caridad son necesarias dos cosas especialmente, y otras dos para el aumento de la caridad ya adquirida.
A) Pues bien, para adquirir la caridad lo primero es escuchar cuidadosamente la palabra [divina]. Y esto se prueba de manera suficiente por lo que ocurre entre nosotros. En efecto, oyendo cosas buenas de alguien, nos inflamos en amor por él. Salmo 118, 140: "Tu palabra es fuego impetuoso, y tu siervo la ama". También el Salmo 104, 19: "La palabra del Señor lo inflamó". Y por eso aquellos dos discípulos [de Emaús], turbados por el amor divino, decían —Lc 24, 32—: "¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?". Por lo cual leemos también en Hechos 10, 44, que al predicar Pedro, el Espíritu Santo descendió sobre los que escuchaban la divina palabra. Y esto ocurre frecuentemente en las predicaciones, en cuanto los que vienen con un corazón duro se encienden en el divino amor en virtud de la palabra de la predicación.
29. Lo segundo es la continua meditación del bien. Salmo 38, 4: "Me ardía el corazón dentro del pecho".
Así es que si quieres adquirir el amor divino, medita en el bien. En efecto, demasiado duro tendría que ser el que meditando en los divinos beneficios que se le han concedido, en los peligros que se le han evitado y en la bienaventuranza que de nuevo se le ha prometido por Dios, no se inflamara en el amor divino. Por lo cual dice San Agustín: "Duro es el corazón del hombre, que no sólo no quiere dar amor sino que ni siquiera corresponder". Siempre, así como los malos pensamientos destruyen la caridad, así también los buenos la adquieren, la alimentan y la conservan. Así es que decidamos con Isaías I, 16: "Quitad de ante mis ojos la iniquidad de vuestros pensamientos". Sabiduría I, 3: "Los pensamientos perversos apartan de Dios".
30. B) Por otra parte, son también dos las cosas que aumentan la Caridad ya adquirida.
La primera es el desprendimiento del corazón de las cosas terrenas. En efecto, el corazón no puede portarse perfectamente en cosas diversas. Por lo cual nadie puede amar a Dios y al mundo. Por lo mismo, cuanto más se aleja el alma del amor de las cosas terrenas, tanto más se afirma en el amor divino. Por eso dice San Agustín en el Libro de las 83 Cuestiones: "La ruina de la caridad es la esperanza de alcanzar o guardar los bienes temporales; el alimento de la caridad es la disminución de la concupiscencia; su perfección, nula concupiscencia, porque la raíz de todos los males es la concupiscencia". Así es que el que quiera alimentar la candad, aplíquese en disminuir las concupiscencias.



martes, 22 de octubre de 2019

CARTA A LOS CATOLICOSPERPLEJOS.

UN SACERDOTE, ESPOSA Y HIJOS

EL SACERDOCIO (continuación)
La doctrina constante de la Iglesia sostiene que el sacerdote está revestido de un carácter sagrado indeleble: Tu es sacerdos in aeternum. Y ante los ángeles y ante Dios continuará siendo sacerdote por toda la eternidad. Esa condición no se alterará nunca por más que el sacerdote cuelgue la sotana, que lleve un pulóver (sueter) rojo o de cualquier otro color o que cometa los peores crímenes. El sacramento del orden sagrado lo modificó en su naturaleza. Bien lejos estamos así del sacerdote "elegido por la asamblea para asumir una función en la Iglesia" y más aún del sacerdocio de tiempo limitado propuesto por algunos, según el cual el encargado del culto -pues no veo otra manera de designarlo- vuelve a ocupar su lugar entre los fieles. Esta visión desacralizada del ministerio sacerdotal lleva naturalmente a interrogarse sobre el celibato de los sacerdotes. Ruidosos grupos de presión reclaman su abolición, a pesar de las repetidas advertencias del magisterio romano. En los Países Bajos se registraron huelgas de ordenaciones por parte de seminaristas que querían obtener "garantías" sobre este asunto. No citaré las voces episcopales que se hicieron oír para urgir a la Santa Sede a considerar esta cuestión. Pero la cuestión ni siquiera se plantearía si el clero hubiera conservado el sentido de la misa y el sentido del sacerdocio. Pues la razón profunda se presenta ella misma cuando se comprenden bien estas dos realidades. Es la misma razón que hace que la Santa Virgen haya permanecido virgen: habiendo llevado en su seno a Nuestro Señor era justo y era conveniente que ella lo fuera. Asimismo el sacerdote, por las palabras que pronuncia en la Consagración, hace descender a Dios a la tierra. El sacerdote tiene una proximidad tal con Dios, ser espiritual, espíritu ante todo, que es bueno, justo y eminentemente conveniente que también él sea virgen y permanezca célibe. Se objetará que en el Oriente hay sacerdotes casados. Pero aquí no hay que engañarse, pues se trata sólo de una tolerancia. Los obispos orientales no pueden estar casados, ni tampoco aquellos que cumplen funciones de alguna importancia. Ese clero venera el celibato sacerdotal, que forma parte de la tradición más antigua de la Iglesia y que los apóstoles observaron desde el momento de Pentecostés; y aquellos que, como san Pedro, ya estaban casados continuaron viviendo con sus esposas, pero ya sin "conocerlas". Es notable el hecho de que los sacerdotes que sucumben a los espejismos de una presunta misión social o política contraigan casi automáticamente matrimonio. Ambas cosas van juntas. Quieren hacernos creer que los tiempos actuales justifican cualquier clase de abandono, que en las actuales condiciones de vida es imposible ser casto, que el voto de virginidad de los religiosos y las religiosas es un anacronismo. La experiencia de estos veinte años muestra que los ataques librados contra el sacerdocio con el pretexto de adaptarlo a la época actual son mortales para el sacerdocio. Ahora bien, no es posible siquiera imaginar una Iglesia sin sacerdotes, pues la Iglesia es esencialmente sacerdotal. ¡Triste época ésta que quiere la unión libre para los laicos y el matrimonio para los clérigos! Si el lector percibe en esta aparente falta de lógica una lógica implacable que tiene como objeto la ruina de la sociedad cristiana, cobra una buena visión de las cosas y formula un juicio exacto.
OTRO SACERDOTE FELIZ CON SU ESPOSA

VIII
"Se nos quiere imponer una religión nueva"
Entre los católicos a menudo he oído y continúo oyendo esta observación: "Se nos quiere imponer una religión nueva". ¿Es exagerada esta expresión? Los modernistas, que se han infiltrado abundantemente en la Iglesia y que llevan la voz cantante, trataron primero de tranquilizar a los católicos diciéndoles: "Pero no, ustedes tienen esa impresión porque las formas caducas fueron reemplazadas por otras, por razones que se imponían: ya no se puede rezar exactamente como se hacía antes, había que quitar el polvo, adoptar una lengua comprensible para los hombres de nuestro tiempo, practicar la apertura en dirección de nuestros hermanos separados... Pero, desde luego, nada ha cambiado". Luego esos modernistas tomaron menos precauciones y los más audaces hicieron declaraciones ya en pequeños grupos frente a gente convertida a su causa, ya públicamente. Un padre Cardonnel se ufanaba mucho al anunciar un nuevo cristianismo en el que estaría controvertida "la famosa trascendencia que hace de Dios el monarca universal" y se remitía abiertamente al modernismo de Loisy: "Si usted nació en una familia cristiana, los catecismos que aprendió son esqueletos de la fe". Y luego proclamaba: "Nuestro cristianismo se manifiesta mejor en la forma neocapitalista". El cardonal Suénens, después de haber reconstruido la iglesia a su manera, exhortaba a “abrirse al pluralismo teológico más amplio” y reclamaba el establecimiento de una "jerarquía de las verdades para establecer aquello que había que creer mucho, aquello que había que creer un poco y aquello que no tenía importancia.” En 1973 en locales del arzobispado de París, el padre Bernard Feillet daba un curso de manera oficial dentro del marco de la "Formación cristiana de los adultos" en el cual afirmaba una y otra vez: "Cristo no venció la muerte. Sucumbió a la muerte por la muerte... En el plano de la vida, Cristo fue vencido y todos nosotros seremos vencidos. Y la fe no está justificada por nada, la fe va a ser ese grito de protesta contra este universo que termina, como lo decíamos hace un instante, con la percepción de lo absurdo, con la conciencia de la condenación y con la realidad de la nada". Podría citar un número importante de este género de declaraciones que levantaron más o menos escándalo, que fueron más o menos desaprobadas y que a veces no lo fueron en modo alguno. Pero el pueblo cristiano en su gran mayoría huía de estas manifestaciones; si se enteraba de ellas por los diarios pensaba que se trataba de abusos sin ningún carácter general y no ponía en tela de juicio su propia fe. Ahora el pueblo cristiano ha comenzado a interrogarse al encontrar en manos de sus hijos libros de catecismo que ya no exponen la doctrina católica tal como era enseñada de manera inmemorial. Todos los nuevos catecismos están inspirados en mayor o menor grado en el Catecismo holandés, publicado por primera vez en 1966. Las proposiciones contenidas en esta obra parecían tan fraguadas y controvertidas, que el Papa encargo a una comisión de cardenales que la examinara; ésta se verificó en Gazzada, Lombardía, en abril de 1967.
Ahora bien, esta comisión señaló diez puntos sobre los cuales aconsejaba que la Santa Sede reclamara modificaciones. Era una manera de decir, de conformidad con los usos posconciliares, que esos puntos estaban en desacuerdo con la doctrina de la Iglesia-, unos años antes los habrían condenado rotundamente y el Catecismo holandés habría sido puesto en el Index. En efecto, los errores u omisiones señalados tocan a lo esencial de la fe. ¿Qué encontramos en este catecismo?
El Catecismo holandés
 ignora a los ángeles y no define a las almas humanas como creadas inmediatamente por Dios.
 Da a entender que el pecado original no fue transmitido por nuestros primeros padres a todos sus descendientes, sino que es algo que contraen los hombres por el hecho de vivir en la comunidad humana, en la que reina el mal; el pecado original tendría en cierto modo carácter epidémico.
 En ese catecismo no se afirma la virginidad de María-, no se dice que Nuestro Señor murió por nuestros pecados y fue enviado con ese fin por su Padre, ni que la gracia divina nos fue restituida a ese precio. En consecuencia, se presenta la misa como un banquete y no como un sacrificio.
 No se afirma de manera clara ni la Presencia real de Cristo, ni la realidad de la transubstanciación.
 La infalibilidad de la Iglesia y el hecho de que ésta posee la verdad desaparecieron de esta enseñanza, lo mismo que la posibilidad del intelecto humano de "tener acceso a los misterios revelados".
 Se llega así al agnosticismo y al relativismo. El ministerio sacerdotal queda rebajado. La dignidad de los obispos es considerada como un mandato que le habría confiado el "pueblo de Dios", y el magisterio de los obispos sería como una sanción de lo que cree la comunidad de los fieles. El Sumo Pontífice pierde su poder pleno, supremo y universal.
 La Santísima Trinidad, el misterio de las tres Personas divinas, no es presentado de una manera satisfactoria.


 la exposición que se hace en el catecismo de la eficacia de los sacramentos, de la definición del milagro, de la suerte reservada a las almas justas después de la muerte.
 La comisión señala las oscuridades en la explicación de las leyes morales y de las "soluciones de casos de conciencia" en las que se hace poco caso de la indisolubilidad del matrimonio.





lunes, 21 de octubre de 2019

MAS SOBRE EL INFIERNO POR P. ROYO MARIN



EL CASTIGO DEL PECADOR
Señores: La medicina moderna ha hecho progresos admirables. Pero con todos los adelantos modernos, ¡cuánto cuesta y con qué lentitud se logra la curación de un leproso! El bacilo de Hansen es dificilísimo de vencer, aún hoy, con todos los progresos y adelantos de la medicina. Pero a Cristo le bastó hace veinte siglos una sola palabra: ―Quiero, y al momento desapareció la lepra.
Otro día le seguía una inmensa multitud. Cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Y Jesús les dice a sus apóstoles: ―Dadles de comer. Pero ellos le respondieron: ―No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces. Él les dijo: ―Traédmelos acá. Y alzando sus ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los dio a sus discípulos, y estos, a la muchedumbre.
Y comieron todos y se saciaron y recogieron de los fragmentos sobrantes doce cestos llenos (Mt 14, 14-21). ¿Qué os parece?
Otro día dormía Jesús tranquilamente en la barca de sus discípulos. De pronto se levanta un fuerte viento, y la débil barquichuela, bajo los embates de las olas, amenaza zozobrar. Sus discípulos le despiertan atemorizados: ―¡Señor, sálvanos, que perecemos! Y Jesús se puso sencillamente de pie y mandó al viento y dijo al mar: ―Calla, enmudece. Y al instante se aquietó el viento y se hizo completa calma. Y sus discípulos se preguntaron asustados: ―¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mc 4, 34-41).
Otro día Jesucristo caminó majestuosamente sobre las olas del mar como sobre una alfombra azul festoneadas de espumas (Mt 14, 25).
Otro día...
¿Para qué seguir? Aquel hombre jugaba con el mar, con los vientos y tempestades, con las enfermedades de los hombres y con las fuerzas de la Naturaleza como Dueño y Señor de todo.
Pero hay todavía, señores, una prueba más impresionante de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Señores: en medicina legal no se admite más que una prueba definitiva de muerte real: la putrefacción. Mientras el cadáver no comience a descomponerse, no podemos tener una seguridad científica y absoluta de que está realmente muerto. Pero cuando empieza a descomponerse, cuando comienza la putrefacción, la muerte real es ciertísima, científicamente segura.
Recordemos ahora la impresionante escena evangélica. Lázaro de Betania, el amigo de Cristo, cae gravemente enfermo. Y sus hermanas Marta y María envían un recado al Maestro, diciéndole: ―Señor, el que amas está enfermo. Jesucristo no acude enseguida; deja pasar dos días después de recibido el aviso. Cuando llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Y cuando Marta le dice llorando a Jesús: ―Señor: si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto, Jesús le dice: ―Yo soy la resurrección y la vida... El que cree en Mí, aunque hubiese muerto, vivirá. Se dirige al sepulcro, seguido de una gran muchedumbre. Y ordena: ―Quitad la piedra. Y al instante perciben todos el hedor pestilencial del cadáver putrefacto en descomposición. Y Jesucristo, alzando sus ojos al cielo, pronuncia estas palabras: ―Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea, lo digo: para que crean que Tú me has enviado”. Y diciendo esto, gritó con fuerte voz: ―¡Lázaro, sal fuera! Y al instante, como un siervo obediente cuando su amo le da una orden, el cadáver putrefacto de Lázaro se presentó delante de todos lleno de salud y de vida.
Señores: el milagro, por definición, trasciende las fuerzas de toda naturaleza creada y creable. Solamente Dios, Autor de la Naturaleza, o alguien en nombre de Dios, puede suspender sus leyes inmutables. Ahora bien: Jesucristo hacía los milagros en nombre propio, no en nombre de Dios. Cuando invoca a Dios le llama Padre, y le invoca no para pedirle el poder de hacer milagros, sino únicamente para que los que le rodean crean que ha sido enviado por Él.
Jesucristo tuvo la osadía de decir que era el Hijo de Dios, pero lo demostró de una manera aplastante y definitiva. El mismo Dios se encargó de confirmarlo desde el cielo, cuando en el momento del bautismo de Jesús se abrieron los cielos y se oyó la voz augusta del Eterno Padre, que exclamaba: ―Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo puestas mis complacencias. (Mt 3, 16-17).
Pues bien: ese que es el Hijo de Dios, ese que ha venido del cielo y sabe perfectamente lo que hay en el otro mundo, ése nos dice veinticinco veces en el Evangelio que existe el infierno y que es eterno, que no terminará jamás. ―Que venga alguien del otro mundo a decirlo. ¡Ya ha venido! Y nada menos que el que dijo y demostró que era el Hijo de Dios. ¿Comprendéis ahora la increíble insensatez de la carcajada volteriana negando la existencia del infierno? Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se les antojen a los incrédulos.
¡Pobres incrédulos! ¡Qué pena me dan! No todos son igualmente culpables. Distingo muy bien dos clases de incrédulos completamente distintos. Hay almas atormentadas que les parece que han perdido la fe. No la sienten, no la saborean como antes. Les parece que la han perdido totalmente. Esta misma tarde he recibido una carta anónima: no la firma nadie. A través de sus palabras se transparenta, sin embargo, una persona de cultura más que mediana. Escribe admirablemente bien. Y después de decirme que está oyendo mis conferencias por Radio Nacional de España, me cuenta su caso. Me dice que ha perdido casi por completo la fe, aunque la desea con toda su alma, pues con ella se sentía feliz, y ahora siente en su espíritu un vacío espantoso. Y me ruega que si conozco algún medio práctico y eficaz para volver a la fe perdida que se lo diga a gritos, que le muestre esa meta de paz y de felicidad ansiada.
¡Pobre amigo mío! Voy a abrir un paréntesis en mi conferencia para enviarte unas palabras de consuelo. Te diré con Cristo: ―No andas lejos del Reino de Dios. Desde el momento en que buscas la fe, es que ya la tienes. Lo dice hermosamente San Agustín: ―No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya. Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes. Dios, en sus designios inescrutables, ha querido someterte a una prueba. Te ha retirado el sentimiento de la fe, para ver cómo reaccionas en la oscuridad. Si a pesar de todas las tinieblas te mantienes fiel, llegará un día –no sé si tarde o temprano, son juicios de Dios– en que te devolverá el sentimiento de la fe con una fuerza e intensidad incomparablemente superior a la de antes. ¿Qué tienes que hacer mientras tanto? Humillarte delante de Dios. Humíllate un poquito, que es la condición indispensable para recibir los dones de Dios. El gozo, el disfrute, el saboreo de la fe, suele ser el premio de la humildad. Dios no resiste jamás a las lágrimas humildes. Si te pones de rodillas ante Él y le dices: ―Señor: Yo tengo fe, pero quisiera tener más. Ayuda Tú mi poca fe. Si caes de ropillas y le pides a Dios que te dé el sentimiento íntimo de la fe, te la dará infaliblemente, no lo dudes; y mientras tanto, pobre hermano mío, vive tranquilo, porque no solamente no andas lejos del Reino de Dios, sino que, en realidad, estás ya dentro de él.
¡Ah! Pero tu caso es completamente distinto del de los verdaderos incrédulos. Tú no eres incrédulo, aunque de momento te falte el sentimiento dulce y sabroso de la fe. Los verdaderos incrédulos son los que, sin fundamento ninguno, sin argumento alguno que les impida creer, lanzan una insensata carcajada y desprecian olímpicamente las verdades de la fe.
No tienen ningún argumento en contra, no lo pueden tener, señores. La fe católica resiste toda clase de argumentos que se le quieran oponer. No hay ni puede haber un argumento válido contra ella. Supera infinitamente a la razón, pero jamás la contradice. No puede haber conflicto entre la razón y la fe, porque ambas proceden del mismo y único manantial de la verdad, que es la primera Verdad por esencia, que es Dios mismo, en el que no cabe contradicción. Es imposible encontrar un argumento válido contra la fe católica. Es imposible que haya incrédulos de cabeza –como os decía el otro día–, pero los hay abundantísimos de corazón. El que lleva una conducta inmoral, el que ha adquirido una fortuna por medios injustos, el que tiene cuatro o cinco amiguitas, el que está hundido hasta el cuello en el cieno y en el fango, ¡cómo va a aceptar tranquilamente la fe católica que le habla de un infierno eterno! Le resulta más cómodo prescindir de la fe o lanzar contra ella la carcajada de la incredulidad.
¡Insensato! ¡Como si esa carcajada pudiera alterar en nada la tremenda realidad de las cosas! ¡Ríete ahora! Carcajaditas de enano en una noche de barrio chino. ¡Ríete ahora! ¡Ya llegará la hora de Dios! Ya cambiarán las cosas. Escucha la Sagrada Escritura: ―Antes desechasteis todos mis consejos y no accedisteis a mis requerimientos. También yo me reiré de vuestra ruina y me burlaré cuando venga sobre vosotros el terror. (Prov 1, 25-26). El mismo Cristo advierte en el Evangelio, con toda claridad: ―¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! (Lc 6, 25). ¡Te burlas de todo eso? Pues sigue gozando y riendo tranquilamente. Estás danzando con increíble locura al borde de un abismo: ¡es la hora de tu risa! Ya llegará la hora de la risa de Dios para toda la eternidad.
El infierno existe, señores. Lo ha dicho Cristo. Poco importa que lo nieguen los incrédulos. A pesar de esa negativa, su existencia es una terrible realidad. Pero es conveniente que avancemos un poco más y tratemos de descubrir lo que hay en él.
El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que el infierno es ―el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno. Maravillosa definición. Pero hay otra forma más profunda todavía: la que nos dejó en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo en persona. Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: ―Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno. En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del infierno.
Porque el infierno, fundamentalmente, lo constituyen tres cosas y nada más que tres: lo que llamamos en teología pena de daño, lo que llamamos pena de sentido y la eternidad de ambas penas. Ahí tenemos toda la teología esencial del infierno; todo lo demás son circunstancias accidentales. Pues esas tres cosas están maravillosamente registradas y resumidas en la frase de Cristo: ―Apartaos de Mí, malditos (pena de daño), al fuego (pena de sentido) eterno (eternidad de ambas penas).
Señores: maravilloso resumen el de Nuestro Señor Jesucristo. Vamos a meditarlo por partes.
Lo principal del infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del infierno.

domingo, 20 de octubre de 2019

EN LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY.

CRISTO REY
IV.-El Concepto Actual de Cristo Rey.

Designamos así a un aspecto especial en la Realeza de Jesucristo, que, a nuestro juicio, incluye un concepto nuevo que debe añadirse a su realeza, en el sentido de que, lo que era antes implícito se ha tornado explícito.
Este concepto ha venido actuándose, precisándose y definiéndose por medio de los documentos de la Iglesia, sobre todo en los últimos cincuenta años. Se puede asegurar que la teología de Cristo Rey ha tenido un desarrollo progresivo desde la Encíclica "Annum Sacrum" de León XIII (1889), hasta los documentos de los últimos Papas (Pio XII). Punto culminante de ese desarrollo fue, la por muchos títulos celebrada Encíclica "Quas primas", del 11 de Diciembre de 1925. En los mismos manuales modernos de Teología 21 es patente el modo distinto como los Teólogos proponen la tesis de Cristo Rey, antes y después de "Quas primas",
Aspecto y concepto nuevos son: la Realeza SOCIAL de Jesucristo. La razón filosófica en que me fundo para afirmar que en este aspecto social existe un nuevo concepto, que debe añadirse al concepto tradicional de Cristo Rey, es la siguiente.
Un nuevo concepto supone la existencia de una nueva realidad.
Un ejemplo. Los fieles tienen ahora el concepto nuevo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Pero para que en sus mentes se formara esa nueva idea fue menester que antes existiera  la realidad de esa devoción: apariciones a Sta. Margarita, aprobación de la Iglesia, exposición teológica de la devoción, con su objeto material y formal, etc. De modo idéntico ha sucedido respecto a la devoción a la Realeza de Cristo, en general, y de manera explícita a su realeza social. Es verdad que, hasta ahora, Jesucristo no se ha aparecido para pedirnos el culto a su realeza social, pero en su lugar se ha levantado la voz de su Vicario en la tierra, que con el peso y autoridad de una Encíclica ha pedido ese culto y ha establecido en honor de la Realeza de Cristo, y con mención expresa de la realeza social, solemnísima festividad. La exigió también Jesucristo indirectamente, por el clamor de los males modernos, sobre todo sociales: el culto y la devoción activos y prácticos a la Realeza de Cristo los sanará a todos.
A esta petición explícita y solemne de Cristo, por medio de su Magisterio vivo, había precedido ya el movimiento del pueblo católico, que con su instinto religioso, que guía el Espíritu Santo, presentía en la Realeza de Cristo el nuevo lábaro del Catolicismo moderno.
Si, pues, la realidad de la realeza social de Jesucristo existe, por las razones expuestas, el concepto también debe existir. Concepto expresado, a nuestro modo de ver, magistralmente por el Papa de Cristo Rey, Pío XI, en estas graves e inspiradas palabras: "Nos es necesario, Venerables hermanos, que os expongamos detenidamente los motivos por los cuales hemos instituido la solemnidad de Cristo Rey distinta de las otras fiestas en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, mientras el objeto material de todas las fiestas de Nuestro Señor es Cristo mismo, el objeto formal se distingue, y en ésta es el NOMBRE Y LA POTESTAD REGIA DE CRISTO" 28.
Luego el objeto propio y exclusivo de la fiesta de Cristo Rey es su nombre de REY y su POTESTAD REAL; nombre y potestad que nosotros hemos venido llamando: REALEZA DE CRISTO.
Este es el aspecto total de Jesucristo que se propone al culto del pueblo católico; pero en el aspecto, total se hace resaltar, en varias secciones muy importantes de la Encíclica "Quas primas", el aspecto social, de suerte, que, de todo el contexto se infiere esta conclusión: la mente del Sumo Pontífice, en las circunstancias actuales de la sociedad, quiso defender y proclamar la REALEZA   SOCIAL DE JESUCRISTO Repetimos: este concepto actual de Cristo Rey o realeza social, es nuevo, en cuanto que supone una nueva realidad en la Realeza de Cristo, realidad que existía ya implícita, y que las necesidades de los tiempos que vivimos la han hecho explícita manifestándola oficial y dogmáticamente al mundo.

V.- ¿En qué Cristo debemos pensar cuando hablamos de Cristo Rey?

No es superfluo el discernir con claridad en qué Cristo pensamos, o debemos pensar, cuando nos referimos a Cristo Rey.
En primer lugar no se trata de un personaje futuro, como anunciado por, los profetas y que ha de venir. Esto sería un error, el error de los judíos actuales que esperan aún la llegada del, Mesías Rey.
Tampoco hemos de considerar a Jesucristo Rey como cuando vivía su vida mortal. Indudablemente "que era Rey, pero entonces por motivos especiales, determinó ocultar su realeza; y, sobre todo, apenas si, manifiesta sus “legítimos derechos sobre lo temporal." también, en el lineamiento, al hablar de Cristo Rey, pensar en su potestad actual que ejerce sobre los bienaventurados en el Cielo, o sobre las almas que se purifican en el Purgatorio, o, finalmente, enemigos después del juicio final, cuando ya sus súbditos de la tierra no existan.
No. El concepto de Cristo Rey debe ser tal que corresponda a lo que Él es actualmente respecto de nosotros. Por consiguiente hemos de pensar en Cristo ya resucitado y que está en los cielos sentado a la diestra del Padre. En un Cristo que tiene toda potestad en los cielos, sí, pero también en la tierra. En la tierra, repetimos, donde puede exigir siempre y ejercer sus derechos no sólo sobre los individuos y en las conciencias, sino también en las sociedades, en los gobiernos y en las manifestaciones públicas de vida colectiva. Por eso decíamos al hablar del concepto actual de Cristo Rey que es aquel que reconoce en Jesucristo sus derechos sociales, porque actualmente El reclama el reconocimiento de esos derechos.

VI.- ¿Por qué hay dificultad en entender la Realeza de Cristo?

Tenemos que admitir que los hombres de la presente época tropezamos con especiales dificultades para entender y sentir la Realeza de Jesucristo. Estas dificultades se pueden reducir a dos raíces, una histórica y la otra psicológica.
La historia y la experiencia diaria nos enseñan que el hombre, como ser social, está sujeto a las influencias, en ocasiones decisivas, del medio ambiente y de las realidades que ve, oye y palpa. De ahí que, cuando el gobierno de las naciones era universalmente monárquico y solo como excepciones coexistían regímenes aristocráticos y democráticos, la idea de rey y de realeza era clarísima en las mentes de los individuos; más aún en la realidad se imponía en grado tal, que era casi imposible el concebir la sociedad civil sin verla organizada alrededor de un monarca.
El Rey, en los países cristianos, era un ungido de Dios, una persona sagrada, a la vez que la encarnación tangible de la Patria.
Pero vino la Revolución degolladora de reyes; vinieron las otras revoluciones, que, mancomunadas con la Masonería, han ido sepultando paulatinamente a todos los reyes, o por lo menos se han empeñado en neutralizar su poder, al punto que, en los países que aún poseen un monarca, éste ha perdido la esencia de su realeza, Y tan sólo queda ahí como un personaje de símbolo, de tradición, de abolengo, de adorno.
Ahora bien; por una ley psicológica, cuando el objeto, la persona o la institución desaparecen, paulatinamente también la idea del objeto, el concepto de la persona, la reverencia por la institución acaban por perderse en el olvido. Esto es precisamente lo que ha acontecido con la humana realeza. Ya no existe en el mundo cristiano. Ya no se la ve honrada y enaltecida como en los siglos pasados. ¿Dónde encontrar hoy, no digo a reyes santos, como Fernando de España y Luis de Francia, pero ni siquiera a reyes auténticos?..
A esta razón histórica se allega otra que pudiéramos apellidar psicológica o emocional.
Para algunos espíritus superficiales e ignorantes los reyes no son sino personajes de leyenda o de cuentos orientales.
Para otros muchos resultan los reyes, al menos, gobernantes anticuados, que no se avienen con la mentalidad moderna. A este propósito permítasenos fijamos en una célebre consideración de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola, fundamento de la Segunda Semana y de todo el resto de los Ejercicios. Se titula: "El llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey eternal". Pues bien; la eficacia decisiva y trascendental de esta meditación se basa en la idea clara, elevada, sublime, arrebatadora, que el ejercitante concibe, de un rey humano ideal y del la noche a la mañana, en monarcas más absolutos que, los que antaño, lucieron cabezas coronadas.

VII.-El reconocimiento de la Realeza de Cristo en la actualidad, exige mayor espíritu de fe y supone mayor mérito.

Esta afirmación es una consecuencia lógica, atendidas las dos dificultades expuestas en el párrafo anterior, que nos impiden comprender y sentir con plenitud la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Los que creen, pues, en ella y la adoran; y, sobre todo la honran con sus acciones y empresas, ejercitan, de modo especial y excelente, la gran virtud de la fe; y como todo ejercicio de virtudes, sobre todo de las teologales, aumentan la gracia y por ende el mérito, se sigue, para las almas cristianas un estímulo y aliciente magníficos que impulsan fuertemente al culto de la Realeza de Cristo.      
A Jesús, SACERDOTE lo vemos y veneramos en esos Sacerdotes santos, que la bondad de Dios hace vivir en, el mundo.
A Jesús MAESTRO lo admiramos y amamos viviente en maestros y educadores que hacen de esta misión fecunda un ideal.
Pero a Jesús REY no lo vemos andar por las calles y vestir la armadura como lo contemplaron los siglos pretéritos, en sus reyes verdaderos y santos. . .  Las personas de los reyes han desaparecido y su recuerdo cada día se aleja más y más, El origen de su caída fue la rebelión contra la legítima autoridad que desciende de Dios con la caída de los reyes se hirió de muerte a la autoridad Sin el recto concepto de la autoridad se sigue la anarquía política y social. A esa anarquía hemos llegado y en ella se agita el mundo contemporáneo. La anarquía dejará de existir cuando se restablezca la idea vital y creadora de la autoridad, cuando se restablezca a la fuente de toda autoridad: DIOS. Mas esté cortó cimiento y restablecimiento de la autoridad de ninguna más fiel exige el que los gobiernos monárquicos se levanten, de sus tumbas. Cualquier forma de autoridad es buena, con tal que no desconozca a Dios, ni se oponga al fin de la sociedad. He aquí otra razón, fundamentalmente social, de por qué el culto y el reconocimiento práctico de la Realeza de Cristo, sobre todo en su aspecto social, es un antídoto providencial y decisivo contra la reinante anarquía.
………………………………………………………………………………….

Esto es manifiesto, por la Historia, en las naciones occidentales, particularmente en la Edad Media. El concepto claro y elevado de la realeza se mantuvo en algunos pueblos, por ejemplo, en el español, húngaro, inglés, etc, El respeto y la veneración de la realeza eran tan acentuados.

No solo en España, sino en las naciones creadas por España, como la Nueva España -México-, que cuando ésta decidió independizarse de la Metrópoli, lo hizo, pero asentando como artículo básico que se mantendría el gobierno y la organización monárquica. El régimen republicano para el cual no estaba preparado ni educado el pueblo, fue imitación extranjera; por eso los ensayos resultaron cánticos.





viernes, 18 de octubre de 2019

LOS DIEZ MANDAMIENTOS COMENTADOS POR SANTO TOMAS DE AQUINO


“Se inclina Dios desde los cielos hacia los hijos de los hombres, para ver si hay algún cuerdo que busque a Dios. Todos se han descarriado y a una se han corrompido, no hay quien haga el bien; no hay ni uno” (Ps. 55. Vs. 3, 4) ha habido épocas tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo en donde Nuestro Señor con pesar en su corazón a dicho estas palabras desgarradoras llenas dolor y decepción, quién  no recuerda la época de Noé? Como para poner un ejemplo entre tantos.
Hoy por hoy estamos viviendo una época peor que la de Noé porque ahora ya ha venido Nuestro Señor al mundo y vemos una gran confusión, una gran oscuridad y, lo que es más digno de compasión, una ignorancia sin precedentes de la religión fundada por nuestro divino Redentor.
Hoy en el “siglo de las luces” de la “ciencia y de la tecnología” cada vez mas hay un desconocimiento de los misterios de nuestra fe, de la doctrina y, en fin, de nuestra sacrosanta religión.
Lamentablemente el hombre se aleja más de esa Luz inaccesible que “ilumina a todo hombre que vino a este mundo, mas el mundo no la recibió, vino a los suyos y los suyos lo rechazaron, pero a los que le recibieron les dio la gracia de ser hijos de Dios, aquellos que creen en su nombre…” (San Juan 9, 12)
La Iglesia sabiendo y consciente de su divina misión nos instruye a tiempo y a desatiempo para encontrar a Dios perdido por la vorágine de este siglo malo, nos señala a quien debemos seguir si queremos realmente salvarnos y nos advierte de los tres enemigos del alma. Con una doctrina clara y precisa carente de errores y sofismas como lo es la de su hijo Santo Tomas de Aquino de quien dijo Nuestro Señor: “Tomas bien has hablado de Mí”

I. TRES cosas le son necesarias al hombre para su salvación: el conocimiento de lo que debe creer, el conocimiento de lo que debe desear y el conocimiento de lo que debe cumplir. El primero se enseña en el Símbolo, en el que se nos comunica la ciencia de los artículos de la fe; el segundo en el Padrenuestro; y el tercero en la Ley.
Trataremos ahora del conocimiento de lo que se debe cumplir. Para ello tenemos cuatro leyes.
2. a) La primera se llama ley natural. Y ésta no es otra cosa que la luz del entendimiento puesta en nosotros por Dios, por la cual sabemos qué debemos hacer y qué debemos evitar. Esa luz y esta ley se las dio Dios al hombre al crearlo. Sin embargo, muchos creen excusarse por la ignorancia, si no observan esa ley. Pero en contra de ellos dice el Profeta en el Salmo IV, 6: "Son muchos los que dicen: ¿Quién nos mostrará lo que es el bien?", como si ignorasen qué es lo que se debe hacer, pero él mismo responde (ibidem, 7): "Marcada está en nosotros la luz de tu rostro, Señor", o sea, la luz del entendimiento, por la que se nos hace evidente qué debemos hacer. En efecto, nadie ignora que aquello que no quiere que se le haga a él no debe hacérselo a otro, y otras cosas semejantes.
3. b) Pero aunque Dios le dio al hombre en la creación esta ley, o sea la ley natural, el diablo sembró en seguida en el hombre otra ley, esto es, la ley de la concupiscencia.
En efecto, mientras el alma del primer hombre estuvo sujeta a Dios, guardando los divinos preceptos, igualmente la carne estuvo en todo sujeta al alma o razón. Pero luego que el diablo apartó al hombre, por sugestión, de la observancia de los divinos preceptos, así también la carne le desobedeció a la razón.
Y por eso ocurre que aun cuando el hombre quiera el bien conforme a la razón, por la concupiscencia se inclina a lo contrario. Y esto es lo que el Apóstol dice en Rom. 7, 23: "Pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente". Y por eso frecuentemente la ley de la concupiscencia echa a perder la ley natural y el orden de la razón. Por lo cual agrega el Apóstol (ibidem): "y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros".
4. c) Así pues, por haber sido destruida la ley natural por la ley de la concupiscencia, convenía que el hombre fuese llevado a obrar la virtud y apartarse de los vicios: para lo cual era necesaria la ley de la Escritura.
5. Pero es de saberse que al hombre se le aparta del mal y se le induce al bien de dos maneras.
En primer lugar, por el temor; porque lo primero por lo que alguien principalmente empieza a evitar el pecado es la consideración de las penas del infierno y del último juicio. Por lo cual dice el Eclesiástico (I, 16): El principio de la sabiduría es el temor de Dios"; y adelante (27): "El temor del Señor aleja el pecado". En efecto, aunque el que no peca por temor no es un justo, sin embargo, así empieza su justificación.
Así pues, de este modo se aparta el hombre del mal y es inducido al bien por la ley de Moisés, y quienes la menospreciaban eran castigados con la muerte. Hebr 10, 28: "El que menosprecia la ley de Moisés, sin misericordia es condenado a muerte sobre la palabra de dos o tres testigos".
6. d) Pero como este modo es insuficiente, insuficiente fue la ley que había sido dada por Moisés, porque apartaba del mal al hombre precisamente por medio del temor, que aunque contenía la mano, no reprimía el corazón. Por eso hay otro modo de apartar del mal e inducir al bien, es a saber, el medio del amor.
Y según este medio fue dada la ley de Cristo, a saber, la ley evangélica, que es la ley del amor.
7. Pero es menester considerar que entre la ley del temor y la ley del amor hay una triple diferencia.
En primer lugar, porque la ley del temor hace siervos a sus observantes, y en cambio la ley del amor los hace libres. En efecto, aquel que obra sólo por el temor, obra al modo del ciervo; quien, en cambio, obra por amor, obra a la manera del libre o del hijo. Por lo cual el Apóstol dice en 2 Cor 3, 17: "Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad", porque obran por amor como hijos.
8. La segunda diferencia está en que a los observantes de la primera ley se les ponía en posesión de bienes temporales. Isaías I, 19: "Si queréis, si me escucháis, comeréis los bienes de la tierra". En cambio, los observantes de la segunda ley serán puestos en posesión de los bienes celestiales. Mateo 19, 17: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos"; y Mt 3, 2: "Haced penitencia, porque el reino de los cielos está cerca".
9. La tercera diferencia está en que la primera (de las dos leyes) es pesada: Hechos 15, 10: "¿Por qué tentáis a Dios, queriendo imponer sobre nuestro cuello un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar?"; y en cambio la segunda es leve: Mt 11, 30: "Pues mi yugo es suave y mi carga ligera"; y el Apóstol en Rom 8, 15: "No recibisteis un espíritu de servidumbre para recaer en el temor, sino que recibisteis el espíritu de adopción de hijos".
10. Así es que, como ya dijimos, hay cuatro leyes: la primera es la ley natural, grabada por Dios en la creación; la segunda es la ley de la concupiscencia; la tercera es la ley de la escritura; la cuarta es la ley de la caridad y de la gracia, que es la ley de Cristo. Pero es claro que no todos pueden con el duro trabajo de la ciencia. Por lo cual Cristo nos dio una ley abreviada, que pueda ser conocida por todos y de cuya observancia nadie se pueda excusar por ignorancia. Y esta es la ley del amor divino. Dice el Apóstol en Rom 9, 28: "El Señor abreviará su palabra sobre la tierra".
11. Debemos saber que esta ley [del divino amor] debe ser la regla de todos los actos humanos. Así como vemos en las obras de arte que es buena y bella la que se adecúa a la regla, así también un acto humano es bueno y virtuoso cuando concuerda con la regla del divino amor. Y cuando no concuerda con esta regla no es bueno ni recto ni perfecto. Por lo tanto, para que los actos humanos sean buenos es menester que concuerden con la regla del divino amor.
12. Pero debemos saber que esta ley del divino amor opera en el hombre cuatro cosas sumamente deseables.
I) En primer lugar produce en él la vida espiritual.
En efecto, de manera manifiesta, naturalmente el amado está en el amante. Por lo cual quien ama a Dios lo tiene en sí mismo: I Juan 4, 16: "Quien permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él".
También es de la naturaleza del amor el transformar al amante en el amado. Por lo cual, si amamos cosas viles y caducas, nos hacemos viles e inciertos: Oseas 9, 10: "Se hicieron abominables como lo que amaron". Pero si amamos a Dios, nos hacemos divinos, porque, como se dice en I Cor 6, 17: "El que se une al Señor se hace un solo espíritu con El"
13. Pero según dice San Agustín, "así como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida del alma". Y esto es algo manifiesto. En efecto, decimos que el cuerpo vive por el alma cuando tiene las operaciones propias de la vida, y cuando obra y se mueve; pero si el alma se retira, el cuerpo ni obra ni se mueve. Así también, el alma obra virtuosa y perfectamente cuando obra por la caridad, por la cual habita Dios en ella; y sin la caridad no obra: I Juan 3, 14: "Quien no ama permanece en la muerte".
Porque debemos considerar que si alguien posee todos los dones del Espíritu Santo sin la caridad, carece de vida. En efecto, ya sea el don de lenguas, ya sea el don de la fe, ya sea cualquiera otro, sin la caridad no dan la vida. Aunque un cuerpo muerto se vista de oro y piedras preciosas, muerto permanece. Esto es pues lo primero que la caridad produce.
14. 2) Lo segundo que opera la caridad es la observancia de los divinos mandatos. San Gregorio: "Nunca está inactivo el amor de Dios: si existe, grandes cosas opera; pero si se niega a obrar, no es amor". Por lo cual el signo evidente de la caridad es la prontitud en cumplir los preceptos divinos. Vemos, en efecto, que el amante realiza cosas grandes y difíciles por el amado. Juan 14, 23: "El que me ama guardará mi palabra".
15. Pero se debe considerar que quien observa el mandato y la ley del amor divino cumple con toda la ley. Pues bien, es doble el orden de los divinos mandatos.
En efecto, algunos son afirmativos, y la caridad los cumple, porque la plenitud de la ley que consiste en los mandamientos, es el amor, por el cual se les observa.
Otros son prohibitivos, y también éstos los cumple la caridad, porque, como dice el Apóstol en I Cor 13, 4, no obra ella falsamente.