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viernes, 19 de abril de 2019

LA PASION DEL SEÑOR SEGUN EL PADRE LA PALMA



Cristo padeció por los hombres con amor
ISAIAS CAP.53
HUMILLACIÓN Y GLORIA DEL SIERVO DE YAHVÉ
1 ¿Quién ha creído nuestro anuncio,
y a quién ha sido revelado el brazo de Yahvé?

2 Pues creció delante de Él como un retoño,
cual raíz en tierra árida;
no tiene apariencia ni belleza
para atraer nuestras miradas,
ni aspecto para que nos agrade.

3 Es un (hombre) despreciado,
el desecho de los hombres,
varón de dolores
y que sabe lo que es padecer;
como alguien de quien uno aparta su rostro,
le deshonramos y le desestimamos.
sin que nadie pensara en su generación.
fue cortado de la tierra de los vivientes
y herido por el crimen de mi pueblo. 

4 Él, en verdad, ha tomado sobre sí nuestras
ha cargado con nuestros dolores, (dolencias)
y nosotros le reputamos como castigado,
como herido por Dios y humillado.

5 Fue traspasado por nuestros pecados,
quebrantado por nuestras culpas;
el castigo, causa de nuestra paz, cayó sobre él,
y a través de sus llagas' hemos sido curados.

6 Éramos todos como ovejas 'errantes,
seguimos cada cual nuestro propio camino;
y Yahvé cargó sobre él
la iniquidad de todos nosotros.

7 Fué maltratado, y se humilló, sin decir palabra;
como cordero que es llevado al matadero;
como oveja que calla ante sus esquiladores,
así él no abre la boca.

8 Fué arrebatado por un juicio injusto,
 Sin que nadie defendiera su causa,
pues fue arrancado de la tierra de los vivientes
y herido de muerte por el crimen de su pueblo

9 Se le asignó sepultura entre los impíos, 
y en su muerte está con el rico, 
aunque no cometió injusticia,
ni hubo engaño en su boca ..

10 Yahvé quiso quebrantarle con sufrimientos;
mas luego de ofrecer su vida
en sacrificio por el pecado,
verá descendencia y vivirá largos días,
y la voluntad de Yahvé
será cumplida por sus manos.

11 Verá (el fruto) de los tormentos de su alma,
y quedara satisfecho.    
Mi siervo, el justo,
justificará a muchos por su doctrina.
y cargará con las iniquidades de ellos.

12 Por esto le daré en herencia
una gran muchedumbre,
y repartirá los despojos con los fuertes,
por cuanto entregó su vida a la muerte,
y fue contado entre los facinerosos.
Porque tomó sobre sí los pecados de muchos
e intercedió por los transgresores.

El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de Él y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era más poderoso que El, y El se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta   noche   de   dolor   fue   también   noche   de   consuelo   y   alegría,   “bañándose” -bautizándose-, como El dijo, “con este baño” -este bautismo- de sangre, “hartándose de oprobios”. Este amor de Cristo “supera y está por encima de todo entendimiento”, porque la fuente de donde nace está también fuera de toda comprensión. Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus méritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por sí mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tampoco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre eterno le tiene a Él, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así, que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amó a los hombres. Pero... ¿por qué ama Dios al Hombre?
Dios, en el mismo instante de la concepción de Jesús en el vientre de la Virgen María, le dio el ser divino, uniéndole a su divina persona. Por lo cual podemos decir y es cierto que aquel hombre, Jesús, es Dios, Hijo de Dios, ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios, porque lo es. Este es un regalo infinito porque lo que se da es ser Dios. Dios regaló a ese hombre, Jesús, el ser rey de toda la creación y el primero entre todos los hombres para que, como cabeza, por él fluyese a todos su virtud y su fuerza. Así que, en cuanto que es Dios es igual al Padre y al Espíritu; y en cuanto es hombre es el primero entre todos y la cabeza de todos. Posee una gracia infinita para que de Él, como de una fuente o de un mar de gracia y de santidad se enriquezcan todos los hombres. No es sólo que en El la gracia sea mayor, sino que es el santificador de todos los hombres; es, por poner un ejemplo, como un tinte en el que todos han de recibir este color de santidad. Bien que la santidad no es algo de fuera, sino interior, del ser entero. Cuando  Jesús se viese a     mismo   así,   y   supiese   que   todo  le venía de  Dios,   se encontrase siendo rey de todas las criaturas, y viese arrodillados delante de Él a todos los espíritus del cielo, decid, si se pudiera decir, ¿con qué amor amaría a Dios? ¿Con qué deseo se ofrecería a servir y obedecer a Dios? No hay lengua que pueda hablar y explicar esta misteriosa grandeza. Al manifestar Jesús su inmenso deseo de servir y agradar a su Padre Eterno, el Padre Eterno le diría que le encomendaba la salvación de todos los hombres que se habían perdido por culpa del pecado de un hombre. A El encargaba esta empresa, debía amar a los hombres con tal amor que fuera capaz de pasar cualquier cosa por ellos para salvarles. Jesús amó a los hombres por amor a su Padre y por obedecerle, y, como era Dios, les amó desde un principio con el amor de Dios. Dios regaló a Jesús la infinita gracia   de   ser   Dios,   y   Jesús,   al   ser   Dios,   correspondió   infinitamente   agradecido   y enamorado. De Jesús, fuente grande y río caudaloso, fluyó el amor de Dios a todos los hombres. El Padre Eterno entregó  a  Jesús  todos  los  hombres. De  eso habla  con frecuencia el Evangelio: “Todo me ha sido dado por mi Padre”. Todas las cosas, todos los hombres, que son míos, me los ha dado mi Padre. “Esta es la voluntad del que me envió, de mi Padre, que no se pierda nada de todo lo que me ha dado”. Pero como al encomendarle todo ya todo estaba perdido, fue como encomendarle que reconquistase y ganase todo otra vez. “No mandó Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo se salvara por El”. Esta recomendación hizo que se preocupara con verdadera solicitud  por redimir al mundo. Lo advierte San Juan cuando dice: “Sabía que su Padre había puesto todo en sus manos”, por eso se levantó de la cena, se quitó el vestido, se puso una toalla, lavó los pies a sus discípulos. Por esta misma preocupación en cumplir el encargo de su Padre, dijo: “He dado a conocer Tu nombre a los hombres, que me diste”. Por esto mismo hacía oración por ellos: “No te pido por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos”. Y por la misma razón se ofreció por ellos: “Y por ellos Yo me santifico”. Cuando en el huerto le fueron a prender, por esta misma preocupación de cumplir el mandato de su Padre les defendió: “Si me buscáis a Mí dejad a estos que se marchen. Y así se cumplió lo escrito que dice: No perdí a ninguno de los que me diste”; no perdió a ninguno por su culpa, por eso le dolió tanto la perdición de Judas, porque,   habiéndoselo   también   encomendado   su   Padre,   no   quedase   por   El conservarle a su lado y el salvarle. “Guardé a los que me diste, y ninguno se perdió, excepto el hijo de la perdición, y así se cumplió la Escritura”. De esta misma fuente nació no sólo el amor a los hombres sino también a todo lo que convenía para el bien y felicidad de los hombres. Esto dijo poco antes de su pasión: “Para que el mundo sepa cuánto es lo que yo amo a mi Padre, y que como me lo ha mandado así lo hago y lo cumplo, ¡levantaos y vámonos de aquí!” Y se fue a morir por los hombres en una cruz. Era tan grande el deseo de hacer a Dios este servicio que decía: “Con un bautismo he de ser bautizado, ¡y cómo estoy inquieto hasta que llegue la hora en que se cumpla!” Era tan grande el deseo que sentía de verse bautizado con sangre, que cada hora se le hacía mil años por la grandeza de su amor. En la Fiesta de los Ramos quiso ser recibido por la gente de Jerusalén para que viera la alegría de su corazón, y, por la misma causa, entre aplausos y cubierto de rosas y flores, quiso subir a la cruz. El rey David expresó la fuerza del amor de Jesús al escribir: “Se alegró como un atleta para correr su carrera; desde lo más alto del cielo salió, y en su órbita llegó al otro extremo, y no hay nada  que escape a su calor”. El amor divino salió de Dios y volvió a Dios. No amó al hombre por el hombre, sino por Dios. No hay nadie que pueda escapar de su calor ni huir de su amor; porque su caridad es tan encendida que fuerza y casi obliga a los corazones, como dice el Apóstol: “El amor de Cristo nos empuja”. Al apóstol Pablo le apremiaba tanto el amor de Cristo que, despreciando el hambre y la sed, las persecuciones, y la vida y la muerte, hasta deseaba por su amor, si fuera posible, padecer las penas del infierno: “Desearía hasta ser apartado de Cristo por el bien de mis hermanos”. El apóstol Andrés, al ver la cruz en que había de morir, le echaba piropos, y le decía que se alegrara como él se alegraba al verla. Estos ejemplos nos deben mover a desear subir el escalón de la cruz y llegar al corazón de Cristo. Si nos parece grande el amor de Pablo y de Andrés, mayor es, infinitamente mayor, el amor de Jesús. También Jacob da un gran ejemplo de verdadero amor: siete años sirvió a su suegro Labán para poderse casar con Raquel. Y tenía tanto trabajo que de noche casi no dormía y de día no descansaba. Andaba con la piel quemada por el hielo y el sol. Y, a pesar de esto, siete años “le parecieron poco por el gran amor que sentía por Raquel”. ¿Qué le parecería a Cristo una noche de burlas y tres horas de cruz para conseguir como esposa a la Iglesia, y hacerla hermosa y sin ninguna mancha? Le parecería poco. Sin duda amó mucho más que padeció, y fue mayor el amor encerrado en su corazón que el sufrimiento que hacían ver sus heridas y sus llagas. Si lo que Dios le mandó hacer por todos los hombres se lo hubiera mandado hacer por cada uno, por cada uno lo hubiera hecho. Y si como estuvo tres horas en la cruz hubiera sido necesario estar allí hasta el fin del mundo, lo hubiera hecho, que amor tenía para todo.  Fue mucho menos lo que el Señor padeció que lo que amó y deseó padecer; si sólo esa muestra de su sufrimiento fue tan sorpréndete para muchos hombres, que “fue escándalo para los judíos y locura para los gentiles”. ¿Qué hubieran pensado si les hubiese dado otra prueba que mostrara toda la grandeza de su amor? La prueba de amor que nos dio ciega, en medio de tanta luz, a los que no creen; a los amigos, a los que conocen este amor, les deja pasmados cuando Dios les descubre este secreto, y les da a sentir este misterio; se deshacen en lágrimas, se abrasan de amor, les hace alegrarse en la tribulación y en el dolor, les da fuerza para acometer lo que todo el mundo teme, les hace desear y amar todo lo que Cristo ha deseado y amado. Este fue otro motivo de alegría para el Señor cuando estaba, en aquella   noche, en medio de golpes y burlas: veía, gracias al dolor que sufría, la imagen del mundo ya renovado, los hombres transformados de carnales a espirituales. Veía a los hombres que, al conocer lo que había sufrido por ellos, se encendían de amor por El, se hacían a su imagen y semejanza, despreciando el mal y deseosos de hacer el bien en el mundo. Con esta alegría pudo sufrir la deshonra y la burla y el desprecio, lo pudo sufrir con fortaleza y sin desviar la cara para evitar las bofetadas y sin retirar su cuerpo para librarse de los golpes. Veía que a través de lo que hacían en El aquellos verdugos labraba el Padre Eterno, también en El, la imagen y ejemplo de los predestinados. Dios Padre se complacía en la obediencia de su Hijo y disponía y preparaba el premio con  que  quería honrarle  por  toda la   deshonra  que  estaba  sufriendo,   componía  un cantar con que alabarle perpetuamente en el cielo por todos los insultos que aquella noche le decían.


jueves, 18 de abril de 2019

LA PASION DE CRISTO SEGUN EL PADRE LA PALMA



El Señor instituye el Santísimo Sacramento
Había llegado la hora en que Jesucristo nuestro Señor, sumo y eterno sacerdote según el orden   de Melquisedec,   tenía  que   ofrecer  su   Cuerpo  y   Sangre  en   un  verdadero sacrificio. Con él iba a reconciliar a todo el mundo con Dios. &Ese mismo Cuerpo y Sangre, que sería sacrificado en la cruz, quedó perpetuamente entre nosotros, bajo la apariencia de pan y de vino, para que fuese nuestro sacrificio limpio y agradable que ofrecer a Dios, bajo la nueva ley de la gracia. Jesucristo está realmente presente en ese Sacramento, y   nos da su  Cuerpo como  verdadera comida,  y su Sangre  como verdadera  bebida   en prueba  de   su  amor,  para   fortalecer   nuestra  esperanza,  para despertar nuestro recuerdo, para acompañar nuestra soledad, para socorrer nuestras necesidades, y como testimonio de nuestra salvación y de las promesas contenidas en el Nuevo Testamento. Amorosamente preocupado por el futuro de su Iglesia, y ya a las puertas de su pasión y de su muerte, no hacía otra cosa sino encomendar y ordenar las cosas de modo que no faltase nunca ese Pan hasta el fin del mundo[2].Estaban los apóstoles atentos y en tensión para ver lo que iba a ocurrir con aquella nueva ceremonia. El Salvador “se vistió la túnica que se había quitado, se sentó otra vez a la mesa” y, como si fuese a empezar otra nueva cena, mandó a sus apóstoles que se reclinaran como El. Todos expectantes, les dijo: “Habéis visto lo que he hecho con vosotros. Me llamáis Maestro y Señor, y es verdad, porque lo soy; pues si Yo, que soy vuestro Maestro y vuestro Señor, os he lavado los pies, quedáis obligados a hacer vosotros lo mismo” con caridad y humildad, por dificultoso que os parezca y aunque os desprecien. “Porque Yo os he dado el ejemplo, así que, como lo he hecho Yo, de la misma manera lo tenéis que hacer vosotros; porque el siervo no es más que su señor ni el enviado es más que el que le envía. Si entendéis bien estas cosas, seréis felices cuando las hagáis”. Es maravilloso advertir cómo el Salvador no perdía ocasión para demostrar a Judas la tristeza que le causaba su traición, y quería hacer ver que no iba engañado a la muerte, sino porque quería; por eso añadió: “Os ha dicho que seréis felices, pero no lo digo por todos, se ha de cumplir la Escritura: El que come a mi mesa me ha de traicionar. Digo esto ahora y con tiempo, antes de que se haga, para que cuando lo veáis cumplido creáis lo que os he dicho que soy”
Todos le miraban sobrecogidos, advirtiendo en su cara y en su postura que trataba de hacer algo grande y desacostumbrado. El Señor tomó un pan ácimo sin levadura, de aquellos que sobraron de la primera cena, y levantó los ojos al cielo, hacia su Eterno Padre, para que vieran que de Él venía el poder de realizar una obra tan grande. Dio las gracias por todos los beneficios que había recibido y, especialmente, por el que en aquel momento le era dado hacer a todo el mundo. Bendijo el pan con unas palabras nuevas a fin de preparar un poco a los apóstoles a aquella grandiosa novedad que quería hacer. Partió el pan de modo que todos pudieran comer de él, y lo consagró con sus palabras: el pan se convirtió en su Cuerpo, y parecía pan, y, a la vez, su mismo Cuerpo estaba presente y también visible a los ojos de los apóstoles. Las palabras con las que consagró el pan daban a entender claramente cuál era la comida que les daba: “Tomad, comed, esto que os doy es mi Cuerpo, el mismo que ha de ser entregado en la Cruz por vosotros y por la salvación de todo el mundo”. Dio a cada  uno de aquel pan consagrado, y todos lo tomaron y comieron, y sabían lo que era aquello, porque el Salvador se lo dijo con palabras bien claras. Había también sobre la mesa, entre otras, una copa de vino mezclado con un poco de agua; tomó el Señor la copa o cáliz en sus manos, dio gracias al Padre Eterno, lo bendijo también con una bendición nueva, lo consagró con sus palabras y aquel vino se convirtió en su Sangre. Aquella misma Sangre que corría por sus venas estaba realmente presente también en aquella copa, y parecía vino. Las palabras con las que había consagrado el vino fueron tan claras que los apóstoles entendieron bien lo que les daba a beber: “Bebed todos de éste cáliz, porque ésta es mi Sangre con la que confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramaré por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados”. El Salvador había venido al mundo para hacer una humanidad nueva, y para establecer con ella una nueva Alianza y un Testamento mucho mejor que el Viejo Testamento que había establecido antes con los antiguos judíos. Los mandatos de este Testamento Nuevo son más suaves y más perfectos; y las promesas que se hacen, más grandes, porque ya no se refieren a bienes temporales sino eternos. Y este Nuevo Testamento se confirmó no con sangre de animales, como el Viejo, sino con la Sangre del Cordero sin mancha, que es Cristo. La Sangre que Jesucristo derramó en la cruz tuvo la eficacia de quitar todos los pecados del mundo. Este fue el Testamento que instauró el Señor en su última cena, y estaban presentes los doce apóstoles representando a la futura Iglesia. Para dar  mayor firmeza a lo que ordenaba, el Señor dio a beber su Sangre con estas palabras: “Esta  es  mi Sangre con la que  confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramaré por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados”. El Señor pretendía que este Sacrificio y Sacramento durase en su Iglesia hasta el fin del mundo, por eso, no sólo consagró El mismo pan y el vino sino que dio ese poder a los apóstoles, para que ellos también consagraran y transmitieran ese poder “hasta que   El   viniese”   a   juzgar   el   mundo.   Les   mandó   expresamente   que   cuantas   veces celebrasen este sacrificio lo hicieran acordándose de Él, y del amor con que moría por los hombres. Por legado tan rico como es su Cuerpo y su Sangre, y todos los tesoros de gracia que mereció con su Pasión; así nunca podrían olvidarse de Él: “Siempre que hagáis esto, hacedlo acordándoos de Mí”. Este Pan está destinado al sustento de los hombres que van como peregrinos por el mundo. Es tan grande y fuerte el fuego de su amor,  que hace  a los hombres santos, los transforma con el amor de quien les tiene tanto amor. Estas divinas palabras deben ser recibidas con fe y todo agradecimiento. Aquel Señor que no engaña dijo: “Tomad y comed, que esto es mi  cuerpo. Bebed todos de este  cáliz,  que es mi sangre”. Es grande su generosidad, sólo digna de Dios. ¿Qué podré yo darte, Señor, por ese beneficio? Diré con todo el afecto de mi corazón: Mira, Señor, este es mi cuerpo; te lo ofrezco en el dolor, en la enfermedad, en el cansancio y la fatiga, en la penitencia; esta es mi sangre, te la ofrezco si Tú quieres que tenga que derramarla por tu gloria; esta es mi alma, que quiere obedecer en todo Tu voluntad.

Jesús se despide de su Madre
La Virgen María no ignoraba la causa por la que el Hijo de Dios se había hecho hombre en sus entrañas. Sabía que era para redimir a los hombres y que, por ello, sufriría un cruel tormento, y derramaría su sangre, y moriría en la cruz. Lo sabía por lo que había leído y meditado en la Sagrada Escritura, aun antes de que su Hijo se encarnara; lo sabía también por la profecía del viejo Simeón, cuando ella y José presentaron a Jesús en el Templo. Y además lo supo gracias a las frecuentes conversaciones que tendría con su Hijo sobre este tema. Porque si el Señor anunció tantas veces su muerte a los discípulos, mucho más avisaría a su Madre. En aquellas largas conversaciones, a solas con ella, le explicaría la Escritura, y así le mostraría mejor la conveniencia de que Cristo padeciese antes de entrar en su gloria. Si el Salvador advirtió varias veces a sus discípulos, ¿cuánto más y mejor lo haría a su Madre, para consolarse y descansar en ella? Los discípulos no entendían este misterio y el Señor no encontraba consuelo al hablar con ellos. La primera vez que se lo dijo, quisieron convencerle de que no debía padecer,  eso  es lo   que intentó  Pedro. Cuando  volvió  a  anunciarles  su  muerte,  ya próxima,  como   vieron   que   no  había  esperanza  de impedírselo   porque   el   Salvador estaba dispuesto a padecer, se pusieron tristes y se asustaron. Después, mientras rezaba en el Huerto de los  Olivos, y ellos estaban ya prevenidos y repetidamente avisados, al verle en aquella agonía y que intentaba consolarse con ellos “se caían de sueño por la tristeza”. El Salvador no podía encontrar descanso en ellos: unas veces tenía que reprender su celo imprudente; otras, animar su flojera con un consuelo; otras veces tenía que exhortarles con su doctrina y fortalecerles contra la tentación. Si, a   pesar   de   esto,   el   Señor   insistía   en   confiar   su   pena   y   buscar   alivio   en   donde encontraba tan poco, ¿cómo no iba a hacerlo también en su Madre? Le haría saber sus preocupaciones y   tristezas,   y así   descansaría   en  ella.   Le   contaría las   calumnias  y envidias, el odio y la persecución que sufría; le prevendría del fin en que había de terminar todo: entre aquella borrasca y tempestad iba al final a morir ahogado entre las olas. Muchas veces trataría con su Madre de estas cosas, desahogándose. Ella entendía profundamente este misterio, lo aceptaba con plena conformidad, lo sentía con toda su ternura, y ofrecía su dolor llena de fe, porque su corazón es semejante y muy unido y casi uno con el de su Hijo. Siempre   que   la   Virgen   María   pensaba   en   la   pasión   de   Jesús,   sentía   ya   con   la experiencia lo que había profetizado Simeón: “tu alma será atravesada con un puñal”. Cada vez que veía a su Hijo le venían a la mente los tormentos que sufriría en cada uno de sus miembros: imaginaba su cabeza clavada de espinas, su cara abofeteada, la espalda sangrante de azotes, los pies y las manos clavados, su pecho herido por la lanzada... Al abrazarle, abrazaba, juntos en su corazón, su cuerpo y aquellas torturas, y decía: “Manojito de mirra es mi Amado para mí, yo le  daré cobijo entre mis pechos”. Se despertaba en la Virgen un grande y cada vez más ardiente amor. Con la luz del Espíritu   Santo   conocía   bien   la   Majestad   de   Dios   y   la   maldad   de   los   hombres,   la amargura del dolor que por ellos padecería. “Consideraba estas cosas en su corazón” y advertía la grandeza del amor de Dios y el inmenso beneficio que hacía a todos los hombres.   A   este   conocimiento   correspondía   ella   en   su   humildad   con   un   profundo agradecimiento a Dios, con un encendido amor por los hombres, a quienes “Dios tanto había   amado,   que   les   entregaba   a   su   Hijo”.   Ella   también,   estimulada   por   la generosidad divina, deseaba emplearse toda entera en la salvación de los pecadores. Nunca se ha de cansar nuestra Madre de interceder por nosotros, y ahí estriba nuestra esperanza pues, por nuestro bien, quiso que se realizara aquello para lo que vino al mundo su Hijo: derramar su sangre, precio de nuestra redención. Estaba la Virgen María advertida, había meditado continuamente en la pasión de su Hijo, por eso vino a Jerusalén, porque sabía que aquella era la noche en que iba a ser entregado a la muerte. Entró, con las otras mujeres que de ordinario acompañaban a Jesús, en la misma casa  donde  su Hijo iba a  celebrar la Pascua.  Aunque  en  otra habitación, iba enterándose de lo que el Salvador hacía, decía y mandaba. Preparó la cena, como tantas otras veces lo había hecho; ¿qué trabajo se le iba a hacer duro si su mismo hijo lavaba los pies a sus apóstoles? Supo cómo su hijo les daba a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, y para que durase hasta el fin del mundo. Más que
ninguna   otra   persona   advirtió   la   hondura   de   este   misterio,   y   supo   valorar   la inmensidad de este beneficio, y agradecer este consuelo que le daba en la ausencia de su Hijo, y esta compañía en su soledad..., más que nadie, porque nadie como ella estaba herida de amor, e iluminada con la luz del Espíritu. Oiría la larga despedida con que su Hijo se separaba de los apóstoles, y esperaría el final de aquella enamorada despedida. El Señor se puso en pie con firme resolución; los apóstoles le imitaron; juntos, dieron gracias a Dios, y cantaron lo que tenían por costumbre después de la cena. A eso parece referirse el Evangelio: “Cantado el himno”, salieron. Este himno constaba de siete salmos  enteros,   y empieza  con  el salmo  112: “Alabad,  hijos,  al Señor...”, y termina  con   el  salmo   118:   “Bienaventurados  los  que   caminan   limpios...”.   En  esta noche de tanta preocupación y dolor, el Salvador dio las gracias a su Eterno Padre, y lo hizo despacio, cantando. Nos da ejemplo de verdadero agradecimiento, y también de fiel   obediencia   a   lo   que   la   Ley   mandaba:   “Cuando   comas   con   abundancia   y satisfacción, cuídate de bendecir y dar las gracias al Señor tu Dios por la tierra tan fértil y excelente que te ha dado”. Al ver la Virgen a su Hijo en pie, se retiró para esperar a solas el último abrazo, la última   despedida   que   tanto   esfuerzo   le   había   de   costar.   Le   vio   aparecer   con   la tranquilidad  y  el   sosiego  de   siempre,  la   cara  encendida  por   la   larga  conversación después de la cena, pero más por la conmoción que sentía dentro. Delante de ella, con el amor que este Hijo sentía por esta Madre, les diría: “Madre, no vengo a decirte nada que  no  sepas  ya;  vengo   a  despedirme  para...   lo que   ya   sabes.  Me   he   consolado hablando muchas veces de eso contigo. Da gracias a Dios, Madre, porque te ha cabido en suerte tener un Hijo que va a morir por la Justicia, pero la Justicia de Dios por salvar a los hombres y hacerlos hijos suyos. Anímate, Madre, que el fruto es grande; todo pasará pronto; en seguida volveré a verte, y ya inmortal y lleno de gloria. Al hacer esto cumplo el mandato de mi Padre, y hago su Voluntad. Me iré más consolado si      te   quedas   un   poco   más   consolada   también.   Tengo   prisa,   Madre;   dame   tu bendición..., y abrázame”. Las lágrimas corrían por las mejillas de la Virgen. El corazón se le partía de dolor por el constante esfuerzo por obedecer y amar lo que Dios disponía. Y era grande su amor, pues pudo ofrecer al Hijo, a quien tanto quería; por la gloria de Dios, por la salvación de los hombres. La Virgen quizá respondiera: “Hijo mío, que sea tu Padre quien te dé la bendición desde el cielo. Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí su Voluntad”. El  Salvador   lloró;  se  enterneció   y   lloró  de   ver  llorar   a  su  Madre.   Mudos   los   dos, hablándose ya sólo con el sentimiento, se echaron en brazos el uno del otro y, en silencio, se separaron luego. Ella le siguió con los ojos hasta perderle de vista.



miércoles, 17 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGÚN SANTO TOMAS DE AQUINO



Pues la muerte de Jesucristo, dispuesta por el Padre, aceptada por el Hijo desde el principio, pedida por los judíos, ejecutada por los romanos y soportada por el Salvador en conformidad con la voluntad del Padre, es un verdadero sacrificio, el único acepto a Dios Padre, y en atención al cual tenían valor los sacrificios antiguos de la ley como figuras suyas. En la Epístola a los Hebreos el Apóstol nos habla extensa mente del sacerdocio de Cristo, del sacrificio que hizo de sí mismo y de los frutos de ese sacrificio (Hebr. 7,27'; 29,11s; ro, 4-I.14), y escribiendo a los romanos dice San Pablo que Dios ha puesto a Cristo Jesús como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, por  tolerancia de los pecados (3,25S) y a los efesios señala como una prueba del amor de Cristo hacia nosotros en que se entrego por nosotros en oblación y sacrificio a Dios en olor suave (5,9) y San Juan nos declara que el amor de Dios se muestra en que envió a su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados (1 lo. 4,1O).
IV. De la redención de Cristo (a.4)
En la antigüedad era el hambre objeto de tráfico. Y no sólo el individuo, también en las Escrituras lo es el pueblo en masa. Los vencidos eran, por derecho en todas partes recibido, esclavos del vencedor, que los podía vender como una par te del botín de guerra. En el Deuteronomio (28.68) amenazando a Israel con el castigo de sus prevaricaciones, se dice: Acabará Yavé por haceros volver en naves a Egipto por el camino de que te había dicho; N o volverás más por él. A él seréis ofrecidos a vuestros enemigos en venta, como esclavos y esclavas, y no habrá quien os compre. El esclavo no podía jurídicamente recobrar su libertad sino pagando el debido rescate a su dueño. Los profetas .se valen de esta imagen para explicar la conducta de Dios con 1srael. Isaías hace hablar a Yavé en esta forma: O ¿cuál es aquel de mis acreedores a quien os haya vendido yo? Por nuestros crímenes fuisteis vendidos (50,15). y el salmista se queja al Señor diciendo; Has vendido de balde a tu pueblo; no subiste mucho su precio (44,13) y en el cántico del Deuteronomio; ¿Cómo puede uno soto perseguir a mil, y dos poner en fuga a diez mil, sino porque su Roca los vendió y Yavé los ha entregado  (32,30). En oposición a esto, Isaías habla, en la segunda parte de su libro, del Redentor de Israel, que dice; Por vosotros mandé yo contra Babilonia y rompí los cerrojos de vuestra cárcel, y los caldeas fueron atados con cuerdas (43,14). Antes había hablado con más respeto de los derechos de los caldeas sobre su pueblo, diciendo; Yo di el Egipto por rescate tuyo, doy por ti la •Etiopía y Saba. Porque eres a mis ojos de muy gran estima, de gran precio, .y te amo, y entrego por ti reinos y pueblos a cambio de tu vida (43,3S). Es la interpretación providencialista de la conquista de Egipto por Nabucodonosor hacia el fin de su reinado.

La redención o el rescate supone, naturalmente, la servidumbre del rescatado. Esta será la servidumbre del pecado (Tit, 2,13) o la esclavitud del diablo. Los apóstoles hablan con frecuencia de Cristo, que ha venido a sernos, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, según está escrito, el que se gloría gloríese en el Señor (1 Cor. 1,30S). Y más adelante; Habéis sitio comprados a precio; no os hagáis siervos de los hombres (7,23). Ese precio que por nosotros se dio, no es otro que Cristo, que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Ti.m, 2,6). Y concretando más, es la sangre, es decir, la vida de Cristo, la que nos rescató, o en El tenemos la redención por la virtud de Su sangre (Eph. 1,7; Hebr. 9, 12, I5). No con oro ni plata, que son corruptibles, dice San Pedro, habéis sido rescatados, sino Con la sangre preciosa de Cristo (I Petr. 1,18s•). Y San Juan dice que el Cordero degollado fue quien compro con su sangre para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y nos hizo para nuestro Dios reino y sacerdotes (Apoc, 9S). San Pablo, que había sentido, en su vida de fariseo, todo el peso de la ley y que estimaba en tanto el hallarse libre, de ella, dice a los gálatas: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, pues está escrito, Maldito todo el que cuelga de un madero (3,13.44S).
V. Eficiencia de la pasión de Cristo (a.5-6)
El articulo postrero sirve para proponer otra nueva cuestión sobre el modo de obrar Cristo la salud de los hombres, Distinguen los filósofos cuatro causas, dos internas a las cosas, porque entran en la constitución de ellas, que son la material y la formal; otros dos externas a. las cosas, que son la final, que obra como atracción hada sí, y la eficiente, que obra como impeliendo, la máquina que empuja o arrastra el tren, es causa eficiente de su movimiento. A esta causa eficiente física se reduce le causa moral, el consejo, el mandato, el ejemplo.       

¿Cómo se realiza esto en la pasión de Cristo? Volviendo al principio antes indicado, hay que ver en Jesús la divinidad y la humanidad, La primera es la causa principal de la salud humana; la humanidad, la instrumental; las dos eficientes, pero subordinadas, puesto que el instrumento no obra si no es movido por la causa principal, la pluma por la mano del escribiente, Pero la principal, todo cuanto hace, lo hace valiéndose del instrumento. De otro modo no sería causa principal, sino causa única, La aplicación de esta doctrina a estas cosas divinas suele tener su dificultad, puesto que sólo por analogía se pueden aplicar las doctrinas humanas a la declaración de los misterios divinos. Por eso no los extraño que no concuerden las sentencias de los teólogos en explicar esta cuestión que aquí propone el Aquinatense. Veamos de hacerlo apoyándonos en sus palabras. Hay en Cristo dos naturalezas, la divina y la humana, siendo la humana el instrumento de la divina; aquélla obra, sufre y muere por la salud del mundo; pero sus obras, sufrimientos y muerte reciben la virtud de obrar la salud humana de la naturaleza divina, La flaqueza humana se hace fuerte por la virtud de la divinidad, Cuando el alma fiel movida ¡por Dios, se une en la pasión y muerte de Cristo mediante la fe, la divinidad obra comunicando ole ¡os frutos de la pasión y muerte de Cristo, que son frutos de salvación.
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martes, 16 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGUN EL PADRE LA PALMA




No nos es posible continuar con la hermosa doctrina de Santo Tomas de Aquino sobre la pasión de nuestro Redentor porque nos llevaría mucho tiempo en exponerla dado que es muy extensa, profunda y fascinante, quien pudiera tener en la actualidad un cincuenta por ciento de la inteligencia del santo para exponer con simplicidad la doctrina profunda de este gran santo? La suma teológica es algo que siempre me ha fascinado y, si pudiera, pediría a mi Madre Santísima me diera algo del intelecto de santo Tomas para saborear, afirmar y consolidar mi fe tan raquítica y tan falta de luz celestial. Para difundir, en tiempos tan oscuros, la luz divina que irradian de los escritos del santo e iluminar algo a las almas tan ansiosas de la verdadera doctrina, de la verdadera fe y, con ello salvar mas almas o arrebatarle al la herejía del modernismo almas, que por desgracia, están siendo desviadas de la vida eterna.
Dentro de los místicos españoles como Fray Luis de Granada y el Padre La Palma hay otros tantos que narraron con su estilo místico, la pasión de Nuestro Señor. Siempre me he inclinado por los místicos españoles realistas y muy en especial por el Padre Luis de la Palma de quien ya subí un articulo y quiero en esta semana santa continuar subiendo artículos de este gran místico español a menos de que en sus comentarios me pidan lo contrario, o sea, seguir con Santo Tomas de Aquino pues todavía hay mucha tela de donde cortar. Son ustedes estimados lectores quienes tienen la última palabra por favor háganme saber si sigo o no con santo Tomas, muchas gracias por su preferencia les deseo UNA SEMANA SANTA LLENA DE LOS SENTIMIENTOS DE NUESTRO BUEN DIOS.
Cristo padeció por los hombres con amor
El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de Él y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era más poderoso que El, y El se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta   noche   de   dolor   fue   también   noche   de   consuelo   y   alegría,   “bañándose” -bautizándose-, como El dijo, “con este baño” -este bautismo- de sangre, “hartándose de oprobios”. Este amor de Cristo “supera y está por encima de todo entendimiento”, porque la fuente de donde nace está también fuera de toda comprensión. Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus méritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por sí mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tampoco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre eterno le tiene a Él, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así, que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amó a los hombres. Pero... ¿por qué ama Dios al Hombre?
Dios, en el mismo instante de la concepción de Jesús en el vientre de la Virgen María, le dio el ser divino, uniéndole a su divina persona. Por lo cual podemos decir y es cierto que aquel hombre, Jesús, es Dios, Hijo de Dios, ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios, porque lo es. Este es un regalo infinito porque lo que se da es ser Dios.Dios regaló a ese hombre, Jesús, el ser rey de toda la creación y el primero entre todos los hombres para que, como cabeza, por él fluyese a todos su virtud y su fuerza. Así que, en cuanto que es Dios es igual al Padre y al Espíritu; y en cuanto es hombre es el primero entre todos y la cabeza de todos. Posee una gracia infinita para que de Él, como de una fuente o de un mar de gracia y de santidad se enriquezcan todos los hombres. No es sólo que en El la gracia sea mayor, sino que es el santificador de todos los hombres; es, por poner un ejemplo, como un tinte en el que todos han de recibir este color de santidad. Bien que la santidad no es algo de fuera, sino interior, del ser entero. Cuando  Jesús se viese a     mismo   así,   y   supiese   que   todo  le venía de  Dios,   se encontrase siendo rey de todas las criaturas, y viese arrodillados delante de Él a todos los espíritus del cielo, decid, si se pudiera decir, ¿con qué amor amaría a Dios? ¿Con qué deseo se ofrecería a servir y obedecer a Dios? No hay lengua que pueda hablar y explicar esta misteriosa grandeza. Al manifestar Jesús su inmenso deseo de servir y agradar a su Padre Eterno, el Padre Eterno le diría que le encomendaba la salvación de todos los hombres que se habían perdido por culpa del pecado de un hombre. A El encargaba esta empresa, debía amar a los hombres con tal amor que fuera capaz de pasar cualquier cosa por ellos para salvarles. Jesús amó a los hombres por amor a su Padre y por obedecerle, y, como era Dios, les amó desde un principio con el amor de Dios. Dios regaló a Jesús la infinita gracia   de   ser   Dios,   y   Jesús,   al   ser   Dios,   correspondió   infinitamente   agradecido   y enamorado. De Jesús, fuente grande y río caudaloso, fluyó el amor de Dios a todos los hombres. El Padre Eterno entregó  a  Jesús  todos  los  hombres. De  eso habla  con frecuencia el Evangelio: “Todo me ha sido dado por mi Padre”. Todas las cosas, todos los hombres, que son míos, me los ha dado mi Padre. “Esta es la voluntad del que me envió, de mi Padre, que no se pierda nada de todo lo que me ha dado”. Pero como al encomendarle todo ya todo estaba perdido, fue como encomendarle que reconquistase y ganase todo otra vez. “No mandó Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo se salvara por El”. Esta recomendación hizo que se preocupara con verdadera solicitud  por redimir al mundo. Lo advierte San Juan cuando dice: “Sabía que su Padre había puesto todo en sus manos”, por eso se levantó de la cena, se quitó el vestido, se puso una toalla, lavó los pies a sus discípulos. Por esta misma preocupación en cumplir el encargo de su Padre, dijo: “He dado a conocer Tu nombre a los hombres, que me diste”. Por esto mismo hacía oración por ellos: “No te pido por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos”. Y por la misma razón se ofreció por ellos: “Y por ellos Yo me santifico”. Cuando en el huerto le fueron a prender, por esta misma preocupación de cumplir el mandato de su Padre les defendió: “Si me buscáis a Mí dejad a estos que se marchen. Y así se cumplió lo escrito que dice: No perdí a ninguno de los que me diste”; no perdió a ninguno por su culpa, por eso le dolió tanto la perdición de Judas, porque,   habiéndoselo   también   encomendado   su   Padre,   no   quedase   por   El   el conservarle a su lado y el salvarle. “Guardé a los que me diste, y ninguno se perdió, excepto el hijo de la perdición, y así se cumplió la Escritura”. De esta misma fuente nació no sólo el amor a los hombres sino también a todo lo que convenía para el bien y felicidad de los hombres. Esto dijo poco antes de su pasión: “Para que el mundo sepa cuánto es lo que yo amo a mi Padre, y que como me lo ha mandado así lo hago y lo cumplo, ¡levantaos y vámonos de aquí!” Y se fue a morir por los hombres en una cruz. Era tan grande el deseo de hacer a Dios este servicio que decía: “Con un bautismo he de ser bautizado, ¡y cómo estoy inquieto hasta que llegue la hora en que se cumpla!” Era tan grande el deseo que sentía de verse bautizado con sangre, que cada hora se le hacía mil años por la grandeza de su amor. En la Fiesta de los Ramos quiso ser recibido por la gente de Jerusalén para que viera la alegría de su corazón, y, por la misma causa, entre aplausos y cubierto de rosas y flores, quiso subir a la cruz. El rey David expresó la fuerza del amor de Jesús al escribir: “Se alegró como un atleta para correr su carrera; desde lo más alto del cielo salió, y en su órbita llegó al otro extremo, y no hay nada  que escape a su calor”. El amor divino salió de Dios y volvió a Dios. No amó al hombre por el hombre, sino por Dios. No hay nadie que pueda escapar de su calor ni huir de su amor; porque su caridad es tan encendida que fuerza y casi obliga a los corazones, como dice el Apóstol: “El amor de Cristo nos empuja”. Al apóstol Pablo le apremiaba tanto el amor de Cristo que, despreciando el hambre y la sed, las persecuciones, y la vida y la muerte, hasta deseaba por su amor, si fuera posible, padecer las penas del infierno: “Desearía hasta ser apartado de Cristo por el bien de mis hermanos”. El apóstol Andrés, al ver la cruz en que había de morir, le echaba piropos, y le decía que se alegrara como él se alegraba al verla. Estos ejemplos nos deben mover a desear subir el escalón de la cruz y llegar al corazón de Cristo. Si nos parece grande el amor de Pablo y de Andrés, mayor es, infinitamente mayor, el amor de Jesús. También Jacob da un gran ejemplo de verdadero amor: siete años sirvió a su suegro Labán para poderse casar con Raquel. Y tenía tanto trabajo que de noche casi no dormía y de día no descansaba. Andaba con la piel quemada por el hielo y el sol. Y, a pesar de esto, siete años “le parecieron poco por el gran amor que sentía por Raquel”. ¿Qué le parecería a Cristo una noche de burlas y tres horas de cruz para conseguir como esposa a la Iglesia, y hacerla hermosa y sin ninguna mancha? Le parecería poco. Sin duda amó mucho más que padeció, y fue mayor el amor encerrado en su corazón que el sufrimiento que hacían ver sus heridas y sus llagas. Si lo que Dios le mandó hacer por todos los hombres se lo hubiera mandado hacer por cada uno, por cada uno lo hubiera hecho. Y si como estuvo tres horas en la cruz hubiera sido necesario estar allí hasta el fin del mundo, lo hubiera hecho, que amor tenía para todo.  Fue mucho menos lo que el Señor padeció que lo que amó y deseó padecer; si sólo esa muestra de su sufrimiento fue tan sorprendente para muchos hombres, que “fue escándalo para los judíos y locura para los gentiles”. ¿Qué hubieran pensado si les hubiese dado otra prueba que mostrara toda la grandeza de su amor? La prueba de amor que nos dio ciega, en medio de tanta luz, a los que no creen; a los amigos, a los que conocen este amor, les deja pasmados cuando Dios les descubre este secreto, y les da a sentir este misterio; se deshacen en lágrimas, se abrasan de amor, les hace alegrarse en la tribulación y en el dolor, les da fuerza para acometer lo que todo el mundo teme, les hace desear y amar todo lo que Cristo ha deseado y amado. Este fue otro motivo de alegría para el Señor cuando estaba, en aquella   noche, en medio de golpes y burlas: veía, gracias al dolor que sufría, la imagen del mundo ya renovado, los hombres transformados de carnales a espirituales. Veía a los hombres que, al conocer lo que había sufrido por ellos, se encendían de amor por El, se hacían a su imagen y semejanza, despreciando el mal y deseosos de hacer el bien en el mundo. Con esta alegría pudo sufrir la deshonra y la burla y el desprecio, lo pudo sufrir con fortaleza y sin desviar la cara para evitar las bofetadas y sin retirar su cuerpo para librarse de los golpes. Veía que a través de lo que hacían en El aquellos verdugos labraba el Padre Eterno, también en El, la imagen y ejemplo de los predestinados. Dios Padre se complacía en la obediencia de su Hijo y disponía y preparaba el premio con  que  quería honrarle  por  toda la   deshonra  que  estaba  sufriendo,   componía  un cantar con que alabarle perpetuamente en el cielo por todos los insultos que aquella noche le decían.



lunes, 15 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGÚN SANTO TOMAS DE AQUINO

CRISTO ANTE PILATOS

DE LA MODALIDAD DE LA PASION DE CRISTO

En las dos cuestiones precedentes trató Santo Tomás de la pasión, la cual, como resulta claro de los testimonios escriturarios, largamente aducidos, se ordena a nuestra salud En la cuestión presente se propone tratar de los modos como esa misma pasión alcanza los efectos a que en los planes divinos se ordena. Son estos modos cuatro: el mérito, la satisfacción, el sacrificio y la redención, El Angélico declara la diferencia de estos modos al fin de la cuestión, por estas palabras «La pasión de Cristo, considerada en cuanto a la voluntad de Cristo, fue causa de la salvación por vía de merecimiento en que si se considera la carne de Cristo que sufre, por vía de satisfacción; que nos libra del reato de la pena; por vía de redención en cuanto nos libra de la servidumbre, de la culpa , y por vía, de sacrificio, en cuanto nos reconcilia con Dios». Y completa estos cuatro puntos, expuestos en otros tantos artículos, con dos más que vienen a explicar otras modalidades más generales que alcanzan a los cuatro precedentes.
Como fundamento de todo esto es preciso asentar la doctrina que San Pablo nos propone en la Epístola a los Romanos, donde compara la obra de Adán y la de Jesucristo: Pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la malicia pasó a todos los nombres, por cuanto todos habían pecado... Las palabras que preceden nos declaran cómo en Adán, cabeza del género humano, todos sus hijos pecaron; es decir, fueron constituidos pecadores y, en consecuencia, fueron privados de los privilegios que Adán había recibido al ser creado, Las palabras del Apóstol quedan en suspenso. Orígenes las completa de este modo: Así también por un hombre entró la justicia en este mundo, y por la justicia la vida, y así pasó a los hombres todos la vida, por la cual todos son vivificados», El Apóstol declara ampliamente, su pensamiento en lo que sigue del capítulo: Porque hasta la ley (de Moisés) había pecados en el mundo; pero como no existía la ley (positiva), el pecado, no existiendo la ley, no era imputado. Pero reino la muerte desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado como peco Adán (quebrantando un precepto positivo), que es el tipo del que había de venir. Mas no es el don (de la gracia) como fue la transgresión, Pues, si por la transgresión de uno solo mueren muchos. Mucho más la gracia de Dios y el don gratuito de uno solo, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos: Y no fue el don (de Cristo) lo que fue la obra de un solo pecador, pues por el pecado de uno solo vino el juicio para condenación, más el don, después de muchas transgresiones, acabo en la justificación.
Si, pues, por la trasgresión de uno soto reino la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia reinan en la vida por obra de uno solo, Jesucristo. Por consiguiente, también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida. Pues como por "la desobediencia de uno muchas fueron hechos pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán hechos justos. Se introdujo la ley para que abundase el pecado; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la, gracia, para que, como reinó el pecado por la muerte, así también reine la grada por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo nuestro Señor (5,12-21).
Se, nos dispensará lo largo de la cita en atención a la importancia de la misma. Aquí asienta el Apóstol los principios que luego desarrolla, cuando trata de Cristo como cabeza de, su cuerpo místico (1 Coro 12; d. 1,22; 5,22-33).  

l. Los merecimientos de Cristo (a.1)

Esto asentado, el Angélico establece en su primer artículo que Cristo fue cause de nuestra salud por vía de merecimiento, pues con las grandes obras ejecutadas en honor de su Padre, no solo mereció para sí la exaltaci6n suprema, sino también para nosotros, con todas las gracia que para llegar allí, eran necesarias, pero, aquí se plantea una cuestión. Es cosa evidente que Cristo, en atención a la, dignidad infinita de su persona divina, mereció todo esto para sí y para los hombres con sola la humillación de la encarnación y luego, de nuevo con la más pequeña de sus obras o sufrimientos.
¿Cómo, pues, se atribuye a la pasión sola esta obra de salud? Porque el Padre, en sus planes sobre el remedio de los hombres, había puesto esta salvación en la vida penosa de Cristo, consumada en la cruz. Las cosas se suelen denominar por lo que en ellas hay de más principal, y por esto la obra redentora se atribuye a la pasión y a la cruz. Por otra parte, como todo en esta materia depende de la disposición divina, a ella nos hemos de atener. Dice Santo Tomás que «desde el principio, de su concepción nos mereció Cristo la salud eterna, pero que de nuestra parte existían ciertos impedimentos, que dificultaban la consecución del efecto de los precedentes méritos» (ad 2). Cuáles son esos impedimentos y qué ventajas tiene la pasi6n sobre las otras obras meritorias de Cristo, nos lo declara el Angélico en la cuestión 46 (a.4), donde prueba que la pasión fue el modo más conveniente para realizar la salvación humana. Y el lector podrá hallar en el P. Granada (Los frutos ¡le la santa cruz) la más completa declaración de este artículo de Santo Tomás.
       
 La satisfacción de Cristo (a.2)


'Uno de' los efectos del pecado es el ser ofensa le Dios como supremo legislador. Con el pecado el hombre ultraja el honor de Dios, al condescender con sus propios gustos y pasiones. En el derecho humano al que así obra se le impone una pena: de muerte, de trabajos forzados, de cárcel, de multa, etc., para satisfacer a la ley y a la sociedad ultrajada por el delincuente. Ni más ni menos la justicia divina exige también una satisfacción, impone alguna pena. Pues la pasión de Cristo fue la satisfacción plenísima de los pecados... no propios, que no tenía, sino la aquellos por quienes había sido constituido fiador.
111 .. El sacrificio de Cristo (a.3)
 La tercera manera de realizar nuestra salud es la del sacrificio. Es  éste el acto principal de la religión. Si miramos a la obra material, el sacrificio propiamente tal es la inmolación de una víctima, cuya sangre, recogida por el sacerdote, se derrama sobre el altar. En la sangre está la vida del animal sacrificado, y esa vida se ofrece por la vida del oferente. Pero, si penetramos en el hondo sentido de este acto, la víctima representa al mismo oferente; la sangre y la vida de aquélla, la vida y la sangre de éste, la expresión de su plena devoción a Dios. Por esto, Dios dice por su profeta que rechaza los sacrificios donde falta esa devoción sincera (ls. I,11ss) y, en cambio, acepta como verdadero sacrificio el de la alabanza cuando va acompañado de esa devoción (Ps. 50,14).
El sacrificio, sólo intentado, de Isaac, sustituido luego por un carnero, es la mejor declaración de la naturaleza del sacrificio, tal como nos lo declara la Sagrada Escritura, El sacrificio se ofrece para aplacar a Dios ofendido, para expiar los pecados del oferente, para dar gracias a Dios por las gracias recibidas, para alcanzar nuevos favores y, sobre todo, para reconocer el soberano dominio del Señor sobre el oferente.


domingo, 14 de abril de 2019

LA PASION DE JESUCRISTO SEGUN EL PADRE LA PALMA



DEL DOMINGO DE RAMOS AL MIERCOLES SANTO
Al día siguiente, domingo, salió el Salvador de Betania y fue a Jerusalén, donde se le tributó aquel solemne recibimiento de los ramos, y se le aclamó como hijo de David. Toda la gente “iba diciendo cómo resucitó a Lázaro cuando estaba en la sepultura, y ésta fue la razón por la que salieron a recibirle”. Cerca ya de Jerusalén, “al ver la ciudad, lloró sobre ella”, y anunció la destrucción que iba a sufrir como castigo, por no saber a tiempo lo que de verdad le hubiera traído la paz.Con el alboroto y ruido de esta entrada solemne del Señor “toda la ciudad se puso en pie”;   y   se  preguntaban   unos   a  otros:   “¿Quién  es   éste?”.   Jesús,   que  había  sido aclamado como rey, entró en el Templo y, como Rey de Misericordia, “curó a todos los ciegos y cojos que allí estaban”. También esto fue un nuevo motivo de disgusto e indignación por parte de sacerdotes y escribas: le acusaban de que permitiera a los niños vitorearle como hijo de David, de que no hiciera callar a los que creían en Él y le llamaban rey de Israel. El Salvador no les hizo caso; les dijo que, aunque callaran los hombres, “las mismas piedras hablarían”. El Señor oía complacido las voces de los niños porque “de su boca saca Dios las alabanzas”. Después de toda esta fiesta, “como era ya tarde, mirándolos a todos” y no habiendo nadie que le invitase a cenar ni a dormir, se volvió con sus discípulos a Betania aquella noche
Al   día   siguiente,   lunes,   salió   el   Señor   de   Betania   por   la   mañana   para   volver   a Jerusalén. “Sintió hambre”, y vio a lo lejos una higuera junto al camino, toda verde y llena de hojas; se acercó “por si veía algo que comer” y no encontró más que hojas. Entonces maldijo a la higuera: “Que nunca más des fruto y nadie coma ya de ti” y los discípulos lo oyeron. Llegó a la Ciudad, entró en el Templo, y “echó de allí a los que vendían   y   compraban,   y   tiró   las   mesas   de   los   cambistas   y   los   puestos   de   los vendedores de palomas”, e impidió con gran energía “que cruzase nadie con ninguna cosa por el Templo”. No pudieron vencer la fuerza y majestad con que había actuado, pero redoblaron su odio contra El y “buscaban el modo de quitarle la vida porque estaban asustados de que tanta gente del pueblo le siguiera, y escuchara su doctrina con admiración”. “Al hacerse tarde, salió de la Ciudad y fue al Monte de los Olivos”, como solía hacer por las noches. Luego fue a Betania, que está en la falda de este monte. * * *  “Al día siguiente por la mañana”, martes, volvió a la  Ciudad. Pasó por el mismo camino de antes, y los discípulos vieron que la higuera maldita se había secado. El Señor no maldijo la higuera en un momento de ira ni tampoco lo hizo como castigo, “porque no era tiempo de higos”; el Señor lo hizo simbolizando con eso a la sinagoga judía,   llena   de   verdes   hojas   de   apariencias   y   ceremonias,   pero   sin   el   fruto   que esperaba de ella el que la plantó; y era tiempo ya, y tenía obligación de llevar fruto, por eso quedó maldita y seca para no dar fruto nunca jamás. Llegó al Templo y le rodearon los escribas, fariseos, sacerdotes y ancianos. Le hicieron preguntas y les respondió; lo que había ocurrido con la higuera se lo aplicó a ellos, y les dio a entender que iban a ser maldecidos por Dios. Luego: con mucha claridad, les reprendió duramente  por  sus  abusos  y  pecados.  Y  se  despidió  de  ellos  con  unas palabras muy tristes: “Vuestra casa quedará desierta”, que es lo mismo que decir: vuestro Templo se quedará muy pronto sin morador, porque Dios se irá de él, y, como toda casa abandonada y vacía, se vendrá abajo. “Os digo de verdad, que no me veréis ya más hasta que digáis: Bendito sea el que viene en nombre del Señor”: les emplazó para el último día del juicio, donde, por grado o por fuerza, todos reconocerán la divinidad de Jesucristo. Después los dejó y se fue del Templo. Era el martes por la tarde. Quizá  saliera  del  Templo  indignado  ante  la dureza  de la  gente  de  su  pueblo;  los discípulos, que habían estado presentes y oído todo, “se acercaron” suavemente al Señor y “le enseñaban” e indicaban que mirase el imponente edificio del Templo y su riqueza. El Salvador les respondió otra vez que sería destruido, “y no quedará ni una piedra sobre otra”. Siguieron caminando y, “sentados en el Monte de los Olivos”, de cara a la Ciudad y al Templo, “le volvieron a preguntar sobre el tiempo en que todo eso iba a suceder, y también por las señales de su última venida”. El Salvador les habló del juicio final y de los signos anunciadores de aquel día. Terminó su explicación diciendo: “Dentro de dos días” me matarán en la cruz.
* * *
Parece que al día siguiente,  miércoles, el Señor se  quedó en  Betania todo el día, porque no se sabe que volviese a Jerusalén hasta el jueves en que fue a celebrar la Pascua. Aquella noche en Betania ocurrió una cosa que acabó por perder a Judas. Prepararon un banquete “a Jesús; Lázaro era uno de los invitados que se sentaron a la mesa”, sin duda para dar un más claro testimonio del milagro, y honrar así al Señor. “Había venido mucha gente de Jerusalén, no sólo por ver a Jesús, sino también para ver a
Lázaro”. Las dos hermanas de Lázaro, Marta y María, fueron también al banquete, y cada una demostraba a su manera lo agradecidas que estaban al Señor. Marta, aunque estuviera en casa ajena, en casa de Simón el leproso, quiso servir la cena ella misma, y traía la comida y servía los platos; y, llena de alegría, se ocupaba de servir al Señor. María guardaba un frasco de perfume “muy bueno, y de mucho precio” porque “era de nardo auténtico”; y no era una cantidad pequeña, sino “una libra” entera. Aquello le pareció a Judas un despilfarro intolerable. Pero a María todo lo que fuera para el Señor le parecía poco; así que: entró en el comedor, “perfumó los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos”. Es de suponer que también le besaría los pies. Después se levantó y, como si quisiera demostrar la grandeza de su amor y lo poco que le importaba gastar su perfume, “quebró el frasco, que era de alabastro, y lo derramó todo sobre la cabeza de Jesús, y toda la casa se llenó de olor del perfume”. Jesús lo agradeció mucho a María, por el amor que le demostraba y también por hacerlo tan oportunamente: estaba tan cercana la muerte del Salvador que esa unción casi pudo servir para su sepultura, como era costumbre enterrar entre los judíos. El Señor  quiso  dar   a  entender   esto  al  defender tan  cortésmente  a  María:  “¿Por  qué molestáis a esta mujer?” con vuestras murmuraciones. “Está muy bien lo que ha hecho conmigo: se ha adelantado a ungir mi cuerpo para la sepultura. Y os digo que en cualquier parte del mundo en que se predique este Evangelio, se hablará también de lo que  ella ha hecho, en recuerdo suyo”. Judas,  a  pesar  de  haber  motivos más  que  suficientes  para   alabar a   María y  para alegrarse de que hubiera honrado así al Maestro, no pudo soportar que se echase a perder un perfume tan caro, y dijo que con lo que valía podían haber resuelto las necesidades de muchos pobres. Pero en realidad decía esto no porque “le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, hurtaba de lo que echaba en ella”; por eso hubiera preferido que el dinero que valía el perfume se echara en su bolsa. Lo que hace el mal ejemplo: los apóstoles  también murmuraron, no con la misma malicia que Judas, pero sí movidos por las aparentes razones que él dio en favor de los pobres. Suele suceder así: por ignorancia muchas veces se defiende la maldad. Judas estaba ya en contra del Salvador y de la doctrina que predicaba. Parece -como hemos visto- que la perdición de este hombre empezó por la codicia; llevaba él la bolsa del dinero que  daban al Salvador  y, como “era ladrón..., hurtaba de lo que echaba en ella” para sus gastos personales. Al acostumbrarse a esa situación, poco a poco llegó hasta odiar a Jesús, que enseñaba el amor a la pobreza y condenaba la codicia. Endureció su corazón de tal manera que culpaba al Señor de su propia inquietud y malestar, murmurando de Él y censurando todo lo que hacía en vez de reconocerse a sí mismo  culpable;  hasta  que  por  fin, dejó de creer  en  Él: calificaba  su doctrina   de embuste y mentira; y a sus milagros, de hechicerías; y hacía daño a los demás con sus palabras y su mal ejemplo. En aquella predicación en que Jesucristo prometió dar a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, Judas debió de ser, es probable que lo fuera, uno de los principales murmuradores: “Es demasiado duro este discurso, ¿quién es capaz de seguir escuchándolo?”. Debió de ser el cabecilla de aquel revuelo, motivo por el que muchos discípulos se volvieron atrás y abandonaron la doctrina del Salvador; porque, entre otras cosas,  Jesús había  dicho en ese  discurso: “Hay  algunos  entre vosotros que no me creen”; y afirma el evangelista San Juan que el Salvador dijo esto porque “sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién era el que le había de traicionar”. Sin embargo, Judas se quedó disimulado, por decirlo así, entre los apóstoles. El Señor sabía bien que Judas era tan desleal y tan incrédulo como los que le habían abandonado, pero a pesar de eso, y para no humillarle delante de los otros, preguntó a los doce: “¿Es que os queréis ir vosotros también?” Y Pedro, que pensaba que los demás eran tan nobles como él, respondió por todos: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tus palabras son vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de   Dios”   Y   el   Salvador,   al   responder,   dio   otra   oportunidad   a   Judas   para   que   se arrepintiera:   “¿No   os   elegí   Yo   a   los   doce?   Sin   embargo,   uno   de   vosotros   es   un demonio” Y a este demonio tuvo que sufrir el Salvador mucho tiempo todavía, y lo hizo con paciencia y cariño, y mantuvo el secreto de su traición hasta que, de hecho, le entregó.

SE REUNEN EN CONSEJO CONTRA EL SALVADOR, Y JUDAS LE VENDE

Los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo, indignados porque días antes el Salvador les había reprendido con dureza por sus vicios y errores, se habían reunido otra   vez   en   el   Palacio   del   Pontífice,   que   se   llamaba   Caifás,   y   tomaron   dos determinaciones: prender a Jesús sin violencia ni publicidad, y hacerlo después de la Pascua;  esto último  no porque tuvieran  en cuenta  que iba a  ser un día  de fiesta importante, sino porque vendría mucha gente a Jerusalén que conocía a Jesús, y que había recibido favores de Él y le querían y, si llegaban a saber que estaba preso, quizá se amotinaran y le libertaran. Pero todo lo hicieron al revés: prendieron al Salvador con violencia y a mano armada, y le mataron durante la fiesta. Es evidente que los propósitos humanos son nada frente a las decisiones de Dios. El motivo por el que cambiaron la determinación que habían tomado, pudo muy bien ser éste: Judas. Judas estaba ya sólo con el cuerpo entre los apóstoles, porque en su interior se había puesto de parte de los enemigos de Cristo. Salió tan enfadado del banquete de Betania porque, además, sabía que los fariseos buscaban a Jesús para matarle, y pensó que no le convenía en esas circunstancias seguir apareciendo como discípulo del Señor; así que decidió asegurarse y ganar de una sola jugada amigos poderosos y dinero. “Se fue entonces a hablar con los sacerdotes principales” y, por lo que parece, les animó en sus planes de matar al Salvador, diciendo que él había vivido largo tiempo con El y que merecía   la   muerte   que   pretendían.   Se  ofreció   como   aliado,   y   hasta   les   prometió entregarles a Jesús si le pagaban.  “Se alegraron” mucho de que también Judas, un discípulo, le juzgara como ellos. Prometieron pagarle treinta monedas de plata, y Judas consideró que era suficiente ese precio para vender al Señor, Divina Majestad. Traidor a Dios, Justicia y Verdad, fue fiel a los enemigos de Dios, a la injusticia y a la mentira; y “desde aquel momento andaba buscando la ocasión oportuna para entregarle”. Pero Jesucristo se entregó a la muerte porque quiso, y no fue la violencia o el engaño lo que le puso en la cruz, sino su libre voluntad. Por eso, cuanto más se acercaba el momento de su muerte, también El se había ido acercando al lugar de su Pasión. Vimos cómo había llegado a Jerusalén en la Fiesta de los Ramos, y cómo en los días siguientes hizo algunas idas y venidas desde Betania al Templo y a la Ciudad. Después, como punto final de su predicación, avisó a sus discípulos del día, tan próximo ya, de su humillante muerte; parece como si, cumplido su oficio de Maestro, les anunciara el comienzo de su tarea de Redentor. “Sabéis bien -les había dicho- que dentro de dos días es la Pascua; quiero haceros saber que, ese mismo día, voy a ser entregado a los judíos y gentiles para que me crucifiquen”
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Estas  son las cosas que me  ha parecido necesario resumir  previamente para, así, poder entender con más claridad la historia de la sagrada Pasión.