utfidelesinveniatur

martes, 24 de noviembre de 2020

RITO DEL MATRIMONIO

 

* ADMONICION.

Sacada de la doctrina del Catecismo Romano, que si ha de hacer a los que contraen matrimonia.

 

Mirad, hermano, que celebráis el Sacramento del matrimonio, que es para la conservación del género humano necesario, y a todos, y a todos, sino tienen impedimento, les es concedido. Fue instituido por nuestro Dios en el Paraíso terrenal, y santificado con la Real presencia de Cristo Redentor nuestro. Es uno de los siete Sacramentos de la iglesia, en la significación grande, y en la virtud, y dignidad no pequeña. Da gracia a los que le contraen con puras conciencias; con la cual sobrepujan las dificultades, y pesadumbre, a que están los casados sujetos, por todo el discurso de la vida: y para que cumplan con el ofició de casados Cristianos, y satisfagan a la obligación que han tomado a su cargo.

Han de considerar diligentemente el fin a que han de enderezar todas las obras de la vida. Porque lo primero, este Sacramento se instituyó para tener sucesión, y que procuren dejar hederos, no tanto de vuestros bienes, cuanto, de vuestra fé, Religión, y virtud: y para que os ayudéis el uno al otro a llevar las incomodidades de la vida, y flaqueza de la vejez, Ordenad, pues, la vida de suerte, que es sean descanso el uno al otro, cercenando todas las ocasiones de disgustos y molestias. Finalmente, el matrimonio fue dado a los hombres, para que huyesen de la fornicación, teniendo el marido su mujer , y la mujer su varón. Por lo cual deben de guardar mucho de no estragar el santo casamiento, trocando la concesión de flaqueza en solo deleite, no apeteciéndose fuera de los fines del matrimonio, como lo demanda la fe , que el uno al otro os habéis dado. Porque, celebrado el matrimonio (como dice el Apóstol) ni el varón, ni la mujer tienen señorío sobre su cuerpo. Y así antiguamente los adulteres eran castigados con severísimas penas, y ahora lo serán de Dios, que es el vengador de los agravios, y desacatos que se hacen a la pureza de los Sacramentos. Pide la dignidad de éste, que significa la unión de Cristo con la Iglesia, que os améis el uno al otro, como Cristo amó la Iglesia. Vos (varón) compadeceos de vuestra mujer, como de vaso más frágil compañera es diré y no sierva. Así Adán, nuestro primero padre a Eva, formada de su lado, en argumento de esto, la llamó compañera. Os ocuparéis en ejercicios honestos, para asentar vuestra casa, y familia; y así para conservar vuestro patrimonio, como para huir del ocio, que es la fuente y raíz de todos los males. Vos (esposa) habéis de estar sujeta a vuestro marido en todo: despreciareis el demasiado, y superfluo ornato del cuerpo, en comparación de la hermosura de las virtudes. Con gran diligencia habéis de guardar la hacienda: no saldréis de casa, si la necesidad no os llevare, y esto con licencia de vuestro marido: sed como vergel cerrado y fuente sellada por la virtud de la castidad. A nadie (después de Dios) ha de amar más, ni estimar más la mujer, que, a su marido, ni el marido más que a su mujer. Y así en todas las cosas que no contradicen a la piedad Christiana, se procuren agradar. La mujer condescienda con su marido, y siga su parecer: el varón, por tener paz, muchas veces pierda su derecho y autoridad. Sobre todo, pensad, como habéis de dar cuenta a Dios de vuestra vida, y de la de vuestros hijos, y de toda la familia. Tened entrambos grandes cuidados de enseñar a los de vuestra casa, el temor de Dios. Sed vosotros santos, y toda vuestra casa, pues es santo nuestro Dios y Señor; el cual os acreciente con gran sucesión, y después del curso de esta vida, os de la eterna felicidad, el que con él Padre y con el Espíritu santo vive y reina en los siglos de los siglos Amén..

Después a los mismos contrayentes, y a los testigos amoneste de esta suerte:

YO os requiero, y mando, que si os sentís tenar algún impedimento, por donde este matrimonio no pueda, ni deba ser contraído, ni ser firme, y legítimo, conviene a saber, si hay entre vosotros impedimento de consanguinidad, o afinidad, o espiritual parentesco, o de publica honestidad, si está ligado alguno de vosotros con voto de castidad, o Religión, o con desposorios, o matrimonio con otra persona: finalmente, si hay entra vosotros algún otro impedimento, que luego claramente lo manifestéis. L o mismo mando a los que están presentes . Segunda, y tercera vez os requiero, que, si sabéis algún impedimento, lo manifestéis libremente.

Y respondiendo no tener impedimento, que les estorbe el matrimonio, con la acostumbrada formula, Para en uno son, o conotra, pregunte en lengua vulgar, el Párroco a cada uno de lo: contrayentes en particular, primero su nombre, y después sobre su consentimiento.

A. la Esposa.

Sac. Señora N. ¿quiere al Señor N. por su legítimo esposo, y marido, por palabras de presente, como lo manda la Santa, Católica, y postolica Iglesia Romana?

 R . Si quiero.

Sac . ¿Se otorga por su esposa, y mujer,

R. Si me otorgo.

Sac. ¿Lo Recibe por su esposo, y marido?

R. Si lo recibo.

Luego al Esposo:

Sac. Señor N.; quiere a la Señora N.  por su legítima esposa y mujer por palabras de presente, corno lo manda la Santa, Católica, y Apostólica Iglesia Romana:

R. Si quiero.

Sac. ¿Se otorga per su esposo y marido?

R. Si me otorgo.

 Sac. ¿Recíbela por su esposa, y mujer?

R. Si recibo.

Certificado pues, el mutuo consentimiento de los contrayentes, el Sacerdote, mándeles que se denlas manos diestras, * él mismo, tomando la mano diestra del esposo, póngala sobre la diestra de la esposa.

Et ego ex parte Dei omnipotentis, et Apostolorum Petri, et Pauli, et sancta Matris Ecclesia;, vos matrimonio conjungo, et istud Sacramentum inter vos confirmo, in nomine Patris + et Filii + et + Spiritus Santi. Amen.

BENDICION N DEL ANILLO .

+Adjutoriuin nostrum in nomine Domini.

R. Quifccii caelum et terram.

+Domine exaudi orationem meam.

R. Et clamor meus ad te veniat.

+Dominus vobiscum.

R. Et cuín spiritu tuo.

OREMUS,

BEnedic + Domine anulum hunc, quem nos in tuo nomine benedicimus + ut quae eum gestaverit, fidelitatem integrain suo spo.iso tenens, in pace, et volúntate tua permaneat, atque in mutua charitate semper vivat. Per Christum,…etc .

R. Amen.

Después el Sacerdote rocía el anillo con agua bendita, en forma de Cruz: y el esposo, tomando el anillo de mano del Sacerdote, se ¡opone d su esposa en el dedo anular de la mano siniestra, bendiciendola, y diciendo en el Ínterin el

Sacerdote: In nomina Patris et Filij, et Spiritus Santi. Amén Añada despues:

Confirma hoc Dcus, quod operatus es in nobis.

R. A templo santo tuo quod est in Jerusalem.

+kirie eleison, Christe eleison Kyrie eleison.

+Pater noster…et ne nos inducas in tentaúcnem.

R. Sed libera nos a malo

+Salvos fac servos tuos

R. Deus meus sperantes in te.

+Mite eis domine auxilium de alto.

R.  Et de Sion tuere eos.

+ Esto eis Domine turris fortitudinis.

R. A facie inimici.

+Domine exaudi oraciom meam.

R. Et clamor meus Ad te venial.

+. Dominus vobiscum

R. Et cun spiritu tuo.

OREMUS.

Respice quesumus Dominr super os fámulos tuos, et institutis tuis, cuius propagationem humani generis ordinasti, benignus assiste, ut qui, te auctore junguntur, te auxiliante, serventur. Per Christiitjm Düminum nostrum. Amén.

 

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

La Parusía. Padre Juan Rovira. Mártir de la Guerra civil Española.

 


Señales próximas en el mundo

 

Señales próximas en el mundo

 

1ª) Voces o rumores acerca de la próxima venida de Cristo, de los cuales dijo el mismo Cristo Jesús: “Entonces si alguno os dijere: aquí está el Cristo o allí, no lo creáis; porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y harán prodigios, de suerte que engañarán, si es posible, aun a los mismos escogidos. Así, que si os dijeren: He aquí que en el desierto está, no lo creáis; he aquí que está en los recintos, no lo creáis. Porque como el relámpago sale del Oriente y se muestra hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del hombre.” (Mt. 24, 23-26; Mc. 21. 22; Lc. 17, 23-24).

2ª) Otra señal será, según las palabras de Cristo ya citadas, la aparición de falsos Cristos y falsos profetas, que no serán como Mahoma, que no hizo ningún milagro, sino que harán prodigios o portentos fingidos y aparentes, con los cuales inducirán a error y engañarán a los hombres.

3ª) El espíritu de apostasía e irreligión y de rebelión de que habla San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses (2, 3).

4ª) La venida de los dos testigos que, según la interpretación de muchos Santos Padres, son Elías y Enoc. La venida de Elías se predice expresamente en la profecía de Malaquías (4, 5-6): “He aquí que yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día del Señor grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres; no sea que yo venga y hiera la tierra con destrucción.” Y el mismo Cristo Jesús predijo también la futura venid de Elías (Mt. 17, 11): “Elías vendrá y restituirá todas las cosas.” Elías y Enoc, pues, predicarán a los judíos y a los gentiles. Estos dos testigos, según dice San Juan, enviados por Dios, predicarán y profetizarán por mil doscientos sesenta días, vestidos de sacos:

“Y si alguno les quisiere dañar, sale fuego de su boca, y devora a sus enemigos. Y si alguno les quisiere dañar, es preciso que así sea él muerto. Y éstos tienen poder para cerrar el cielo, que no llueva en los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuantas veces quisieren. Y cuando hubieren acabado su testimonio (esto es, después de los mil doscientos sesenta días), la bestia que sube del abismo (esto es el Anticristo) hará guerra contra ellos y los vencerá y matará, y sus cuerpos yacerán en la plaza de la ciudad grande, que se llama espiritualmente Sodoma y Egipto donde su Señor fue crucificado. (Es la ciudad de Jerusalén, pero no la llama así a causa de su maldad). Y los de los diversos pueblos y tribus y lenguas y gentes, verán sus cuerpos tres días y medio, y no permitirán que sus cuerpos sean puestos en sepulcros. Y los moradores de la tierra se alegrarán sobre ellos y se regocijarán y se enviarán regalos unos a otros, porque estos dos profetas atormentaron a los que moran sobre la tierra. Mas después de tres días y medio entró en ellos espíritu de vida enviado de Dios y se alzaron sobre sus pies, cayó gran temor sobre los que los vieron. Y oyeron una gran voz desde el cielo que les decía: Subid acá, y subieron al cielo en una nube y sus enemigos los vieron. Y a la misma hora fue un gran terremoto en toda la tierra, y cayó la décima parte de la ciudad, y murieron en el terremoto 7.000 hombres y los demás, llenos de temor, dieron gloria al Dios del cielo” (Ap. 11, 3-13).

5ª) En fin, otra señal será el Anticristo, llamado así por antonomasia, el que San Pablo llama hombre de pecado o de rebelión e hijo de perdición, “el que se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora, hasta el punto de sentarse él en el templo de Dios y mostrarse y aparecer como si fuese Dios; aquel inicuo, cuya venida será, según la operación de Satanás, con grande poder y con señales y milagros mentirosos y con todo engaño de iniquidad” (2 Tes. 2, 3-9).

Esta es la bestia de que habla San Juan en el Apocalipsis, capítulo trece (no que haya de ser una bestia, sino un hombre malo), la bestia a quien el dragón (el demonio) le dio todo su poder y su trono y su potestad y una de sus cabezas como herida de muerte, y la herida de muerte fue curada, “y se admiraron las gentes de toda la tierra y adoraron al dragón que dio la potestad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién es semejante a la bestia? Y ¿quién podrá pelear con ella?” Cuatro cosas dice San Juan que se le dieron a la bestia, permitiéndolo así Dios.

– Diósele potestad de obrar durante cuarenta y dos meses (o sea tres años y medio o mil doscientos sesenta días, como se dice en otros textos).

– Diósele una boca que habla grandezas y blasfemias; “y prorrumpió en blasfemias contra Dios para blasfemar su nombre y su tabernáculo y a los que moran en el cielo.”

– Diósele, por permisión divina, el hacer la guerra contra los santos y el vencerlos.

– Diósele, en fin, potestad pobre toda tribu y pueblo y lengua y gente: “y le adoraron todos los habitantes de la tierra; todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.”

A esta bestia, el Anticristo, se añade la segunda bestia, el Falso Profeta, que será como lugarteniente del Anticristo. Dice, pues, San Juan, que vio otra bestia que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como el dragón:

“Y ésta ejercía el poder de la primera bestia en presencia de ella, y hacía que la tierra y los habitantes de ella adorasen a la primera bestia, cuya herida de muerte fue curada. Y hacía grandes señales, hasta el punto de hacer bajar fuego del cielo a la tierra delante de los hombres, y con las señales que hacía engañaba a los moradores de la tierra, mandándoles que hiciesen una imagen de la bestia, que tenía la herida de muerte, y vivió (el Anticristo). Y fuele dado que diese espíritu a la imagen de la bestia (sin duda, por arte diabólico) para que la imagen de la bestia hable. Y hará que cualesquiera que no adoraren la imagen de la bestia sean muertos. Y hará que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se pongan una marca en su mano derecha o en sus frentes, y que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la señal o el nombre de la bestia o el número de su nombre. Y este número es seiscientos sesenta y seis.” Sin duda, este número es simbólico, como dan a entender las palabras de San Juan (Ap. 13, 12-18).

Tal es el carácter del Anticristo y del Falso Profeta y tal es la terrible persecución que levantarán contra los buenos. Algunos de estos rasgos característicos del Anticristo, las blasfemias o palabras contra el Altísimo, el conculcar los santos del Altísimo, los hallamos también en la profecía de Daniel sobre las cuatro bestias (Dn. 7, 23-28). Según esto, será, pues, el Anticristo un rey poderoso que recibirá la potestad del dragón o del diablo, por permisión divina, que tendrá por lugarteniente al Falso Profeta y reinará en toda la tierra y será adorado por todos los habitantes de ella menos por los escogidos, los que tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero; y por eso perseguirá a los santos, mas no sin castigo de Dios; pues como allí mismo se dice: “El que lleva a otros en cautividad irá él en cautividad; el que a cuchillo matare, es preciso que a cuchillo sea muerto” (Ap. 13, 10).

Mas no será el Anticristo el único rey en la tierra, puesto que San Juan habla también de otros diez reyes que tendrán poder juntamente con la bestia, los cuales tienen un mismo consejo y darán su poder y su autoridad a la bestia (Ap. 17, 12-13).

Habrá entonces otras calamidades y plagas o castigos de Dios que describe San Juan en el capítulo 16, y habrá también grandes guerras. Porque los diez reyes y la bestia o el Anticristo, tomarán y asolarán é incendiarán la ciudad de Babilonia, metrópoli del vicio, la gran ciudad que tiene su reino sobre los reyes de la tierra y con la cual prevaricaron los reyes de la tierra (Ap. 17), cuya ruina y castigo se describe en Ap. 18. Por fin, se juntarán los reyes y el Anticristo para pelear contra el Cordero (Cristo) y el Cordero los vencerá porque Él es el Señor de los señores y el Rey de los reyes; y los que están con Él son llamados, escogidos y fieles (Ap. 17, 14).

Y así, dice San Juan que vio tres espíritus inmundos a manera de ranas que salieron de la boca del dragón y de la boca de la bestia y de la boca del pseudoprofeta, y que hacían señales para ir a los reyes de la tierra y de todo el mundo para congregarlos para la batalla de aquel gran día de Dios Todopoderoso. Y los congregó en el lugar que en hebreo se llama Armagedón (Har Mageddo: “montaña de Megido”).

No es probable que el Anticristo y los reyes y ejércitos se junten para pelear contra Cristo en su persona, puesto que Cristo estará aún en el cielo; sino más bien para pelear contra Cristo en la persona de sus siervos y seguidores; lo cual parece indicar que se habrá formado ya un núcleo de resistencia, de partidarios de Cristo contra el Anticristo. Probablemente se habrá formado este núcleo en Jerusalén, quizá entre los judíos convertidos por Elías, y esto parece indicarlo el profeta Zacarías, capítulos doce y catorce, pues dice que el Señor reunirá todas las gentes en batalla contra Jerusalén, y la ciudad será tomada y saqueadas sus casas y la mitad de la ciudad irá en cautiverio. Y saldrá el Señor y peleará con aquellas gentes como en el día de su batalla.

“Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande”; y luego añade: “Y acontecerá que en ese día no habrá luz clara, ni oscura. Será un día, el cual es conocido de Jehová, que no será ni día ni noche; pero sucederá que al caer la tarde habrá luz.” (Zac. 14, 4; 6-7).

Y esto mismo se insinúa en la profecía de Joel, capítulo 3, donde dice que el Señor juntará todas las gentes y las hará descender al valle de Josafat, a causa de su pueblo y de Israel, su heredad. Cuando, pues, el Anticristo con sus reyes y sus partidarios se junten para pelear contra el Cordero, esto es, contra los seguidores de Cristo, los judíos convertidos y sus auxiliares, entonces bajará el mismo Cristo para defender a los suyos, para vencer y quebrantar y derrocar al Anticristo, y entonces será la Parusía.

 

Señales próximas en el cielo

 

A estas señales próximas de la Parusía en el mundo o en la sociedad humana, se juntarán otras señales en el cielo, que predijo Cristo en su Evangelio y tráelas también Joel en su profecía. Y luego, después de la aflicción de aquellos días (la aflicción y persecución del Anticristo a la que alude el Señor en Mt. 24, 21-22), el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas (Mt. 24, 29; Mc. 13, 24-25). Señales semejantes antes del día del Señor las traen también Isaías y Joel en sus profecías (Is. 13, 9-11; Jl. 2, 30-31; 3, 15).

 

Carácter de la Parusía

 

Antes de hablar de la misma Parusía o Segunda Venida de Cristo, bueno es que examinemos el carácter y el fin de esta Venida. En la Sagrada Escritura suele esta Venida compararse con la siega, después de la cual se separa el trigo de la cizaña, como en la parábola de la cizaña (Mt. 13, 24-30; 36-43), y asimismo en Mc. 4, 26-29; y en el Apocalipsis se describe al Hijo del hombre que viene sobre las nubes con corona de oro en la cabeza y con una hoz en la mano como para segar (Ap. 14, 14-20).

Compárese con la trilla, y así San Juan nos pinta a Cristo con el ventalle en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja (Mt. 3, 11-12). Compárese con la pesca, después de la cual se escogen los peces buenos y se separan de los malos, como en la parábola de la red (Mt. 13, 47-50) y en la segunda pesca milagrosa (Jn. 21, 6-11). Compárese a un banquete nupcial al que son convidados muchos, pero muchos se excusan, y del cual son excluidos los indignos, como en la parábola de los convidados (Mt. 22, 1-14; Lc. 14, 16-24; Ap. 19, 9) y en la de las vírgenes prudentes y necias (Mt. 25, 1-13). Compárese con un señor, un rey que se va a conquistar y a tomar posesión de su reino, y que vuelve y pide cuenta a sus siervos del empleo de los talentos que les dejó (Mt. 25, 14-30; Lc. 19, 12-27). Compárese a un pastor que discierne y separa su ganado, los cabritos de las ovejas (Mt. 25, 31-46). Descríbase, en fin, como una guerra contra los enemigos y rebeldes, como aparece en Mt. 22, 7; Lc. 19, 14-27, y más claramente en Joel 3, 2; 9-13; Zac. 14, 2-4, y en Ap. 19, 11-21. Tiene, pues, la Parusía o Venida de Cristo un triple aspecto o carácter:

1°) Carácter de juicio, de discreción y separación de buenos y malos, y de justa remuneración y retribución de unos y de otros, como en algunos de los textos ya citados y en algunos otros (Mt. 16 28; Rm. 2, 5-10; 1 Cor. 3, 13-15; 2 Cor. 5, 10; 2 Tes. 1, 7-10.

2°) Carácter de guerra para quebranto y destrucción de los malos.

3°) Carácter de auxilio y socorro y salvación para los buenos, como dice San Pablo en su carta a los Hebreos 9, 28. Cristo se ofreció una vez para quitar los pecados de muchos (en su primera Venida), la segunda vez sin pecado (esto es, sin ofrecerse por el pecado) aparecerá a los que esperan en Él para la salud.

De ahí es que el mismo Cristo propone su venida como un bien y motivo de consuelo para loa justos, como dice en San Lucas 21, 28. “Y cuando comenzaren a hacerse estas cosas (las señales próximas de la Parusía de que habló antes), mirad y alzad vuestras cabezas, porque ya está cerca vuestra redención… Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolos, entendéis de ahí que ya está cerca el verano. Así también vosotros cuando viereis que acaecen estas cosas, sabed que ya está cerca el Reino de Dios.”

Según eso, pues, será la Parusía juicio o separación y debida retribución de los buenos y los malos; ruina y destrucción de los malos, un banquete de las bodas del Cordero Cristo Jesús con la Santa Iglesia su esposa, al que serán admitidos los buenos. Pero veamos más en particular los diversos pormenores de la Parusía.

 

Venida gloriosa de Cristo

 

La Parusía no es otra cosa, según dijimos, sino la segunda venida de Cristo. Vendrá Cristo Jesús del cielo adonde subió en su gloriosa ascensión (Act. 1, 9-11), mas no vendrá como vino la primera vez cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, cuando nació de Santa María Virgen en el portal de Belén y fue reclinado en un pesebre, cuando, en fin, se hizo en todo semejante a los hombres menos en el pecado, de tal suerte que era tenido por el hijo del carpintero; antes vendrá y aparecerá con gloria, con la gloría y esplendor de su divinidad como Él mismo dijo a sus apóstoles. Y entonces, esto es, después que el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz y las estrellas caerán, entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre (probablemente la Cruz), y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria (Mt. 24, 30; Mc. 13, 26, y Lc. 21, 27); y lo mismo dijo el Señor a Caifás: “Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios y venir sobre las nubes del cielo” (Mt. 26, 64).

Y del mismo modo se describe la Venida de Cristo en Apocalipsis 1, 7 y en la primera carta a los Tesalonicenses 4, 16 donde dice San Pablo que el Señor, con voz de imperio y con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Pero entre todas campea la descripción que de esta Venida nos hace el Apóstol San Juan en el capítulo diecinueve del Apocalipsis, en donde lo describe como rey guerrero que va a pelear contra el Anticristo, que juntó sus tropas para pelear con el Cordero, según vimos antes.

Dice, pues, así: “Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado en el caballo es llamado Fiel y Veraz, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos como llama de fuego y sobre su cabeza muchas coronas y tiene un nombre escrito que nadie lo sabe sino Él, y estaba vestido de una ropa teñida en sangre, y llámase su nombre el Verbo de Dios, y los ejércitos del cielo le seguían, sobre caballos blancos, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, y de su boca sale una espada aguda, para herir con ella las gentes; y Él las regirá con vara de hierro, y Él pisa el lagar del vino del furor y de la ira de Dios Omnipotente, y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de los señores” (Ap. 19, 11-16).

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

Dos minutos para entender el sufrimiento de Monseñor Lefebvre

La Parusía. Padre Juan Rovira. Mártir de la Guerra civil Española.

 


LA PARUSIA (PRIMERS PARTE)

Es este nombre griego derivado del verbo pareimi, “estar presente”, y significa presencia, advenimiento, y con él se designa en los Libros Sagrados del Nuevo Testamento el Segundo Advenimiento de Cristo Señor Nuestro para juzgar a los hombres. De la Parusía no sabemos otra cosa sino lo que se nos dice en los Libros Santos.

Realidad de la Parusía

Cristo, el Mesías y Redentor prometido al género humano al principio de los tiempos (Gn. 3, 15) es el Verbo de Dios que se hizo carne (Jn. 1, 14) y habitó entre los hombres y padeció y murió por la salud de los hombres en la plenitud de los tiempos, y el mismo Cristo que subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, vendrá desde allí a juzgar a los hombres en el fin de los tiempos.

Dos son, pues, las Venidas de Cristo; la una en la plenitud de los tiempos; la otra al fin de los tiempos; la primera para enseñar al hombre con sus palabras y con su ejemplo, para padecer y morir por el hombre, para salvar a los hombres; la segunda para juzgar a los hombres y dar a cada uno según sus obras, a los buenos premio eterno porque guardaron sus santos mandamientos y a los malos pena eterna porque no los guardaron. Esta Segunda Venida de Cristo es un artículo de nuestra santa fe, que se contiene en aquel artículo del Credo: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, y se predice en muchos textos de la Sagrada Escritura, de los cuales bastará traer algunos.

Así, San Pablo habla de las dos venidas (Heb. 9, 28). Cristo se ofreció una vez para quitar los pecados de muchos; la segunda vez fuera del pecado, esto es, sin ser expiación por el pecado, aparecerá a los que esperan en Él, para su salvación; y el mismo Cristo dice en San Mateo (16, 27): el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. Y después de la Ascensión de Cristo, según se refiere en el libro de los Hechos de los apóstoles (1, 10-11),

mientras estaban los discípulos mirando al cielo, entre tanto que Él se iba, he aquí que dos varones con vestidos blancos se pusieron junto a ellos y les dijeron: “Varones de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá, así como le habéis visto subir al cielo.” Así, pues, como Cristo subió al cielo el día de la Ascensión, así ha de volver a venir, y este es el Segundo Advenimiento, la Parusía.

Hora de la Parusía

Cuanto, al tiempo y hora de la Parusía, cuatro cosas se nos dicen en las Sagradas páginas: a) Lo primero, que será pronto. b) Lo segundo, que no es inminente. c) Lo tercero, que su hora es desconocida. d) Lo cuarto, que será súbita e inesperada.

1º) Que será pronto, se nos dice en la epístola de Santiago (5, 8): “Tened también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones porque la venida del Señor se acerca.” Y más claro en el Apocalipsis (22, 20). Así dice el que da testimonio de estas cosas: “Ciertamente vengo en breve.” Mas estas palabras: se acerca, pronto, en breve, han de entenderse relativamente, parece indicarlo San Pedro en su segunda carta (3, 8): “No se os esconda esto, carísimos, que un día delante del Señor, es como mil años y mil años como un día”.

2º) De aquí, pues, se deduce ya que la Parusía, aunque hubiera de ser pronto o en breve, no por eso era inminente. Y esto es lo que dice el Apóstol San Pablo en su segunda carta a los fieles de Tesalónica. Por lo visto algunos habían alborotado a los Tesalonicenses o por medio de falsas revelaciones, o tal vez por medio de cartas, anunciándoles y persuadiéndoles la proximidad inminente de la Parusía o Segundo Advenimiento del Señor, y turbándoles con estos prenuncios y predicciones.

San Pablo les escribió una carta en la que les dice (2 Tes. 2, 1-2): “Os rogamos, hermanos, que cuanto, a la venida de Nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con Él, no os mováis fácilmente de vuestro sentir ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabras, ni por cartas enviadas a nombre nuestro; como si el día del Señor estuviese cerca.” Y luego, en los versos siguientes, les prueba que esta venida no es inminente, porque antes de ella han de suceder otras cosas que allí pone: la apostasía y la rebelión, y la manifestación del hombre del pecado, y se remite a las enseñanzas que sobre esto les habrá dado de palabra.

Y el mismo Cristo dice expresamente que antes de su Advenimiento y de la consumación se ha de predicar su Evangelio en todo el mundo (Mt. 24, 14). “Y será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo en testimonio a todas las gentes, y entonces vendrá la consumación.” Así, pues, los Apóstoles no miraban como inminente la venida del Señor. En realidad, ellos ignoraban el tiempo de la Parusía, puesto que:

3º) La hora de la Parusía es ignorada de todos, como dice el mismo Cristo (Mt. 24, 36): “Aquel día y aquella hora nadie la sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, sino sólo el Padre.” Claro está que Cristo, Hijo de Dios, y un solo Dios con el Padre, que recibe del Padre toda la naturaleza divina y el entendimiento y la ciencia divina y, en fin, todo lo que tiene el Padre (Jn. 16, 15), sabe y conoce también el tiempo y la hora de la Parusía. Y si se dice que no lo sabe, como en San Marcos (13, 32), ha de entenderse que no lo sabe para comunicarlo y revelarlo a los hombres, según lo declaró ya San Gregorio Magno (590-604) contra los agnoetas. Porque siendo Él, como es, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, Él comunica a este Cuerpo Místico la potestad, la doctrina y la gracia.

Mas este conocimiento del tiempo de la Parusía no lo comunica ni lo revela y, por lo tanto, este conocimiento no pertenece en modo alguno al depósito de la revelación. De donde se sigue que los Apóstoles que, como tales, no predicaban sino lo contenido en el depósito de la revelación, la doctrina que habían recibido de Cristo, no pudieron en modo alguno, ni en sus enseñanzas apostólicas, ni en sus escritos inspirados señalar o precisar el tiempo y hora de la Parusía.

Recientemente con este motivo se suscitaron algunas opiniones erróneas o inexactas que motivaron algunas decisiones de la Santa Sede. Porque unos, fundándose quizá en el texto citado de San Marcos (13, 32) o, más bien, en las sentencias u opiniones de algunos Santos Padres, pretendieron limitar la extensión de la ciencia humana de Cristo.

 

Contra los cuales la Suprema Congregación del Santo Oficio dio el decreto del 5 de junio de 1918, en el cual, entre otras, prohíbe enseñar esta proposición: “No es cierta la sentencia que afirma que el alma de Cristo no ignoró nada, sino que desde el principio conoció en el Verbo todas las cosas presentes, pasadas y futuras, o sea todo lo que Dios conoce por la ciencia de visión.” Luego, al contrario, podemos afirmar con certeza que el alma de Cristo no ignoró nada, sino que desde el principio conoció en el Verbo todas las cosas presentes, pasadas y futuras.

El otro error se refiere a las afirmaciones de los Apóstoles y, en especial, de San Pablo acerca de la Parusía. Dijeron, pues, algunos, que los Apóstoles y, en particular San Pablo, en sus escritos inspirados, aunque sin enseñar ningún error, expresaban o podían expresar su propio sentir acerca de la proximidad de la Parusía. Mas la Comisión Bíblica Pontificia, en sus respuestas del 18 de junio de 1915, dio las siguientes decisiones:

 

1ª) Que a ningún exégeta católico le es permitido afirmar que los Apóstoles, si bien bajo la inspiración del Espíritu Santo no enseñan error alguno, expresan no obstante sus propios sentimientos humanos, en los que puede deslizarse error o engaño.

 

2ª) Que, considerada de una parte la verdadera noción del ministerio apostólico y la fidelidad de San Pablo en su misión apostólica, y de otra parte, el dogma de la inspiración, según el cual todo lo que afirma, enuncia o insinúa el escritor sagrado, lo afirma, enuncia e insinúa el Espíritu Santo; examinados, además, los textos de las cartas de San Pablo y su modo de hablar, que concuerda con el de Cristo Señor Nuestro, debe afirmarse que San Pablo en sus escritos no dijo nada que no esté conforme con aquella ignorancia del tiempo de la Parusía, que, según dijo Cristo, es propia de los hombres.

 

3ª) Que en ningún modo hay que rechazar como rebuscada o destituida de todo fundamento la interpretación tradicional fundada en la recta inteligencia del texto griego y en la interpretación de los Santos Padres, y en especial de San Juan Crisóstomo, sobre el capítulo cuarto de la primera carta a los Tesalonicenses, en los versículos 15-17. Es de advertir que en este texto se fundaban principalmente los de la opinión contraria que rechaza la Comisión Bíblica. Describe este texto la Parusía, y dice así: “El mismo Señor, con imperio y con voz de Arcángel y con trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire” (1 Tes. 4, 16-17).

 

De este texto pretendían deducir que San Pablo pensaba que la Parusía había de ser muy pronto viviendo todavía él o viviendo los Tesalonicenses, a quienes escribía la carta. Mas el texto griego no dice: “Nosotros, los que vivimos”, los que quedamos, sino que lo dice en participio: “Nosotros, los vivientes”, esto es, los que vivieren, los que quedaren. No dice, pues, ni insinúa que la Parusía había de ser pronto o que él o los Tesalonicenses habían de verla.

 

4ª) Por último, la hora de la Parusía será también súbita e inesperada. El día del Señor vendrá como el ladrón. Así lo dicen San Pedro, 2 Pe. 3, 10, y San Pablo, 1 Tes. 5, 2, y San Juan en su Apocalipsis, 16, 15, y el mismo Cristo, en su Evangelio, compara el tiempo de la Parusía con los días de Noé y con los días de Lot, Lc. 16, 26-30: “Y como sucedió en los días de Noé, así será en los días del Hijo del hombre. Comían y bebían, tomaban esposas y se casaban, hasta el día que entró Noé en el arca: y vino el diluvio, y los hizo perecer a todos. Y asimismo, como sucedió en los días de Lot; comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban. Mas el día que salió Lot de Sodoma llovió fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Así, pues, será el día en que apareciere el Hijo del hombre” (Mt. 24, 38-39). Será su venida inesperada como un lazo que vendrá sobre todos los que habitan en la tierra (Lc. 21, 35); será súbita como el rayo que sale del Oriente y se muestra hasta el Occidente (Mt. 24, 27; Lc. 17, 24).

 

Podría sí preguntarse cómo es que la venida de Cristo podrá ser inesperada, siendo así que han de precederle tantas señales como veremos luego. A esto se responde que será inesperada, según dice el mismo Cristo, como fue inesperado el diluvio en los tiempos de Noé. Porque no faltaban ciertamente entonces señales y predicciones del diluvio. Y el mismo Noé que se lo anunciaba y que por orden de Dios construía aquella gran arca, para salvarse en ella con su familia y los animales, qué otra cosa era sino una predicción viviente y continua del castigo de Dios.

Pero los hombres no hicieron caso de aquellas predicciones (2 Pe. 3, 20) y se fueron acostumbrando a ellas, y así cuando vino el diluvio les cogió desprevenidos. Y esto mismo sucederá con el advenimiento de Cristo que, al ver las señales próximas de su venida, la mayor parte de los hombres, acostumbrados a juzgar de las cosas con criterio meramente natural, mirarán aquellas señales como fenómenos de la naturaleza, como efectos de la corrupción y perversidad humana, y así la venida de Cristo les cogerá de improviso y desprevenidos.

Señales de la Parusía

Aunque Cristo Señor Nuestro dijo que la hora de su Venida era desconocida, dio, con todo, a sus discípulos, y en ellos a nosotros, algunas señales por las que pudiese de algún modo vislumbrarse la proximidad de su Venida. Estas señales son de diversas clases; las unas remotas, las otras próximas; unas en el cielo, otras en la tierra; unas en la naturaleza, otras en la sociedad humana. Hablaremos primero de las remotas y generales, luego de las próximas y más especiales y determinadas.

Señales remotas

Señales remotas de la venida de Cristo son:

 

1ª) Las guerras, hambres, pestes, terremotos, de las cuales, dice: “Oiréis guerras y rumores de guerras: mirad que no os turbéis, porque es menester que todo esto acontezca, más aún no es el fin. Porque se levantará gente contra gente y reino contra reino, y habrá pestilencias y hambres y terremotos. Y todas estas cosas son los comienzos de los dolores.” (Mt. 24, 6-7; Mc. 13, 7-8; Lc. 21, 9-11).

 

2ª) Las persecuciones y martirios de los Apóstoles y de los Siervos de Dios, de que dice: “Entonces os entregarán para ser afligidos y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.” (Mt. 24, 9; Mc. 13, 13; Lc. 21, 12).

 

3ª) Los escándalos y persecuciones y martirios, los odios y discordias: “Y muchos entonces serán escandalizados, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.” (Mt. 24, 10; Mc. 13, 12; Lc. 21, 16-19).

 

4ª) La seducción de los falsos profetas, como fue, por ejemplo, Mahoma: “Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos.” (Mt. 24, 11).

 

5ª) “Consecuencia de todo esto será el acrecentarse la maldad y el enfriarse la caridad: Y por haberse acrecentado la maldad se enfriará la caridad de muchos. Mas el que perseverare hasta el fin, este será salvo.” (Mt. 24, 12, 13).

 

6ª) “Jerusalén será destruida y será hollada y conculcada por las gentes hasta que se cumplan los tiempos de las naciones.” (Lc. 21, 20-24).

 

7ª) La predicación del Evangelio por todo el mundo: “Y será predicado este Evangelio en todo el mundo, en testimonio a todas las gentes; y entonces vendrá la consumación.” (Mt. 24, 14).

P. Juan Rovira S.J.

 

Juan Rovira nació en Palma de Mallorca el 4 de octubre de 1877. Entró en la Compañía de Jesús el 25 de noviembre de 1895. Cursó Filosofía en Veruela (Zaragoza), Tortosa y Granada, obteniendo el grado académico en 1904. Estudió Teología en Tortosa, donde fue ordenado sacerdote el 26 de julio de 1909. Entre 1912 y 1914 se formó en el Instituto Bíblico de Roma. En 1916 enseñó Antiguo Testamento en el Colegio Máximo de Sarriá, Barcelona, además de hebreo y Arqueología bíblica. Entre 1916 y 1920 tuvo a su cargo las lecciones sacras en la iglesia del Sagrado Corazón. En 1928 fue enviado a Tortosa teniendo como Superior al P. Audí, su compañero en el martirio, sucedido el 5 de septiembre de 1936.

 

 

 

martes, 3 de noviembre de 2020

EL SERCRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO. SAN LUIS MARIA GRIGNION DE MONTFORT

 


32a Rosa

100) Santo Domingo tenía un primo, llamado Don Pero o Pedro, que llevaba una vida muy disoluta. Habiendo oído que el Santo predicaba las maravillas del Rosario y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio, dijo: "Había perdido la esperanza de mi salvación, pero comienzo a tomar confianza, es preciso que yo oiga a ese hombre de Dios."

Asistió, pues, un día al sermón de Santo Domingo. El Santo, al verle, redobló su ardor en atacar los vicios y rogó a Dios, desde lo íntimo de su corazón, que abriese los ojos de su primo para que conociera el estado miserable de su alma.

Don Pero se asustó desde luego, pero no se resolvió a convertirse; volvió, sin embargo, a la predicación del santo, y éste, viendo que este corazón endurecido no se convertiría sin algo extraordinario, gritó en alta voz: "Señor Jesús, haced ver a todo este auditorio el estado en que se encuentra el que acaba de entrar en vuestra casa."

Entonces todo el pueblo vio a Don Pero rodeado de una multitud de diablos en forma de bestias horribles que le tenían atado con cadenas de hierro; huyeron todos, unos por aquí, otros por allá, y fue para él espantoso verse objeto del horror de todos. Santo Domingo hizo que todos se detuvieran, y dijo a Don Pero: "Conoced, desgraciado, el deplorable estado en que os encontráis; arrojaos a los pies de la Santísima Virgen. Tomad este Rosario, rezadlo con devoción y arrepentimiento de vuestros pecados y resolveos a cambiar de vida."

Se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió movido a confesarse, lo que hizo con una gran contrición. El Santo le ordenó que rezase todos los días el Santo Rosario, y él prometió hacerlo y se inscribió en la Cofradía; su cara, que antes había asustado a todos, al salir de la iglesia aparecía brillante como la de un ángel. Perseveró en la devoción al Santo Rosario, llevó una vida arreglada y murió dichosamente.

33a Rosa

101) Predicando Santo Domingo el Rosario cerca de Carcasona, le llevaron un hereje albigense poseso; el Santo le exorcizó en presencia de una gran muchedumbre; se cree que le escuchaban más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a este miserable estaban obligados a responder, a su pesar, a las preguntas del Santo, que les hizo decir:

1) Que eran quince mil los que había en el cuerpo de aquel miserable, porque había atacado los quince misterios del Rosario.

2) Que, con el Rosario, que él predicaba, llevaba el terror y el espanto a todo el infierno, y que era el hombre que más odiaban en todo el mundo a causa de las almas que les quitaba con la

devoción del Rosario.

3) Revelaron otra porción de particularidades.

Santo Domingo arrojó su Rosario al cuello del poseso y les preguntó a cuál de los santos del cielo temían más y cuál debía ser más amado y honrado por los hombres.

A esta pregunta prorrumpieron en gritos tan espantosos que la mayor parte del auditorio cayó en tierra sobrecogida de espanto. Entonces los espíritus malignos, para no responder, lloraban y se lamentaban de un modo tan lastimero y conmovedor que muchos de los asistentes, movidos por natural piedad, lloraban también. Los demonios decían por boca del poseso con voz lastimera: "¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño!

Tú que tienes compasión de los pecadores y miserables, ¡ten piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!"

102) El Santo, sin inmutarse por las dolientes palabras de estos desgraciados espíritus, les respondió que no cesaría de atormentarles hasta que hubieran respondido a la pregunta.

Dijeron los demonios que contestarían, pero en secreto y al oído y no delante de todos.

Insistió el Santo, ordenándoles que hablasen muy alto. Los diablos no quisieron decir palabra a pesar de la orden que les había dado.

Entonces el Santo, puesto de rodillas, hizo a la Santísima Virgen esta oración: "O excellentissima Virgo Maria, per virtutem psalterii et rosarii tui, compelle hos humani generis hostes questioni meae satisfacere." "Oh excelentísima Virgen María, por la virtud de tu salterio y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano que contesten a mi pregunta."

Hecha esta oración, una llama ardiente sale de las orejas, la nariz y la boca del poseso y hace temblar a todos, pero a nadie hace mal. Entonces los diablos exclamaron: "Domingo, te rogamos, por la pasión de Jesucristo y por los méritos de su santa Madre y los de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir nada, porque los ángeles cuando tú quieras te lo revelarán. Nosotros somos embusteros. ¿Por qué quieres creernos? No nos atormentes más, ten piedad de nosotros."

"Desgraciados sois" dice Santo Domingo, y, arrodillándose, dirigió esta oración a la Santísima Virgen: "O Mater sapientiae dignissima et de cujus salutatione quomodo illa fieri debeat jam

edoctus est populus; pro salute populi circumstantis rogo: Coge hosce tuos adversarios, ut plenam et sinceram veritatem palam hic profiteantur" (1). Apenas había terminado esta oración,

cuando vio cerca de él a la Santísima Virgen, rodeada de una multitud de ángeles, que con una varilla de oro que tenía en la mano golpeaba al endemoniado, diciéndole: "Contesta a la pregunta de mi servidor Domingo." Hay que advertir que el pueblo no veía ni oía a la Santísima Virgen, sino solamente Santo Domingo.

103) Entonces los demonios comenzaron a gritar, diciendo: "O inimica nostra, o nostra damnatrix, o nostra inimica, o nostra damnatrix, o confusio nostra, quare de coelo descendisti, ut nos hic ita torqueres? Per te quae infernum evacuas et pro peccatoribus tanquam potens advocata exoras; o Via coeli certissima et securissima, cogimur sine mora et intermissione ulla, nobis quamvis invitis, et contra nitentibus, totam rei proferre veritatem. Nunc declarandum nobis est simulque publicandum ipsum medium et modus quo ipsimet confundamur, unde vae et maledictio in aeternum nostris tenebrarum principibus.

Audite igitur vos, christiani. Haec christi Mater potentissima est in preservandis suis servis quominus precipites ruant in baratrum nostrum inferni. Illa est quae dissipat et enervat, ut sol, tenebras omnium machinarum et astutiarum nostrarum, detegit omnes fallacias nostras et ad nihilum redegit omnes nostras tentationes. Coactique fatemur neminem nobiscum damnari qui ejus sancto cultui et pio obsequio devotus perseverat. Unicum ipsius suspirum, ab ipsa et per ipsam sanctissimae Trinitati oblatum, superat et excedit omnium sanctorum preces, atque pium et sanctum eorum votum et desiderium, magisque eum formidamus quam omnes paradisi

sanctos; nec contra fideles ejus famulos quidquam praevalere possumus.

Notum sit etiam vobis plurimos christianos in hora mortis ipsam invocantes contra nostra jura salvari, et nisi Marietta illa obstitisset nostrosque conatus repressisset, a longo jam tempore totam Ecclesiam exterminassemus, nam saepissime universos Ecclesiae status et ordines a fide deficere fecissemus. Imo planius et plenius vi et necessitate compulsi, adhuc vobis dicimus, nullum in exercitio Rosarii sive psalterii ejus perseverantem aeternos inferni subire cruciatus.

Ipsa enim devotis servis suis veram impetrat contritionem qua fit ut peccata sua confiteantur, et eorum indulgentiam a Deo consequantur."

104) "¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que, por ti, ¡oh abogada de los pecadores, a quienes sacas del infierno; oh camino seguro del cielo!, ¿seamos obligados -a pesar nuestro- a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas! ¡Oíd, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. La tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores.

Tened también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. ¡Ah! Si esta Marieta - así la llamaban en su furia- no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a

todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión -obligados por la violencia que nos hacen- que nadie que persevere en el rezo del Rosario se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos."

Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todo el pueblo muy lenta y devotamente, y a cada avemaría que el santo y el pueblo rezaban -¡cosa sorprendente!- salían del cuerpo de este

desgraciado una gran multitud de demonios en forma de carbones encendidos. Y cuando salieron todos los demonios y el hereje se vio completamente libre, la Santísima Virgen dio,

aunque invisiblemente, su bendición a todo el pueblo, que con ello experimentó sensiblemente gran alegría. Este milagro fue causa de la conversión de gran número de herejes, que incluso se inscribieron en la Cofradía del Santo Rosario.

34a Rosa

105) ¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, ganó a los albigenses bajo la protección de Nuestra Señora del Rosario?: fueron tan notables que jamás ha visto el

mundo cosa parecida. Con quinientos hombres desbarató un ejército de diez mil herejes. Otra vez con treinta venció a tres mil. Después, con mil infantes y ochocientos de caballería, hizo

pedazos el ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres, perdiendo solamente ocho soldados de infantería y uno de caballería.

106) ¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a Alano de Lanvallay, caballero bretón que combatía por la fe contra los albigenses! Un día que se hallaba rodeado por todas partes de

enemigos, la Santísima Virgen lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras y le libró de sus manos.

Otro día en que había naufragado su navío y estaba ya próximo a sumergirse, esta bonísima Madre hizo emerger ciento cincuenta colinas, por encima de las cuales llegó a Bretaña; y en memoria de los milagros que había hecho en su favor la Santísima Virgen, como recompensa del Rosario que diariamente le rezaba, fundó en Dinan un convento para religiosos de Santo Domingo y, después de hacerse él mismo religioso, murió santamente en Orleans.

107) Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo huir compañías enteras de herejes y de ladrones con su Rosario y con la espada al brazo. Sus enemigos, después de vencidos, le

aseguraron haber visto resplandecer su espada, y una vez en su brazo un escudo que tenía pintadas las imágenes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, que le hacían invencible y le daban fuerza para atacar.

En cierta ocasión, con diez compañías venció a veinte mil herejes sin perder ninguno de sus soldados, lo que impresionó de tal modo al general del ejército enemigo, que fue a ver a Otero, abjuró de sus herejías y declaró que le había visto cubierto de armas de fuego durante el combate.