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miércoles, 11 de septiembre de 2019

CARTA A LOS CATOLICOS PERPLEJOS


"La sotana no hace al monje, pero lo distingue"
V
A los católicos que sienten que se están operando transformaciones radicales les resulta difícil resistir la insistente propaganda, común a todas las revoluciones. Se les dice: "Ustedes no aceptan el cambio, pero la vida es cambio. Ustedes permanecen aferrados a cosas fijas, pero lo que era bueno hace cincuenta años ya no conviene a la mentalidad actual ni al género de vida que llevamos. Ustedes se atienen al pasado y no son capaces de modificar sus costumbres". Muchos católicos se sometieron a la reforma para no incurrir en esos reproches pues no encontraban argumentos para defenderse de acusaciones infamantes como éstas: "Ustedes son retrógrados, anticuados, no viven con su época". El cardenal Ottaviani decía ya refiriéndose a los obispos: "Tienen miedo de parecer viejos". Pero los católicos nunca nos hemos negado a aceptar ciertos cambios, ciertas adaptaciones que atestiguan la vitalidad de la Iglesia. En materia litúrgica los hombres de mi edad asistieron a varias reformas; yo acababa de nacer cuando Pío X se preocupó por aportar mejoras, especialmente dando más importancia al ciclo temporal, al adelantar la edad de la primera comunión y al restaurar el canto litúrgico que había sufrido un eclipse. Luego Pío XII redujo la duración del ayuno eucarístico a causa de las dificultades inherentes a la vida moderna, autorizó por el mismo motivo la celebración de la misa por la tarde, reemplazó el oficio de la vigilia pascual en la tarde del Sábado Santo, remodeló los oficios de la semana santa. Juan XXIII agregó por su parte algunos retoques al rito llamado de san Pío V antes del concilio. Pero nada de todo esto se aproximaba poco ni mucho a lo que se verificó en 1969, a saber, una nueva concepción de la misa. Se nos reprocha también que nos aferremos a formas exteriores y secundarias, como por ejemplo, la lengua latina. Se proclama que es una lengua muerta que nadie comprende, como si el pueblo cristiano la hubiera comprendido más en el siglo XVII o en el siglo XIX, ¡Qué negligencia la de la Iglesia, según los innovadores, al esperar tanto tiempo para suprimir el latín! Yo creo que la Iglesia tenía sus razones. No ha de asombrarnos que los católicos experimenten la necesidad de comprender mejor textos admirables de los cuales pueden obtener alimento espiritual, ni que deseen asociarse más íntimamente a la acción que se desarrolla ante sus ojos. Sin embargo, no se satisfacen esas necesidades adoptando las lenguas vernáculas de punta a cabo del Santo Sacrificio. La lectura en francés de la Epístola y del Evangelio constituye una mejora y se la practica cuando conviene en Saint-Nicolas-du-Chardonnet así como en los prioratos de la Fraternidad que yo fundé. Por lo demás, lo que se ganaría estaría fuera de toda proporción con lo que se perdería, pues la inteligencia de los textos no es el fin último de la oración, ni el único medio de poner el alma en oración, es decir, en unión con Dios. Si se presta una atención demasiado grande al sentido de los textos, eso puede constituir hasta un obstáculo para la oración.
Me maravilla que no se lo comprenda, cuando al mismo tiempo se predica una religión del corazón, una religión menos intelectual y más espontánea. La unión con Dios se obtiene por obra de un canto religioso y celestial, por obra de un ambiente general de la acción litúrgica, por la piedad y el recogimiento del lugar, por su belleza arquitectónica, por el fervor de la comunidad cristiana, por la nobleza y la piedad del celebrante, la decoración simbólica, el perfume del incienso, etcétera. Poco importa el estribo con tal que el alma se eleve. Cualquiera puede tener esta experiencia si franquea los umbrales de una abadía benedictina de esas que conservaron el culto divino en todo su esplendor. Esto en nada disminuye la necesidad de tratar de comprender mejor los rezos, las oraciones y los himnos, así como la necesidad de una participación más íntima; pero es un error creer que mediante el empleo puro y simple de la lengua vernácula y la supresión total de la lengua universal de la Iglesia, consumada desgraciadamente casi en todas partes del mundo, se puede llegar a esos fines. Basta ver el éxito de las misas, por más que estén dichas según el nuevo orden, en las cuales se conservó el canto del Credo, del Sanctus y del Agnus Dei. Pues el latín es una lengua universal. Al emplearlo, la liturgia nos pone en una comunión universal, es decir, católica. En cambio, si la liturgia se localiza, se individualiza, pierde esa dimensión que marca profundamente a las almas, Para no incurrir en semejante error bastaba observar los ritos católicos orientales en los cuales los actos litúrgicos se expresan desde hace mucho tiempo en lengua vulgar. En esas comunidades se comprueba el aislamiento de los miembros. Cuando están dispersas fuera de su país de origen, dichas comunidades necesitan sacerdotes propios para la misa, como para los sacramentos, como para toda ceremonia y construyen iglesias especiales que apartan a dichas comunidades, por la fuerza de las cosas, del resto del pueblo católico. ¿Obtienen de esto algún beneficio? No se manifiesta de manera evidente que la lengua litúrgica particular haya hecho a estas comunidades más fervientes y practicantes que a aquellas beneficiadas por una lengua universal, incomprendida de muchos tal vez, pero susceptible de ser traducida. Si consideramos la situación fuera de la Iglesia, ¿cómo logró el islamismo asegurar su cohesión al difundirse en regiones tan diferentes y entre pueblos de razas tan diversas como Turquía, África del Norte, Indonesia o el África negra? Al imponer en todas partes el árabe como lengua del Alcorán. En África veía yo cómo los morabitos hacían aprender de memoria los suras a niños que no podían entender una sola palabra. Y hay algo más, el islamismo llega a prohibir la traducción de su libro santo. Hoy es de buen tono admirar la religión de Mahoma a la que, según me entero, se han convertido millares de franceses, y pedir dinero en las iglesias para construir mezquitas en Francia. Sin embargo nos hemos guardado bien de inspirarnos en el único ejemplo que podía tenerse en cuenta: la persistencia de una lengua única para la oración y para el culto. El hecho de que el latín sea una lengua muerta habla en favor de su mantenimiento-, en esas condiciones es el mejor medio de proteger la expresión de la fe contra las variaciones lingüísticas que naturalmente se dan en el curso de los siglos. Desde hace unos años el estudio de la semántica se ha difundido mucho y hasta se lo introdujo en los programas de francés de los colegios. ¿No es uno de los objetos de la semántica el estudio del cambio de significación de las palabras, de los desplazamientos de sentido observados con el correr del tiempo y a veces en períodos muy breves? Saquemos pues partido de esta ciencia para comprender el peligro que supone confiar el caudal de la fe a modos de decir que no son estables.
¿Habría sido posible conservar durante dos mil años, sin corrupción alguna, la formulación de las verdades eternas, intangibles, con lenguas que evolucionaran sin cesar y fueran diferentes según los países y hasta según las regiones? Las lenguas vivas son cambiantes y móviles. Si se confía la liturgia a la lengua del momento, habrá que adaptarla

continuamente atendiendo a la semántica. No es sorprendente que haya que constituir sin cesar nuevas comisiones ni que los sacerdotes ya no tengan tiempo de decir la misa. Cuando fui a ver a Su Santidad Pablo VI en Castelgandolfo, en 1976, le dije: "No sé si sabéis, Santo Padre, que ahora hay trece oraciones eucarísticas oficiales en Francia". El Papa, entonces, levantando en alto los brazos me replicó: " ¡Pero muchas más, monseñor, muchas más!" De manera que tengo razón al formularme una pregunta: ¿existirían tantas oraciones eucarísticas si los liturgistas estuvieran obligados a componerlas en latín? Además de esas fórmulas puestas en circulación después de haber sido impresas aquí o allá, habría que hablar también de los cánones improvisados por el sacerdote en el momento de la celebración y de todos los elementos incidentales que el oficiante introduce desde la "preparación de la penitencia" hasta la "despedida de la asamblea". ¿Podría producirse esto si se oficiara en latín? Otra forma exterior contra la cual se levantó cierta opinión es el uso de la sotana, no tanto en la iglesia o en las visitas al Vaticano, sino en la vida de todos los días.. La cuestión no es esencial, pero tiene una gran importancia. Cada vez que el Papa lo ha recordado —y Juan Pablo II por su parte lo ha hecho con insistencia- se registraron protestas indignadas en las filas del clero. Leía no hace mucho en un diario de París las declaraciones que sobre este punto hizo un sacerdote de vanguardia: "Eso es puro folklore... En Francia, el uso de una vestimenta reconocible no tiene sentido porque no hay ninguna necesidad de reconocer a un sacerdote en la calle. En cambio, la sotana o el traje del pastor protestante provocan aislamientos... El sacerdote es un hombre como los demás. Verdad es que preside la Eucaristía". Ese "presidente" expresaba aquí ideas contrarias al Evangelio y a realidades sociales bien confirmadas. En todas las religiones, los jefes religiosos llevan signos distintivos. La antropología, de la que tanto caso se hace, está allí para atestiguarlo. Entre los musulmanes, los sacerdotes utilizan vestidos diferentes, collares y anillos. Los budistas llevan una vestimenta teñida de azafrán y se afeitan la cabeza de cierta manera. En las calles de París y de otras grandes ciudades se puede observar a jóvenes adeptos a esa doctrina y su aspecto no suscita ninguna crítica. La sotana garantiza el carácter especial del clérigo, del religioso o de la religiosa, así como el uniforme garantiza la condición del militar o del agente del orden, pero con una diferencia, estos últimos, al usar las ropas civiles, tornan a ser ciudadanos como los demás, en tanto que el sacerdote debe conservar su hábito distintivo en todas las circunstancias de la vida social. En efecto, el carácter sagrado que adquirió en la ordenación debe hacerlo vivir en el mundo, sin ser del mundo. Así lo leemos en san Juan: "Vosotros no sois del mundo... mi elección os ha sacado del mundo" (NV, 19). El hábito del sacerdote debe ser distintivo y al mismo tiempo elegido con un espíritu de modestia, de discreción y de pobreza. Una segunda razón es el deber que tiene el sacerdote de dar testimonio de Nuestro Señor: "Vosotros seréis mis testigos", "No se pone la lámpara bajo el celemín". La religión no debe permanecer encerrada en las sacristías, como lo decretaron hace mucho tiempo los dirigentes de los países del Este, pues Cristo nos ha mandado exteriorizar nuestra fe, hacerla visible por un testimonio que ha de ser visto y oído por todos. El testimonio de la palabra, que ciertamente es más importante en el sacerdote que el testimonio del hábito, se ve empero grandemente facilitado por la manifestación bien clara del sacerdocio, como es el uso de la sotana.
¡Hasta donde hemos llegado, mujer con sotana!
La separación de la Iglesia y del Estado, aceptada y considerada a veces como la mejor solución, ha hecho penetrar poco a poco el ateísmo en todos los dominios de la actividad y debemos admitir que buen número de católicos y hasta de sacerdotes ya no tienen una idea exacta del lugar que ocupa la religión católica en la sociedad civil. El laicismo lo invadió todo. El sacerdote que vive en una sociedad de este tipo tiene la impresión cada vez más profunda de ser extraño a esa sociedad, luego de ser molesto, de ser el testimonio de un pasado llamado a desaparecer. Siente que su presencia es sólo tolerada, por lo menos así lo considera. De ahí su deseo de integrarse en el mundo laicizado, su deseo de fundirse en la masa. A esta clase de sacerdote le falta haber viajado por países menos descristianizados que el nuestro, y sobre todo le falta una fe profunda en su sacerdocio. Además no tiene en cuenta el sentido religioso que aun existe en nuestro país. Se supone muy gratuitamente que aquellos con los que debemos tratar en relaciones de negocios o en relaciones fortuitas son no religiosos. Los jóvenes sacerdotes que salen de Ecóne y todos los que no se han entregado a la corriente del anonimato lo comprueban todos los días. ¿Aislamiento? Todo lo contrario. La gente los aborda en la calle, en las estaciones, para hablarles; a veces lo hace sencillamente para manifestarles su alegría de ver sacerdotes. En la nueva Iglesia se preconiza el diálogo. ¿Cómo iniciar un diálogo si comenzamos por disimularnos a los ojos de los posibles interlocutores? En las dictaduras comunistas, una de las primeras medidas de los amos del momento fue prohibir la sotana; ése es uno de los medios destinados a ahogar la religión. ¿Podría creerse que también lo inverso es cierto? El sacerdote que se muestra como tal por obra de su apariencia exterior es predicación viva. La ausencia de sacerdotes reconocibles en una gran ciudad marca un retroceso grave en la predicación del Evangelio; ésa es la continuación de la obra nefasta de la Revolución y de las leyes de separación. Agreguemos que la sotana protege al sacerdote del mal, le impone una actitud, le recuerda en todo momento su misión en la tierra, lo guarda de las tentaciones. Un sacerdote vestido con su sotana no experimenta ninguna crisis de identidad. En cuanto a los fieles, saben con quién están tratando; la sotana es una garantía de autenticidad del sacerdocio. Algunos católicos me manifestaron la dificultad que experimentaban al confesarse con un sacerdote que llevaba chaqueta pues tenían la impresión de que confesaban los secretos de su conciencia a un cualquiera. La confesión es un acto judicial; ¿por qué, pues, la justicia civil siente la necesidad de hacer llevar la toga a sus magistrados? 


martes, 10 de septiembre de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. San Juan de la Cruz



Ni tampoco he dicho esto porque estas cosas de sí sean malas ni desaprovechadas, si de ellas se sabe usar, y se reciben, no para parar en ellas, mas para tener mayor aliento en el servicio de Dios; especialmente para los que comienzan, los cuales ordinariamente han menester, conforme a su edad, leche de niños; y quien los quisiere criar con manjar de grandes, y en un día hacerlos perfectos, errarlo ha mucho, y en lugar de aprovechar dañará. Tiene cada edad su condición y su fuerza, conforme a lo cual se le ha de dar su mantenimiento; y como dice el experimentado y santo Bernardo: «El camino de la perfección no se ha de volar, sino pasear.» Ni piense nadie que es todo uno, entenderla y tenerla. Y por tanto, si el Señor da estas consolaciones, recíbanse para llevar su cruz con mayores fuerzas, pues que es su costumbre consolar discípulos en el monte Tabor, para que no se turben en la persecución de la cruz. Y ordinariamente, primero que entre la hiel de la tribulación envía miel de consolación. Y nunca vi estar mal ni tener en poco las consolaciones espirituales sino a quien no ha experimentado qué son. Mas si el Señor nos quisiere llevar por camino de desconsuelos, y que oigamos el penoso lenguaje de que estamos hablando, no nos debemos desmayar por cosa que Él nos envía, mas beber con paciencia el cáliz que el Padre nos da, y porque Él nos lo da, y pedirle fuerzas para que le obedezca nuestra flaqueza.
Ni tampoco penséis que os enseño que se puede excusar el gozo cuando el Señor nos visita, o dejar de sentir su ausencia y el ser entregados a nuestros enemigos para ser de ellos tentados y atribulados. Mas lo que os quiero decir es que procuremos, con las fuerzas que Dios nos diere, de nos conformar con su santa voluntad con obediencia y sosiego, y no seguir la nuestra, de la cual por fuerza se han de seguir desconsuelos y desconfianzas y cosas de estas. Suplicad al Señor nos abra los ojos; que, más claro que la luz del sol, veríamos que todas las cosas de la tierra y del cielo son muy baja cosa para desear ni gozar, si de ella se apartase la voluntad del Señor. Y que no hay cosa, por pequeña y amarga que sea, que si a ella se junta la voluntad del Señor, no sea de mucho valor. Más vale sin comparación estar en trabajos, si el Señor lo manda, que estar en el cielo sin su querer.
Y si una vez de verdad desterrásemos de nosotros nuestra secreta codicia, caerían con ella muchos malos frutos que de ella proceden, y cogeríamos otros más valerosos de gozo y de paz, que de la unión con la divina voluntad suelen venir, y tan firmes que aun la misma tribulación no nos los puede quitar. Pues aunque los tales se sientan atribulados y desamparados, mas no por eso desesperados ni muy turbados, porque conocen ser aquél el camino de la cruz, a la cual ellos se han ofrecido, y por el cual Cristo anduvo; como parece que estando en la cruz dijo a su Padre (Mt., 27, 46): Dios mío, ¿por qué me desamparaste? Más poco después dijo (Le., 23, 46): En tus manos, Padre, encomiendo el espíritu mío. El Señor dijo (Jn., 16, 22): Otra vez os veré, y gozarse ha vuestro corazón, y vuestro gozo ninguno os lo quitará. Porque quien de este estado goza, no hay tribulación que allá en lo de dentro del ánima le desasosiegue notablemente, porque allá dentro está muy unido con la voluntad del que lo envía. Y si así lo hiciésemos, engañaríamos al engañador, que es el demonio, pues que no desmayándonos, ni tornando atrás del bien comenzado por el mal lenguaje que él nos traía, antes tomando lo que el Señor nos envía con obediencia y nacimiento de gracias, salimos sin daño de esta pelea, aunque dure por toda la vida; y aun con mayor provecho que antes teníamos, pues que nos dio ocasión para ganar en el cielo coronas, en galardón de la conformidad que con la voluntad del Señor tuvimos, sin curar de la nuestra, aun en lo que muy penoso nos era.
CAPITULO 27
Que el vencimiento de las tentaciones dichas está más en tener paciencia para las sufrir, y esperanza del favor del Señor, que en la fuerza de querer hacer que no vengan.

Este vencimiento de que hemos hablado, más viene por maña de tener paciencia en lo que nos viene, que por fuerza de querer hacer que no nos venga. Y por eso dice el Esposo en los Cantares (2, 15): Cazadnos las pequeñuelas zorras que destruyen las viñas, porque nuestra viña ha florecido. La viña de Cristo nuestra ánima es, plantada por su mano y regada con su sangre. Esta florece cuando, pasado el tiempo en que fue estéril, comienza nueva vida y fructifica al que la plantó. Mas porque a los tales principios suelen acechar estas y otras tentaciones del astuto demonio, por esto nos amonesta el Esposo florido, que pues nuestra ánima, viña suya, ha florecido, procuremos de las cazar. En la cual palabra da a entender, que ha de ser por maña, como hemos dicho.
Y en decir que son zorras, da a entender que vienen solapadas, y que pareciendo que tiran a una parte, hieren en otra. Y en decir pequeñuelas, da a entender que no son mucho de temer para quien las conoce; porque el conocerlas, es vencerlas del todo, o enflaquecerlas. Y en decir que destruyen las viñas, da a entender que hacen mucho daño en los hombres que no las conocen; porque amedrentados y desconfiados de salir con el negocio de Dios, dejan su camino, y con miserable consejo danse abiertamente a pecar; pareciéndoles que hayan más paz por el camino ancho de la perdición, que por el estrecho de la virtud que lleva a la vida. Y el fin de estos, si al buen camino no tornan, muchas veces es tal, que trae muy ciertas señales de eterna perdición (aunque Dios sinceramente quiere que todos los hombres se salven y a todos da gracia suficiente, pero el hombre tiene libre albedrío), como la Escritura dice (Eccli., 28, 27): Al que se pasa de la justicia al pecado, Dios le aparejó para el cuchillo; que quiere decir, para el infierno.
Debieran éstos mirar que así como los gabaonitas, por haber hecho amistades con Josué (10, 1-27), fueron cercados y perseguidos de los enemigos, y siendo llamado Josué de ellos para que los socorriese, los socorrió y libertó, teniendo la causa por suya, pues por haber hecho paces con él eran perseguidos de los enemigos; así en comenzando los que sirven a Dios a ser de su bando, luego son perseguidos de los demonios como antes no eran; lo cual parece en que, si quisiesen dejar el bando de Cristo, cesaría contra ellos la persecución comenzada; y si la padecen, por tener en pie el bando de Cristo la padecen. Lo cual es una merced muy particular que Dios hace, como dice San Pablo (Phil., 1, 29): A vosotros es dado por Cristo no solamente que creáis en El, más que padezcáis por Él. Y si los ángeles del Cielo pudiesen haber envidia de los hombres de la tierra, de esto la habrían, de que padecen por Dios.
Y aunque por palabra de Dios (Jac, 1, 12) está prometida corona al varón que sufre tentación y fuere probado en ella—el cual galardón es muy bien hecho que lo consideremos y deseemos, para con mayores alientos no ser tibios en el obrar, ni flacos en el padecer, según se dice de Moisés (Hébr., 11, 26), que miraba al galardón, y David también (Ps., 118, 112)—; mas el verdadero y perfecto amor del Señor crucificado estima en tanto el conformarse con él, que tiene por muy gran merced y galardón el padecer por su Dios. Porque, como dice San Agustín, «dichosa es la injuria de la cual Dios es causa».
Y pues no hay hombre que no ampare al que padece porque le entró a servir, mucho más se debe esperar esto de la Bondad divinal, y que tomará la causa por suya, según Santo Rey y Profeta David lo pedía (Ps., 73, 22): Levántate, Señor, y juzga tu causa, y acuérdate de tus injurias que el insipiente dice contra Ti todo el día (lema sobre el escudo de la Santa y Benemérita Inquisición). A Dios toca el negocio que el que le sirve pretende; y por eso Dios sale a él con gran lealtad. Y en esta esperanza, y no en la nuestra, hemos de osar emprender la empresa del servicio de Dios.


lunes, 9 de septiembre de 2019

PRESENCIA DE SATAN EN EL MUNDO MODERNO


Satanismo propiamente dicho
Aparte de este satanismo-religión, que es, o ateísmo marxista o animismo anticuado, existe un satanismo refinado y malsano, mucho menos extendido, mucho más oculto y difícil de descubrir y que es una adoración voluntaria y razonada de Lucifer. No pretendemos tener datos precisos sobre este satanismo en nuestros días. Todo cuanto podemos decir es que se trata del satanismo de los ritos sacrílegos, de las blasfemias conscientes, de las adoraciones monstruosas, de las "misas negras", por ejemplo, es decir de las profanaciones sistemáticas y calculadas que "parodian" los homenajes rendidos a Dios por los creyentes más esclarecidos y más sinceros, para rendirla a Lucifer otros semejantes.
Tendremos una idea del satanismo de esta clase, releyendo una nota publicada en el Satán de los Estudios carmelitanos (pág. 639).
"No podemos explayarnos — dice esta nota — sobre todos los satanistas o seudosatanistas de nuestros días. La prensa inglesa del 2 de diciembre de 1947, anunció la muerte de «Sir» Aléister Cronvley, el personaje «más inmundo y más perverso de Gran Bretaña» como lo calificó «Mr. Justice»."
Interrogado sobre su identidad, Crowley respondió: "¡Antes que Hitler fuera, YO SOY" — Se advertirá esta "payasada" de las palabras del Evangelio—. Antes de dejar este mundo, dicho brujo septuagenario maldijo a su médico que le rehusaba, con mucha razón, la morfina, porque él la distribuía entre los jóvenes: "Puesto que debo morir sin morfina por causa suya, usted morirá en seguida después de mí." Lo cual ocurrió. El Daily Express del 2 de abril de 1948, anunció que los funerales del mago negro Crov/ley habían provocado las protestas del Consejo Municipal de Brighton. El Consejero, señor J. C. Sherrot, dijo: "El informe afirma que sobre su tumba fue practicado todo un rito de magia negra." Sobre la tumba, efectivamente, sus discípulos habían entonado cantos diabólicos: el "Himno a Pan" del mismo Crowley, el "Himno a Satán" de Carducci y las Colectas para la "misa gnóstica" compuestas por Crowley para su templo satánico de Londres.
Igualmente la prensa inglesa el 3 de marzo de 1948, dedicó necrologías importantes al famoso metapsíquico Harry Price, especialista en demonología. En un informe ratificado por la Universidad de Londres, Price declaró: "En todas las zonas de Londres, centenares
de hombres y mujeres, de excelente formación intelectual y de condición social elevada, adoran al Diablo y le rinden un culto permanente. La magia negra, la brujería, la evocación diabólica, estas tres formas de «supersticiones medievales» son practicadas hoy en Londres en una escala y con una libertad de movimiento desconocidas en la Edad Media." Price fue el fundador y secretario a perpetuidad del Consejo para Investigaciones Psiquiátricas, de la Universidad de Londres.
"A. Frank-Duquesne nos señala, también, entre las curiosidades «demoníacas» actuales, el informe del profesor Paul Kosok, de la Universidad de Long-Island, publicado en los Anales del Museo Norteamericano de Historia Natural, referente a una exploración realizada en el Perú, en 1946. Los exploradores descubrieron, sobre quinientos kilómetros de tierra arenosa y desértica, una doble serie de dibujos, representando unos los signos del zodíaco, otros los pájaros, plantas, y sobre todo, serpientes policéfalas. En el centro del dibujo de la Serpiente, se halla una fosa inmensa que contiene esqueletos de hombres y animales, visiblemente sacrificados. Se le calcula a todo este conjunto dos mil años de existencia."
Si hemos reproducido esta importante nota por entero, es sobre todo en razón de las dos primeras paráfrasis y de lo que ellas nos han revelado de los "círculos satánicos" muy frecuentados en Londres, dirigidos por "satanistas" notorios tales como Crowley y Price.
Pero, con toda evidencia, esto no nos da más que una vislumbre muy tenue del satanismo-religión luciferiano de nuestros días. No es solamente cuestión de Londres. Es probable que encontráramos grupos análogos en todas las grandes ciudades del mundo.
De hecho, se nos asegura que en París existen actualmente más de diez mil personas — hombres y mujeres — que rinden un culto religioso y regular a Satán. Pero está en la naturaleza de las religiones de esta clase huir de toda luz, revestir el carácter más oculto, y desafiar toda estadística.
Pero los satanistas de los cuales acabamos de hablar no son solamente los jefes del culto luciferiano, también son calificados de magos o de brujos, y esto nos lleva a un examen sumario de la brujería de nuestra época.
El satanismo-magia actual
Aparte de los grandes magos-luciferianos que acabamos de nombrar y de los que podemos sospechar como ejerciendo su acción solapada en nuestras sociedades modernas, existen además en nuestras campiñas, en cantidad imposible de determinar, pero que tal vez sea mayor de lo que pensamos, "brujos" rurales, cuyos libros de cabecera son Los secretos del Gran Alberto, Los secretos del Pequeño Alberto, El Dragón Rojo. Los dos primeros de estos libros ocultos han recibido — cosa curiosa — su nombre de la reputación de San Alberto el Grande a quien se le atribuía el conocimiento de todos los secretos de la naturaleza. Hacer pasar abominables fórmulas mágicas bajo el patrocinio de un santo venerado es un ardid bien diabólico. Pero sabemos que más de un brujo de nuestros días, ya lo hemos subrayado, abusa de imágenes piadosas para realizar su fructífero oficio de engañador de multitudes.
Es curioso observar que, en nuestros capítulos anteriores, dedicados a los exorcismos más recientes, hemos encontrado casos de posesión debidos a sortilegios de brujería. Si creemos a los demonios conminados a hablar por nuestros exorcistas, han sido obligados por algún brujo a entrar en tal o cual persona. Estos mismos brujos, por medio de sortilegios repetidos, les impedían ceder a las órdenes formales del exorcismo o los forzaban a volver dentro de la persona a quien las oraciones del Ritual habían liberado por un tiempo.
Todo esto, a decir verdad, permanece muy oscuro para nosotros.
Pero los exorcistas más calificados son categóricos sobre este punto.
Ocurre a veces que los tribunales mismos tengan que echar un vistazo furtivo sobre estas prácticas supersticiosas como en el caso de esa pobre mujer que, hace muy poco, mató a su marido porque lo creía hechizado o hechicero.
Pero la justicia humana, evidentemente, no tiene fuerzas para luchar contra esta clase de atentados, porque escapan, en general, a los testimonios humanos y es imposible administrarles la prueba jurídica.
Lo que parece indudable es que existen hombres y tal vez mujeres, que creen, obedeciendo a libros de magia increíbles, ponerse en contacto con Satán, concertar un pacto con él y obtener a este precio poderes excepcionales que les permitan ejercer un oficio lucrativo.
La brujería forma parte de lo que podemos llamar el lado nocturno de la vida humana. Siempre existieron, para emplear el vocabulario de San Juan, las tinieblas frente a la hiz. La magia habita en las tinieblas. Se oculta, huye de las miradas, no ignora que causa en cualquier ser normal una repugnancia invencible. Pero está orgullosa de lo que cree saber y sobre todo ¡de lo que cree poder!


sábado, 7 de septiembre de 2019

La educación de los hijos. San Juan Crisóstomo.


Santa Mónica y San Agustín.
En la guerra y en el campo de batalla, el soldado que sólo mira cómo salvarse por medio de la fuga, se pierde a sí mismo y a los otros. El valiente, en cambio, que lucha por salvar a los demás, se salva también a sí mismo. Pues nuestra religión es una guerra, y la más dura de todas las guerras, y pelea, y batalla. Formemos la línea de combate tal como nuestro Rey nos ha mandado, dispuestos siempre a derramar nuestra sangre, mirando por la salvación de todos, alentando a los que permanecen firmes y levantando a los que han caído.
Verdaderamente, muchos hermanos nuestros yacen por el suelo en esta batalla, acribillados de heridas y chorreando sangre; y nadie hay que se cuide de ellos: ni gente del pueblo, ni sacerdote, ni ningún otro; ni protector, ni amigo, ni hermano.
Cada uno mira sólo por sí mismo. De ahí proviene, justamente, la mezquindad en que vivimos.
La mayor libertad y gloria nos viene de no preocuparnos sólo de nosotros mismos. Si somos débiles, si tan fácilmente nos derriban los hombres y el diablo, se debe precisamente a que nos buscamos a nosotros mismos, a que no nos protegemos unos a otros como con un escudo, a que no nos rodeamos—como de una cerca—de la caridad de Dios. Por el contrario, buscamos otros motivos de amistad: el parentesco, la comunicación, la mera vecindad... Cualquier cosa nos sirve para hacer amistad, menos la religión, cuando habría de ser esto lo que más nos uniera a unos con otros. Ahora, sin embargo, sucede todo lo contrario: antes somos amigos de judíos y de paganos, que de hijos de la Iglesia.
—Es verdad—me dices—. Pero es que mi hermano en la fe es un malvado, y el otro, judío o gentil, es bueno y modesto.
— ¿Qué dices? ¿Malvado llamas a tu hermano, cuando tienes mandado no llamarle ni siquiera «raca», es decir, necio? ¿No te avergüenzas, no te ruborizas de infamar públicamente a tu hermano, al que es miembro tuyo, que salió del mismo seno y participa de la misma mesa? (...).
—Es que realmente es un malvado, y no hay quien lo aguante.
—Pues hazte amigo suyo para que deje de ser como es, para convertirle, para llevarle a la virtud.
—Es que no me hace caso—me respondes—ni aguanta un consejo.
— ¿Cómo lo sabes? ¿Le has exhortado o intentado corregirle?
—Le he exhortado muchas veces, me contestas.
— ¿Cuántas?
—Muchas; una y otra vez.
— ¿Y eso es muchas veces? Aunque lo hubieras hecho durante toda la vida, no tendrías que cansarte ni desesperar. ¿No ves cómo Dios nos exhorta durante toda la vida por medio de los profetas, de los apóstoles y de los evangelistas? Y nosotros, ¿acaso cumplimos todo lo que nos dice y le hacemos caso en todo? ¡Ni mucho menos! ¿Y ha dejado Él de exhortarnos por eso'? ¿Ha guardado silencio? (...).
Pero ¿a qué acusarnos de descuido por los extraños, si ni siquiera hacemos caso de nuestra misma familia, de la mujer, de los hijos, de los sirvientes? Como si estuviéramos borrachos, nos ocupamos en unas cosas por otras: que los criados sean cuantos más mejor, y nos sirvan con el mayor cuidado; que los hijos puedan recibir un día una pingüe herencia; que la mujer tenga oro, vestidos lujosos y perlas... No nos preocupamos de nosotros mismos, sino de nuestras cosas, como tampoco nos preocupamos de la mujer ni de los hijos, sino de las cosas de la mujer y de los hijos. Nos comportamos como aquél que, teniendo la casa en ruinas, con las paredes que se tambalean, no se preocupa de levantarlas o reforzarlas, sino que construye una gran cerca alrededor de la casa (...).
Si un oso, burlando la vigilancia, se escapa de la jaula, al punto cerramos las puertas y corremos por las calles por miedo de caer en las garras de la fiera; y aquí no es una fiera, sino muchos pensamientos los que, como fieras, desgarran nuestra alma, y ni nos damos cuenta. En las ciudades se cuida mucho que las fieras estén en lugares apartados, bien cerradas en sus jaulas, y no se las deja cerca del concejo de la ciudad, ni de los tribunales, ni del palacio imperial. Se las tiene bien atadas, lejos de estos lugares (...).
Sin embargo, hay entre nosotros hombres peores que las animales más salvajes. Tal es la mayor parte de nuestra gente joven. Dejándose llevar por una concupiscencia salvaje, como ellos saltan, cocean y corren sin freno, sin tener la más leve idea de sus deberes. Y los culpables son sus padres. Cuando se trata de sus caballos, mandan a los caballerizos que los cuiden bien, y no consienten que crezcan sin domarlos, y desde el principio les ponen freno y demás arreos. Pero cuando se trata de sus hijos jóvenes, les dejan sueltos por todas partes durante mucho tiempo, y así pierden la castidad, se manchan con deshonestidades y juegos, y malgastan el tiempo con la asistencia a inicuos espectáculos. Su deber sería, antes de que se dieran a la impureza, buscarles una esposa casta y prudente (...).
—Es mejor esperar—me dices—a que adquiera nombre y brille en las actividades públicas.
—Sí; pero de su alma no hacéis caso alguno, sino que consentís que se arrastre por el suelo. Y así, porque el alma se tiene por cosa accesoria, porque se descuida lo importante y se pone el afán en lo secundario, todo está lleno de confusión y desorden.
¿No sabes que el mejor favor que puedes hacer a tu hijo es guardarle limpio de la impureza de la fornicación? Nada hay tan precioso como el alma. ¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? (Mt 16, 26), dice el Señor. Pero todo lo ha trastornado el amor al dinero, que ha desterrado el verdadero temor de Dios y se ha apoderado de las almas de los hombres como un tirano de una ciudadela. Esta es la razón por la que descuidamos la salvación de nuestros hijos y la nuestra propia, sin otra mira que enriquecernos lo más posible y dejar a otros la riqueza, para que éstos se la dejen a otros, y éstos a otros. Parece como si fuéramos meros transmisores, y no dueños de nuestros bienes. Y ahí se origina la inmensa insensatez de que los hombres libres estén más vilipendiados que los esclavos. Porque a los siervos les reprendemos sus faltas: si no por interés de ellos, al menos por el interés nuestro; pero los hombres libres no gozan de estos cuidados, sino que se les tiene en menos que a los mismos esclavos.
Incluso las bestias reciben más cuidados que los hijos. Más velamos por nuestros asnos y nuestros caballos, que por nuestros hijos. El que posee una mula, se preocupa de encontrar un buen arriero, que no sea tonto, ni ladrón, ni borracho, sino un hombre que conozca bien su oficio. En cambio, cuando se trata de buscar un maestro para el alma del niño, contratamos al primero que se nos presenta. Y, sin embargo, no hay arte superior a éste. ¿Qué hay comparable con el arte de formar un alma, de plasmar la inteligencia y el espíritu de un joven? El que profesa esta ciencia ha de proceder con más cuidado que un pintor o un escultor al realizar su obra.



viernes, 6 de septiembre de 2019

INTRODUCCION A LA VIDA DEVOTA. SAN FRANCISCO DE SALES

SAN FRANCISCO DE SALES
Capítulo IV

De la necesidad de un director para entrar y avanzar en la devoción. 
“El amigo fiel -dice la Sagrada Escritura- es una excelente protección; el que lo ha encontrado, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel es una medicina de vida y de inmortalidad; los que temen a Dios la encuentran”. Estas divinas palabras se refieren, principalmente, a la inmortalidad, para alcanzar la cual es menester, ante todo poseer este amigo fiel que guíe nuestras acciones con sus avisos y consejos, y nos guarde, por este medio, de las asechanzas y engaños del maligno. Este amigo será, para nosotros, como un tesoro de sabiduría en nuestras aflicciones, tristezas y caídas; medicamento, que aliviará y consolará nuestros corazones, en las dolencias del espíritu; nos librará del mal y procurará nuestro mayor bien, y, si alguna vez caemos en enfermedad, impedirá que sea mortal y nos sacará de ella.
Más, ¿quién encontrará este amigo? Responde el Sabio: “Los que temen a Dios”; es decir, los humildes, que sienten grandes deseos de avanzar en la vida espiritual. Pues, si es para ti cosa de tanta monta, ¡oh Filotea!, caminar junto a un buen guía, durante este santo viaje hacia la devoción, pide a Dios, con gran insistencia, que te procure uno según su corazón, y no dudes; porque, aunque fuere menester enviarte un ángel del cielo, como lo hizo con el joven Tobías, te dará uno bueno y fiel.
Ahora bien, este amigo ha de ser siempre para ti un ángel, es decir, cuando lo hayas encontrado, no lo consideres como un simple hombre, y no confíes en él ni en su saber humano sino en Dios, el cual te favorecerá y te hablará por medio de este hombre, en cuyo corazón y en cuyos labios pondrá lo que fuere necesario para tu bien. Debes, pues, escucharle como a un ángel, que desciende del cielo para conducirte a él.
Háblale con el corazón abierto, con toda sinceridad y fidelidad, y manifiéstale claramente lo bueno y lo malo, sin fingimiento ni disimulación, y, por este medio, el bien será examinado, y quedar a más asegurado, y el mal será remediado y corregido; te sentirás aliviada y regulada en los consuelos. Ten, pues, en ´el una gran confianza y, a la vez, una santa reverencia, de suerte que la reverencia no disminuya la confianza, y la confianza no impida la reverencia. Confía en él, con el respeto de una hija para con su padre, y respétalo con la confianza de un hijo para con su madre: en una palabra, esta amistad ha de ser fuerte y dulce, toda ella santa, toda sagrada, toda divina, toda espiritual.
Y, para esto, escoge uno entre mil, dice Ávila, y añado yo: entre diez mil, porque son muchos menos de lo que parece los capaces de desempeñar bien este oficio. Ha de estar lleno de caridad, de ciencia, de prudencia: si le falta una sola de estas tres cualidades, es muy grande el peligro. Pero, te lo repito de nuevo, pídelo a Dios, y, una vez lo hayas alcanzado, sé constante, no busques otros, sino camina con sencillez, humildad y confianza, y tendrás un viaje feliz.
Capítulo V
Que es menester comenzar por la purificaci´on del alma

“Las flores -dice el sagrado Esposo- apareen en nuestra tierra; el tiempo de podar y cortar ha llegado”. ¿Qué son las flores de nuestros corazones, ¡oh Filotea!, sino los buenos deseos? Ahora bien, en cuanto aparecen, es menester poner la mano a la segur, para cortar, en nuestra conciencia, todas las obras muertas y superfluas.
La doncella extranjera, para casarse con un israelita, había de quitarse los vestidos de cautiva, cortarse las uñas y rasurar los cabellos: y el alma que aspira al honor de ser esposa del Hijo de Dios debe “despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo”, dejando el pecado, cortando de raíz toda clase de estorbos, que apartan del amor del Señor. El comienzo de nuestra santidad consiste en purgar los malos humores del pecado.
San Pablo quedó enteramente purificado, en un instante, y lo mismo le acaeció a Santa Catalina de Génova, a Santa Magdalena, a Santa Pelagia y a algunos otros santos; pero esta clase de purificación es absolutamente milagrosa y extraordinaria, en el orden de la gracia, como la resurrección de los muertos lo es en el orden de la naturaleza, por lo que no hemos de pretenderla. La purificación y la curación ordinaria, así de los cuerpos como de las almas, no se hace sino poco a poco, paso a paso, por grados, de adelanto en adelanto, con dificultad y con tiempo. Los ángeles de la escala de Jacob tienen alas, pero no vuelan, sino que suben y bajan ordenadamente de grada en grada. El alma que se remonta del pecado a la devoción, es comparada a la aurora, la cual, cuando aparece, no disipa en un instante, las tinieblas, sino lentamente. Dice un aforismo que cuanto menos precipitada es la curación, es tanto más segura: las enfermedades del corazón, como las del cuerpo, vienen a caballo y al galope, pero se van a pie y al paso.
Conviene, pues, ¡oh Filotea!, que seas animosa y paciente en esta empresa. ¡Ah! qué pena da ver a ciertas almas que, al sentirse todavía sujetas a muchas imperfecciones, después de haberse ejercitado en la devoción, se turban y desalientan y se dejan casi vencer por la tentación de abandonarlo todo y de volver atrás. Más, por el contrario, ¿no es también un peligro para las almas, el que, por una tentación opuesta, lleguen a creer, el primer día, que ya están purificadas de sus imperfecciones y, teniéndose por perfectas, echen a volar sin alas? ¡Oh Filotea, es demasiado grande el peligro de caer, para desasirse tan pronto de las manos del médico! ¡Ah!, “no os levantéis antes de que llegue la luz -dice el profeta-; levantaos después de haber descansado”; y él mismo, después de haber practicado este consejo y de haberse lavado y purificado, pide a Dios que le lave y purifique de nuevo.
El ejercicio de la purificación del alma no puede ni debe acabarse sino con la vida. No nos turbemos, pues, por nuestras imperfecciones, porque nuestra perfección consiste precisamente en combatirlas, y no podremos combatirlas sin verlas, ni vencerlas sin encontrarlas. Nuestra victoria no estriba en no sentirlas, sino en no consentir en ellas, y no es, en manera alguna, consentir el sentirse por ellas acosado. Es muy provechoso, para el ejercicio de la humildad, que, alguna vez, seamos heridos en este combate espiritual; sin embargo, nunca somos vencidos, sino cuando perdemos la vida o el valor.
Ahora bien, las imperfecciones y los pecados no pueden arrebatarnos la vida espiritual, pues ésta sólo se pierde por el pecado grave; importa, pues, que no nos desalienten: “Líbrame, Señor -decía David-, de la cobardía y del desaliento”. Es, para nosotros, una condición ventajosa, en esta guerra, saber que siempre seremos vencedores, con tal que queramos combatir.


jueves, 5 de septiembre de 2019

EL APOCALIPSIS DE SAN JUAN. COMENTADO POR EL P. CASTELLANI

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS
Hemos terminado con “EL MISTERIO DEL TERCER SECRETO DE FATIMA”, pero ahora siguiendo con el mismo tema será el P. Leonardo Castelani quien nos instruya y nos introduzca en el último libro de las Sagradas Escrituras como lo es el APOCALIPSIS escrito por el apóstol San Juan. Quien fue el Padre Leonardo Castelani a quien vuestro servidor tuvo la gracia de conocer en Buenos Aires Argentina? He aquí un breve biografía de este gran sacerdote:

Leonardo Castellani nace en Reconquista, Argentina (1899), ingresa en la Compañía de Jesús (1918) y es ordenado sacerdote (1931). Obtiene doctorados en Filosofía y Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, estudia psicología en la Sorbona de París, y en 1935 regresa a Argentina. Publica desde joven muchos libros y artículos de carácter poético, literario, religioso y político, y es con frecuencia muy crítico. Expulsado de la Compañía de Jesús y suspendido como sacerdote (1949), es acogido por el obispo de Salta (1959) y regresa a Buenos Aires (1952). Por estos años publica El Apocalipsis de San Juan. Es reintegrado al ejercicio del sacerdocio ministerial (1966), y hasta su muerte en Buenos Aires (1981) sigue escribiendo y publicando. Es uno de los escritores más grandes de Hispanoamérica en el siglo XX. Las distinciones anuales más prestigiosas, instituidas para los escritores católicos argentinos por el Cardenal Antonio Quarracino, cuando era Arzobispo de Buenos Aires, llevan el nombre de «Leonardo Castellani».
PADRE CASTELLANI
El P. Castellani dedicó El Apokalypsis (1963) al Papa Juan XXIII, «que me devolvió la misa» (en latín como era, es y sera hasta el fin del mundo). Y en el prólogo escribe: «Hemos traducido el libro de la “Revelación” de San Juan directamente del texto griego y le hemos añadido una interpretación literal. Cuanto más “tradicional” sea una exégesis de la Sagrada Escritura, mejor es. La presente interpretación no podría exactamente llamarse “mía”, por lo cual es llamada “nuestra”. Proviene del trabajo de innumerables intérpretes, comenzando por los Santos Padres antiguos. Es fruto de innumerables lecturas y muchas meditaciones».
BREVE INTRODUCCION AL LIBRO.
En nuestro libro El fin de los tiempos y seis autores modernos (Asociación procultura occidental, A.C., Guadalajara 1962, 402 pgs.), expusimos el pensamiento sobre este tema en los escritores Dostoiewski, Soloviev, Benson, Thibon, Pieper y Castellani. En esta breve obra presente reproducimos solamente el último capítulo, que expone lo que el P. Leonardo Castellani nos dice acerca de las ultimidades de la historia.
Los cuatro primeros pensadores aludidos, Dostoievski, Soloviev, Benson y Thibon, se expresaron prevalentemente mediante el recurso literario, sin dejar de lado, por cierto, las cosas que de los tiempos postreros se leen en el Apocalipsis.
En lo que toca a Josef Pieper, investigó el mismo tema desde el punto de vista filosófico-teológico. El P. Castellani, que cita frecuentemente a algunos de los autores nombrados, apelará a los dos expedientes, el del novelista y el del teólogo. Lo que en algunas de sus obras nos lo dice de manera novelada, lo reitera en otras de modo más sistemático.
Para muchos, señala nuestro autor, el Apocalipsis es un libro enigmático, prácticamente hermético, y por consiguiente resulta inútil leerlo. Pero cuesta pensar que Dios haya legado a su Iglesia una revelación tan impresionante –«Apocalipsis» significa descubrimiento, develación–, sabiendo que resultaría inaccesible al entendimiento de la mayoría. Un enigma insoluble es lo contrario de una revelación.
Castellani se abocará a su interpretación, con la ayuda de la gran tradición patrística de la Iglesia, y de autores más recientes como Newman, Billot, Benson y Pieper.
Los Padres vieron mucho, sin duda, pero en cierto modo nosotros podemos ver más, encaramados sobre sus hombros y con la experiencia de los hechos que ya han sucedido o que se van volviendo predecibles.
Por otra parte, el mundo actual se muestra ansioso de atisbar el futuro que la historia le depara. Nada de extraño, ya que semejante inquietud se suele acrecentar en las épocas tempestuosas y preñadas de amenazas. ¿A dónde se dirige el acontecer histórico?, se preguntan todos. De ahí el pulular de falsas profecías, de apariciones insólitas, de pronósticos peregrinos.
Por eso hoy se vuelve más apremiante que nunca poner sobre el tapete el gran tema de la esjatología. A decir verdad, algunas de las interpretaciones que nos ofrecerá el genial Castellani son muy personales y no estamos obligados a hacerlas nuestras. Con todo, sus intuiciones resultan frecuentemente brillantes y, según decíamos, se respaldan en el aval de grandes pensadores.
Visión Primera
Mensajes monitorio-proféticos a Iglesias
Los siete mensajes tienen una estructura estrófica similar: comienzan con un titulo ditirámbico de Cristo, sigue el mensaje compuesto de una alabanza y un reproche que a veces es amenaza, termina con la frase típica que indica el misterio o sentido arcano: «El que tenga oídos, que oiga» , y una promesa "al vencedor".
A EFESO (2, 1-8)

Al Ángel en la Iglesia de Éfeso escríbele:

Éfeso significa ímpetu según Billot. Representa la primera edad de la Iglesia, la Iglesia Apostólica, hasta Nerón.
Esto dice El que tiene las siete estrellas en su diestra Y anda en medio de los siete candelabros De oro...
Al comienzo de cada mensaje a las Iglesias, el Ángel declina los títulos de Cristo, descomponiendo la imagen de la Visión Preambular; menos el título de la última Iglesia, Laodicea, que es nuevo.

Sé tus obras y tu labor y tu paciencia.

Riquísima en estas tres cosas fue la Iglesia Apostólica, que se difundió en poco más de un siglo por todo el Imperio: "vuestra fe es conocida en el Universo Mundo", dijo San Pablo; "somos de ayer y ya lo llenamos todo", Tertuliano.
Y no puedes aguantar a los malos Y probaste a los que se dicen ser Apóstoles Sin serlo Y los encontraste embusteros.
Nacen las primeras herejías y se producen los primeros martirios. Nacen del gremio mismo de los Apóstoles, el primer hereje siendo Nicolao, uno de los siete Diáconos nombrados por San Pedro; en tanto que los verdaderos Enviados de Dios llegan hasta España (Sant Yago, San Pablo), Abisinia (Felipe), Persia (Bartolomé), y aun quizás las Indias Orientales (Tomás). También hoy día y siempre hay quienes "se dicen Apóstoles sin serlo", helás.
Y tienes paciencia Y aguantaste por el nombre mío Y no defeccionaste.
Habían comenzado los primeros martirios, por la expoliación y rapiña de los bienes de los cristianos palestinos, que testifica San Pablo; y por lo menos uno de los Apóstoles había sido ya asesinado por el nombre de Cristo, Sant Yago el Menor, primo del Señor, muerto a golpes por los judíos recalcitrantes en Jerusalén.

Pero tengo contra ti alguito: Que la caridad tuya de antes has dejado.

La caridad fraterna de los primeros fieles fue extraordinaria: ponían sus bienes en común a los pies de los Apóstoles, no había entre ellos ricos ni pobres, dirimían sus pleitos con el arbitraje, se sometían a la exo-mologésis o confesión pública, y a rigurosos castigos en caso de caída en pecado, practicaban la hospitalidad y la defensa mutua. Esta caridad y fraternidad no sólo era la admiración y espanto de los gentiles, sino que constituía la fuerza política incontrastable que los mantenía.
Este estado de comunismo ideal – muy diferente del de Lenin – tenía que decaer rápidamente, ya vemos en los Actos de los Apóstoles el caso de Ananías y Záfira. No es lo mismo poner los bienes en común que sean de todos, que tener los bienes en común y que sean de nadie, es decir del Estado, es decir – en nuestros días – de la Fiera.

Ten memoria pues de donde surgiste... Y conviértete Y haz [de nuevo] tus primeras obras.

La Iglesia Apostólica surgió directamente de Cristo. E l texto griego dicepéptokes: "de donde decaíste".
La metanoia del Nuevo Testamento, que la Vulgata traduce a veces "hacer penitencia", significa propiamente el arrepentimiento y la transmutación interior, es decir, la conversión; que es efectivamente el principio y la esencia de la penitencia.

Si no, yo vengo contra ti A trasladar tu antorcha de su lugar Si acaso no te conviertes.

Cuando una Iglesia – o una época de la Iglesia – decae y se corrompe, lo que hace Dios simplemente es retirarle su luz, con lo cual termina de pudrirse, surgiendo en otro lugar el resplandor de la fe y el fervor. Aquí hay quizá una alusión a los cambios de lugar que sufrió la ciudad de la Diana Multimamífera, Éfeso, en el curso de su historia. Era ella una de las metrópolis religiosas del Asia, tanto para los paganos como para los cristianos, como vemos en los Actos de los Apóstoles. Hoy día no queda de Éfeso más que la aldea árabe de Aya-Soluk, y un montón de ruinas debajo de las cuales encontró en 1869 el arqueólogo Wood los restos del Artemísion o templo de Diana, considerado por la antigüedad como una de las siete maravillas del mundo.

Pero tienes en tu pro esto Que odias las obras de los Nicolaítas Como yo las odio.

La primera herejía, atribuida a Nicolao, uno de los siete primeros Diáconos, estaba muy extendida, pues la veremos luego repetida en Pérgamo y Thyatira. La primera herejía, por lo que sabemos de ella, se parece a la última herejía; quiero decir, a la de nuestros tiempos; y se puede decir que transcurre transversamente toda la historia de la Iglesia, y es como el fondo de todas las herejías históricas. Era una especie de gnosticismo dogmático y laxismo moral, un sincretismo, como dicen hoy los teohistoriógrafos. Era una falsificación de los dogmas cristianos, adaptándolos a los mitos paganos, sin tocar su forma externa, por un lado; y concordantemente, una promiscuación con las costumbres relajadas de los gentiles; nominalmente, en la lujuria y en la idolatría, como les reprocha más abajo el Apóstol. Comían de las carnes sacrificadas a los dioses, en los banquetes rituales que celebraban los diversos gremios, lo cual era una especie de acto religioso idolátrico, o sea, de comunión; y se entregaban fácilmente a la fornicación, que entre los paganos no era falta mayor ni vicio alguno; incluso, según parece, después y como apéndice de los dichos banquetes religiosos.
De Nicolao cuenta Alberto el Magno que puso su mujer a disposición de todos; lo imitaron sus secuaces, y se hizo rito… cornudo.

El que tenga oídos oiga Lo que el Espíritu - dice a las Iglesias.

La fórmula escriturística usual, monitoria de que en lo dicho se contiene un misterio; o por lo menos, una cosa muy importante.

Al vencedor, daréle a comer Del Árbol de la Vida
Que está en el Paraíso de Dios.

El conocido símbolo del Génesis… Este premio, prometido al que venciere de la Iglesia de Éfeso ¿qué es? ¿La vida eterna? Todos los "premios al vencedor" de las siete cartas, menos el 4°, es decir el deThyatira, se pueden referir a la vida de ultratumba y a la gloria del cielo; pero con muchísima más propiedad se pueden aplicar a los mil años de vida feliz y resucitada del Capítulo XX , en la interpretación de los milenistas: todos, también el cuarto. Así los interpreta el mártir Victorino, en el siglo IV, primer comentador del Apokalypsis. Sea como fuere, lo cierto es que todos los "premios" aluden literalmente al enigmático Capítulo XX; o sea, que el Capítulo XX los resume; lo cual prueba una vez más la unidad literaria y profética del libro; y excluye la hipótesis racionalista de que las cartas sean una añadidura posterior de mano de otro autor; o bien un billete pastoral pegadizo, de mano del mismo Juan.





martes, 3 de septiembre de 2019

CARTA ABIERTA A LOS CATOLICOS PERPLEJO




La protesta de Martín Lutero contra la Iglesia Católica 

 “Sé que para muchos la verdad es dura, para otros tantos aclara sus entendimientos ante esta gran confusión y para otros pocos motivo de escándalo, pero al fin la gracia no hace otra cosa que estar al servicio absoluto de ella que es Jesucristo quien dijo de sí mismo: YO SOY LA VERDAD, EL CAMINO Y LA VIDA” Así pues para unos será la salud, para otros medicina y para los que no quieran verla así será hiel.

Este escrito encierra lo que muchos quieren saber sobre el gran tesoro de la Misa, otros aclarar sus dudas, pero para otros puede ser motivo de rechazo y abyección y seguirán la senda de la mentira cuyo fin es el infierno” (Nota del presentador del artículo)

Lutero suprimió el ofertorio: ¿por qué ofrecer la hostia pura y sin mancha si ya no hay más sacrificio? En el nuevo orden francés el ofertorio prácticamente ya no existe; por lo demás ya ni siquiera se lo llama con ese nombre. El Nuevo Misal de los domingos habla de "oraciones de presentación". La fórmula utilizada evoca más una acción de gracias, un agradecimiento por los frutos de la tierra. Para darse cuenta de esto basta con compararla con las fórmulas tradicionalmente empleadas por la Iglesia en las que se manifiesta claramente la finalidad propiciatoria y expiatoria del sacrificio "que yo os ofrezco... por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias; por todos los asistentes y por todos los cristianos vivos y muertos a fin de que aproveche a mi salvación y a la de ellos para la vida eterna". Y luego elevando el cáliz, el sacerdote dice: "Os ofrecemos, Señor, el cáliz de vuestra redención y suplicamos que vuestra bondad lo quiera hacer ascender, como un suave perfume, a la presencia de Vuestra divina Majestad, para salvación nuestra y salvación del mundo entero". ¿Qué queda de todo esto en la nueva misa? Lo siguiente: "Bendito tú seas, Dios del universo, que nos das este pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. Ahora te lo presentamos y se convertirá en el pan de la vida"; lo mismo ocurre con el vino que se convertirá en "el vino del reino eterno"; ¿De qué sirve agregar un poco después: “Lávame de mis faltas, Señor, purifícame de mi pecado; y "Que nuestro sacrificio encuentre cu este día gracia ante ti"? ¿Qué pecado? ¿Qué sacrificio? ¿Qué relación puede establecer el fiel entre esta presentación vaga de las ofrendas y la redención que es capaz de alcanzar? Haré otra pregunta-. ¿Por qué sustituir un texto claro y de sentido completo por una serie de frases enigmáticas y mal hilvanadas en su conjunto? Si se siente la necesidad de cambiar algo debe procederse a mejorar. Esas pocas palabras que parecen rectificar la insuficiencia de las "oraciones de presentación" hacen pensar otra vez en Lutero, quien disimulaba con tiento los cambios. Conservaba lo más posible ceremonias antiguas y se limitaba a cambiarles sólo el sentido. La misa conservaba en gran parte su aparato exterior y el pueblo encontraba en las iglesias más o menos la misma decoración, más o menos los mismos ritos con algunos retoques hechos para complacerlo, pues a partir de entonces todo se dirigía al pueblo mucho más que antes; el pueblo tenía ahora más conciencia de valer algo en el culto, desempeñaba una parte más activa mediante el canto y la oración recitada en voz alta. Poco a poco el latín fue dejando definitivamente su lugar al alemán. ¿Y todo esto no nos recuerda nada? Lutero también se empeñaba en crear nuevos cánticos para reemplazar "todos esos gorgoritos del papismo"; las reformas siempre asumen el aspecto de revolución cultural. En el nuevo orden, la parte más antigua del canon romano, que se remonta a la edad apostólica, fue modificada para que se aproximara a la fórmula consagratoria luterana, con un agregado y una supresión. La traducción francesa ha conservado las palabras pro multis, pero alterando su significación. En lugar de "mi sangre... que será derramada para vosotros y para un gran número", leemos; "que será derramada para vosotros y para la multitud". Esto no significa lo mismo y teológicamente no es neutro.
Concilio de Trento
Se habrá podido observar que la mayor parte de los sacerdotes pronuncia hoy de un tirón la parte principal del canon que comienza así: "La víspera de su pasión, tomó el pan en sus manos muy santas..." sin hacer la pausa implícitamente indicada en el misal romano:
"Sosteniendo con las dos manos la hostia entre el índice y el pulgar, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración en voz baja, pero distintamente sobre la hostia". El tono cambia entonces, se hace vivo y las cinco palabras Hoc est enim Corpus meum operan el milagro de la tran-substanciación, así como las palabras que se dicen en la consagración del vino. El nuevo misal invita al celebrante a conservar el tono narrativo como si se tratara efectivamente de una recordación. Como hoy la creatividad es la regla, podemos ver a ciertos oficiantes que al recitar su texto muestran la hostia en redondo o hasta la rompen con ostentación para agregar el gesto a las palabras e ilustrar mejor su relato. Se suprimieron dos de las cuatro genuflexiones y las que quedan a veces se omiten; verdaderamente cabe preguntarse si el sacerdote tiene el sentimiento de consagrar, suponiendo que realmente tenga la intención de hacerlo. Y entonces los católicos perplejos se convierten en católicos preocupados: ¿Fue válida la misa a la que acaban de asistir? ¿Fue realmente el cuerpo de Cristo la hostia que recibieron? Este es un grave problema. ¿Cómo puede el fiel juzgar la situación? Para la validez de una misa existen condiciones esenciales: la materia, la forma, la intención y el sacerdote válidamente ordenado. Si se cumplen estas condiciones no se ve cómo se podría llegar a la conclusión de la invalidez. Las oraciones del Ofertorio, del Canon y de la Comunión del sacerdote son necesarias a la integridad del sacrificio y del sacramento, pero no a su validez. El cardenal Mindszenty, al pronunciar a hurtadillas y de prisa en su prisión las palabras de la Consagración sobre un poco de pan y vino para nutrirse con el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor sin que lo advirtieran sus carceleros, ciertamente cumplió el sacrificio y el sacramento. Una misa celebrada con las tortitas de miel del obispo norteamericano a quien me he referido es ciertamente inválida, lo mismo que aquella en la que las palabras de la consagración estuvieran gravemente alteradas u omitidas. Se ha informado sobre el caso de un celebrante que hizo un despliegue tal de creatividad que sencillamente se olvidó de decir las palabras de la Consagración. Pero ¿cómo apreciar la intención del sacerdote? Es evidente que cada vez hay menos misas válidas a medida que la fe de los sacerdotes se corrompe y ellos mismos no tienen ya la intención de hacer lo que siempre hizo la Iglesia, pues la Iglesia no puede cambiar de intención. La formación actual de los que se llaman seminaristas no los prepara para celebrar misas válidas. Ya no se les enseña a considerar el Santo Sacrificio como la obra esencial de su vida sacerdotal. Por otra parte, se puede agregar sin exageración que la mayoría de las misas celebradas sin piedra de altar con utensilios vulgares, con pan fermentado, con la introducción de discursos profanos en el cuerpo mismo del Canon, son sacrilegios y pervierten la fe al disminuirla. La desacralización llega a un punto tal que esas misas pueden llegar a perder su carácter sobrenatural, el "misterio de la fe", para no ser más que actos de religión natural. La perplejidad del católico tal vez asuma la forma siguiente: ¿Puedo asistir a una misa sacrílega pero que sin embargo es válida a falta de otra y para satisfacer la obligación dominical? La respuesta es simple: esas misas no pueden ser objeto de una obligación. Además, uno debe aplicarles las reglas de la teología moral y del derecho canónico en lo referente a la participación en una acción peligrosa para la fe o eventualmente sacrílega.
Concilio Vaticano II. EL Principio de nuestra agonía
La nueva misa, aun dicha con piedad y con el respeto de las normas litúrgicas, es pasible de las mismas reservas puesto que está impregnada de espíritu protestante. Esa misa lleva dentro un veneno pernicioso para la fe. Teniendo en cuenta esto, el católico francés de hoy puede encontrar las condiciones de práctica religiosa que existen en países donde se envían misiones. En esos países, los habitantes de ciertas regiones no pueden asistir a misa más que tres o cuatro veces por año. Los fieles de nuestro país deberían hacer el esfuerzo de asistir una vez por mes a la misa de siempre, verdadera fuente de gracia y de santificación, en aquellos lugares en que todavía continúa honrándosela. Porque, en verdad, debo decir y afirmar sin temor a equivocarme que la misa codificada por Pío V —y no inventada por él, como se ha dado a entender a menudo-expresa claramente estas tres realidades: sacrificio, presencia real y sacerdocio de los oficiantes. Esa misa tiene también en cuenta, según lo precisó el concilio de Trento, la naturaleza del hombre que necesita algún socorro exterior para elevarse a la meditación de las cosas divinas. Los usos establecidos no lo fueron por casualidad y no se los puede desplazar o abolir impunemente. Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos perdieron la fe después de la adopción de las reformas. No se contraría la naturaleza y la fe impunemente, pues ellas se vengan. Pero precisamente se nos dice que el hombre no es el mismo de un siglo atrás; su naturaleza ha sido modificada por la civilización técnica en la cual está inmerso, ¡Qué absurdo! Los innovadores se guardan bien de mostrar a los fieles el deseo que los anima de acercarse al protestantismo; invocan otro argumento: el cambio. Véase lo que se dice en la escuela teológica de Estrasburgo: "Debemos reconocer que hoy estamos en presencia de una verdadera mutación cultural. Una cierta manera de celebrar la recordación del Señor estaba vinculada con un universo religioso que ya no es el nuestro." Se lo dice rápidamente y todo desaparece. Hay que volver a comenzar desde cero. Ésos son los sofismas de que se valen para hacernos cambiar nuestra fe. ¿Qué es un "universo religioso"? Sería mejor ser francos y decir: "una religión que ya no es la nuestra".

"CALLAR NUNCA DECIR LA VERDAD SIEMPRE AUNQUE POR ELLA SUFRAMOS PERSECUCIÓN"