“Yo no sé por qué se quiere atribuir al progreso de la filosofía la hermosura moral de nuestros libros. Esta moral, sacada del Evangelio, era cristiana antes de ser filosófica”. J.J. ROUSSEAU.
§ 2°
NECESIDAD DE LA REVELACIÓN
Muchos de nuestros “sabios modernos” han descendido a un nivel más bajo que los antiguos. En nombre de la
razón, han enseñado los errores más monstruosos y degradantes, como el ateísmo,
el panteísmo, al materialismo.
Si los
filósofos espiritualistas modernos no han admitido errores tan graves, se debe
a que han vivido en pleno Cristianismo y han aprendido el catecismo en su infancia.
“Yo no sé por qué
se quiere atribuir al progreso de la filosofía la hermosura moral de nuestros
libros. Esta moral, sacada del Evangelio, era cristiana antes de ser
filosófica”. J.J. ROUSSEAU.
2° Los
filósofos jamás han querido instruir al pueblo. Se rodeaban de algunos
discípulos escogidos, menospreciando a la plebe. Al contrario, acababan de
desviarla de la verdad, rindiendo públicamente a los falsos dioses un culto
hipócrita, del que después se burlaban con sus adeptos. Nuestros filósofos
modernos (V. Cojín, J. Simón) confiesan que la
filosofía se dirige a un número reducido y corre peligro de quedar sin gran
eficacia sobre las costumbres.
3°
Finalmente, aunque ellos hubieran querido instruir al pueblo, se habrían
hallado impotentes para hacerlo. Sus doctrinas eran contradictorias: tantas
escuelas, tantos sistemas. Su vida desmentía su doctrina. ¿Y qué misión, qué autoridad
fuera de eso, para imponer sus enseñanzas a los demás hombres? “Yo no conozco, dice
Voltaire, un filósofo que haya reformado las costumbres, no digo ya de su
ciudad, ni siquiera las de la calle en que vive”. La revelación de
la religión natural era, pues, moralmente necesaria.
SE
DICE TAMBIÉN: Mi razón me basta; no sé qué hace de la revelación.
R. 1°
La razón no ha bastado a los más grandes genios del universo para conocer el
conjunto de las verdades y deberes religiosos; ¿cómo podría bastaros a vos?
2° La
razón ni siquiera es capaz de resolver todas las cuestiones que deben
necesariamente formar parte de una religión: a) Debemos un culto a Dios, pero,
¿cuál es la forma de ese culto? – b) Cuando hemos violado la ley moral, tenemos
una cuenta que rendir a la justicia divina; pero, ¿podemos esperar el perdón y
en qué condiciones? – c) Hay una vida futura con galardones y penas; ¿cuál es
la naturaleza de esos galardones y de esas penas? La sola razón no puede responder
a estas grandes cuestiones y a otras semejantes.
3° La
razón tampoco basta, si Dios revela misterios que creer y si dicta preceptos
positivos; en ese caso debemos creer en su palabra divina, acatar sus leyes:
nada más justo.
Pero
todo esto no prueba que la razón sea inútil; tan lejos está de ser así, que más
bien se deduce su imprescindible necesidad, porque ella es la que debe examinar
si la religión que se le presenta como proveniente de Dios, lo es en realidad.
Aunque la fe, esté por encima de la razón, jamás puede existir entre ellas
contradicción alguna real, porque ambas vienen de Dios mismo, fuente inmutable
de la eterna verdad, y así ellas mutuamente se auxilian. La razón prueba,
protege y defiende la verdad de la fe; la fe, a su vez, libra a la razón de
todos los errores, la ilumina en el conocimiento de las cosas divinas, las
vigoriza y perfecciona.
2.
Necesidad absoluta de la revelación para la religión sobrenatural. – La
religión sobrenatural comprende: 1°, misterios, es decir, verdades que creer, a
las que nuestra razón no alcanza; 2°, preceptos positivos, que dependen de la
libre voluntad de Dios; 3°, un fin sobrenatural, que sobrepasa todos los
recursos y todas las exigencias de la naturaleza humana, y aun de toda la
naturaleza creada; 4°, medios convenientes para la consecución de este fin
sublime.
Ahora
bien, es evidente que, sin la revelación, el hombre no puede descubrir estos
misterios, ni las órdenes de Dios, ni el fin sobrenatural, ni los medios para
conseguirlo. Nuestra razón no tiene más luces que las que brotan de la
creación, y en la naturaleza no hay nada que pueda manifestarnos las cosas
sobrenaturales. Si place a Dios imponernos esta religión sublime, debe
hacérnosla conocer, y el hombre debe creer en la palabra infalible de Dios y
someterse a su dominio soberano.
§ 3° EL HECHO DE LA REVELACIÓN
77. P.
¿Ha hablado Dios a los hombres?
R. Sí;
y es tan cierto que Dios ha hablado a los hombres, como lo es que el sol brilla
al mediodía en un cielo sin nubes. La revelación es un hecho histórico mil
veces más cierto que todos los que nos presenta la historia.
Tenemos
como prueba la historia de los grandes pueblos: el pueblo judío y el pueblo
cristiano, que cuentan con más de 1000 millones de hombres esparcidos por todas
las partes del orbe.
La
revelación es un hecho histórico y, como todos los hechos, debe ser probado por
el testimonio y los monumentos auténticos. Por el contrario, la divinidad de la
revelación se demuestra por las señales divinas que la han acompañado,
es decir, por los milagros y las profecías.
1° El primer
testimonio del hecho de la revelación es el pueblo judío, uno de los
pueblos más antiguos del mundo. Los judíos afirman que Dios habló al pueblo de
Israel por el ministerio de Moisés, y le prometió enviar otro profeta, el Mesías,
al que esperan todavía. Toda la historia del pueblo judío supone la revelación
divina.
2°
Como segundo testimonio del hecho de la revelación, mira en torno tuyo y ve en
el mundo entero la humanidad civilizada: más de 1000 millones de hombres,
católicos, cismáticos, protestantes, nos dicen a gritos: Dios ha hablado,
particularmente por medio de Jesucristo, su Hijo divino hecho hombre, al que
nosotros adoramos, y por eso somos cristianos: Jesucristo es el Mesías
prometido a Moisés y a los profetas.
Esta
incontable generación de nuestros días ha sido precedida por otra generación
anterior; ésta por otra, y así sucesivamente durante veintiún siglos. Cortando
solamente tres generaciones de 500 millones de cristianos por siglo, tenemos
más de, tenemos más de veinte mil millones de hombres que han creído y creen
todavía que Dios ha hablado a los hombres. La humanidad cristiana es para
nosotros un testimonio perpetuo e irrefutable de la revelación divina.
3°
Existe un libro admirable, el más antiguo, el más venerable, el más importante
que se conoce en el mundo: se llama la Biblia, o sea, el libro por excelencia.
La
Biblia, más que un libro, es una colección de libros que se dividen en dos
grandes categorías: los del Antiguo Testamento, anteriores a la venida de Jesucristo, y los del Nuevo Testamento,
escritos después de Jesucristo. Estos libros compuestos en distintos tiempos y
lugares y por autores diferentes, forman un todo: se encadenan, se explican y
se complementan los unos a los otros.
Los
cinco primeros libros de la Biblia, llamados el Pentateuco, no cuentan menos de
3.400 años de existencia; resultan, pues, anteriores en más de 500 años a los
anales escritos de los pueblos más antiguos. Moisés, autor de los cinco
primeros libros, vivió más de mil años antes de Herodoto, el historiador profano
más antiguo cuyos escritos hayan llegado hasta nosotros. Lo que da a Moisés una
autoridad incomparable es que, después de transcurrir 4.000 años, la ciencia
misma viene a confirmar sus narraciones, a pesar de haber intentado mil y mil
veces desmentidas. Los recientes descubrimientos hechos por los sabios en
Egipto, en Caldea, en Palestina, hacen resaltar aún más la veracidad de la
Biblia.
El
Antiguo Testamento encierra 40 libros, divididos en tres clases: libros
históricos, libros didácticos y libros proféticos.
Los
últimos libros de la Biblia, que forman el Nuevo Testamento, datan de hace
2.000 años, y nos narran el nacimiento, la vida, las obras y la doctrina
sublime de Jesucristo, el Mesías prometido y anunciado en los primeros libros
de la Biblia.
El
Nuevo Testamento contiene los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles,
veintiuna cartas o Epístolas y el Apocalipsis.
Nadie
puede dudar de la autoridad, del valor histórico y de la veracidad de la
Biblia: los proclama la voz de dos grandes pueblos, el pueblo judío y el pueblo
cristiano, cuya existencia sucesiva comprende un lapso de tiempo de más de
3.500 años. Millones de judíos y de cristianos han dado la vida por sostener la
veracidad de este libro; y otros millones están prontos a morir por la misma
causa. ¿Dónde hay
un libro, fuera de la Biblia, cuya veracidad haya sido testificada por millones
de mártires?
Este
libro rodeado del mayor respeto, guardado con religioso cuidado, como tesoro
divino que encierra la palabra de Dios, transmitido a través de los siglos, ya
por
los judíos, ya por los cristianos, no podía sufrir alteración alguna. Era tan
imposible alterar la Biblia, como sería imposible, hoy día, alterar el Código
civil de una nación cuyos ejemplares se hallan en poder de todos.
Podemos,
pues, concluir que los hechos narrados en la Biblia son absolutamente ciertos.
Es así que la Biblia nos narra las obras de Dios, su alianza con el hombre y
sus divinas revelaciones. Luego es cierto que Dios ha hablado a los hombres.
N. B.
– En todos los apologistas modernos, Cauly, Rutten, Devivier, Poey, Gouraud,
etc., pueden verse detalladas las pruebas de la autenticidad, integridad y
veracidad de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. La crítica moderna
no se atreve ya a negar la autoridad de los Libros Santos, porque tienen
caracteres de veracidad mil veces más notables y seguros que todas las
historias del mundo.
RELIGIÓN NATURAL Y POSITIVA
78. P.
¿Se ha contentado Dios con revelar una religión
meramente natural?
R. No;
Dios ama tanto al hombre, su criatura privilegiada, que ha querido establecer
con él relaciones más íntimas, relaciones
sobrenaturales y divinas, llamarlo a su fin sobrenatural, que no es otra
cosa que la visión intuitiva del mismo Dios en el cielo. Esta religión
sobrenatural no es otra que la religión cristiana.
1° El
hombre, por su origen y naturaleza, es solamente criatura y ser servidor
de Dios. Dios, por una bondad inefable y completamente gratuita ha querido
elevarle a una dignidad más alta, la de hijo
adoptivo. Más de una vez se ha visto
a un príncipe, noble y rico, elegir a un niño pobre para tomarle por hijo
adoptivo y heredero de su nombre, de su dignidad y de sus bienes. Más poderoso
que estos señores de la tierra, Dios no se contenta con otorgar, a los que
adopta, títulos y esperanzas; les comunica una
participación de su propia naturaleza, ennoblece y transforma su alma por la
gracia santificante. Como el hierro
en la fragua toma el brillo y el calor de fuego; como el globo de cristal que
encierra una luz, brilla con las claridades de ésta, así, por la gracia
santificante que acompaña la adopción divina, el alma recibe una participación
de la naturaleza y de la hermosura de Dios.
2° Tal
es la gracia de la adopción divina. Este favor lleva otro en pos de sí; el hijo
adoptivo se convierte en heredero. Adoptándonos por hijos, Dios nos
señala por herencia una participación de su propia felicidad, la visión, cara a
cara, de su esencia infinita en el cielo.
3°
¿Estos beneficios son debidos a la naturaleza humana? La misma palabra adopción
nos dice que estos favores son dones gratuitos a los que el hombre, no tiene
derecho alguno. La adopción, por su naturaleza, es un acto libre de
generosidad. El extraño y el siervo, por más que hagan, no pueden adquirir el
derecho de ser recibidos en el número de los hijos. Con mayor razón, el hombre
no podría naturalmente pretender la filiación divina, porque respecto de Dios
toda criatura es infinitamente inferior, esencialmente esclava y dependiente.
La herencia celestial, pues, es una participación de la felicidad íntima de
Dios, y ni las exigencias de nuestra alma ni los méritos naturales de sus
facultades pueden darle derecho alguno a ella. Son beneficios superiores a su
naturaleza, y su conjunto constituye un orden que se llama orden sobrenatural, por
oposición al orden natural.
N. B.
– 1° La religión natural y la religión revelada son distintas; la una no es la
otra; pero son inseparables. La religión natural es cimiento y sostén del
edificio; la religión sobrenatural es la perfección y el coronamiento.
2° La
religión revelada encierra todos los dogmas y todos los deberes de la religión
natural; sin embargo, ésta nunca ha existido sin aquella porque Dios, desde el
principio, quiso someter al hombre a una religión revelada con un fin y medios
sobrenaturales.
3° No
solamente no puede existir contradicción entre ellas, sino que reina armonía
perfecta, porque una y otra son obra de Dios, autor del orden natural como del
orden sobrenatural.
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