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miércoles, 27 de junio de 2018

EJERCICIO DE PERFECCION Y VIRTUDES CRISTIANAS




CAPÍTULO II
Cómo unos son tentados al principio de su conversión, otros
despuús.
El bienaventurado San Gregorio nota (2) que unos comienzan á sentir esta guerra de las tentaciones al principio de su conversión, en comenzando á recogerse y á tratar de virtud. Y trae para esto el ejemplo de Cristo nuestro Redentor, el cual nos quiso figurar y dibujar esto e n sí mismo, con una admirable dispensación, porque no permitió que el demonio le tentase, sino cuando después de bautizado se recogió al desierto a ayunar, y orar y hacer penitencia: entonces dice el sagrado Evangelio (3) que acudió el demonio á tentarle. Quiso con esto, dice San Gregorio, avisar á los que habían de ser miembros e hijos suyos, que cuando tratan de recogerse y darse á la virtud, estén apercibidos para las tentaciones, porque es muy propio del demonio acudir entonces. Como en saliendo los hijos de Israel de Egipto, luego juntó Faraón su ejército y todo su poder para ir contra ellos; y Laban, viendo que Jacob se apartaba
de él, le siguió con gente y con encendido furor; y cuando salió el demonio del otro hombre, dice el sagrado Evangelio (1) que tomó otros siete espíritus peores para tornar á él, como quien -hace gente contra quien se le alzó y le va de nuevo á sujetar; así el demonio, cuando ve que uno se le rebela y quiere salir de su señorío y sujeción, entonces se embravece más y se muestra más cruel, y le procura hacer mayor guerra. Trae San Gregorio á este propósito aquello que dice el Evangelista San Marcos, cuando Cristo nuestro Redentor echó aquel demonio inmundo, sordo y mudo: “Dando gritos y despedazándolo mucho salió de él (2).” Dice el Santo: Notad que cuando el demonio poseía aquel hombre, no le despedazaba; y cuando con la virtud divina es compelido a salir de él, entonces le despedaza (3); para que entendamos que entonces procura él turbarnos y molestarnos más con tentaciones, cuando nos apartamos de él.
Fuera de esto, dice San Gregorio (4) que permite y quiere el Señor que seamos tentados a los principios de nuestra conversión, porque no piense uno que es ya santo por haber dejado la mala vida y tomado otra buena, que son pensamientos que suelen venir á los tales; y también, porque la seguridad suele ser madre de la negligencia; y para que la seguridad de la buena vida que ha tomado no le haga negligente y flojo, permite el Señor que le vengan tentaciones que le pongan delante de los ojos el peligro en que todavía está, y le despierten y aviven y le hagan diligente y cuidadoso.
( I ) Nullum certius argumentum est, quod dsemones vieti a nobis sint, quam si nos acerrime oppuernant. Clim.—(2) Gregor. / . 24, Mor. c. 12, 13 et I 4 . - ( 3 ) Matth.; IV, 1.
 (1) Luc. XI, 2fi.—(2) Et_exclamans, et raultura discerpens eum, e x i i t a b eo. Marc., IX, 25.—(3) Ecce eum non discerpserat cum tenebal, exiens discerpsit. Greg., I. 33, Moral, c. 18.—(4) Gres. I. 24, Moral, c. 12, 13, 14.
San Juan Clímaco dice (1): La novedad de la vida nueva suele hacerla pesada a quien estaba acostumbrado á la mala; y al abrazar de la virtud se declara y siente la contradicción y guerra del vicio que le repugna; como el ave, cuando quiere salir del lazo, entonces siente que está presa. Y así, no se ha de espantar ni desmayar nadie por sentir dificultades y tentaciones á los principios, porque es cosa muy ordinaria.
Añade San Gregorio que algunas veces el que ha dejado el mundo y la mala vida, y comienza a servir á Dios, es tentado de tales tentaciones, cuales nunca antes de su conversión había sentido; pero esto, dice, no es porque no hubiese e n él antes la raíz de aquellas tentaciones, que en sí había; sino porque no se parecía ni descubría entonces, y ahora se descubre.
Como cuando el hombre está muy ocupado en otros pensamientos y cuidados muy diferentes, muchas veces no se conoce a sí mismo ni entiende lo que pasa allá dentro; y en comenzando recogerse y a entrar dentro de sí , entonces echa de ver las malas raíces que brotan en su corazón. Es, dice, como el cardo que nace en el camino, que como le pisan todos los que pasan, no se echa de ver; pero aunque no salgan fuera las espinas, dentro queda la raíz encubierta en la tierra; y en dejándole de pisar los que pasan, luego brotan y salen afuera: así, dice, en los seglares, muchas veces está la raíz de las tentaciones oculta, que no se echa de ver por de fuera, porque, como cardo que está e n el camino, se pisa y trilla, como de caminantes, de la diversidad de los pensamientos que van y vienen, y de los muchos cuidados y ocupaciones que hay; pero cuando uno se aparta de todo eso y se recoge  servir a Dios, entonces, como no hay quien pise el cardo, parécese lo q u e había allá dentro escondido y siéntense las espinas de la tentación que brotan de la mala raíz. Y esta es también la causa por que suelen algunos sentir más las tentaciones en tiempo de la oración, que cuando andan ocupados en oficios y cosas exteriores. De manera, que el sentir uno acá en la Religión tales tentaciones, cuales nunca antes de su conversión había sentido, no es porque ahora sea peor que cuando estaba en el siglo, sino porque entonces no se veía el hombre, ni se conocía, y ahora comienza a ver y a conocer sus malas inclinaciones y apetitos desordenados; y así, lo que va uno de procurar es no tapar ni cubrir la raíz, sino arrancarla.
Otros hay, dice San Gregorio, que al principio de su conversión no son combatidos con tentaciones, antes sienten mucha paz, gustos y consolaciones; y después, andando el tiempo, los prueba el Señor con tentaciones, lo cual ordena su Majestad con divino consejo y disposición, porque no les parezca áspero y dificultoso el camino de la virtud, y desmayen, y se vuelvan á lo que poco antes dejaron , como hizo con su pueblo cuando le sacó de Egipto, que no los llevó por la tierra de los filisteos que estaba cerca; da la razón la Sagrada Escritura: Porque , por ventura , viendo que luego se les levantaban guerras, no se arrepintiesen de haber salido de Egipto , y se volviesen allá (1). Antes al principio les mostró Dios muchos favores, haciendo por ellos grandes maravillas y milagros; pero después que habían ya pasado el mar Bermejo, y estaban en el desierto, y no podían volver atrás, probólos con muchos trabajos y tentaciones antes de entrar en la tierra de Promisión. Así, dice el (1) Ne forte peniteret eum, si vidisset adversum se bella consurgeret reverteretur in Egyptum. Exod., VIII, 17.
Santo, a los que dejan el mundo, les quita el Señor algunas veces, á los principios, las guerras de tentaciones; porque como están tiernos en la virtud, no se espanten con ellas y se vuelvan al mundo. Llévalos por suavidad al principio, y dales consuelos y gustos, para que habiendo gustado de la dulzura y suavidad del camino de Dios, puedan después mejor llevar la guerra y molestia de las tentaciones y trabajos; y tanto más, cuanto más han gustado de Dios y conocido cuánto merece ser servido y amado. Y así, a Pedro primero le mostró el Señor la hermosura y resplandor de su gloria en la Transfiguración y después permitió que fuese tentado de la esclava, que le preguntó si era discípulo de Cristo, para que humillado con la tentación, llorando y amando supiese valerse y ayudarse de aquello que primero había visto en el monte Tabor, y así como el temor le había derrocado, así la dulzura de la suavidad y bondad de Dios, que ya había experimentado, le levantase.
De aquí, dice San Gregorio, se entenderá un engaño que suele haber en los que comienzan á servir a Dios que como se ven algunas veces con ta- nta paz y quietud , y que les hace el Señor merced de darles entrada en la oración, y hallan facilidad en los ejercicios de la virtud y de la mortificación, piensan que ya han alcanzado la perfección, y no entienden que son aquellos regalos de niños y de principiantes, y que les da el Señor aquellas ayudas de costa para acabarlos de destetar de las cosas del mundo. Algunas veces, dice el Santo, se comunica Dios más abundantemente a los menos perfectos y que no tienen tanto aprovechamiento en la virtud, no porque ellos lo merezcan, sino por ser más necesitados; a la manera que lo suele hacer acá un padre, que con amar mucho a todos sus hijos, parece que no hace caso de los que están sanos; pero si alguno está enfermo, n o sólo le cura con medicinas, sino también le da lo que es de contento y de regalo. Y como el hortelano, que las plantas más tiernas las riega á menudo y las regala, pero después que están fuertes y bien arraigadas, déjalas sin ese riego y regalo: así aquella divina bondad tiene esta manera de gobierno con los flacos y pequeñuelos, y con los que comienzan.
Dicen también los Santos que algunas veces da el Señor más consuelos a los que han sido más pecadores, y parece que les hace más particulares regalos y favores, que a los que han siempre vivido bien, porque aquéllos no desconfíen, ni desesperen, y porque esos otros no se ensoberbezcan. Bien se nos declara esto en aquella parábola del Hijo pródigo (1), y en aquella fiesta, música y regocijo con que su padre le recibió, matando el becerro grueso y haciendo un gran convite, no habiendo dado al hijo mayor que le había servido toda su vida y nunca había salido de su mandado, ni siquiera un cabrito con que se holgase alguna vez con sus amigos; que no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, como dijo el mismo.