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martes, 14 de noviembre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS. (Y/O LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO) SAN AGUSTIN


LA CONVERSION DE SAN AGUSTIN

Capítulo XXX. De la conexión de muchas guerras que precedieron antes de la venida de Jesucristo
¿Con qué ánimo, pues, con qué valor, desvergüenza, ignorancia o, mejor decir, locura, no se atreven a imputar aquellos desastres a sus dioses, y estos los atribuyen a nuestro Señor Jesucristo? Las crueles guerras civiles; más funestas aún, por confesión de sus propios autores, que todas las demás guerras tenidas con sus enemigos (pues con ellas se tuvo a aquella República no tanto por perseguida, sino por totalmente destruida), nacieron mucho antes de la venida de Jesucristo, y por una serie de malvadas causas, después de la guerra de Mario y Sila, llegaron las de Sertorio y Catilina, uno de los cuales había sido proscrito y vendido por Sila, y el otro se había criado con él; en seguida vino la guerra entre Lépido y Catulo, y de estos uno quería abrogar lo que había hecho Sila, y el otro lo quería sostener; siguióse la de Pompeyo y César, de los cuales, Pompeyo había sido del partido de Sila, a cuyo poder y dignidad había ya llegado, y aun pasado, lo cual no podía tolerar César, por no ser tanto como él; pero al fin logró conseguirla y aún mayor, habiendo vencido y muerto a Pompeyo.
Finalmente, continuaron las guerras hasta el otro César, que después se llamó Augusto en cuyo tiempo nació Jesucristo y porque también este Augusto sostuvo muchas guerras civiles, y en ellas murieron innumerables hombres ilustres, entre los cuales uno fue Cicerón, aquel elocuente maestro en el arte de gobernar la República. Asimismo Cayo César (el que venció a Pompeyo y usó con tanta clemencia la victoria), haciendo merced a sus enemigos de las vidas y dignidades, como si fuera tirano y se conjugaron contra él algunos nobles senadores, bajo pretexto de la libertad republicana, y le dieron de puñaladas en el mismo Senado, a cuyo poder absoluto y gobierno déspota parece aspiraba después Antonio, bien diferente de él en su condición, contaminado y corrompido con todos los vicios, a quien se opuso animosamente Cicerón, bajo el pretexto de la misma libertad patria. Entonces comenzó a descubrirse el otro César, joven de esperanzas y bella índole, hijo adoptivo de Cayo julio César, quien como llevo dicho, se llamó después Augusto. A este mancebo ilustre, para que su poder creciese contra el de Antonio, favorecía Cicerón, prometiéndose que Octavio, aniquilado y oprimido el orgullo de Antonio, restituiría a la República su primitiva libertad; pero estaba tan obcecado y era poco previsor de las consecuencias futuras, que el mismo Octavio, cuya dignidad y poder fomentaba, permitió después, y concedió, como por una capitulación de concordia, a Antonio, que pudiese matar a Cicerón, y aquella misma libertad republicana, en cuyo favor había perorado tantas veces Cicerón, la puso bajo su dominio.

Capítulo XXXI. Con qué poco pudor imputan a Cristo los presentes desastres aquellos a quienes no se les permite que adores a sus dioses, habiendo habido tantas calamidades en el tiempo que los adoraban
Acusen a sus dioses por tan reiteradas desgracias los que se muestran desagradecidos a nuestro Salvador por tantos beneficios. Por lo menos cuando sucedían aquellos males hervían de gente las aras de los dioses y exhalaban de sí el olor del incienso Sabeo y de las frescas y olorosas guirnaldas. Los sacerdocios eran ilustres, los lugares sagrados, lugar de placer; se frecuentaban los sacrificios, los juegos y diversiones en los templos, al mismo tiempo que por todas partes se derramaba tanta sangre de los ciudadanos por los mismos ciudadanos, no solo en cualquiera lugar, sino entre los mismos altares de los dioses. No escogió Cicerón templo donde acogerse, porque consideró que en vano le había escogido Mucio; pero estos ingratos que con menos motivo se quejan de los tiempos cristianos, o se acogieron de los lugares dedicados a Cristo, o los mismos bárbaros los condujeron a ellos para que librasen sus vidas. Esto tengo por cierto, y cualquiera que lo mirase sin pasión, fácilmente advertirá (por omitir muchas particularidades que ya he referido y otras que me pareció largo contarlas) que si los hombres recibieran la fe cristiana antes de las guerras púnicas y sucedieran tantas desgracias y estragos como en aquellas guerras padeció África y Europa, ninguno de éstos que ahora nos persiguen lo atribuyera sino a la religión cristiana; y mucho más insufribles fueran sus voces y lamentos por lo que se refiere a los romanos, si después de haber recibido y promulgado la religión cristiana, hubiera sucedido la entrada de los galos o la ruina y destrucción que causó la impetuosa avenida del río Tiber y el fuego, o lo que sobrepuja a todas las calamidades, aquellas guerras civiles y demás infortunios que sucedieron, tan contrarios al humano crédito, que se tuvieron por prodigios, los que sucedieran en los tiempos cristianos, ¿a quiénes se lo habían de atribuir como culpas sino a los cristianos? Paso en silencio, pues, los sucesos que fueron más admirables que perjudiciales, de cómo hablaron los bueyes: cómo las criaturas que aún no habían nacido pronunciaron algunas palabras dentro del vientre de sus madres; cómo volaron las serpientes; cómo las gallinas se convirtieron en gallos y las mujeres en hombres, y otros portentos de esta jaez, que se hallaban estampados en sus libros, no en los fabulosos, sino en los históricos, ya sean verdaderos, ya sean falsos, que causan a los hombres no daño, sino espanto y admiración; asimismo aquel raro suceso de cuando llovió tierra, greda y piedras, en cuya expresión no se entiende que apedreó, como cuando se entiende el granizo por este nombre, sino que realmente cayeron piedras, cantos y guijarros; esto, sin duda, que pudo hacer también mucho daño. Leemos en sus autores que, derramándose y bajando llamas de fuego desde la cumbre del monte Etna a la costa vecina, hirvió tanto el mar, que se abrasaron los peñascos y se derritió la pez y resina de las naves; este suceso causó terribles daños. Aunque fue una maravilla increíble. En otra ocasión, con el mismo fuego, escriben que se cubrió Sicilia de tanta cantidad de ceniza, que las casas de la ciudad de Catania, oprimidas por el peso, dieron en tierra; y, compadecidos de esta calamidad, los romanos les perdonaron benignamente el tributo de aquel año; también refieren en sus historias que en África, siendo ya provincia sujeta a la República romana, hubo tanta multitud de langosta que anublaban el sol, las cuales, después de consumir los frutos de la tierra, hasta las hojas de los árboles, dicen que formaron una inmensa e impenetrable nube y dio consigo en el mar, y que muriendo allí, y volviendo el agua a arrojarlas a la costa, inficionándose con ellas la atmósfera, aseguran que causó tan terrible peste, que, según su testimonio, solo en el reino de Masinisa perecieron 80,000 personas, y muchas más en las tierras próximas a la costa. Entonces afirman que en Utica, de 30,000 soldados que había de guarnición quedaron vivos sólo diez. No puede darse semejante fanatismo como el que nos persigue y obliga a que respondamos que el suceso más mínimo de éstos que hubiese acontecido en la actual época le atribuirían el influjo y profesión de la religión cristiana, si
le vieran en los tiempos cristianos. Y, con todo, no imputan estas desgracias a sus dioses, cuya religión procuran establecer por no padecer iguales calamidades o menores habiéndolas padecido mayores los que antes los adoraban.

LIBRO CUARTO. LA GRANDEZA DE ROMA ES DON DE DIOS
Capítulo primero. De lo que se ha dicho en el libro primero
Debiendo empezar ya a tratar de la ciudad de Dios, fui de parecer que debía responder, en primer lugar, a los enemigos, quienes, como viven arrastrados de los gustos y deleites terrenos, apeteciendo con ansia los bienes caducos y perecederos, cualquiera adversidad que padecen, cuando Dios, usando de su misericordia, los avisa, suspendiendo el castigarlos con todo rigor y justicia, lo atribuyen a religión cristiana, la cual es solamente la verdadera y saludable, religión, y porque entre ellos hay también vulgo estúpido e ignorante, se arrebatan con mayor ardor e irritan contra nosotros, como excitados y sostenidos de la autoridad respetable de los doctos; persuadiéndose los necios que los sucesos extraordinarios que acaecen con la vicisitud de los tiempos no solían acontecer en las épocas pasadas. Confirman su falsa opinión con disimular que lo ignoran, no obstante que saben que es falso, para que de este modo se puedan persuadir los entendimientos hu manos ser justa la queja que manifiestan tener contra nosotros, porque lo que fue necesario demostrar por los mismos libros que escribieron sus historiadores dándonos una noticia extensa y circunstanciada de la historia y sucesos ocurridos en los tiempos pasados, que es muy al contrario de, lo que opinan; y asimismo enseñar que los dioses falsos que entonces adoraban públicamente y ahora todavía adoran en secreto, son unos espíritus inmundos, perversos y engañosos demonios, tan procaces, que tienen su mayor deleite y complacencia en oír y examinar las culpas y maldades más execrables, sean ciertas o fingidas, aunque seguramente suyas, las cuales quisieron se celebrasen y anunciasen solemnemente en sus fiestas, a fin de que la humana imbecilidad no se ruborizase en perpetrar acciones feas y reprensibles, teniendo por imitadores de las más impías a las mismas deidades, lo cual no he probado yo precisamente por meras conjeturas falibles, sino ya por lo sucedido en nuestros tiempos, en los que yo mismo vi hacer y celebrar semejantes torpezas en honor de los dioses, ya por lo que está escrito en autores que dejaron a la posteridad el recuerdo de estas torpezas, considerándolas no como infames, sino como honoríficas y apreciables a sus dioses. De modo que el docto Varrón, de grande autoridad entre los gentiles, escribiendo unos libros que trataban de las cosas divinas y humanas, y distribuyendo, conforme a la calidad de cada uno, en unos las materias divinas y en otros las humanas a lo menos no colocó los juegos escénicos entre las cosas humanas, sino entre las divinas, siendo seguramente cierto que si en Roma hubiera solamente personas honestas y virtuosas, ni aun en las cosas humanas fuera justas que hubiera juegos escénicos; lo cual, ciertamente, no estableció Varrón por su propia autoridad, sino como nacido y criado en Roma, los halló considerados entre las cosas divinas. Y porque al fin del libro primero expusimos en compendio lo que en adelante habíamos de referir, y parte de ello dijimos en los dos libros siguientes, reconozco la obligación en que estoy empeñado de cumplir en lo restante con la esperanza de los lectores.

Capítulo II De lo que se contiene en el libro segundo y tercero
Prometimos, pues, hablar contra los que atribuyeron las calamidades padecidas en la República romana a nuestra religión, y referir extensamente todos los males y penalidades grandes y pequeños que nos ocurriesen, o los suficientes para demostrar claramente los que padeció Roma y las provincias que estaban bajo su Imperio antes de que se prohibieran absolutamente los sacrificios. Todos los cuales infortunios, sin duda, nos los atribuyeran si entonces tuvieran ellos noticia de nuestra religión, o les vedase sus sacrílegas oblaciones: este punto, a lo que creo, le hemos explicado bastantemente en el libro segundo y tercero. En el segundo, cuando tratamos de los males de las costumbres, que se deben estimar por los únicos y por los más grandes, y en el tercero, cuando tratamos de las calamidades que temen los necios y huyen de padecer; es, a saber: de los males corporales y de las cosas exteriores, las cuales por mayor parte sufren también los buenos; pero, al contrario, las desgracias con que empeoran sus costumbres las toleran, no digo con paciencia, sino con mucho gusto. Ha sido sumamente limitada la relación que he dado de las desgracias de Roma y de su Imperio, y de éstas no he referido todas las ocurridas hasta Augusto César; pues si me hubiera propuesto contar y exagerarlas todas, no las que se causan los hombres mutuamente unos a otros, como son los estragos y ruinas que motivan las guerras, sino las que atraen a la tierra los elementos celestes, las que resumió Apuleyo. en el libro que escribió del mundo, diciendo que todas las cosas de la tierra sufren cambios y destrucciones, porque asegura, para decirlo con. sus palabras, que se abrió la tierra con terribles temblores, se tragó ciudades enteras y mucha gente; que rompiéndose las cataratas del cielo se anegaron provincias enteras; que las que anteriormente había sido continente y tierra firme quedaron aisladas por el mar; que otras, por el descenso del mar, se hicieron accesibles a pie enjuto; que fueron asoladas y destruidas hermosas ciudades con furiosos vientos y tempestades; que de las nubes descendió fuego, con que perecieron y fueron abrasadas algunas regiones en el Oriente; que en el Occidente, las frecuentes avenidas de los ríos causaron igual estrago, y que en tiempos antiguos, abriéndose y despeñándose de las cumbres, del monte Etna hacia abajo aquellas encendidas bocas con divino incendio, corrieron ríos de llamas y fuego, como si fuesen una impetuosa avenida de agua. Si estas particularidades y otras semejantes intentara yo recopilar (las que se hallan en varias historias de donde podría trasladarlas), ¿cuándo acabaría de referir las que acontecieron en aquellos lastimosos tiempos, antes que el nombre de Cristo reprimiese a los incrédulos sus vanidades y contradicciones a la verdadera fe? Prometí asimismo patentizar cuáles fueron las costumbres que quiso favorecer para acrecentar con ellas el imperio el verdadero Dios, en cuya potestad están todos los reinos, y por qué causa y cuán poco les auxiliaron estos que tienen por dioses, o, por mejor decir, cuántos daños les causaron con sus seducciones y falacias; sobre lo cual advierto ahora que me conviene hablar, y aún más del acrecentamiento del Imperio romano, porque del pernicioso engaño de los demonios, a quienes adoraban como a dioses, y de los grandes daños que ha causado en sus costumbres su culto, queda ya dicho lo suficiente, especialmente en el libro segundo. En el discurso de los tres libros, donde lo juzgué a propósito, referí igualmente los imponderables consuelos que en medio de los trabajos de la guerra envía Dios a los buenos y a los malos por amor a su santo nombre, a quien, al contrario de lo que se acostumbra en campaña, tuvieron los bárbaros tanto respeto, tributando obediencia y reconocimiento al augusto nombre de Aquel que hace salga el sol sobre los buenos y los malos, y que llueva sobre los justos y los injustos.

Capítulo III. Si la grandeza del Imperio que no se alcanza sino con la guerra, se debe contar entre los bienes que llaman, así de los felices como de los sabios
Veamos ya y examinemos las causas que puedan alegar para demostrar la grandeza y duración tan dilatada del Imperio romano, no sea que se atrevan a atribuirla a estos dioses, a quienes pretenden haber reverenciado y servido honestamente con juegos torpes y por ministerio de hombres impúdicos; aunque primero quisiera indagar en qué razón o prudencia humana se funda, que no pudiendo probar sean felices los hombres que andan siempre poseídos de un tenebroso temor y una sangrienta codicia en los estragos de la guerra y en derramar la sangre de sus ciudadanos o de otros enemigos, aunque siempre humana (tanto que solemos comparar al vidrio el contento y alegría de estos tales que frágilmente resplandece, de quien con más horror tememos no se nos quiebre de improviso), con todo, quieran gloriarse de la opulencia y extensión de su Imperio. Y para que esto se entienda más fácilmente y no nos desvanezcamos llevados del viento de la vanidad, y no escandalicemos la vista de nuestro entendimiento con voces de grande bulto, oyendo pueblos, reinos, provincias, pongamos dos hombres, porque así como las letras en un escrito, cada hombre se considera como principio y elemento de una ciudad y de un reino, por más grande y extenso que sea. Supongamos que el uno de éstos es pobre y el otro muy rico; pero este contristado con temores, consumido de melancolía, abrazado de codicia, nunca seguro, siempre inquieto, batallando con perpetuas contiendas y enemistades, que con estas miserias va acrecentando sobremanera su patrimonio, y con tales incrementos va acumulando también grandísimos cuidados; y el de mediana hacienda, contento con su corto caudal,, acomodado a sus facultades, muy querido de sus deudos, vecinos confidentes y amigos, gozando de una paz dulce, piadoso en la religión, de corazón benigno, de cuerpo sano, ordenado en la vida, honesto en las costumbres y seguro en conciencia, No sé si pueda haber alguno tan necio que se atreva a poner en duda sobre a cuál de éstos, haya de preferir. Así, pues, como en estos dos hombres, así en dos familias, así en dos pueblos, así en dos reinos se sigue la misma razón de semejanza e igualdad, la cual, aplicada con acuerdo, si corrigiésemos los ojos de nuestro entendimiento, fácilmente advertiríamos dónde se halla la vanidad y dónde la felicidad; por lo cual, si se adora al verdadero Dios y le sirven con verdaderos sacrificios con buena vida y costumbres, es útil e importante que los buenos reinen mucho tiempo con crecidos honores; cuya felicidad no es precisamente útil a ellos solos, sino a aquellos sobre quienes reinan; pues por lo que se refiere a éstos, su religión y santidad (que son grandes dones de Dios) les basta para conseguir la verdadera felicidad, con la que pueden pasar dichosamente esta vida y después alcanzar la eterna. En la tierra se concede el reino a los buenos, no tanto por utilidad suya como de las cosas humanas; pero el reino que se da a los malos, antes es en daño de los que reinan, pues estragan y destruyen sus almas con la mayor libertad de pecar, aunque a los súbditos y a los que los sirven no les puede perjudicar sino su propio pecado; pues todos cuantos perjuicios causan los malos señores a los justos no es pena del pecado, sino prueba de la virtud, por tanto, el bueno, aunque sirva, es libre, y el malo, aunque reine, es esclavo, y no de sólo un hombre, sino, lo que es más pesado, de tantos señores como vicios le dominan, de los cuales, tratando la Escritura, dice: <que por el mismo hecho de dejarse uno vencer o rendir a otro, viene a ser su esclavo>.