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lunes, 20 de noviembre de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAST


La muerte no les dio tiempo, mas fue la de ellos.
Ese año, en 1993, murieron súbitamente ambos emperadores; el uno de viejo, el otro en lo mejor de su edad a causa de un accidente de aviación.
El nuevo emperador, Otón V, se condolió del infortunio de las tres princesas hijas de Carlos Alberto; se fue a Roma, se instaló en el Quirinal, y dijo a Clotilde, la mayor:
—Si quieres ser mi mujer serás emperatriz del mayor imperio de todos los siglos.
—Tú eres casado ya —le contestó Clotilde.
— ¡No importa! El papa anulará mi matrimonio. Estoy harto de esa mula polaca que no sabe tener hijos.
— ¿Y si el papa no anulara tu matrimonio?
—Me casaría lo mismo.
—Yo no —respondió la princesa y le volvió la espalda.
Pero Otón V, instalado en el Quirinal, aprisionó a la joven y llenó de tropas la península. También a él le gustaba repetir la historia hecha por otros reyes y emperadores.
Y dijo a Margarita, la segunda de las hijas de Carlos Alberto:
—Si quieres ser mi mujer serás la más gloriosa emperatriz del mundo.
—No quiero —respondió la princesa— tú eres casado.
Entonces Otón V habló a la tercera de las princesas, Ágata, que no tenía más de quince años y era ambiciosa y locuela:
— ¿Quieres ser la más poderosa emperatriz del mundo?
—Sí, quiero —contestó la muchacha.
Y se casaron en Roma con la bendición de un obispo luterano, porque el papa no consintió en separar lo que Dios había unido.
Eso ocurrió a fines del año, cuando según los sagrados y misteriosos libros de la Cábala ya existía en alguna parte del mundo un joven que sería el Anticristo.
¿Dónde vivía?
De Otón V —dueño y señor del Santo Imperio Romano Germánico, que tenía dos capitales, Berlín y Roma— dijeron algunos que debía de ser el Anticristo; y él mismo, por su parte, sentía en sus venas furores satánicos.
Más era feo e hirsuto como un lobo.
—No puede ser el Anticristo —explicaban los exegetas— porque el mayor enemigo de Cristo será el mancebo más hermoso que hayan visto las estrellas.
Apasionadas discusiones se abrieron en todo el mundo acerca de la personalidad del Anticristo y de la posibilidad de que aquellos años fueran los últimos de la humanidad.
Muchos creían ya inminente el advenimiento de N. S. Jesucristo en gloria y majestad, y como el labrador que espía los brotes de la higuera para saber si está próximo el verano, ellos espiaban en la tierra, en el cielo y en las almas las señales que el mismo Jesús dio de su segunda venida, a fin de que se encontraran preparados.
La restauración de Jerusalén sería una de esas señales, porque estaba escrito que su destrucción duraría hasta que se cumpliese el tiempo de las naciones, es decir que si alguna vez se restauraba el templo y el trono de David, sería cuando la humanidad estuviese tocando los umbrales del Apocalipsis.
Un astrónomo anunció, y no fue creído, que se produciría una extraña conjunción de astros, tal como aquella que en los comienzos de nuestro planeta hizo variar en 23½ grados el eje de la tierra con relación a la eclíptica.
El nuevo fenómeno ocurriría en el año 2000. La tierra recobraría su posición primitiva, lo cual introduciría un trastorno apocalíptico en su estructura.
Aunque la gente se mofó de eso como de un desvarío, muchos matemáticos se pusieron a calcular de qué modo cambiaría la posición de las aguas, en la hipótesis de que ocurriera semejante rectificación del eje de la tierra.
Y se publicaron libros explicando cuáles naciones quedarían sumergidas y qué mares u océanos se convertirían en tierras firmes; qué volcanes entrarían de nuevo en actividad, y qué ríos se agotarían como menguados arroyos en tiempos de sequía.
De donde nació la costumbre de preguntarse unos a otros en qué lugar del mundo instalarían sus moradas.
Pero había otras dos señales bien manifiestas en los libros santos que deberían cumplirse antes del fin: primeramente, la reunión de todos los judíos en una sola patria; después, su conversión en masa a la fe de Cristo.
Su libro sagrado, el Talmud, afirma en tres pasajes que el mundo no durará más de seis mil años, como representación de los seis días que Dios trabajó en hacerlo, ya que mil años a sus ojos no son más que un día.
Aquí discutían los intérpretes católicos si la conversión de los judíos se realizaría antes o después del Anticristo.
Cierta opinión, apartándose de antiguas interpretaciones, afirma que tal conversión sólo tendrá lugar después del Anticristo, puesto que primeramente los judíos lo recibirán como al Mesías prestándole adoración.
Su desengaño y su conversión en masa —según estos intérpretes— sólo ocurrirá cuando el “hombre de pecado” sea vencido y aniquilado por Cristo.
Pero estaba escrito que la Iglesia Católica, que ha salido victoriosa de tantos cismas, aún tendría que sufrir la “abominación de la desolación”, o sea una apostasía casi general y la adoración del Anticristo en el templo mismo de Dios.
Postrera y segura señal de los últimos tiempos.
Entonces los hombres, despavoridos, verán encenderse en el cielo la Cruz del Señor, y al Hijo del Hombre llegar sobre las nubes con gran poder y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos.

CAPÍTULO XI
La Muerte del Papa
Una tarde, en la segunda semana del cálido mes de veadar, el decimotercero del año correspondiente al febrero antiguo, en esa hora triste en que las iglesias se llenan de sombras, fray Plácido ascendió una gastada escalera de ladrillos buscando a fray Simón, que se encerraba en el coro para tocar el órgano.
El superior de los gregorianos era un excelente músico; mas ponía en sus ejecuciones tal diabólica vehemencia que daba escalofríos, por lo cual irritábale que lo escuchasen y lo había prohibido, pero esa vez fray Plácido creyóse autorizado a violar el mandato.
Mientras se aproximaba oía aquellos compases de la marcha fúnebre de Beethoven, que hacen pensar en el ruido de las rótulas que golpearán la tapa de los féretros el día de la resurrección.
No se amedrentó y empujó la puerta con osadía. La radio Vaticana acababa de propalar una grave novedad: el papa Pío XII, el Pastor Angelicus anunciado por San Malaquías, había muerto a los 116 años.
Según esta profecía, que unos miran como inspirada y otros como apócrifa, después del Pastor Angelicus no habrá más que seis papas; luego la humanidad entrará en su grandioso final con la Parusía, esto es, la segunda venida de Cristo al mundo.
Ahora se reuniría el cónclave para elegir el sucesor, a quien le correspondía el lema de Pastor et Nauta. (Pastor y navegante).
Puesto que no quedaban muchos años hasta el 2000, en que algunos piensan reinará el Anticristo, era de imaginar que los seis papas últimos desaparecerían poco después de consagrados.
En la historia eclesiástica hay ejemplos de pontífices de brevísimo pontificado.
Sin contar algunos de ellos (Esteban II, siglo VIII; Juan XV, siglo X; Celestino IV, siglo XIII; y Urbano VII, siglo XVI) que murieron a los pocos días de ser electos sin llegar a consagrarse; once no alcanzaron a reinar un mes y son cuarenta y cuatro los que no cumplieron el año.
Podría pues ocurrir que en el breve lapso que faltaba se sucedieran cinco o seis papas
Después de Pastor et Nauta vendría Flor Florum (Flor de las flores).
Según los intérpretes de la profecía el reinado de ambos sería un corto tiempo de penitencia, para que los católicos se preparasen a las últimas persecuciones y a la victoria definitiva.
Durante ese tiempo el catolicismo penetraría en las más hostiles y cerradas regiones de la tierra y de las almas, y empezaría la conversión del pueblo judío anunciada por San Pablo con palabras que encierran una promesa magnífica.
A Flor Florum le sucedería el anunciado así: De Medietate Lunæ (De la media luna), en cuya época se alzaría un antipapa, origen del gran cisma pronóstico seguro del fin del mundo. Tal vez el lema significaría el apogeo del nuevo imperio de la Media Luna. Sí se piensa que esta profecía data del siglo XII y que hasta ahora parece haberse realizado puntualmente, el anuncio de un resurgimiento de Mahoma, enemigo de Cristo, ha de inquietar a las almas porque vaticina un período de espantosas persecuciones. Los últimos tres papas desaparecerían vertiginosamente.
Uno de ellos, De Labore Solis (Del trabajo del sol), sería asesinado por orden o por mano del Anticristo, y durante tres años y medio la Iglesia perseguida se refugiaría en los desiertos.
Los cardenales lograrían reunirse en Jerusalén, y tras laboriosísimo cónclave, elegirían al penúltimo de los papas, probablemente un judío convertido cuyo lema en la profecía es De Gloria Olivæ (Del esplendor del olivo), en cuyo tiempo se consumaría la conversión de Israel. La alusión al olivo, símbolo bíblico del pueblo hebreo, robustece la idea de que este papa será de estirpe judía.
Estarán ya sonando las campanas del año 2000.
El Anticristo, señor del mundo entero, verá de pronto una colosal rebelión de naciones en los tiempos del último papa, llamado por San Malaquías Petrus Romanus, o sea Pedro II.
Éste presenciará la aparición de la cruz luminosa sobre el campo de Armagedón y la derrota del Anticristo, a quien el Señor aniquilará sin golpe de arma y solamente con el soplo de su divina boca...
Todas estas visiones presentáronse de golpe ante la imaginación de fray Plácido.
La radio vaticana había trasmitido un detalle de especial interés: el papa había muerto con la pluma en la mano, acabando de firmar dos decretos.
Por uno de ellos rechazaba la constitución de los caballeros templarios. Por el otro aprobaba una nueva orden religiosa, la de los ensacados limosneros, cuyas acciones son todas una oración impetrando el segundo advenimiento de Cristo, a fin de merecer la corona que el apóstol anuncia estar reservada para todos los que ansíen su venida.
Tan absorto se hallaba en su música el superior, que no sintió llegar a fray Plácido.
Éste no le habló de pronto, pues advirtió que la iglesia no estaba totalmente desierta.
Un fantasma evocado por aquella música infernal se movía cerca del presbiterio.
Ya en otra ocasión, mientras fray Simón tocaba el órgano, vio esa misma sórdida figura que desapareció al extinguirse las notas.
Aquella primera vez el superior le había preguntado con alarma:
— ¿Ha visto V. R. algo?
—Sí, padre; he visto un viejo de barbas amarillas.
El superior hizo una mueca de fastidio y murmuró entre dientes:
—Siempre esta música de Beethoven me evoca a Sameri.
— ¿Quién es Sameri?
El superior no contestó.

Fray Plácido, picado en su curiosidad, se encerró en la biblioteca y leyó viejísimos libros en latín hasta que dio con una explicación, que podía ser una historia o una leyenda.