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martes, 24 de octubre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS ( O Y LA CAID DEL IMPERIO ROMANO) SAN AGUSTIN

MARTE DIOS ROMANO

Capítulo XVIII. Cuán graves calamidades afligieron a los romanos en tiempo de las guerras púnicas, habiendo deseado y pedido en balde el auxilio y favor de sus dioses
En el tiempo en que se sostenían las guerras púnicas o cartaginesas, vacilando entre uno y otro Imperio, como in cierta y dudosa, la victoria, y haciendo estos dos poderosos pueblos fuertes y costosas jornadas, ¿qué reinos de menos reputación fueron destruidos? ¿Qué de ciudades populosas e ilustres asoladas? ¿Cuántas afligidas? ¿Cuántas perdidas? ¿Qué de provincias y tierras taladas de extremo a extremo? ¿Cuántas veces fueron vencidos los de acá, y vencedores los de allá? ¿Cuántos perecieron, ya de soldados peleando, ya de los pueblos que no peleaban y estaban en paz? Y si intentáramos referir la infinidad de naves que quedaron sumergidas también en los combates navales y anegadas con diversas tempestades, borrascas y temporales contrarios, ¿qué otra cosa vendríamos a ser nosotros que historiadores? Entonces, despavorida y turbada con un extraordinario miedo la ciudad de Roma, acudió presurosa a buscar remedios vanos e irresistibles. Renovaron por autoridad de los libros Sibilinos los juegos seculares, cuya solemnidad, habiéndose establecido de cien en cien años, y en los tiempos mejores habiéndose olvidado su memoria, se habían dejado ya de celebrar. Renovaron también los pontífices los juegos consagrados a los dioses infernales, estando también éstos ya olvidados con los muchos años que habían pasado sin solemnizarse; porque, en efecto, cuando los renovaron, como se habían enriquecido los dioses infernales con tanta copia y multitud de los que se morían, gustaban por lo mismo ya de jugar, en atención a que, seguramente, los tristes y miserables hombres, haciéndose rabiosa guerra, mostrando su valor y corazón sanguinario, alcanzando el uno y otro hemisferio funestas victorias, celebraban solemnes juegos a los demonios y banquetes abundantes y suntuosos a los dioses del infierno. No sucedió ciertamente tragedia más lamentable en la primera guerra púnica que el haber sido vencidos en ella los romanos; siendo hecho prisionero de guerra Régulo, de quien hicimos mención en el primero y segundo libros, persona sin duda de gran valor, que, primero había venido y dominado a los cartagineses, el cual hubiera podido terminar la primera guerra púnica, si por una extraordinaria ansia de gloria y alabanza no hubiera pedido a los rendidos cartagineses con diciones más duras de las que ellos podían sufrir. Si la prisión impensada de aquel célebre general, si la esclavitud y servidumbre indigna, si la fidelidad del juramento y la bárbara crueldad de su muerte no avergüenza a los dioses, sin duda es cierto que son de bronce y que no tienen gota de sangre que les pueda salir al rostro; al mismo tiempo no faltaron dentro de sus propios hogares gravísimos males y desgracias; porque, saliendo de madre el río Tiber fuera de lo acostumbrado, arruinó casi toda la parte baja de la ciudad, llevándose parte con el furioso ímpetu y avenida, y derribando parte con la humedad reconcentrada en tanto tiempo como estuvieron detenidas las aguas en las calles. Siguió a esta desgracia la del fuego, más perjudicial que la anterior, pues prendiendo por la plaza en los mas altos y encumbrados techos, no quisieron perdonar ni aun el templo de Vesta, su mayor amigo y familiar, adonde acostumbraban las que no eran tan honradas vírgenes conservar el fuego y darle, añadiéndole con diligencia leña, como una perpetua vida en donde el fuego entonces no sólo vivía, sino que se fomentaba más y más, de cuyo ímpetu y vigor, aturdidas las vírgenes, no pudiendo salvar de tan voraz incendio aquellos fatales dioses que habían ya oprimido tres ciudades donde habían tenido su residencia, el pontífice Metelo, olvidado en cierto modo de su vida y atravesando valerosamente por medio de las llamas, los sacó ilesos, saliendo él bastante chamuscado, porque ni aun a él le tocó el fuego, ni tampoco había allí dios, que aun cuando le hubiera no huyera más bien, podemos decir que el hombre pudo ser de más importancia a los dioses del templo de Vesta que ellos al hombre. Y si a sí propios no se podían defender del fuego, ¿a aquella ciudad, cuyo principio, esplendor y conservación se creía que amparaban, en qué la pudieran ayudar contra las aguas y las llamas, como, en efecto, la misma experiencia manifestó que nada pudieron? No les hiciéramos estas objeciones si dijeran que aquellos dioses los habían instituido no para custodia de los bienes temporales, sino para significar los eternos; y así, aunque sucediese perderse por ser cosas corporales y visibles, nada se perdía de aquellos objetos en, cuya significación fueron instituidos, y que se podían renovar y reparar de nuevo para el mismo defecto; pero es cierto que con extraña ceguedad creen que fue posible alcanzar con aquellos dioses, que no podían perecer, que no, pudiese acabar la salud corporal y la felicidad temporal de la ciudad; y así, cuando los manifestamos que, permaneciendo aún salvos sus dioses, les sucedió o el estrago en la salud, o la infelicidad, aún tienen valor para no mudar o abandonar la opinión que no pueden defender.
MINERVA 
Capítulo XIX. De los trabajos de la segunda guerra púnica, en que gastaron las fuerzas de una y otra parte
Y viniendo a tratar de la segunda guerra púnica, sería largo de contar el estrago que estos dos pueblos se hicieron mutuamente con tantas guerras como en tantas partes entre sí sostuvieron, de modo que, en sentir aún de los que tomaron de propósito a su cargo no tanto de referir las guerras romanas como el elogiar al Imperio romano, más representación tuvo de vencido el que venció, porque levantando Aníbal formidables ejércitos en España y pasando los montes Pirineos, atravesando y corriendo Francia, rompiendo los Alpes, acrecentando sus fuerzas con tanto rodeo, talando y sujetando cuanto se le ponía por delante y dando consigo, como una impetuosa e imprevista avenida, en el centro de Italia, ¡cuán sangrienta se hizo la guerra, qué de reencuentros y choques hubo, qué de veces fueron vencidos los romanos, qué de pueblos se humillaron y rindieron al enemigo, cuántos de éstos fueron entrados a fuerza de armas y saqueados, cuán crueles y horribles batallas se dieron, y muchas veces con gloria de Aníbal y ruina y desdoro de los romanos! ¿Qué diré, pues, de aquella derrota horrible digna de admiración, padecida en Cannas, donde Aníbal, no obstante ser cruel, con todo, saciado ya de la sangre de sus enemigos, dice que mandó a sus soldados que los perdonasen las vidas, enviando allí a Cartago tres celemines de anillos de oro, para dar a en tender que en el combate había dado muerte a tantos individuos de la nobleza romana, que más fácilmente se pudieron medir que contar; y asimismo para que se conjeturase el estrago del ejército que murió sin anillos, que sería, sin duda, tanto más numeroso cuanto más débil? Finalmente, después de esta batalla sobrevino tan notable falta de gente para la guerra, que los romanos se reemplazaban y echaban mano de hombres facinerosos, ofreciéndoles el perdón de sus crímenes, dando también libertad a los esclavos, y, con todos no tanto suplieron cuanto formaron un vergonzoso ejército. Estos esclavos (pero no agravemos a los ya libertos) que habían de pelear por la República, faltándoles las armas ofensivas y defensivas, se vieron precisados a tomar las de los templos, como si dijeran los romanos a su dioses: <Dejad lo que tanto tiempo habéis tenido en vano, por si acaso nuestros esclavos pueden hacer algo de provecho con lo que vosotros, siendo nuestros dioses, no habéis podido emprender acción alguna heroica. Entonces, estando exhaustos igualmente el erario público para pagar el sueldo del ejército, vinieron las haciendas de los particulares a servir al beneficio común en tanto grado, que dando todos los ciudadanos cuanto poseían, el mismo Senado no se reservó, alhaja alguna de oro, a excepción de varios anillos y joyeles, insignias miserables de su dignidad, y así toda la gente. de las demás clases y tribus. ¿Quién pudiera tolerar a éstos si en nuestros tiempos vinieran a esta necesidad, apenas pudiéndoles sufrir ahora, cuando por un superfluo deleite dan más a los cómicos que entonces dieron a las legiones por el servicio de salvar la República de un peligro extremo?
Capítulo XX. De la destrucción de los saguntinos, a los cuales, muriendo por conservar la amistad de los romanos, no les socorrían los dioses de los romanos

Pero entre todas las calamidades que sucedieron en la segunda guerra púnica, ninguna hubo más lastimosa ni más digna de compasión y justa queja. Porque esta ciudad de España, por ser amiga y confederada del pueblo romano, y por observar constantemente su asustad, fue destruida, y de esta conquista quebrantando la paz con los romanos, tomó ocasión Aníbal para irritarlos y obligarlos a la guerra. Cercó, pues, bárbaramente a Sagunto, lo cual, sabido en Roma, enviaron sus embajadores a Aníbal para que levantase el sitio, y, no haciendo caso de sus ruegos, marcharon a Cartago, donde, querellándose de la infracción de la paz y sin concluir cosa alguna, volvieron a Roma. Mientras andábase en estas dilaciones, la infeliz Sagunto, ciudad opulentísima y aliada de la República romana, fue destruida por los cartagineses al cabo de ocho o nueve meses de cerco, cuya ruina causa horror al leerlo, cuanto más al escribir cómo aconteció; sin embargo, la referiré brevemente, porque interesa al asunto que tratamos. Primeramente se fue consumiendo por el hambre, pues aseguran que al nos comieron los cuerpos muertos e sus mismos compatriotas; después, reducida al mayor extremo con la penuria y escasez de todas las cosas necesarias a la vida y a su propia defensa, por no verse m aun cautiva en manos de Aníbal, formó en la plaza pública una grande hoguera, y, degollando a todos sus amados hijos y parientes y demás ciudadanos, se arrojaron todos en ella. Hicieran aquí alguna admirable acción los dioses glotones y seductores, hambrientos de buenos bocados y manjares de los sacrificios, y empeñados solamente en alucinar a los idiotas con la oscuridad y la ambigüedad de sus engañosos presagios. Obraran aquí algún prodigio estupendo y socorrieran a una nación amiga del pueblo romano, y no dejaran perecer a la que se sepultaba voluntariamente en sus ruinas por conservar su amistad en atención a que ellos fueron los que presidieron en la unión y confederación que ella estipuló con la República romana. Así que, por observar escrupulosamente los sagrados tratados y conciertos que, presidiendo o autorizando estas falsas deidades, había concluido con verdadera voluntad, ligado con la amistad y estrechado con juramento inviolable, fue cercada, ocupada y asolada por un hombre pérfido y fementido. Si estos dioses fueron los que después espantaron y ahuyentaron a Aníbal de los muros de Roma con crueles tempestades y encendidos rayos, entonces, con tiempo, debieran obrar alguno de estos particulares prodigios, pues se atrevió a decir que con más justa razón pudieron enviar la tempestad en favor de los amigos de los romanos, expuestos al inminente riesgo de perderse puesto que, por no faltar a la fe dada a los romanos, estaban en peligro de perecer, y entonces, totalmente faltos de ayuda, que en favor de los mismos romanos, que peleaban y corrían riesgo por sí, y contra Aníbal teman en sí mismos bastante auxilio; luego si fueran tutores y defensores de la felicidad y gloria de Roma, debieran haberla librado de una culpa tan grave como fue la ruina de Sagunto. Pero ahora consideremos cuán neciamente creen que no se perdió Roma por la defensa de estos dioses cuando andaba victorioso Aníbal si vemos que no pudieron socorrer a la ciudad de Sagunto para que no se perdiese por guardar a Roma su amistad. Si el pueblo de Sagunto fuera cristiano y padeciera algún infortunio como éste por la fe evangélica (aunque no se hubiera él profanado a sí mismo, matándose a fuego y sangre), y si padeciera su destrucción por la fe evangélica, la sufriría con aquella esperanza que creyó en Jesucristo, y gozaría del premio y galardón, no de un brevísimo tiempo, sino de una eternidad sin fin. Pero en favor de estos dioses, los cuales dicen que por eso deben ser adorados y por eso se buscan para adorarlos, para asegurar la felicidad de estos bienes temporales y transitorios, ¿qué nos han de responder sus defensores sobre la pérdida de los saguntinos, sino lo mismo que sobre la muerte de Régulo? Porque la diferencia que hay es que aquél fue una persona particular, y ésta una ciudad entera; pero la causa de la ruina de ambos fue el querer guardar puntualmente la lealtad, pues por ésta quiso el otro volverse a poder de sus enemigos, y ésta no quiso entregarse; ¿luego la lealtad observada inviolablemente, provoca la ira de los dioses? ¿O es, acaso, cierto que pueden también, teniendo propicios a los dioses, perderse no sólo cualesquiera hombres, sino también las ciudades enteras? Elijan, pues, lo que más les agradare, porque si ofenden a estos dioses con una fidelidad bien guardada, busquen a los pérfidos y fementidos que los adoren; pero si teniéndolos aún propicios pueden perderse y acabar los hombres, y las ciudades ser afligidas con muchos y graves tormentos, sin provecho ni fruto alguno de esta felicidad los adoran. Dejen, pues, de enojarse los que entienden y creen que ha causado su desgracia el haber perdido los templos y sacrificios de estos dioses, porque pudieran, no sólo sin haberlos perdido, sino teniéndolos aún de su parte propicios y favorables, no como ahora, quejarse de su infortunio y miseria, sino, como entonces Régulo y los saguntinos, perderse y perecer también del todo con horribles calamidades y tormentos.
 Escipión
Capítulo XXI. De la ingratitud que usó Roma con Escipión, su libertador, y las costumbres que hubo en ella, cuando cuenta Salustio que era muy buena

Además de esto, en el tiempo que medió entre la segunda y última guerra púnica, cuando dice Salustio que vivieron los romanos con costumbres muy buenas y mucha concordia (porque varias acciones omito atendiendo a ser breve en esta obra); en este tiempo, pues, de tan buenas costumbres y tanta concordia, aquel Escipión que libró a Roma y a Italia, que acabó tan honrosamente la segunda guerra púnica, tan horrible, tan sangrienta y tan peligrosa; aquel vencedor de Aníbal, domador de Cartago, aquel cuya vida se refiere que desde su juventud fue encomendada a los dioses y criada en los templos, cedió a las acusaciones de sus enemigos, y desterrado de su patria (a quien había dado la vida y libertad con su valor), pasó y acabó el resto de su vida en Linterno, después de su famoso triunfo, con tan poca afición a Roma, que dicen mandó que ni aun le enterrasen en ingrata patria. Después de estos sucesos, habiendo triunfado el procónsul Gn. Manlio de los gálatas, comenzó a cundir por Roma la molicie de Asia, aún más perjudicial que el mayor enemigo: porque entonces dicen fue la primera vez que se vieron lechos labrados de metal y preciosos tapetes. Entonces se comenzaron a usar en los banquetes mozas que cantaban y otras licenciosas desenvolturas; mas ahora no es mi intención otra que la de tratar de los males que impacientemente padecen los hombres, y no de los que ellos causan voluntariamente: y así aquellas gloriosas acciones que referí de Escipión, de cómo cediendo a sus enemigos murió fuera de su patria, a la cual había libertado, hacen más el propósito de lo que vamos, anunciando; pues los dioses de Roma, cuyos templos había defendido Escipión de los rigores de Aníbal, no le correspondieron a sus continuas fatigas, adorándolos ellos solamente por esta felicidad; pero como Salustio dijo que entonces florecieron allí las buenas costumbres, por esto me pareció referir lo de la molicie del Asia, para que se entienda también que Salustio dijo aquellas expresiones, hablando en comparación de los demás tiempos, en los cuales, sin duda, con las gravísimas discordias, fueron las costumbres mucho peores, porque entonces también, esto es, entre la segunda y última guerra cartaginesa, se publicó la ley Voconia, por la cual se mandaba <que ninguno dejase por su heredero a mujer alguna, aunque fuese hija única suya.> No sé que se pueda decir o imaginar orden más injusta que esta ley. Con todo, en aquel espacio de tiempo que duraron las dos guerras púnicas, fue mal tolerable la desventura, pues solamente con las guerras padecía el ejército de afuera, pero con las victorias se consolaba y en la ciudad no habla discordia alguna, como en otros tiempos; mas en la última guerra púnica, de un golpe fue asolada y totalmente destruida la émula y competidora del Imperio romano por el otro segundo Escipión, que por esto se llamó por sobrenombre el Africano; y desde este tiempo en adelante fue combatida la República romana con tantos infortunios que hace demostrarle que con la prosperidad y seguridad (de donde corrompiéndose en extremo las costumbres, nacieron acumuladamente aquellos males) hizo más estrago y daño Cartago con su rápida ruina que lo había hecho en tanto tiempo manteniéndose en pie contra su enemigo. En todo este tiempo, hasta Augusto César, quien parece no quitó del todo a los romanos, según la opinión de éstos, la libertad gloriosa, sino la perniciosa que totalmente estaba ya descaecida y muerta, y que, revocándolo todo y reduciéndolo al real albedrío, renovó en cierto modo la República arruinada ya y perdida casi con los males y achaques de la vejez; en todo este tiempo, pues, omito unas y otras derrotas de ejércitos nacidas de varias causas, y la paz numantina violada con tan horrible ignominia, porque volaron, en efecto, las aves de la jaula y dieron, como dicen, mal agüero al cónsul Mancino, como si por tantos años en que aquella pequeña ciudad, estando cercada, había afligido al ejército romano, empezando ya a poner terror a la misma República romana, los demás capitanes también hubieran ido contra ella con mal agüero.