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viernes, 27 de octubre de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAST

LA GRAN RAMERA

Esta frase exquisita, sacada del Cantar de los cantares, no estaba escrita en esperanto sino en latín, lo que hizo sonreír a fray Simón.
En ningún momento pensó que las rosas sobre la cruz son un signo cabalístico y significan la dominación judía sobre los cristianos.
Llevó al altar las rosas de Juana Tabor, antojándosele que eran ofrenda gratísima para su Dios.
Al callarse la radio, fray Simón hojeó el cuaderno y leyó en la página siguiente de la segunda semana de tischri: “Hemos vuelto a pasearnos bajo los árboles centenarios de Martínez.
“No hemos hablado de religión. Casi no hemos hablado de nada. El sol se iba entrando en una calma llena de majestad y de misterio, y su luz a través de la ramazón trazaba figuras diversas de color púrpura, que palidecían entre las hojas y sobre los troncos.
“Esta avenida estupenda parecía la nave de una catedral gótica.
“Las primeras golondrinas de la primavera piaban alegremente.
“Ante un paisaje así y cerca de tal alma, ¿por qué sufría yo tanto como gozaba?” Fray Simón abandonó el diario y no escribió lo que pensaba escribir, invadido por una extraña fatiga de la imaginación.

CAPÍTULO VII
Visión del Porvenir

Apenas fray Plácido de la Virgen había recorrido algunas páginas de su breviario sentado en el jardín, cuando sintió los golpecitos del bastón de su viejo contertulio Ernesto Padilla, que ese día llegaba antes de la hora habitual.
Fray Plácido se santiguó, cerró el libro y aguardó. Padilla, algo menor que él, conservaba la alta y airosa figura que antaño le diera fama de buen mozo.
No se casó. Por lo piadoso de sus costumbres se dijo que tenía vocación religiosa, pero los hechos demostraron que no era así. Continuó llevando en el mundo una vida austera y llegó en buena salud mental y física hasta el final del siglo.
Todos los días visitaba a fray Plácido, con quien mantenía largas y sabrosas pláticas. Solía reunírseles otro personaje: el doctor Ángel Greco, que llegaba en un antiquísimo automóvil Chevrolet conducido por él mismo desde hacía cincuenta años.
Probablemente no existía en el mundo un coche igual. Ya hacía varios lustros que había desaparecido la fábrica. Otras marcas, otros tipos, fueron desplazando los antiguos modelos. todos o casi todos los automóviles fin del mundo eran al mismo tiempo pequeños aviones que además de correr podían volar, mas Ángel Greco permaneció fiel a su coche, regalo que le hiciera su padre cuando recibió cierto diploma allá por el año 30. Y hasta le complacía ser un motivo original en la ciudad y provocar la algazara de los chiquillos en las calles.
Padilla y Greco conocían muy bien el esperanto pero jamás lo hablaban en su tertulia, no sólo porque fray Plácido nunca lo aprendió, sino por practicar su hermoso castellano, lengua tan muerta a fines del siglo como el sánscrito o el griego de
Homero.
—Conservemos el español —decía Padilla— que será la lengua de N. S. Jesucristo en su segundo advenimiento.
— ¿Por qué no ha de ser el latín, que es la lengua de la Iglesia?—objetaba fray Plácido.
—Porque el español tiene el raro privilegio de ser la única entre las grandes lenguas del mundo que no haya sido hablada por ningún insigne heresiarca o enemigo de la Iglesia. El latín lo hablaron Nerón y Juliano; el griego, Arrio; el árabe, Mahoma; el inglés, Enrique VIII; el francés, Voltaire; el italiano, Garibaldi; el alemán, Lutero; el ruso, Lenín.
Esa mañana llegó Padilla solo y antes de lo acostumbrado, deseoso de conversar de dos asuntos que le preocupaban. El uno eran sus inquietudes con respecto al reino de Chile, en donde se levantaban voces reclamando el resto de la Patagonia argentina El otro eran ciertas habladurías sobre la frecuencia con que Juana Tabor recibía al superior de los gregorianos en su quinta de Martínez.
Padilla besó la mano derecha del fraile y se sentó a su lado, en el banco de piedra enmohecido.
El besar la mano de los sacerdotes a manera de saludo, era una de las prácticas que recomendaba la Iglesia para avivar en las gentes la antigua veneración hacia los religiosos. En todos los países los prelados habían enriquecido con indulgencias ese humilde gesto.
LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS
— ¿Ha dormido bien V. R. esta noche?
—Como un tronco, hasta media hora antes de la misa.
—Eso quiere decir que no ha sentido la manifestación de la plaza Stalin. Medio millón de hombres, dicen.
— ¿Y qué querían? ¿Qué pedían?
—Se habían congregado para echarle flores a nuestra presidenta, misia Hilda, porque ha disuelto los últimos restos del ejército de línea que nos quedaban: la gendarmería de la Patagonia.
— ¿Y eso lo aplaude el pueblo? ¿Qué puede importarle?
—Directamente, nada. Pero el pueblo, mejor dicho los politiqueros que lo agitan, tienen instintiva aversión a todo lo militar, porque un gobernante apoyado en unas cuantas divisiones no se deja manejar.
— ¡Comprendo! ¿Y por qué le preocupa a usted la disolución del ejército?
—Porque tenemos vecinos fuertes, que codician desde hace siglos algunas de nuestras provincias, y pueden aprovechar la ocasión al ver indefensas nuestras fronteras.
Por el claustro solitario pasó el lego sacristán haciendo sonar sus llaves. Como a esa hora la iglesia estaba cerrada, él tenía un vagar para echar su sueñito.
Casi en seguida, por el mismo claustro, donde las pisadas adquirían una extraña sonoridad, pasó fray Simón. Iba leyendo un libro. Padilla preguntó en voz baja:
—En confianza, fray Plácido, ¿su superior conserva los dos puntales? ¿Reza siempre su breviario?
—Indudablemente —respondió el viejo con sequedad, no queriendo abrirse a aquella clase de confidencias.
—Me pareció que ese libro que iba leyendo no era...
—No, no era un breviario —respondió presto fray Plácido—. Lo rezará a otra hora... —Y para cambiar de conversación, dijo: —He estado cavilando sobre quién será aquella mujer vestida de púrpura con una copa de oro en que beben todos los reyes...
— ¿La que pinta San Juan en el Apocalipsis? —preguntó Padilla.
—Sí, esa misma, que se presenta montada en una bestia roja con siete cabezas y diez cuernos. No hay que confundir a ésta con la otra bestia que aparece en el capítulo 13, símbolo del Anticristo. La bestia roja es un imperio.
— ¿Cuál?
—A mi entender es el Imperio Romano Germánico, y la mujer vestida de púrpura es Roma.
— ¿De qué lo deduce?
—De que lleva en la frente el nombre de Babilonia con que San Pedro designa a Roma, y que esa mujer es una gran ciudad que tiene señorío sobre los reyes de la tierra, y las siete cabezas de la bestia en que cabalga son siete montes sobre los que ella está sentada.
—Roma, en efecto, es la ciudad de las siete colinas.
—Hay otros motivos que me hacen interpretar así esta profecía. En uno de sus pasajes dice: “La bestia que has visto fue y no es; y saldrá del abismo y vendrá a perecer”, con lo que el profeta alude a un imperio que desapareció totalmente como ocurrió con el romano; y se levantó de nuevo y otra vez perecerá.
—Me place su interpretación porque se ajusta a la historia.
—Las siete cabezas de la bestia que está llena de nombres de blasfemia son también, según el texto sagrado, siete reyes, de los cuales cinco cayeron ya, uno existe y el otro no ha venido aún, y cuando venga durará poco.
—Esos reyes —observó Padilla— podrían serlo también en el sentido espiritual, a juzgar por los nombres de blasfemia.
—En efecto, pueden ser siete personajes o siete doctrinas. Cinco de ellos pasaron y fueron quizás Arrio, Mahoma, Lutero, Voltaire y Lenín. Uno existe y otro vendrá.
¿Cuáles son éstos, a quienes estamos ya tocando?
— ¿Quiénes cree V. R. que sean?
—Uno de ellos, el que existe —dijo el fraile— preparará los caminos del Anticristo, provocando el gran cisma anunciado por San Pablo.
— ¿Será tal vez un religioso? —Así lo creo, y por lo tanto será el falso profeta del Anti-cristo. El otro que ha de venir, alguna vez he pensado que fuese una mujer.
— ¿Por qué, padre?
—No sabría decirlo. Tal vez me haya acordado de esa misteriosa profetisa que aparece en el Apocalipsis...
— ¿Jezabel?
— ¡Esa misma! ¿Es un símbolo? ¿Se trata de una mujer considerada individualmente, o de una secta o herejía?
—No recuerdo ahora —dijo Padilla— las palabras exactas del texto apocalíptico.
—Yo sí —respondió prestamente fray Plácido, que sabía de memoria casi toda la Sagrada Biblia— pero esas palabras son oscurísimas, y aunque alguna vez serán claras para la inteligencia de los fieles, hoy me sumen en perplejidad.
— ¿Cómo dicen?
—El profeta envía al mensajero de Cristo a cada una de las siete iglesias de su tiempo, y a una de ellas —la de Thyatira, ciudad muy comercial de la época— le dice: “Yo conozco tus obras, tu fe, tu caridad, tus servicios... Pero tengo contra ti que permites a Jezabel, mujer que se dice profetisa, engañar a mis siervos...
—Por esas palabras se advierte —observó Padilla— que se trata de una persona que se ha introducido en la comunidad cristiana.
—O que piensa introducirse —dijo fray Plácido— porque el mensaje agrega: “Le he dado tiempo para que hiciera penitencia, y ella no quiere arrepentirse... ” Como usted ve, mi amigo, la idea que a veces me viene de que la séptima cabeza de la bestia sea esa mujer es una simple intuición, y apenas me atrevo a formularla.
Larga pausa llena de pensamientos interrumpió la plática, hasta que fray Plácido retomó el hilo de sus conjeturas.
—Más clara me parece la alusión al imperio musulmán, que descubro en la otra bestia que sale del mar, en el capítulo tercero. Este monstruo, que vencerá a los santos y será adorado por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no están escritos en el libro del Cordero, es, según los intérpretes, el Anticristo, y tiene también siete cabezas y diez cuernos. De una de esas cabezas se dice que estaba “como herida de muerte”, pero que esa herida se curó y la tierra quedó maravillada de aquel aparente milagro.
EL CRISTO REDENTOR DE RIO DE JANEIRO
— ¿Vuestra reverencia descubre en eso una ilusión a la historia actual?
—En efecto. ¿Qué imperio, de los que han de existir en los últimos tiempos, está simbolizado por esa cabeza que casi murió y cuya milagrosa curación valió para la Bestia el asombro y la devoción del orbe? —preguntó el fraile.
Padilla reflexionó un momento, y en vez de contestar interrogó a su amigo:
— ¿Pero será un imperio? ¿No será más bien una herejía?
—Fue y será las dos cosas a la vez respondió fray Plácido—. Fue y será un imperio y a la vez una religión corruptora y terrible, que otrora dominó la cuarta parte del mundo y ahora lo infeccionará todo, según el texto sagrado.
— ¿Dice V. R. que se trata de un imperio que estuvo herido de muerte y que resurgió sano y salvo?
—Efectivamente —confirmó el fraile—. Sólo hay uno en la historia con esas características, uno que es justamente un poder político y una religión...
— ¡La Media Luna! ¡Mahoma! —exclamó Padilla.
—Así es —explicó el viejo—. La segunda cabeza, herida de muerte, la hemos visto curarse y renacer ante nuestros ojos por obra de los estadistas modernos, que han fomentado el panislamismo. El imperio musulmán llegó a su apogeo en el siglo XV, cuando las banderas negras del Profeta cubrían el sur de Asia y el norte de África, y sus caballos bebían en el Danubio y en el Tajo... Después de Lepanto, por obra de España, empezó su decadencia. En la gran guerra de 1914 Turquía fue casi aniquilada. Los estadistas no la borraron del mapa solamente porque no supieron a quién entregar su capital.
—Así es —dijo Padilla—. El haber fomentado el panislamismo se nos muestra ahora como la más terrible equivocación de los hombres en la historia. Hoy forman una sola nación enemiga de Cristo veinte naciones, desde los montes Atlas hasta el golfo de Tonkín: Marruecos, Libia, Egipto, Arabia, Persia, Irak, Afganistán y casi toda la India; cien grados de latitud con 700 millones de hombres que perseguirán a Cristo hasta la muerte, soberbios y sin contrición.
—La soberbia del hombre tiene a veces rasgos sobrehumanos, absolutamente diabólicos —murmuró Padilla.
—Así es —prosiguió fray Plácido— no se olvide usted de que vamos aproximándonos a los tiempos en que reinará el Anticristo.
— ¿Los tiempos ya o solamente las vísperas? La voz del fraile fue un susurro bajísimo.
—Yo le voy a contar lo que he referido a mi confesor; él me dice que es un sueño, pero yo creo que fue una visión.
Fray Plácido contó las dos visitas de Voltaire en 1978 y 1988, y el anuncio que éste le hiciera acerca del Anticristo.
Padilla lo escuchaba absorto, pero temiendo que aquello fuera un desvarío del viejo, se limitó a decir:
—Si el imperio del Anticristo ha de ser musulmán, ¿cómo pensar entonces que el propio Anticristo nacerá en Roma, capital del mundo católico?
—No nacerá; ha nacido ya —respondió fray Plácido—, en Babilonia, nombre que San Pedro da a Roma; los caminos por donde conquistará su grandeza nos son enteramente ignorados.
—De cierto, ¿qué sabemos del Anticristo?
—Sabemos por el profeta Daniel que sus comienzos serán...
—Es decir, “han sido”, pues según V. R. ya estamos en esa época —apuntó Padilla sonriente y por complacencia.
—Efectivamente —dijo el fraile sin inmutarse— sus comienzos han sido humildes. Pero la victoria lo acompañará; se adueñará de Constantinopla y se ungirá emperador de la Media Luna. Congregará en los campos del Asia millones de jinetes —tal vez de aviadores— y los arrojará sobre Roma, su patria de nacimiento, la más gloriosa y magnífica de las ciudades del mundo. Hollará a los príncipes como un alfarero pisa el barro. Y para hacerse adorar de hombres y mujeres usará de toda suerte de embaucamientos.
— ¿Será hermoso?
—Hermosísimo como un arcángel. Poseerá todas las seducciones de la iniquidad.
Conocerá todas las ciencias que se aprenden y todas las ocultas que le habrá enseñado el Demonio. Estará dotado de una elocuencia irresistible. Será, según Daniel, “impudente y entendido en dudas”, es decir, sofista, descarado y seductor.
— ¿Hará milagros?
—Sí, falsos milagros. Los inventos modernos le servirán para presentarse y hablar a la vez en todas partes. Los aparatos de radio transmiten todas las sensaciones, no sólo las auditivas y visuales —como en 1940— sino también las que impresionan el olfato, el tacto y el gusto, y permiten que el orador vea y escuche al público que lo oye y lo ve. Así el Anticristo gozará de una aparente ubicuidad, sus imágenes podrán contestar a quienes las interroguen y se cumplirá el anuncio del Apocalipsis: “Y le fue dado que comunicase espíritu a la figura de la Bestia, de manera que hablase.”
— ¿Nunca sus ejércitos serán vencidos?
—Sí; su escuadra será vencida en el Mediterráneo por otra escuadra, tal vez la inglesa o la romana.
— ¿De dónde saca V. R. esa curiosa interpretación?
—Del siguiente pasaje de Daniel, que en mi opinión describe las conquistas del Anticristo.
Volvió fray Plácido a abrir su manoseada Biblia y leyó:
“Llegará, en el tiempo marcado, hacia el sur; pero esta última campaña no será como la primera. Los navíos de Cethim vendrán contra él, y él perderá valor. Se entenderá una vez más con los que hayan abandonado la alianza.” En este punto sigo la versión tan acreditada que hizo Crampon.
— ¿Los navíos de Cethim? —interrogó Padilla.
—Kitthim es la palabra hebrea —explicó el fraile—. La Vulgata la traduce por romanos. Materialmente Kitthim o Cethim es la isla de Chipre. Por metáfora, se designa así en los libros antiguos a las islas occidentales con relación a la Palestina.
— ¿Qué más?
—El Anticristo, furioso de su derrota, se arreglará con esos que viven en Cethim, después de haber abandonado su patria. El Anticristo se servirá de ellos, y derrotará a toda la nación y aniquilará a sus defensores por la espada y el fuego. Hará cesar las misas y ordenará la adoración de su imagen... Voy a leer textualmente, siguiendo en esto la famosa versión del padre Scio: “Quitará el sacrificio perpetuo y pondrá la abominación para desolación... No tendrá respeto al Dios de sus padres y será codiciador de mujeres; no se cuidará de ningún dios, porque se levantará contra todas las cosas. Mas honrará al dios Maozim (dios de la guerra)... y repartirá las tierras gratuitamente.”
—Curiosa profecía, de la que ya hemos visto ejemplos: toda revolución anticristiana ha anunciado el reparto de las tierras de los ricos entre el pueblo.
—A mi juicio, la caída del imperio británico sería la señal de haberse roto el sexto sello del Apocalipsis y de que el mundo habrá llegado a sus postrimerías.
— ¿En qué funda V. R. esta idea?
—He leído en el Apocalipsis que “a la apertura del sexto sello... las islas serán movidas de su sitio.”
— ¿Cómo se llamará el Anticristo?
—Nadie puede saberlo. Pero me inclino a pensar que llevará el nombre de Mahoma, aunque sea rey de Israel, Su reinado será breve: tres años y medio. De pronto, en medio de una grandeza que no ha conocido ningún otro hombre, lo turbará un rumor de Oriente y del Norte, y saldrá con numerosas tropas para quebrantar y matar a muchos.”
— ¿Qué conjeturas hace V. R. sobre ese texto?
—Que se alzarán dos de sus grandes aliados: al norte Satania y al oriente Mongolia. La invasión de los mongoles, como en los tiempos de Gengis-Khan, será arrolladora. Explotarán el descontento de los musulmanes, porque el Anticristo en el fondo es judío. El Anticristo volará desde Roma hacia la Palestina, sentará sus reales en Jerusalén y levantará su tienda en la montaña santa; allí lo sorprenderá la rebelión de su propio ejército. Nadie le prestará auxilio, pero su derrota no será por mano de los hombres. “El Señor Jesús”, dice San Pablo, “lo matará con el aliento de su boca y lo destruirá con el resplandor de su venida.”
— ¡Visión tremenda y maravillosa! ¿La alcanzaremos nosotros?
— ¡Secreto de Dios! Se ennegrecerá el sol, se enrojecerá la luna, se descuajarán los montes, se moverán las islas y cambiarán de sitio los mares.
— ¿Cómo se realizará ese descuajamiento de los montes y las islas, el ennegrecimiento del sol y el enrojecerse de la luna, sin una catástrofe universal del cosmos? —Pienso —explica fray Plácido— que no será menester que el cosmos entero se trastorne. Los fenómenos pueden ocurrir, como ya ocurrieron cuando la tierra por impulso material y cambió su eje de rotación, inclinándose 23 ½ grados. Se alteró el nivel de los mares y se produjeron las estaciones, que antes no existían. Si la tierra se enderezara, mares y ríos cobrarían otros niveles y hasta los cielos parecerían trastornados. ¿Pero sabe de todos los signos apocalípticos cuál es el que más me espanta?
— ¿Cuál?
—Ése que se describe así: “Y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como la higuera deja caer sus higos cuando es movida de grande viento.”
—Anuncio de innumerables apostasías, ¿no es así?
—Así es, y este signo concuerda con un pasaje del capítulo 8: “Cayó una estrella, y la tercera parte de las aguas del mar se tornaron acíbar.” El sacramento del orden, el sacerdocio, es un aceite divino que penetra el alma por toda la eternidad. La apostasía, que reniega de esa gracia, saca de su quicio al mundo. La apostasía de un sacerdote es peor que la caída de la estrella de la mañana.
Con estas lúgubres palabras separáronse los dos amigos ese día. Era tarde.
La campana del convento llamaba al coro, y Padilla dejó para otra vez la segunda parte de sus confidencias, que se referían a Juana Tabor.