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sábado, 21 de octubre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES




§ 3. AMPLITUD (continuación)
2.- Hablemos ahora de su altura, la cual no es menos admirable en su elevación, que aquélla en su abajamiento. ¿Qué altura es ésta? Es El su sublime contemplación. Pero ¿de qué contemplación queréis hablar?, porque los teólogos místicos nos enseñan que hay varias clases. Quiero hablar de aquella que es la más pura, la más excelente, la más agradable a Dios; la cual consiste en contemplar y mirar siempre fijamente, en todo lugar, en todo tiempo, y en todas las cosas, su adorabilísima voluntad, a fin de seguirla en todo, y siempre.
En esta contemplación el Corazón de la Bienaventurada Virgen estaba incesantemente empleado.
Este era su estudio, su cuidado, su aplicación perpetua, pues no tenía otras inclinaciones, ni otras intenciones en todos sus pensamientos, palabras, acciones, sufrimientos, y generalmente en todas sus cosas, que la de agradar a su Divina Majestad, y en cumplir su divina voluntad. "Con un gran corazón y un grande afecto". Sobre lo cual se pueden emplear también estas palabras del Espíritu Santo: Accedet homo ad cor altum, et exaltabitur Deus (1O). Pues la expresión cor altum, significa un corazón profundo en humildad, como acabamos de ver; y un corazón elevado por la contemplación y el amor de la divina Voluntad. De suerte que muy bien se les puede explicar de este modo: Cuando el hombre llegue a tener un corazón profundo y elevado, es decir, un corazón abajado y adherido inseparablemente a la santísima voluntad de su Dios, entonces es cuando más honor y gloria puede dar a su Divina majestad; pues éstos son los dos medios más excelentes para agradarle y glorificarle.
Mas si tratamos de otra clase de contemplación, cualquiera que ella sea, San Bernardino de Sena nos asegura que la bienaventurada Virgen ha sido más encumbrada y más perfecta en este ejercicio santo, desde el vientre de su madre, que los más altos y santos contemplativos en su edad perfecta; e igualmente que estaba más esclarecida y más unida a Dios, por su contemplación, durmiendo, que cualquier otro despierto, según el testimonio que el Espíritu Santo le hace afirmar por estas palabras que él pone en su boca: "Yo duermo y mi corazón vigila" (11).
3.- Hablemos ahora de la anchura de nuestro océano, diciendo que consiste en el amor casi sin medida del amabilísimo Corazón de la Madre del Amor Hermoso, con respecto a Dios: amor que la llevaba a amar ardentísima y purísimamente su infinita bondad en todo lugar, en todo tiempo, en todas las cosas: amor que hacía a su Corazón estar siempre presto a hacerlo todo, a sufrirlo todo, a renunciar a todo y a darlo todo por su gloria.
De modo que bien podía decir: "Mi Corazón está siempre puesto en Dios, mi Corazón está siempre presto".
4.- Mas ¿pensáis acaso que la longitud de este océano es menor que su anchura? De ninguna manera, como a continuación veremos.
¿Qué longitud es ésta? Es su caridad hacia todos los hombres que han existido, existen y existirán en los siglos pasados, presentes y venideros. Es una caridad que se extiende de un extremo a otro del mundo, y desde el comienzo de los siglos hasta su fin; más, usando palabras del Espíritu Santo, de una eternidad a otra: Pues esta caridad sin límites impulsó a la Madre del Redentor a ofrecer e inmolar a su Hijo cuando estaba al pie de su Cruz, por todos los que habían de existir hasta el fin de los siglos. Y si hubiese habido hombres desde toda la eternidad, que hubiesen tenido necesidad de redención, por ellos también lo habría ofrecido lo mismo que por los demás. Y si Ella hubiese morado para siempre en este mundo, y también hubiese sido necesario para la salvación de las almas, hacer este sacrificio eternamente, eternamente lo habría hecho; tan cierto es que la caridad de su Corazón no tiene términos ni límites, y que la longitud de este mar nada desdice de su anchura. Pues su anchura es su amor a Dios, y su longitud su caridad hacia los hombres. Ahora bien, este, amor y esta caridad no son sino una misma cosa en el Corazón de la Madre de amor, pues Ella no ama más que a Dios en sus criaturas más que por el amor que ella dirige al Creador.
Oigo a San Pablo que exclama: en el ardor de su caridad y de su celo por las almas: "Mi corazón se ha dilatado y extendido para en él meteros a todos, ¡oh Corintios!" (12). Sobre lo cual habla así San Juan Crisóstomo: "Nada hay más dilatado dice él, que el corazón de San Pablo. No es de maravillar que tuviese un tal corazón para los fieles, puesto que su caridad se extendía también a todos los infieles y a todo el mundo. Era de una capacidad tan grande este corazón, que encerraba en si las ciudades, los pueblos y las naciones enteras" (13). No obstante sería hacer una grande injuria al respeto que este divino Apóstol tiene a la sacrosanta Madre de Dios, el comparar su caridad a la de Ella, puesto que la caridad de su corazón maternal sobrepasa tanto a la de los corazones de los Ángeles y de los Santos, como su dignidad en cierta manera infinita de Madre de Dios, a la que es proporcionada, excede a todas las dignidades de la tierra y del cielo. No hagamos, pues, comparación entre una cosa en cierto modo infinita y otra finita.
He aquí la profundidad, la altura, la longitud y la anchura del mar inmenso del Corazón admirable de la Reina del cielo, que consisten en su humildad profundísima, en su altísima contemplación, en su caridad extendida a todos los hombres y en su grandísimo amor a Dios.
Entreguémonos de todo corazón al Espíritu divino, que estableció todas estas virtudes en el Corazón sagrado de nuestra muy honrada Madre, de una manera tan excelente, para imitarla tanto como podamos, con la gracia de su hijo Jesucristo Nuestro Señor, y por medio de su santa intercesión.
¡Bienaventurados quienes lo hagan: Bienaventurados los que se pierdan en este mar de amor, de caridad, de humildad y de abandono de sí mismos a la divina Voluntad!

CAPÍTULO VII
Sexto cuadro del santísimo Corazón de la,
bienaventurada Virgen, que es
el Paraíso Terrenal
Una de las más expresas figuras que la poderosísima y sapientísima mano del Padre Eterno nos ha trazado del Corazón dichoso de su, muy amada Hija la Preciosísima Virgen, es el Paraíso Terrenal que se nos describe en los capítulos segundo y tercero del Génesis. Es un muy excelente cuadro que su infinita bondad nos ha dado de este buenísimo Corazón. Es un paraíso que representa perfectamente otro paraíso. Es el paraíso del primer hombre, que nos manifiesta excelentemente el paraíso del segundo.
§ 1. DELICIAS DE DIOS
Comencemos por el nombre. Si consultamos al oráculo divino, veremos que este primer paraíso es llamado "Paraíso de deleite, lugar de placer, jardín de delicias", nombre que perfectamente conviene al Corazón sagrado de la Madre de Dios, verdadero paraíso del nuevo hombre Jesús; Jardín del Bien Amado, Jardín cerrado y doblemente cerrado, Jardín de delicias. Son tres nombres que el Espíritu Santo da al Corazón de su Santa Esposa, y que dicen mucho.
Primeramente, es el Jardín del Bien Amado. Pues no oís cómo este divino Espíritu la hace hablar de este modo: "Que venga mi bien amado a su jardín"'. ¿Quién es este bien amado del que habla? ¿No es acaso su Hijo Jesús, el único objeto de su amor? ¿Qué jardín es éste, al cual ella le invita a venir, sino su Corazón virginal, según la explicación del sabio, al cual ella le atrajo como ha sido dicho, por su amor, por su humildad? De suerte que el jardín del Bien Amado es el Corazón de la bien amada; el Corazón de María es el Jardín de Jesús.
En segundo lugar, es un Jardín cerrado, dice, su celestial Esposo. Mas ¿por qué dice dos veces que es un jardín cerrado? No sin misterio: Es para enseñarnos que el Corazón de su queridísima Esposa está absolutamente cerrado a dos cosas: cerrado al pecado, que jamás en él tuvo entrada, lo mismo que a la serpiente que es el autor del pecado; cerrado al mundo y a todas las cosas del mundo, y en general a todo lo que no es Dios, el cual ha estado siempre ocupado, sin dar lugar a cualquier otra cosa.
Es también para manifestarnos que siempre estuvo doblemente cerrado al pecado, es decir, por dos fuertes murallas; y doblemente cerrado al mundo y a todo lo que no es Dios, por otras dos inquebrantables murallas.
¿Cuáles son estas murallas que le cerraron al pecado? Es la gracia extraordinaria que fue concedida a la Santísima Virgen, en el momento de su inmaculada concepción, la cual cerró la entrada de su Corazón y de su alma al pecado original; y es el grandísimo odio al pecado del que siempre estuvo lleno su Corazón, el que cerró su puerta a toda clase de pecado actual.
¿Y cuáles son las otras dos murallas, que lo han cerrado también al mundo y a todas las cosas creadas? La primera es el perfecto amor de Dios, del que estuvo siempre tan henchido, que en él nunca hubo lugar para ninguna criatura. La segunda es el perfecto conocimiento que esta divina María tenía de sí misma y de todas las cosas creadas. Pues, como sabía muy bien que por sí misma nada era y nada merecía, así nada se apropiaba, estimándose indigna de todo; y, como conocía clarísimamente que todas las cosas que hay en el mundo nada son, no les daba entrada alguna en su Corazón, que Ella sabía que había sido creado, no para las cosas que no son nada, sino para aquel que lo es todo. He aquí las razones porque el Espíritu Santo dice dos veces que es un Jardín Cerrado.
El tercer nombre que le da, al contemplarla en su figura que es el primer paraíso, es el de: Jardín de Delicias. Pues en efecto es el jardín de las delicias del Hijo de Dios, y de sus más grandes delicias, después de aquellas de las que ha gozado desde toda la eternidad en el seno y en el Corazón de su Padre.
Si Vos nos aseguráis, Jesús mío, que vuestras delicias son estar con los hijos de los hombres (2), aunque estén tan llenos de pecados, de ingratitudes, de infidelidades, ¿qué delicias no tendrías en el amabilísimo Corazón de vuestra Santísima Madre, donde jamás habéis visto nada que no os fuese agradable, donde siempre habéis sido alabado y glorificado y amado más perfectamente que en el paraíso de los Querubines y de los Serafines? Ciertamente se puede bien afirmar que después del seno adorable de nuestro Padre eterno, no ha habido ni habrá jamás un lugar tan santo, tan digno de vuestra grandeza y tan lleno de gloria y de contento para vos, como el Corazón virginal de vuestra bienaventurada Madre.
De aquí viene, Salvador mío, que después que Ella os ha invitado a venir a su jardín, esto es a su Corazón, diciéndoos: Veniat Dilectus in hortum suum, Vos le hayáis respondido: "He venido a mi jardín Hermana mía, Esposa mía; en él he recogido mi mirra con mis aromas", es decir, he recogido todas las mortificaciones y angustias de vuestro Corazón, y todos los actos de virtud que ha practicado por mi amor, a fin de conservarlos en mi Corazón, y cifrar en ellos mi alegría y mi gloria eternamente: "En él también he comido mi miel, y en él he bebido mi vino y mi leche" (3), es decir, encuentro tantas delicias en este paraíso que m¡ eterno Padre me ha dado, que me parece que tengo en él un continuo festín, y un festín de miel, de vino y de leche.
Esto por lo que se refiere al nombre.
¿Queréis ahora saber quién fue el que hizo el paraíso terrenal? Escuchad la divina Palabra: fue Dios, fue el Señor quien plantó por su propia mano el paraíso de delicias desde el comienzo del mundo".
Fue su infinita bondad para con el primer hombre la que le obligó a hacer este primer paraíso para él y para su posteridad, con el objeto de hacerles pasar, en caso de haber sido obedientes, de un paraíso terrestre y temporal a otro celestial y eterno.
De igual manera, el amor incomparable del eterno Padre al segundo Adán, es decir a su hijo Jesús, fue el que le hizo crear este segundo Paraíso para él y para sus verdaderos hijos, los cuales permanecerán en él eternamente con su buen Padre, quien desde ahora les hace y les liará por siempre participantes de las santas y divinas delicias que él posee. Por esto, después que ha dicho a su dignísima Madre que ha venido a su jardín para comer en él su miel y beber su vino y su leche, se dirige a sus mismos hijos y les dice: "Comed y bebed conmigo, amigos, y embriagaos, carísimos" (4).
§ 2. RECREO DE DIOS
Qué significa el caminar de las tres Personas eternas por las tres alamedas del Paraíso? He aquí su sentido: El Padre se pasea por la primera, que figura la memoria, para excitar a su Hija predilecta a acordarse no sólo de todas las gracias que ella recibió de su bondad, sino también de todos los bienes que otorgó a todas las creaturas, para bendecirle y darle gracias continuamente ello. El Hijo se pasea por la segunda alameda,  que para iluminarlo con sus luces celestiales y hacerle conocer su adorabilísima voluntad en todas las cosas de su santísima Madre, a fin de que la siga en todo y en todas partes. El Espíritu Santo se pasea por la tercera alameda, que es la voluntad, para animarla a ejercitar incesantemente su amor a Dios y su caridad con las creaturas de Dios.
Además, este santo caminar de estas tres adorables Personas por nuestro verdadero Paraíso terrestre y celestial al mismo tiempo, es decir, por el Corazón de nuestra incomparable, María, representa las impresiones y comunicaciones que, en un grado altísimo, hicieron de sus divinas perfecciones a este mismo Corazón: el Padre, de su poder; el Hijo, de su sabiduría; el Espíritu Santo, de su bondad. Por una participación eminentísima del poder del Padre, este Corazón maternal de nuestra dignísima Madre tiene todo poder para ayudar, favorecer y llenar a sus verdaderos hijos de toda suerte de bienes; por una comunicación abundantísima de la sabiduría del Hijo, sabe una infinidad de medios y de invenciones para hacerlo; y por tina impresión fortísima de la bondad del Espíritu Santo, está todo él lleno de caridad y de benignidad para quererlo hacer.
En fin, la divina Misericordia y las tres Personas de la santísima Trinidad reciben un contento singular al caminar sobre las violetas de que están cubiertos estos cuatro paseos, porque no hay nada que contente tanto a su Divina Majestad como la humildad, y sobre todo la humildad del Corazón de la más digna y de la más elevada de todas sus creaturas.
Cuando Dios camina sobre estas violetas, ellas se abajan, después se vuelven a levantar y quedan más hermosas. Es para hacernos ver que cuantas más gracias concedió Dios a este mismo Corazón por la impresión y comunicación de sus divinas perfecciones, tanto más él se abajó por su humildad, a vista de su nada; y luego se levantó por el amor a Dios, a vista de su bondad; y así quedó más agradable a su Divina Majestad. Cierto que es cosa grande en nuestra humildísima María, el ser Virgen; es cosa más grande el ser Virgen y Madre al mismo tiempo; es cosa grandísima el ser Virgen y Madre de un Dios. Pero lo que es admirable sobre todas las cosas es, que siendo tan grande -como era, y elevada en alguna manera infinitamente sobre todas las cosas creadas por su dignidad en cierto modo infinita de Madre de Dios, se humilló siempre por debajo de todas las creaturas, creyéndose la más pequeña y la última de todas.