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jueves, 20 de julio de 2017

SOBRE EL AMOR A DIOS. San Bernardo


DIOS DEBE SER AMADO POR SÍ MISMO
(Continuación)
9. Bellas son estas nuevas flores y frutos, y ante la hermosura de los campos, que exhalan tan dignas fragancias, el Padre se deleita en el Hijo que todo lo renueva, y dice: Aroma de un campo lleno de flores, que bendijo el Señor, es el aroma de mi Hijo. Y repleto de verdad, pues todos nosotros recibimos de su plenitud. Pero la esposa escoge libremente las flores que prefiere y tomar las manzanas. Purifica con ellas la intimidad de su propia conciencia y convierte su corazón en un cómodo lecho perfumado para acostar al esposo.
Si deseamos acoger con frecuencia a Cristo como huésped, debemos tener siempre en nuestros corazones la garantía de nuestra fidelidad a la misericordia de su muerte y a la fuerza de su resurrección. Así lo decía David: Dios ha dicho una cosa, y dos cosas he escuchado: que tú, Dios, tienes el poder; tú, Señor, la lealtad. De ambas poseemos un testimonio irrefutable: Cristo, que murió por nuestros pecados, resucitó para justificación nuestra, ascendió para ser nuestro intercesor, envió al Espíritu Santo como consolador nuestro y volverá para ser nuestra plenitud. Dio a conocer su misericordia en la muerte y manifestó su poder en la resurrección; y ambas a la vez en el resto de sus obras.
10. Estas son las manzanas y las flores que la esposa pide para alimentarse y confortarse. Pienso que ella teme se enfríe y languidezca fácilmente el ímpetu de su amor si no le reaniman con estos estímulos, hasta que, introducida ya en la alcoba pueda recibir los abrazos tan añorados, y diga: Su izquierda reposa bajo mi cabeza y con su diestra me abraza amoroso. Entonces percibirá y experimentará por sí misma cómo todas la pruebas de amor, recibidas en la primera venida, son de su mano izquierda. Pero comparadas con la dulzura inefable de los abrazos de su derecha, apenas son perceptibles. Y tendrá así experiencia de lo que tantas veces ha leído: La carne no sirve de nada, sólo el espíritu da vida, como de aquello otro: Mi espíritu es más dulce que la miel; poseerme, más sabroso que un panal de miel.
La frase siguiente: Mi recuerdo perdurará en la serie de los siglos, quiere decir que mientras dura este mundo con generaciones que vienen y van, siempre serán consolados los elegidos con la experiencia prolongada de su recuerdo, ya que no pueden saciarse con su presencia. Por eso quedó escrito: Saborean el recuerdo de tus inmensas bondades. ¿Quiénes? Los mismos que son mencionados un poco antes: Una generación pondera tus obras a la otra. El recuerdo corresponde al tiempo presente; la presencia, en cambio, al reino de los cielos. La presencia es la gloria de los elegidos, recibidos ya en la eternidad; el recuerdo sirve de consuelo para los que todavía peregrinan en este mundo.
IV. 11. Ahora nos interesa saber quiénes pueden consolarse con el recuerdo de Dios. Por supuesto no los rebeldes y contumaces, a quienes van dirigidas estas palabras: ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!, sino esos otros que pueden decir de verdad: Rehusó consolarse mi alma, añadiendo también: Pero me acordé de Dios y me deleité. Justo es que, por no gozar de su presencia, se recreen con el recuerdo de sus bienes futuros; y que cuantos rechazan el consuelo de lo transitorio se sientan compensados con el recuerdo de la eternidad. Estos son los que buscan al Señor; no los que buscan sus intereses, sino el rostro del Dios de Jacob. Los que buscan a Dios y anhelan su presencia, gozan de su continuo y dulce recuerdo, no para saciarse, sino para suspirar por la saciedad plena. Precisamente el que es nuestro verdadero alimento lo dice de sí mismo: El que me come siempre quedara con hambre de mí. Y uno que se alimentó de Él, exclama: Me saciaré cuando aparezca tu gloria.
Dichosos ya desde ahora los que tienen hambre y sed de justicia, porque llegará un día en que ellos, y no otros, se verán saciados. ¡Ay de ti, generación malvada y perversa! ¡Ay de ti, pueblo necio e insensato, que sientes náuseas con su recuerdo y te horrorizas con su presencia! Es justo, porque no quieres liberarte ahora de la trampa del cazador; los que apetecen hacerse ricos en este mundo, caen en los lazos del diablo; tampoco podrás evadirte un día de aquella espantosa palabra. Duras y terribles palabras: Id, malditos, al fuego eterno. Son mucho más tremendas que aquellas otras que escuchamos al celebrar todos los días el memorial de su pasión en la liturgia: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna. Es decir, el que recuerda mi muerte y, siguiendo mi ejemplo, mortifica los miembros de su cuerpo, tiene la vida eterna. En otras palabras: si sufrís conmigo, reinaréis conmigo. A pesar de ello, son muchos los que hoy no aceptan estas palabras, y se marchan diciendo, no con la lengua, pero sí con los hechos: Este modo de hablar es intolerante, ¿quién puede admitir eso? La gente de corazón rebelde y de espíritu infiel a Dios, por confiar más en las falaces riquezas, sufre al oír la palabra de la cruz y le resulta insoportable el recuerdo de la pasión. Entonces, ¿cómo podrá soportar en su presencia el peso de esta otra palabra: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado por el diablo y sus ángeles?
Aquel sobre quien caiga esta losa quedará aplastado.
En cambio, la descendencia de los justo será bendita, porque con el Apóstol, presentes o ausentes, se esfuerzan para agradar a Dios. Y al final escucharán: Venid, benditos de mi Padre, etc. Será entonces cuando comprendan los rebeldes de corazón, pero ya demasiado tarde, que el yugo de Cristo es muy suave y su carga llevadera, comparada con sus tormentos; por pura soberbia se rebelaron, porque les pareció pesado y duro. Desgraciados vosotros, esclavos del dinero, que no podéis gloriaros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, y al mismo tiempo poner en las riquezas todas vuestras ilusiones. No podéis alocaros tras el oro y saborear las dulzuras del Señor. Si ahora no sentís paz al recordarle, lo encontraréis terrible cuando lleguéis a su presencia.
12. El alma que le es fiel anhela su presencia, y con su recuerdo siente un dulce descanso. Hasta que no sea digna de contemplar cara a cara la gloria de su Dios, encuentra hasta encanto en la ignominia de la cruz. Así, así es cómo la esposa y paloma de Cristo descansa en este ínterin y duerme tranquila en su parcela. Por el recuerdo de tu inagotable dulzura, Señor Jesús, tiene ya desde ahora cubiertas sus alas con la plata de la inocencia y de la castidad; espera embriagarse de gozo con tu presencia, cubierta de plumas de oro, cuando la lleven con alegría entre esplendores sagrados, para verse inmersa en el fulgor de la sabiduría.
Por eso exulta gozosa ya ahora y dice: Su izquierda reposa bajo mi cabeza y con su derecha me abraza amoroso. Su mano izquierda le evoca amor incomparable, capaz de dar la vida por sus amigos; en su derecha se le anticipa la venturosa visión prometida a esos amigos y el goza de estar en presencia de la Majestad. Con razón se atribuye a la mano derecha la visión divina deificante y el gozo infinito de su divina presencia. Lo expresa en aquel tierno cantar: Delicias eternas junto a tu derecha. Y a la mano izquierda se le asigna con acierto ese recordado amor presente para siempre, porque, mientras pasa la maldad, en él reposa y descansa la esposa.
13. La mano izquierda del esposo sostiene la cabeza de la esposa, para que se recline y se apoye en él; esto es, para que las tendencias de su espíritu no se encorven, inclinándose, hacia los deseos carnales; porque el cuerpo moral es lastre del alma y la tienda terrestre abruma la mente pensativa.
Pero llegará a dominarlo mediante la meditación de la misericordia de Dios, tan inmensa y gratuita; de su amor tan evidente y generoso; de su clemencia tan inconcebible; de su mansedumbre tan inigualable; de su dulzura tan maravillosa. La consideración asidua de estas realidades inflamará su espíritu, purificándolo de todo amor perverso y lo conmoverá profundamente; le impulsará a despreciar todo lo que sólo se puede apetecer cuando no se comprenden estas realidades.
Por eso corre ligera la esposa al buen olor de estos perfumes y ama enardecida. Y aunque llegue a devorarle un incendio de amor, cree amar muy poco, por sentirse tan amada. Y es verdad. ¿Qué tiene de extraño que este puñado de polvo se entregue por entero a amar y corresponder a un amor tan inmenso y sublime? ¿No se le adelantó en el amor la Majestad divina, volcándose por salvarla? Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su único Hijo. Aquí se habla del Padre. Al Hijo se refiere en otro lugar: Se entregó a la muerte. Y del Espíritu Santo nos dice el Hijo: El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os irá recordando lo que yo os he dicho. Dios ama, y nos ama con todo su ser, porque nos ama toda la Trinidad, si podemos expresarnos así tratándose del infinito, incomprensible y esencialmente simple.