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jueves, 13 de julio de 2017

LA ÚNICA COSA NECESARIA EN NUESTRA ÉPOCA


Lo que acabamos de exponer es verdad en todos los tiempos, pero la cuestión de la vida interior se plantea hoy de una manera más urgente que en otras épocas menos turbias que la nuestra.
La razón es que muchos hombres se han alejado de Dios , y han intentado organizar la vida intelectual y la vida social sin él. En consecuencia, los grandes problemas que siempre han preocupado a la humanidad han tomado un nuevo giro, trágico a .veces. Querer prescindir de Dios, causa primera y último fin, conduce al abismo; y no solamente conduce al abismo, sino también a la miseria física y moral que es peor que la nada. En consecuencia, los grandes problemas se agravan hasta la exasperación; y no podemos menos de comprender que es imprescindible plantear de nuevo el problema religioso y plantearlo desde su raíz. Y una de dos: o se pronuncia uno por Dios o contra Dios; éste es el problema de la vida interior en su misma esencia. "Qui non est mecum, contra me est", dice el Salvador (Mat., XII, 30), Así es como las grandes tendencias modernas, científicas o sociales, á pesar de los conflictos surgidos entre ellas, v a pesar de los opuestos designios de sus representantes, convergen, quiérase o no, hacia la cuestión fundamental de las relaciones íntimas del hombre con Dios.
A este resultado se llega a través de múltiples desvíos.
Cuando el hombre no quiere someterse a sus graves deberes religiosos hacia aquel que lo creó y es su último fin, y siéndole, por otra parte, imposible prescindir de la religión, ge crea una religión a su antojo; pone, por ejemplo, su religión en la ciencia, o en el culto de la justicia social o en cualquier ideal humano que acaba por considerar como una religión o una mística que reemplaza al ideal superior que ha abandonado.
Vuelve de esta manera la espalda a la Realidad suprema, y se plantea una multitud de problemas a los que no es posible encontrar solución si no es volviendo al problema fundamental de las relaciones íntimas del alma con Dios.
Cualquiera ha oído muchas veces hablar de esto: en nuestros días, la ciencia pretende pasar por ser una religión', a su vez el socialismo y el comunismo quieren ser una moral científica y se presentan como un culto apasionado de la justicia. Y por ese camino se esfuerzan en cautivar los espíritus y los corazones.
Es un hecho, en la hora actual, que*el sabio moderno rinde culto escrupuloso al método científico, en tal forma que parece más interesado por el método que por la verdad misma; si dedicase parecida vigilancia a su vida interior, pronto llegaría a ser un santo. Pero con frecuencia esta religión de la ciencia se ordena más bien a la apoteosis del hombre que al amor de Dios. Otro tanto hay que decir de la actividad social, particularmente tal como se manifiesta en el socialismo y en el comunismo; ya que se inspira en una mística que pretende aspirar a una transfiguración del hombre, negando a veces, de la manera más absoluta, los derechos de Dios.
Esto equivale a decir que en el fondo de todo gran problema se encuentra esa gran cuestión de las relaciones del hombre con Dios. Y no hay término medio; hay que decidirse en pro o en contra. Nuestra época es un ejemplo palpable.
La crisis económica mundial' de la hora actual nos da a entender lo que los hombres pueden cuando han querido prescindir de Dios.
Cuando pretenden prescindir.de Dios, lo serio de la vida se desplaza. Si la religión no es cosa seria y digna de tenerse en cuenta, hay que buscar en otra parte algo que sea serio y fundamental. Y se lo encuentra, o se pretende encontrarlo, en la ciencia o en la actividad social. Se pretende realizar actividades de tipo y sentido religioso en la investigación de la verdad científica o en el establecimiento de la justicia entre las clases y los pueblos. Y después de algunos tanteos se viene a caer en la cuenta de que se ha desembocado en una inmensa catástrofe; y que las relaciones entre los individuos y los pueblos son cada día más difíciles, si no imposibles.
Es cosa evidente, como lo dicen San Agustín y Santo Tomás (1), que idénticos bienes materiales, a diferencia de los espirituales, no -pueden pertenecer integramente a muchos a la vez. Una casa, un campo no pueden simultáneamente pertenecer en su totalidad a muchos hombres, ni el mismo territorio a diferentes pueblos. De ahí el terrible conflicto de intereses cuando los hombres ponen, apasionadamente, su último fin en estos bienes inferiores.
Por el contrario, se complace en repetir San Agustín, idénticos bienes espirituales pueden pertenecer simultánea e integramente^ todos y cada uno. Sin limitarnos mutuamente, podemos poseer en su totalidad la misma verdad, la misma virtud y al mismo Dios. Por eso nos dice Nuestro Señor: Buscad el reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura (Mat., vi, 33).
El no dar oídos a esta lección es trabajar en la propia
ruina; Así se verifica una vez más la palabra del Salmo CXXVI, 1: "Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam; nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam, si Dios no edifica la casa, en vano trabajan los que la levantan; si Dios no guarda la ciudad, en vano está alerta el centinela."
Si lo que hay de serio en la vida se desplaza, si deja de influir en nuestros deberes para con Dios y sólo nos empuja a la actividad científica o social; si el hombre se busca constantemente a sí mismo en vez de buscar a Dios que es su fin último, entonces los hechos no tardan en demostrarle que se ha metido en un camino imposible que conduce no solamente a la nada, sino a un desbarajuste insoportable y a la miseria. Preciso es volver a esta palabra del Salvador: El que no está conmigo está contra mi; el que no recoge conmigo, dispersa (Mat., xu, 20). Los hechos lo confirman.
Se sigue de aquí que la religión no puede dar respuesta (Cf. SANTO TOMÁS, I, II, q. 28, a. 4, ad 2; ni, q. 23, a. 1, ad J.) eficaz, verdaderamente realista, a Jos grandes problemas actuales, mientras no sea una religión profundamente vivida; lo cual no puede hacer una religión superficial y barata, consistente en algunas oraciones vocales y en algunas ceremonias en las que el arte religioso tendría más lugar que la piedad verdadera. Ahora bien, no hay religión profundamente vivida si está privada de vida interior o de esa conversación íntima y frecuente, no sólo consigo mismo, sino con Dios. Esto es lo que enseñan las últimas Encíclicas de S. S. Pío XI.
Para responder a las aspiraciones generales de los pueblos, en lo que tienen de bueno; a las aspiraciones a la justicia y a la caridad entre los individuos, las clases y los pueblos, el , Pastor supremo ha escrito sus Encíclicas sobre Cristo Rey, sobre su influencia santificadora en todo su cuerpo místico, sobre la familia, sobre la santidad del matrimonio cristiano, sobre las cuestiones sociales, sobre la necesidad de la reparación, sobre las misiones. En todas ellas se trata del reinado de Cristo en la humanidad. De lo dicho se sigue claramente que para que conserve la preeminencia que debe guardar sobre la actividad científica y sobre la actividad social, la religión, la vida interior, debe ser profunda, debe ser una verdadera unión con Dios. Esto es absolutamente necesario.
¿Cómo trataremos aquí de la vida interior? No pensamos ocuparnos en forma técnica de muchas cuestiones que largamente exponen los teólogos sobre la gracia santificante y las virtudes infusas. Las damos pues por supuestas y sólo haremos de ellas mención en la medida necesária para comprender lo que es la vida espiritual.
Nuestro objeto es invitar a las almas a hacerse más interiores y recogidas y a aspirar a la unión con Dios. Para conseguir esto es preciso evitar dos escollos.
Con frecuencia el espíritu que anima la investigación, aun en, estas materias, se demora en detalles en forma tai que el pensamiento queda alejado de la contemplación de las cosas divinas. La mayor parte de las almas interiores no tienen necesidad de muchas de esas investigaciones indispensables al teólogo; para comprenderlas les sería precisa la iniciación filosófica que no poseen, y que en cierto sentido les embarazaría, ya que instintivamente y por otra vía vuelan ellas más alto, como San Francisco de Asís que se extrañaba de ver que, en los cursos de filosofía de sus religiosos, se ocupasen éstos en demostrar la existencia de Dios. Hoy la especialización a veces exagerada de los estudios hace que muchas inteligencias queden privadas de la visión de conjunto necesaria para juzgar rectamente de las cosas, aun de aquellas que caen dentro de su especialidad, y que no capten en ellas las relaciones que guardan con las demás. El culto del detalle no debe hacer perder de vista el conjunto. En lugar de espiritualizarse, el qoe así procediera se materializaría, y con pretexto de ciencia exacta y minuciosa, se alejaría de la verdadera vida interior y de la alta sabiduría cristiana.
Por otra parte, muchas obras de vulgarización en materia religiosa y no pocos libros de piedad carecen de sólido fundamento doctrinal. La vulgarización, en razón de la simplificación un poco material a que está sometida, evita con frecuencia el examen de ciertos problemas fundamentales y difíciles de donde precisamente brotaría la luz, tal vez la luz esencial.
A fin de evitar estos dos escollos extremos, seguiremos nosotros el camino indicado por Santo Tomás que no fue un vulgarizador y que es y será el gran clásico de la teología. Acertó a elevarse de la sabia complejidad de sus primeras obras, y de las Cuestiones disputadas a la excelsa simplicidad de los más hermosos artículos de la Suma teológica.
Y tan bien supo elevarse que, al fin de su existencia, absorto en la alta contemplación, no pudo dictar el final de la Suma, porque no le era posible descender a la complejidad de cuestiones y de artículos que aun deseaba componer.
La demora en los detalles y la simplificación superficial alejan, cada una a su manera, de la contemplación cristiana, que se eleva por encima de estas desviaciones como una alta cima hacia la cual tienden todas las almas de oración.