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miércoles, 26 de julio de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY


La voluntad significada abraza por último las inspiraciones de la gracia. «Estas inspiraciones son rayos divinos que proyectan en las almas luz y calor para mostrarles el bien y animarlas a practicarlo; son prendas de la divina predilección con infinita variedad de formas; son sucesivamente y según las circunstancias, atractivos, impulsos, reprensiones, remordimientos, temores saludables, suavidades celestiales, arranques del corazón, dulces y fuertes invitaciones al ejercicio de alguna virtud. Las almas puras e interiores reciben con frecuencia estas divinas inspiraciones, y conviene mucho que las sigan con reconocimiento y fidelidad.» ¡ Es tan valioso el apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta razón decía el Apóstol: «No extingáis el espíritu» , es decir, no rechacéis los piadosos movimientos que la gracia imprime a vuestro corazón! ¿Necesitaremos añadir que la voluntad significada nos mandará, nos aconsejará, nos inspirará durante todo el curso de nuestra vida? Siempre tendremos que respetar la autoridad de Dios, pues nunca seremos tan ricos que podamos creernos con derecho a desechar los tesoros que su voluntad nos haya de proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad significada es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y cultivar las virtudes; porque la naturaleza nunca muere, y nuestras virtudes pueden acrecentarse sin cesar. Aunque mil años viviéramos y todos ellos los pasáramos en una labor asidua, nunca llegaríamos a parecernos en todo a Nuestro Señor y ser perfectos como nuestro Padre celestial.
No debemos omitir que para un religioso sus votos, sus Reglas y la acción de los Superiores constituyen la principal expresión de la voluntad significada, el deber de toda la vida y el camino de la santidad.
Nuestras Reglas son guía absolutamente segura. La vida religiosa «es una escuela del servicio divino», escuela incomparable en la que Dios mismo, haciéndose nuestro Maestro, nos instruye, nos modela, nos manifiesta su voluntad para cada instante, nos explica hasta los menores detalles de su servicio. El es quien nos asigna nuestras obras de penitencia, nuestros ejercicios de contemplación, las mil observancias con que quiere practiquemos la religión, la humildad, la caridad fraterna y demás virtudes; nos indica hasta las disposiciones íntimas que harán nuestra obediencia dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto supuesto, ¿qué necesidad tenemos -dice San Francisco de Sales- que Dios nos revele su voluntad por secretas inspiraciones, por visiones y éxtasis? Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y común camino de una santa sumisión a la dirección así de las Reglas como de los Superiores. »«En verdad que sois dichosas, hijas mías -dice en otra parte-, en comparación con los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos por el camino, quién nos dice: a la derecha; quién, a la izquierda; y, en definitiva, muchas veces nos engañan. En cambio vosotras no tenéis sino dejaros conducir, permaneciendo tranquilamente en la barca. Vais por buen derrotero; no hayáis miedo. La divina brújula es Nuestro Señor; la barca son vuestras Reglas; los que la conducen son los Superiores que, casi siempre, os dicen: Caminad por la perpetua observancia de vuestras Reglas y llegaréis felizmente a Dios. Bueno es, me diréis, caminar por las reglas; pero es camino general y Dios nos llama mediante atractivos particulares; que no todas somos conducidas por el mismo camino. -Tenéis razón al explicaros así; pero también es cierto que, si este atractivo viene de Dios, os ha de conducir a la obediencia».
Nuestras Reglas son el medio principal y ordinario de nuestra purificación. La obediencia, en efecto, nos despega y purifica por las mil renuncias que impone y más aún por la abnegación del juicio y de la voluntad propia que, según San Alfonso, son la ruina de las virtudes, la fuente de todos los males, la única puerta del pecado y de la imperfección, un demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador contra los religiosos, el verdugo de sus esclavos, un infierno anticipado. Toda la perfección del religioso consiste, según San Buenaventura, en la renuncia de la propia voluntad; que es de tal valor y mérito, que se equipara al martirio; pues si el hacha del verdugo hace rodar por tierra la cabeza de la víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la voluntad que es la cabeza del alma.»
Nuestras Reglas son mina inagotable para el cielo, y verdadera riqueza de la vida religiosa. Contra la obediencia, en efecto, no hay sino pecado e imperfección; sin ella, los actos más excelentes desmerecen; con ella lo que no está prohibido llega a ser virtud, lo bueno se hace mejor. «Introduce en el alma todas las virtudes, y una vez introducidas las conserva», multiplica los actos del espíritu, santificando todos los momentos de nuestra vida; nada deja a la naturaleza, sino todo lo da a Dios. El divino Maestro, según la bella expresión de San Bernardo, «ha hecho tan gran estima de esta virtud, que se hizo obediente hasta la muerte, queriendo antes perder la vida que la obediencia». Por eso todos los santos la han ensalzado a porfía y han cultivado con ardiente celo esta preciosa virtud tan amada de Nuestro Señor. El Abad Juan podía decir, momentos antes de presentarse a Dios, que él jamás había hecho la voluntad propia. San Dositeo, que no podía practicar las duras abstinencias del desierto, fue con todo elevado a un muy alto grado de gloria después de solos cinco años de perfecta obediencia. San José de Calasanz llamaba a la religiosa obediente, piedra preciosa del Monasterio. La obediencia regular era para Santa María Magdalena de Pazzis el camino más recto de la salvación eterna y de la santidad. San Alfonso añade: «Es el único camino que existe en la religión para llegar a la salvación y a la santidad, y tan único, que no hay otro que pueda conducir a ese término... Lo que diferencia a las religiosas perfectas de las imperfectas, es sobre todo la obediencia.» Y según San Doroteo, «cuando viereis un solitario que se aparta de su estado y cae en faltas considerables, persuadíos de que semejante desgracia le acontece por haberse constituido guía de sí mismo. Nada, en efecto, hay tan perjudicial y peligroso como seguir el propio parecer y conducirse por propias luces».
«La suma perfección -dice Santa Teresa- claro es que no está en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni en visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente tomemos lo amargo como lo sabroso, entendiendo que lo quiere su Majestad.» De ello ofrece la santa diversas razones; después añade: «Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más presto llegue a la suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien.» La santa conoció personas sobrecargadas por la obediencia de multitud de ocupaciones y asuntos, y, volviéndolas a ver después de muchos años, las hallaba tan adelantadas en los caminos de Dios que quedaba maravillada. «¡Oh dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo alcanzar!».
San Francisco de Sales abunda en el mismo sentir: «En cuanto a las almas que, ardientemente ganosas de su adelantamiento, quisieran aventajar a todas las demás en la virtud, harían mucho mejor con sólo seguir a la comunidad y observar bien sus Reglas; pues no hay otro camino para llegar a Dios.» Era Santa Gertrudis de complexión débil y enfermiza, por lo que su superiora la trataba con mayor suavidad que a las demás, no permitiéndole las austeridades regulares.
« ¿Qué diréis que hacía la pobrecita para llegar a ser santa? Someterse humildemente a su Madre, nada más; y por más que su fervor la impulsase a desear todo cuanto las otras hacían, ninguna muestra daba, sin embargo, de tener tales deseos. Cuando le mandaban retirarse a descansar, hacíalo sencillamente y sin replicar; bien segura de que tan bien gozaría de la presencia de su Esposo en la celda como si se encontrara en el coro con sus compañeras. Jesucristo reveló a Santa Matilde que si le querían hallar en esta vida le buscasen primero en el Augusto Sacramento del Altar, después en el corazón de Gertrudis.» Cita el piadoso doctor otros ejemplos y luego añade: «Necesario es imitar a estos santos religiosos, aplicándonos humilde y fervorosamente a lo que Dios pide de nosotros y conforme a nuestra vocación, y no juzgando poder encontrar otro medio de perfección mejor que éste».