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lunes, 1 de mayo de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL


VICTOR SOLOVIEF

LIBRO TERCERO EL PRINCIPIO TRINITARIO
Y SU APLICACIÓN SOCIAL


. EL PRINCIPIO TRINITARIO Y SU APLICACIÓN SOCIAL

La verdadera Iglesia, templo, cuerpo y Esposa mística de Dios, es una como Dios mismo. Pero hay unidad y unidad. Hay la unidad negativa, solitaria y estéril, que se limita a excluir toda pluralidad. Es una simple negación que supone lógicamente lo que niega y que se manifiesta como el comienzo de un número indeterminado, detenido arbitrariamente. Porque nada impide que la razón admita varias unidades simples y absolutamente iguales entre sí, y que luego las multiplique hasta el infinito. Y si con razón los alemanes han podido llamar a tal firocessus, «mal infinito » (die schleckte Unendlichkeit) (1), también la simple unidad, que es su principio, puede ser denominada mala unidad.
Pero hay la unidad verdadera, que no es opuesta a la pluralidad, que no la excluye, pero que, en el goce tranquilo de su propia superioridad, domina a su contrario y lo somete a sus leyes. La mala unidad es el vacío y la nada; la verdadera es el ser Uno que lo contiene todo en sí mismo. Esta unidad positiva y fecunda, sin dejar de permanecer como es, superior a toda realidad limitada y múltiple, contiene en sí, determina y manifiesta las fuerzas vivas, las razones uniformes y las cualidades variadas de todo cuanto existe.
Con la profesión de esta unidad perfecta, que todo lo produce y abraza, comienza el Credo de los cristianos : in unum Deum Patrem Omnipotentem (Paníokráiora).
Dicho carácter de unidad positiva (de uni-totalidad o de uni-plenitud) pertenece a todo lo que es o debe ser absoluto en su género. Tal es en sí Dios omnipotente, tal es idealmente la razón humana que puede comprender toda cosa, tal debe ser, por último, la verdadera Iglesia esencialmente universal, a saber, la que abraza en su viviente unidad a la humanidad y al mundo entero.
La verdad es una y única en el sentido de que no puede haber dos verdades absolutamente independientes una de otra, y con mayor razón contrarias una a otra. Pero en virtud de su misma unidad, la verdad única, como no puede encerrar en sí nada limitado, arbitrario ni exclusivo, ni puede ser particular ni parcial, debe contener en un sistema lógico las razones de todo cuanto existe, debe bastar para explicarlo todo. .De igual manera la verdadera Iglesia es una y única por cuanto no puede haber dos verdaderas iglesias, independientes una de otra y con mayor razón en lucha una contra otra. Pero justamente por ello la verdadera Iglesia, como organización única de la vida divino-humana, debe comprender en un sistema real, toda la plenitud de nuestra existencia, debe determinar todos los deberes, bastar a todas las necesidades efectivas, responder a todas las aspiraciones humanas.
La unidad real de la Iglesia está representada y garantizada por la monarquía eclesiástica. Pero porque la Iglesia, siendo una, debe ser universal, es decir, abrazarlo todo en un orden determinado, la monarquía eclesiástica no puede permanecer estéril, sino que debe engendrar los poderes constitutivos de la existencia social completa. Y si la monarquía de Pedro, considerada como tal, nos ofrece el reflejo de la unidad divina y al mismo tiempo la base real e indispensable para la unificación progresiva de la humanidad, hemos de ver también, en el desarrollo ulterior de los poderes sociales de la cristiandad, no solamente el reflejo de la fecundidad inmanente de la Divinidad, sino, además, el medio real de vincular la totalidad de la existencia humana a la plenitud de la vida divina.
Cuando decimos que un ser vivo es, le atribuimos necesariamente una unidad, una dualidad y una trinidad.
Unidad, puesto que se trata de un ser. Dualidad, puesto que no podemos afirmar que un ser es sin afirmar al mismo tiempo que es algo, que tiene una objetividad determinada. Por consiguiente, las dos categorías fundamentales de todo ser son: su existencia como sujeto real y su esencia objetiva o su idea (su razón de ser). Por último, hay una trinidad en el ser vivo; el sujeto del ser se vincula de tres maneras diferentes a la objetividad que esencialmente le pertenece : la posee en primer lugar, por el hecho mismo de su existencia, como realidad en sí, cómo su substancia interior; en segundo lugar, la posee en su acción propia, que es necesariamente la manifestación de dicha substancia; y, por último, la posee en el sentimiento o goce de su ser y de su acción, en esa vuelta sobre sí mismo que procede de la existencia manifestada por la acción. La presencia, sucesiva, si no simultánea, de estos tres modos de existencia, es indispensable para constituir un ser vivo. Porque si se sobreentiende que la acción propia y el sentimiento suponen ia existencia real del sujeto dado, no menos cierto es que una realidad completamente privada de la facultad de obrar y de sentir no sería un ser vivo, sino cosa inerte y muerta.
Consideradas en sí mismas las tres maneras de ser que acabamos de indicar, tienen, sin discusión, un carácter plenamente positivo. Como un sujeto realmente existente es más que un ser de razón, también un sujeto que obre y sienta es más que una materia pasiva o una fuerza ciega.