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sábado, 29 de abril de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS



Son tan pocas estas almas tan perfectas, que cada una de ellas es llamada ingénita de su madre, que es la Providencia divina… Es también llamada única paloma, porque no ama sino su palomar, y, además, perfecta, porque por el amor se ha convertido en una misma cosa con la divina perfección, por lo que puede decir con humildísima verdad: “Yo no soy sino para mi Amado, y Él está todo inclinado hacia mí”.
Ahora bien, únicamente la santísima Virgen nuestra Señora llegó plenamente a este grada de excelencia en el amor de su Amado.
Jamás hubo criatura mortal que amase al celestial Esposo con un amor tan perfectamente puro, fuera de la Santísima Virgen, que fue, a la vez, su madre y su esposa. Más, en cuanto a la práctica; por parte de las otras almas; de estas cuatro clases de amor, es imposible vivir mucho sin pasar de la una a la otra. Las almas que, como las doncellas, andan todavía enredadas en muchos afectos vanos y peligrosos, no dejan, a veces, de tener algunos sentimientos de amor más elevado y más puro; mas, como quiera que estos sentimientos no son más que vislumbres y relámpagos pasajeros, no se puede afirmar que, por ello, hayan salido ya estas almas del estado de novicias y aprendizas. En cambio, acaece, a veces, que algunas almas que pertenecen ya a la categoría de únicas y perfectas amantes, descienden y se rebajan mucho, hasta llegar a cometer imperfecciones y enojosos pecados veniales, como es de ver en muchas disensiones, con frecuencia harto agrias, entre grandes siervos de Dios, y aun entre algunos de los divinizados apóstoles, de los cuales no se pueden negar que cayeron en algunas faltas, por las cuales no fue violada la caridad, pero sí el fervor de esta virtud. Mas, puesto que, a pesar de esto, dichas almas amaban, de ordinario, a Dios con un amor perfectamente puro, debemos afirmar que permanecieron en el estado de perfecta dilección, Porque, así como los buenos árboles jamás producen frutos venenosos, aunque sí alguno verde, también los grandes santos no cometen nunca pecado mortal alguno, pero sí algunas acciones inútiles poco maduras, ásperas, bruscas y mal sazonadas, y, entonces, hay que reconocer que estos árboles son fructuosos, de lo contrario, no serian buenos; pero no hay que negar que algunos de sus frutos no son provechosos; los pequeños movimientos de ira, y los pequeños amagos de alegría, de risa, de vanidad y de otras pasiones parecidas, son movimientos inútiles e ilegítimos. Y, sin embargo, siete veces, es decir, con mucha frecuencia, los produce el justo ME QUEDE EN 274

Que el amor de Dios sobre todas las cosas es común
a todos los amantes.

Aunque sean tan diversos los grados del amor entre los verdaderos amantes, con todo no hay más que un solo mandamiento de amor, que obliga igualmente a todos, con una obligación absolutamente igual, aunque sea observado de muy diferentes maneras y con infinita variedad de perfecciones, no existiendo quizás ni almas en la tierra, ni ángeles, en el cielo, que tengan entre si una perfecta igualdad de dilección; pues, así como una estrella es diferente de otra estrella en claridad 21, lo mismo ocurrirá entre los bienaventurados resucitados, cada uno de los cuales entonará un cántico de gloria y recibirá un nombre que nadie conoce, sino el que lo recibe. Mas ¿cuál es el grado de amor, al cual el mandamiento obliga a todos, siempre, igual y universalmente?
Ya sabes, Teótimo, que hay muchas clases de amores: por ejemplo, hay el amor paternal, el filial, el nupcial, el de sociedad, el de obligación, el de dependencia, y otros mil, todos los cuales son diferentes en excelencia, y de tal manera proporcionados a sus objetos, que no se pueden aplicar o distraer hacia otros. El que amase a su padre con un amor exclusivamente fraternal, no le amaría bastante; el que amase
a su mujer tan sólo como a su padre, no la amaría convenientemente; el que amase a su criado con amor filial, cometería una impertinencia. El amor es como el honor: así como los honores se diversifican según la variedad de los méritos por los cuales se otorgan, también los amores son diferentes según la variedad de las bondades amadas. El sumo honor corresponde a la suma excelencia, y el sumo amor a la suma bondad. El amor de Dios es el amor sin par, porque la bondad de Dios es la bondad sin igual. Escucha Israel: El Señor Dios nuestro es el Señor; por lo tanto, amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Porque Dios es el único Señor, y porque su bondad es infinitamente eminente sobre toda bondad, hay que amarle con un amor elevado, excelente y fuerte sin comparación. Esta es la suprema dilección, cuya estima infunde Dios de tal manera en nuestras almas haciendo también que apreciemos en tan alto grado el bien de serle agradables, que lo preferimos, y nos aficionamos a él sobre todas las cosas. Ahora bien, ¿no ves que el que ama a Dios de esta suerte, tiene toda su alma y toda su energía consagrada a Dios, pues siempre y para siempre, en todas las circunstancias, preferirá la gracia de Dios a todas las cosas, y estará siempre dispuesto a dejar todo el universo, para conservar el amor debido a la divina bondad? En una palabra, es el amor de excelencia, o la excelencia del amor, lo que se manda a todos los mortales en general, y a cada uno de' ellos en particular, desde que han llegado al uso de la razón: amor suficiente para cada uno y necesario a todos para salvarse.

Aclaración del capítulo anterior


No siempre se conoce con claridad, y nunca se conoce con certeza, a lo menos con certeza de fe, si se posee el verdadero amor de Dios necesario para salvarse; mas, a pesar de todo, no deja de haber de ello muchas señales, entre las cuales, la más segura y casi infalible, se da cuando algún amor grande a las criaturas se opone a los designios del amor de Dios. Porque, si entonces el amor divino está en el alma, preferirá la voluntad de Dios a todas las cosas, y, en todas las ocasiones que se ofrezcan, lo dejará todo para conservarse en la gracia de la suma bondad, sin admitir cosa alguna que pueda separarle de ella; de suerte que, si bien este divino amor no conmueve ni enternece tanto el corazón como los otros amores, sin embargo, cuando se da el caso, realiza acciones tan nobles y excelentes, que una sola de ellas vale más que diez millones de las otras.