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miércoles, 5 de abril de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS

P. Pedro Maldonado

El Mártir de Chihuahua.

El gobierno mexicano a las órdenes del poder oculto de la conspiración contra el orden cristiano, consciente de que por medio de las armas no podía vencer la resistencia heroica de los cristeros, decidió pasarse a la táctica, recomendada siempre por los jefes fundadores de la dicha conspiración, como la mejor de todas: la táctica de la doblez y la falsía más hipócrita, que había de llamarse después: la de la mano tendida, y en nuestros mismos días la de la oliva de la paz.
Cuando esto escribo, el mismo Malenkov sucesor impuesto al desdichado
Stalin. que acaba de morir con toda probabilidad envenenado por sus mismos colegas, todavía proclama a voz en cuello, que ellos desean la paz, que son los occidentales los que la amenazan, que nada verían con mayor gusto que estos occidentales se arreglaran con ellos en franca armonía.. . Y al mismo tiempo dan órdenes a sus aviadores de derribar a los aviones ingleses y americanos, que van a buscar a su propio territorio.
¿Quién les cree ahora? Puede ser que no falten algunos imbéciles de esos de los que la Sagrada Escritura dice: Stultorum numerum infinitus est.) Es infinito el número de los necios. Pero en general, ya después de tantas experiencias, aun de entre esos mismos imbéciles, una gran parte desconfía.
¡Ahora sí...! Pero el año de 1928 cuando la persecución abierta y declarada por Calles al catolicismo mexicano, no había dado el resultado apetecido por los conspiradores, y se resolvieron a abrazar la táctica aconsejada por el fundador del iluminismo El Mártir de Chihuahua.

El gobierno mexicano a las órdenes del poder oculto de la conspiración contra el orden cristiano, consciente de que por medio de las armas no podía vencer la resistencia heroica de los cristeros, decidió pasarse a la táctica, recomendada siempre por los jefes fundadores de la dicha conspiración, como la mejor de todas: la táctica de la doblez y la falsía más hipócrita, que había de llamarse después: la de la mano tendida, y en nuestros mismos días la de la oliva de la paz.
Cuando esto escribo, el mismo Malenkov sucesor impuesto al desdichado
Stalin. que acaba de morir con toda probabilidad envenenado por sus mismos colegas, todavía proclama a voz en cuello, que ellos desean la paz, que son los occidentales los que la amenazan, que nada verían con mayor gusto que estos occidentales se arreglaran con ellos en franca armonía.. . Y al mismo tiempo dan órdenes a sus aviadores de derribar a los aviones ingleses y americanos, que van a buscar a su propio territorio.
¿Quién les cree ahora? Puede ser que no falten algunos imbéciles de esos de los que la Sagrada Escritura dice: Stultorum numerum infinitus est.) Es infinito el número de los necios. Pero en general, ya después de tantas experiencias, aun de entre esos mismos imbéciles, una gran parte desconfía.
¡Ahora sí...! Pero el año de 1928 cuando la persecución abierta y declarada por Calles al catolicismo mexicano, no había dado el resultado apetecido por los conspiradores, y se resolvieron a abrazar la táctica aconsejada por el fundador del iluminismo masónico Weishaupt: sed hipócritas hubo entre nosotros, quien no creyera tanta perfidia en los hombres de nuestro gobierno, y aceptaron "la mano tendida" que se les ofrecía. . .A Calles y a Portes Gil había sucedido en la presidencia de la República el general Cárdenas, y la persecución que había amainado un poco ¡oh, muy poco!, volvió esporádicamente a su carácter sangriento.
Una de estas gloriosas víctimas, de lo que pudiéramos llamar: el segundo episodio de la misma persecución sangrienta, fue en la fronteriza entidad de Chihuahua, el padre Pedro Maldonado, cuya santa vida y glorioso martirio trato ahora de bosquejar, porque tiene un lugar muy preferente en el catálogo espléndido de nuestros mártires mexicanos.
Pedro Maldonado era hijo de Chihuahua donde había nacido de padres humildes en 1895, y había sido bautizado en la parroquia del Sagrario de la misma ciudad con el nombre significativo de Pedro de Jesús.
Por entonces se habían fundado por el benemérito padre Delgado de la Compañía de Jesús, unas escuelitas católicas, que hacían mucha falta, y en una de ellas aprendió nuestro Pedro las primeras letras. Ya de nueve años pasó a otra escuela para mayorcitos, particular de los PP. Paulinos, y finalmente a los catorce años, ingresó en el seminario de la Diócesis, donde cursó toda su carrera sacerdotal bajo la dirección acertadísima del padre Bruno Álvarez.
Cuando este excelente sacerdote lo recibió en el seminario le dijo:
— ¿Con que quieres ser padrecito? —Seré lo que Dios quiera —contestó el muchacho, con una de esas respuestas que hacen adivinar en los niños una acción directa de Dios. Porque en efecto ese entregarse totalmente a la voluntad de Dios, fue el rasgo característico del padre Maldonado durante toda su vida.
De él se refiere así mismo, otra frase reveladora de la nobleza y santidad de aquel futuro sacerdote mártir. Al terminar unos ejercicios espirituales
en el seminario, el padre Rector llamó uno por uno a los alumnos para preguntarles cuál había sido su resolución principal o fruto de dichos ejercicios, y el joven le contestó: "Yo he sacado como resolución, tener mi cuerpo en la tierra pero mi mente y mi corazón en el Sagrario". Y a fe,
Pb, Pedro Maldonado que por la intensa devoción al Santísimo Sacramento, que manifestó siempre, se pudo ver que aquella resolución no la olvidó nunca y la practicaba con gran fervor Ordenóse al fin de sacerdote en El Paso, Tejas, el 25 de enero de 1918 y cantó su primera misa en el templo de la Sagrada Familia de Chihuahua, el 11 de febrero del mismo año, festividad de Nuestra Señora de Lourdes.
Diez y ocho años después, en la misma festividad de Nuestra Señora había de sellar su vida sacerdotal con el martirio, el 11 de febrero de 1937.
Esta vida se deslizó activa y fecunda siempre en buenas obras de celo pastoral en las parroquias de San Nicolás de Carretas, San Lorenzo, Cusi y Jiménez, hasta que fue nombrado párroco de Santa Isabel en 1924.
Una de sus obras predilectas en esta parroquia, fue el establecimiento y progreso de la Adoración Nocturna para los hombres, en la que siempre tomaba él parte activa, permaneciendo horas enteras ante el Santísimo Sacramento en profunda adoración, después del intenso trabajo pastoral de todo el día.
En esa parroquia le sorprendió el primer episodio sangriento de la conspiración contra el orden cristiano, con la suspensión de cultos, la traslación continua y clandestina de un lugar a otro, para administrar los santos sacramentos y celebrar la santa misa cotidiana en las casas de los fieles, y las continuas amenazas de prisión o muerte.
No es decible lo que tuvo que sufrir en aquellos tristes días de nuestra vida nacional. Tenía el presentimiento de que algún día había de ser mártir y aun lo deseaba vehementemente, repitiendo con frecuencia las palabras del Divino Maestro: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, y ¡cómo anhelo el que llegue esa hora!" Pero también sabía, que esa hora no le había llegado aún, y aun afirmaba seriamente que el Divino Niño Jesús, cuya devota imagen nunca dejaba de llevar consigo en todas sus andanzas, se lo había dicho. Otra de sus devociones especiales era hacia Santa Teresita del Niño Jesús y procuraba seguir, a imitación de ella, el mismo caminito espiritual que enseña tan simpática y fervorosa santita.
Y si la hora de su bautismo sangriento no había llegado, tuvo siempre y en gran manera, el de las tribulaciones del corazón. Sufría de la perversidad de los malos y de la lenidad en el servicio de Dios de los buenos. Como siempre sucede con aquellos a quienes devora el celo de la gloria de Dios, se le tachó muchas veces de temerario, de imprudente, que con sus actividades clandestinas, no sólo ponía en peligro su propia vida, sino la de sus favorecedores y amigos, que le ofrecían sus moradas para centro de irradiación de su celo apostólico.
Aprehendido al fin de 1934 por los esbirros de la tiranía, después de maltratarlo fue desterrado al Paso. Pero poco duró su destierro, porque la ruina de tantas almas mexicanas privadas de los auxilios del sacerdote, no le dejaba, ¡le urgía como a otro San Pablo! y le impulsó al fin a pasar clandestinamente la frontera, disfrazado de un humilde obrero, y llegar a su parroquia de Santa Isabel, donde volvió a emprender su antiguo apostolado.
Pero ¡había llegado su hora! Un Judas de los que como hemos visto no faltaron en los dos episodio? de la persecución, lo denunció a las autoridades del estado, y fue cazado al fin en su propia casa y aprehendido.
Ninguna resistencia opuso a sus verdugos, y por el contrario la alegría que manifestaba y el perdón generoso con que a imitación del Divino Maestro los gratificaba, excitó en éstos no sólo la admiración, sino una especie furor sádico. Sin que diera motivo alguno que excitara la cólera de aquellos hombres, marchaba entre los soldados, con sus brazos fuertemente apretados contra su pecho, y prontamente nos explicaremos por qué. De pronto los verdugos se inflamaron en odio diabólico, y comenzaron a golpearle tan bárbaramente con sus armas, que le fracturaron el cráneo, le saltaron un ojo y lo magullaron de tal modo que creyéndolo muerto, lo dejaron tirado a las orillas del camino que llevaban a la capital del estado.
Sus fieles amigos, que de pronto lo perdieron de vista, comenzaron a buscar a su pastor y en la casa, lugar de su aprehensión, les refirieron el hecho. Desolados e inquietos salieron en su busca y al fin dieron con él en la cuneta del camino. Aun no había muerto, y lograron que fuese llevado al hospital civil de Chihuahua, como uno de tantos heridos o enfermos del pueblo. Pero una de las enfermeras lo reconoció, y dio aviso prontamente al celosísimo padre Espino, que ahora es Obispo Auxiliar de la diócesis chihuahuense.
Acudió el incansable pastor y llegado al lecho del herido, éste a su vez lo reconoció, y entonces por primera vez desde su prisión en Santa Isabel, descruzó los brazos de el sobre el pecho dejándolos caer a lo largo del cuerpo. No podía hablar, pero aquel gesto llamó la atención del padre Espino y tuvo una sospecha, que el cielo se encargó de que pudiese verificarla.
Registró sus ropas ensangrentadas, y sobre ese pecho magullado y jadeante encontró el relicario con el Santísimo Sacramento, que llevaba siempre en sus correrías apostólicas para auxilio de los enfermos y moribundos.
Tomólo con la reverencia debida el padre Espino, y una vez que había  cumplido aquel acto, como si sólo esperara aquello para evitar cualquier profanación salvaje e impía, con una sonrisa de satisfacción exhaló el último suspiro.
La noticia de aquel último sacrificio sacerdotal de la segunda parte de la persecución sangrienta, causó en la católica ciudad de Chihuahua una impresión tremenda, aun entre los indiferentes y enemigos.
Organizóse inmediatamente una manifestación de protesta, como no hay memoria de que hubiese otra semejante. Casi toda la ciudad desfilaba por las calles hacia el Palacio Federal, en profundo silencio, como era propio de un duelo. De pronto una joven valerosa hizo en una esquina en voz alta, el panegírico del mártir, y al llegar a la Plaza Hidalgo, otros oradores le secundaron pidiendo además la libertad religiosa prometida en los arreglos de 1928. ¡Hacía años que las campanas de los templos estaban mudas! La policía intervino entonces para disolver aquella manifestación y aprehendieron a unas cien personas, llevándolas a la comandancia, e imponiéndoles la curiosa multa de noventa y nueve pesos, noventa y nueve centavos, a cada uno.
Porque ¿cómo había de decirse que las autoridades de Chihuahua, habían tasado en cien pesos, las cabezas de los católicos chihuahuenses?
 Weishaupt: sed hipócritas hubo entre nosotros, quien no creyera tanta perfidia en los hombres de nuestro gobierno, y aceptaron "la mano tendida" que se les ofrecía. . .A Calles y a Portes Gil había sucedido en la presidencia de la República el general Cárdenas, y la persecución que había amainado un poco ¡oh, muy poco!, volvió esporádicamente a su carácter sangriento.
Una de estas gloriosas víctimas, de lo que pudiéramos llamar: el segundo episodio de la misma persecución sangrienta, fue en la fronteriza entidad de Chihuahua, el padre Pedro Maldonado, cuya santa vida y glorioso martirio trato ahora de bosquejar, porque tiene un lugar muy preferente en el catálogo espléndido de nuestros mártires mexicanos.
Pedro Maldonado era hijo de Chihuahua donde había nacido de padres humildes en 1895, y había sido bautizado en la parroquia del Sagrario de la misma ciudad con el nombre significativo de Pedro de Jesús.
Por entonces se habían fundado por el benemérito padre Delgado de la Compañía de Jesús, unas escuelitas católicas, que hacían mucha falta, y en una de ellas aprendió nuestro Pedro las primeras letras. Ya de nueve años pasó a otra escuela para mayorcitos, particular de los PP. Paulinos, y finalmente a los catorce años, ingresó en el seminario de la Diócesis, donde cursó toda su carrera sacerdotal bajo la dirección acertadísima del padre Bruno Álvarez.
Cuando este excelente sacerdote lo recibió en el seminario le dijo:
— ¿Con que quieres ser padrecito? —Seré lo que Dios quiera —contestó el muchacho, con una de esas respuestas que hacen adivinar en los niños una acción directa de Dios. Porque en efecto ese entregarse totalmente a la voluntad de Dios, fue el rasgo característico del padre Maldonado durante toda su vida.
De él se refiere así mismo, otra frase reveladora de la nobleza y santidad de aquel futuro sacerdote mártir. Al terminar unos ejercicios espirituales
en el seminario, el padre Rector llamó uno por uno a los alumnos para preguntarles cuál había sido su resolución principal o fruto de dichos ejercicios, y el joven le contestó: "Yo he sacado como resolución, tener mi cuerpo en la tierra pero mi mente y mi corazón en el Sagrario". Y a fe,
Pb, Pedro Maldonado que por la intensa devoción al Santísimo Sacramento, que manifestó siempre, se pudo ver que aquella resolución no la olvidó nunca y la practicaba con gran fervor Ordenóse al fin de sacerdote en El Paso, Tejas, el 25 de enero de 1918 y cantó su primera misa en el templo de la Sagrada Familia de Chihuahua, el 11 de febrero del mismo año, festividad de Nuestra Señora de Lourdes.
Diez y ocho años después, en la misma festividad de Nuestra Señora había de sellar su vida sacerdotal con el martirio, el 11 de febrero de 1937.
Esta vida se deslizó activa y fecunda siempre en buenas obras de celo pastoral en las parroquias de San Nicolás de Carretas, San Lorenzo, Cusi
y Jiménez, hasta que fue nombrado párroco de Santa Isabel en 1924.
Una de sus obras predilectas en esta parroquia, fue el establecimiento y progreso de la Adoración Nocturna para los hombres, en la que siempre tomaba él parte activa, permaneciendo horas enteras ante el Santísimo Sacramento en profunda adoración, después del intenso trabajo pastoral de todo el día.
En esa parroquia le sorprendió el primer episodio sangriento de la conspiración contra el orden cristiano, con la suspensión de cultos, la traslación continua y clandestina de un lugar a otro, para administrar los santos sacramentos y celebrar la santa misa cotidiana en las casas de los fieles, y las continuas amenazas de prisión o muerte.
No es decible lo que tuvo que sufrir en aquellos tristes días de nuestra vida nacional. Tenía el presentimiento de que algún día había de ser mártir y aun lo deseaba vehementemente, repitiendo con frecuencia las palabras del Divino Maestro: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre, y ¡cómo anhelo el que llegue esa hora!" Pero también sabía, que esa hora no le había llegado aún, y aun afirmaba seriamente que el Divino Niño Jesús, cuya devota imagen nunca dejaba de llevar consigo en todas sus andanzas, se lo había dicho. Otra de sus devociones especiales era hacia Santa Teresita del Niño Jesús y procuraba seguir, a imitación de ella, el mismo caminito espiritual que enseña tan simpática y fervorosa santita.
Y si la hora de su bautismo sangriento no había llegado, tuvo siempre y en gran manera, el de las tribulaciones del corazón. Sufría de la perversidad de los malos y de la lenidad en el servicio de Dios de los buenos. Como siempre sucede con aquellos a quienes devora el celo de la gloria de Dios, se le tachó muchas veces de temerario, de imprudente, que con sus actividades clandestinas, no sólo ponía en peligro su propia vida, sino la de sus favorecedores y amigos, que le ofrecían sus moradas para centro de irradiación de su celo apostólico.
Aprehendido al fin de 1934 por los esbirros de la tiranía, después de maltratarlo fue desterrado al Paso. Pero poco duró su destierro, porque la ruina de tantas almas mexicanas privadas de los auxilios del sacerdote, no le dejaba, ¡le urgía como a otro San Pablo! y le impulsó al fin a pasar clandestinamente la frontera, disfrazado de un humilde obrero, y llegar a su parroquia de Santa Isabel, donde volvió a emprender su antiguo apostolado.
Pero ¡había llegado su hora! Un Judas de los que como hemos visto no faltaron en los dos episodio? de la persecución, lo denunció a las autoridades del estado, y fue cazado al fin en su propia casa y aprehendido.
Ninguna resistencia opuso a sus verdugos, y por el contrario la alegría que manifestaba y el perdón generoso con que a imitación del Divino Maestro los gratificaba, excitó en éstos no sólo la admiración, sino una especie furor sádico. Sin que diera motivo alguno que excitara la cólera de aquellos hombres, marchaba entre los soldados, con sus brazos fuertemente apretados contra su pecho, y prontamente nos explicaremos por qué. De pronto los verdugos se inflamaron en odio diabólico, y comenzaron a golpearle tan bárbaramente con sus armas, que le fracturaron el cráneo, le saltaron un ojo y lo magullaron de tal modo que creyéndolo muerto, lo dejaron tirado a las orillas del camino que llevaban a la capital del estado.
Sus fieles amigos, que de pronto lo perdieron de vista, comenzaron a buscar a su pastor y en la casa, lugar de su aprehensión, les refirieron el hecho. Desolados e inquietos salieron en su busca y al fin dieron con él en la cuneta del camino. Aun no había muerto, y lograron que fuese llevado al hospital civil de Chihuahua, como uno de tantos heridos o enfermos del pueblo. Pero una de las enfermeras lo reconoció, y dio aviso prontamente al celosísimo padre Espino, que ahora es Obispo Auxiliar de la diócesis chihuahuense.
Acudió el incansable pastor y llegado al lecho del herido, éste a su vez lo reconoció, y entonces por primera vez desde su prisión en Santa Isabel, descruzó los brazos de el sobre el pecho dejándolos caer a lo largo del cuerpo. No podía hablar, pero aquel gesto llamó la atención del padre Espino y tuvo una sospecha, que el cielo se encargó de que pudiese verificarla.
Registró sus ropas ensangrentadas, y sobre ese pecho magullado y jadeante encontró el relicario con el Santísimo Sacramento, que llevaba siempre en sus correrías apostólicas para auxilio de los enfermos y moribundos.
Tomólo con la reverencia debida el padre Espino, y una vez que había  cumplido aquel acto, como si sólo esperara aquello para evitar cualquier profanación salvaje e impía, con una sonrisa de satisfacción exhaló el último suspiro.
La noticia de aquel último sacrificio sacerdotal de la segunda parte de la persecución sangrienta, causó en la católica ciudad de Chihuahua una impresión tremenda, aun entre los indiferentes y enemigos.
Organizóse inmediatamente una manifestación de protesta, como no hay memoria de que hubiese otra semejante. Casi toda la ciudad desfilaba por las calles hacia el Palacio Federal, en profundo silencio, como era propio de un duelo. De pronto una joven valerosa hizo en una esquina en voz alta, el panegírico del mártir, y al llegar a la Plaza Hidalgo, otros oradores le secundaron pidiendo además la libertad religiosa prometida en los arreglos de 1928. ¡Hacía años que las campanas de los templos estaban mudas! La policía intervino entonces para disolver aquella manifestación y aprehendieron a unas cien personas, llevándolas a la comandancia, e imponiéndoles la curiosa multa de noventa y nueve pesos, noventa y nueve centavos, a cada uno.

Porque ¿cómo había de decirse que las autoridades de Chihuahua, habían tasado en cien pesos, las cabezas de los católicos chihuahuenses?