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lunes, 24 de abril de 2017

LA PROVIDENCIA DE DIOS Y EL PROBLEMA DEL MAL Y DEL DOLOR


1. Naturaleza del mal. El mal se opone al bien, y el bien coincide con el ser, Por consiguiente, el mal no tiene perfección ni ser. No es una realidad natural ni algo positivo; pero tampoco es simple negación, un simple no ser, sino una verdadera, privación, o sea, la ausencia de una cualidad o perfección en que debería naturalmente poseerla. Que el hombre no tenga alas para volar no es ningún mal;  es una simple negación de una cualidad que la naturaleza humana no reclama en modo alguno; pero que un hombre sea ciego o no tenga ojos es un verdadero mal físico, puesto que el hombre debe naturalmente tener ojos para ver.

El mal es, pues, una negación privativa en el seno de una substancia que le sirve de soporte. No tiene, por lo mismo, razón alguna de apetibilidad, como no la tiene ni puede tenerla el no-ser. Nadie desea ni puede desear la nada: sería absurdo y contradictorio.

2. Existencia. Del hecho de que el mal no es en modo alguno una esencia ni una realidad no se puede concluir que no existe. Todo es cuestión de precisar el verdadero alcance de la palabra ser.
La palabra ser, en efecto, puede tener una doble acepción: a) Puede designar la realidad positiva, o sea, la entidad de una cosa; y, en este sentido, el ser se identifica con la cosa misma. De este primer modo ninguna privación es ser, y, por tanto, tampoco lo es el mal.

b) Puede significar también la verdad de una proposición, que consiste en la unión de un predicado y un sujeto mediante la palabra es. Este es el ser con que se responde a la pregunta: si es o no es, como al decir que un hombre es bueno o no es malo. Y de este segundo modo llamamos también ente o ser al mal.

Por no atender a este doble sentido en que puede tomarse la palabra ser, hubo algunos que al oír que algunas cosas son malas, o que el mal está en las cosas, creyeron que el mal era una naturaleza positiva y real, cuando en realidad no es otra cosa que una mera privación.

3. Relaciones entre el bien y el mal. El mal es una privación, esto es una negación en el seno de una substancia. No podría, por tanto, existir el mal sino la existencia de alguna substancia en el seno de la cual pueda establecerse la privación (v.gr., no podría existir un hombre ciego si no existiera el hombre al que pueda afectar la ceguera). Ahora bien: esa substancia a la que puede afectar el mal es un ser y, por tanto, un bien, ya que el ser y el bien coinciden y se identifican trascendentalmente entre sí. No hay ni puede haber un solo ser que no sea bueno en cuanto ser (los mismos demonios y condenados del infierno son buenos en cuanto seres no en cuanto demonios o condenados). De aquí proviene la necesidad de determinar con precisión las relaciones existentes entre el bien y el mal. Vamos a hacerlo a continuación al estudiar el sujeto, la extensión y la causa del mal.
4. Sujeto del mal. El no ser, en el sentido puramente negativo, no exige un sujeto real y positivo (la nada no exige estar en ninguna parte); pero la negación privativa que es en lo que consiste el mal, se define por el contrario, negación en el sujeto; porque sin un sujeto a quien afecte no podría existir la privación, como ya vimos. Es, pues, preciso señalar el sujeto del mal.

Ahora bien: un sujeto es necesariamente un ser, en potencia o en acto. Luego es necesariamente un bien, ya que el ser y el bien se identifican entre sí.
Por consiguiente, el sujeto del mal, o sea, su verdadero y único soporte, es, hablando en general, el bien.

Pero no el bien opuesto o contrario al mal (ya que dos contrarios blanco y negro no caben en un mismo sujeto), sino otro bien. El sujeto de la ceguera no es la visión de la cual es ella privación, sino el hombre o animal ciego.

El sujeto del mal, hablando en especial, puede ser o la substancia misma (v.gr., el hombre), o la operación de esa substancia (v.gr., las acciones del hombre). Afecta a la substancia cuando la priva de un bien que podría y debería tener (v.gr., la ceguera en el hombre); se refiere a la acción cuando le falta la medida y el orden requerido (v.gr., un pecado cualquiera).

5. Extensión del mal. El mal no puede destruir totalmente el bien. Para comprender esto debemos considerar que hay tres clases de bienes:

a) Uno, que se suprime totalmente por el mal, y este tal es el bien que se opone directamente a ese mal; v.gr., la luz es suprimida     totalmente por las tinieblas, y la visión por la ceguera.       

b ) Otro, que no es suprimido ni siquiera disminuido por el mal, y éste es el bien del sujeto del mal; v.gr., la substancia del aire no se suprime ni disminuye con las tinieblas al hacerse sujeto de la oscuridad; ni el hombre se destruye ni disminuye al quedarse ciego.

e) Otro, finalmente, que se disminuye ciertamente por el mal, pero sin llegar a destruirse por completo, y este bien es la capacidad o aptitud del sujeto para el acto contrario a ese mal; v.gr., a medida que se multiplican los pecados va disminuyendo la aptitud del pecador para la práctica de la virtud; pero no se le suprime del todo, porque esta aptitud va inseparablemente unida a la naturaleza misma del alma.

La disminución de la aptitud para el bien no es cuantitativa o por vía de substracción (como si le fueran quitando al pecador cantidades de humildad a medida que comete pecados de orgullo), sino por vía de atenuación o remisión, como corresponde a las cualidades; o sea, que se trata de una disminución de la intensidad o energía para la práctica de la virtud contraria a ese pecado. Pero nunca puede suprimirse del todo, porque siempre queda en el alma la capacidad radical para el bien: el pecador más envilecido conserva todavía en su alma la capacidad de convertirse en un santo bajo la acción de la gracia de Dios.
Por consiguiente, la relación que se establece entre el mal y el sujeto que le sirve de soporte jamás puede ser tal que llegue a consumir o destruir totalmente el bien; de lo contrario, el mal se consumiría y destruiría a sí mismo al faltarle el sujeto donde radicar.
El mal es como el vado que abre una ventana en la pared: si aumentamos el tamaño de la ventana de tal suerte que destruya por completo la pared, nos quedamos sin pared y sin ventana al mismo tiempo. Por donde se ve claro que el mal absoluto (o sea, sin ningún sujeto bueno donde resida) no existe ni puede existir: se destruiría por completo a si mismo.
6. Causa del mal. Es necesario afirmar que todo mal ha de tener de algún modo alguna causa. Todo lo que subsiste en cualquier otra cosa como en su sujeto, debe tener, en efecto, alguna causa, ya proceda ésta de los principios del sujeto mismo o ya provenga de alguna causa extrínseca. Pero el mal subsiste en el bien como en su sujeto natural; luego a de tener necesariamente una causa.)    
Ahora bien: la causa del mal no puede ser más que el bien. El hecho de ser causa no puede convenirle más que al bien, porque nada puede ser causa más que en la medida en que existe; pero todo lo que existe, en tanto que existe (o sea, en tanto que es ser) es forzosamente un bien. Esto aparece con toda claridad examinando en particular cada uno de los cuatro géneros de causas (eficiente, formal, material y final). Vemos en efecto que el agente, la forma y el fin implican cierta perfección, que, por lo mismo, tiene carácter de bien; e incluso la materia, en cuanto que está en potencia para el bien, tiene razón de bien.
Que el bien sea, en primer lugar, causa del mal a modo de causa material se deduce claramente del hecho de que el bien es el sujeto del mal, como ya hemos visto. En cuanto a causa formal, el mal no la tiene, porque consiste precisamente en la privación de una forma (v.gr., la ceguera consiste en la privación de la vista). Tampoco tiene causa final, porque el mal es privación del orden al fin debido (v.gr., el pecado es una privación del debido orden al fin último sobrenatural). Y en cuanto a la causa eficiente la tiene ciertamente el mal, pero no directa, sino indirectamente, como vamos a ver.
El bien causa indirectamente el mal al causar un bien al que se adhiere un mal, cualquiera que sea, por otra parte, la razón próxima de esta adherencia, ya sea por la deficiencia de la causa principal, 0 por defecto del instrumento que utiliza, o por indisposición de la materia sobre la que actúa.
Para comprender esto, debe advertirse que el mal es causado de modo distinto en la acción del agente y en el efecto producido por esa acción: a) En la acción del agente es causado por defecto de alguno de los principios operativos, bien sea de la causa principal o de la instrumental; como, por ejemplo, el defecto en el movimiento de un hombre puede acontecer o por defecto, de la virtud motriz (causa…