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jueves, 13 de abril de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR. PADRE LA PALMA





«Pero Él no le respondía nada». No solamente no hizo ningún milagro, sino que ni le dirigió la palabra. A Pilato sí que le respondió y le explicó la verdad sobre su reino, porque entonces deseaba conocer la verdad, y procuró defenderla, aunque luego se dejara llevar por la cobardía. En cambio a Herodes no le respondió porque no amaba la verdad, la aborrecía hasta el extremo de matar a Juan el Bautista, que era «la voz» de Jesucristo y le dio a conocer la verdad. ¿Cómo no iba a estar mudo el Señor ante quien había quitado la vida a su voz? Además, Herodes era curioso y no pretendía otra cosa de los milagros de Jesús que divertirse, como si fuera un malabarista y le pidiera hacer juegos de manos; y le pedía que los hiciera allí, en su presencia, y delante de los cortesanos como si fuera un bufón que debe divertir a su señor y entretenerle. De ninguna manera se inclinó el Señor de la Majestad para hacerse juglar de Herodes. No quiso dar a los soberbios y orgullo lo que sí daba con tanto gusto a los sencillos y humildes.

Tampoco quiso hacerlo para que no pensase que se acomodaba a su gusto con el fin de escapar de la muerte, a la que Él se ofrecía voluntariamente.
Con su silencio nos enseñó a despreciar la honra y el favor mal ganado, y a no usar mal del poder de Dios haciéndolo servir de alguna manera a la ambición y al beneficio personal. Nos enseñó a ser precavidos y a no hablar ingenuamente de Dios a quienes sólo desean saber de Él por curiosidad, por vanidad, por decir que saben de todo.

«Allí estaban los sacerdotes principales y los escribas acusándole insistentemente», temiendo que por segunda vez saliera mal su intento. Al principio, cuando Herodes pidió a Jesús que hiciera un milagro, temieron, porque si lo hacía quizá convenciera a Herodes; y así le acusaban constantemente de lo que, suponían, podía hacerle más odioso a los ojos de Herodes: le dirían que Él y Juan el Bautista eran parientes y se habían puesto de acuerdo para calumniarle sobre el adulterio de Herodías; que cuando Juan estaba en la cárcel de Herodes, Jesús le había alabado y le había defendido en público contra él (Mt 11, 9-11); además, le había insultado delante del pueblo llamándole «raposa» (Le 13, 32); que no podía estar seguro en su trono viviendo Él, pues su padre ya no lo estaba cuando Él era un niño. Pero luego, tras el largo silencio de Jesús,
Herodes empezó a tomarle por tonto y por loco, temieron que le diese libertad por esa razón, por no ser responsable de sus actos, y empezaron a acusarle con más fuerza e insistencia, y decían que fingía y que disimulaba delante de él; que estaba haciéndose el mudo, pero bien que sabía hablar cuando estaba delante del pueblo. «Estaban allí los sacerdotes principales y los escribas acusándole con insistencia».

«Entonces Herodes le despreció con toda su guardia». Le pareció a Herodes que el silencio del Señor había sido una ofensa a su persona y no encontró mejor camino para vengarse que despreciarle. iLo que hace la diferente disposición de cada uno! A Pilato el silencio del Señor le llenó de admiración, en cambio Herodes «le despreció». Pilato miraba las cosas como juez prudente, y Herodes como hombre vacío y  ambicioso, que sólo se fijaba en cumplidos y apariencia como no había podido sacar ni una sola palabra al Señor, ni le había agradecido el ofrecimiento de salvarle, si le hacía un milagro, pensó que aquello no se podía entender humanamente, pensó que era locura. Y le despreció como si no hubiera podido hacer ningún milagro, le despreció como si fuera un ignorante que no sabe hablar, como a un tonto que no sabe defenderse. Esta es la sabiduría del mundo que tiene por locura la sabiduría de Dios.
Los cortesanos y los soldados de la guardia empezaron a «burlarse de Él» con bromas, con agudezas, con motes y risas, y es posible que también le dieran golpes y empujones como se hace con un tonto en palacio.
Herodes mandó «que le vistieran con un vestido blanco, brillante», con una vestidura real, para burlarse de su realeza mesiánica. Y ya no quiso saber más de Él y le devolvió a Pilato para que hiciera con El lo que quisiera…de aquel día Pilato y Herodes se hicieron amigos», y los dos se pusieron de acuerdo en eximirse, de la causa, cuando por razón de su cargo los dos teman obligación de juzgarle y absolverle.

Pilato juzga otra vez a Jesús inocente Llevaron de nuevo al Señor por las calles desde el palacio de Herodes al pretorio de Pilato, con el mismo acompañamiento de criados y guardias, ruidos, y con menos cortesía que antes por parte de los que le llevaban, echándole la culpa a Él de tanta ida y venida. El pueblo estaba más alborotado, comentando la burla que había hecho de Él el rey Herodes y los soldados, y le miraban con curiosidad porque iba vestido con aquella vestidura brillante.
Esto hace la gente muy a menudo: vestir las cosas con el ropaje que le parece para que las tengan por lo que no son. A los vicios los cubre con aspecto de virtud; a la charlatanería la viste de sabiduría; a la grosería la viste de libertad; a la venganza la llama fortaleza y valor. En cambio arropa las virtudes con ropas muy distintas: al pudor le llama mojigatería; a la modestia la viste llamándola cortedad; a la devoción le pone hipocresía; y a la verdad la viste de tontería y locura.
Para poder hacer esto se tiene siempre a mano todo tipo de vestidos, es decir, de razones, con las que dar a cada cosa el color y el aspecto que le parece. Así tomó Herodes el vestido brillante con que burlarse del Salvador.
La Virgen María iba sabiendo paso a paso lo que sucedía, y aunque un poco alejada, seguía estas idas y venidas de las gentes que llevaban a Jesús. Si en aquel momento vio a su Hijo, quién podrá decir lo que sintió su corazón al ver la divina sabiduría con aquellas ropas.
Llegaron al pretorio. Pilato supo la resolución de Herodes y que no encontraba motivo para darle muerte. Entonces, para quitar toda sospecha de que él hubiese obrado antes con demasiada blandura, «llamó a los sacerdotes principales y a los magistrados, y a todo el pueblo» (Le 23, 12), y volvió a examinar delante de todos a Jesús sobre las cosas que le habían acusado. Y al no hallar nada de verdadera importancia les dijo:
«Me habéis traído a este hombre como a un alborotador que amotina al pueblo, le he examinado delate de vosotros y habéis visto que no encuentro en el ningún delito de los que le acusáis. Y tampoco Herodes, a quien se lo mandé, ha encontrado ninguna cosa que merezca la muerte». Si es cierto que este hombre hubiera quebrantado vuestra Ley, Herodes, que entiende y profesa vuestras creencias, lo hubiera advertido; pero veis que no ha cometido ningún delito ni contra la ley de los romanos ni contra vuestra Ley. Pero si ha dado lugar a vuestra indignación por algún motivo, «yo le castigaré y le pondré luego en libertad» (Le 23, 16).
«Pero los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas». Al ver al juez decidido a dejar con vida al Salvador, se asustaban de tenerlo otra vez en contra suya, porque conocían bien la fuerza de sus palabras al enseñar y al reprender, el poder de sus milagros y que se llevaba a la gente tras de sí. Si quedaba con vida, ¿qué podían esperar sino perder toda su autoridad y prestigio? Por eso insistían en acusarle de muchas cosas.
«y ante las acusaciones de los sacerdotes principales y los ancianos no respondió nada» (Mt27, 12). Ya había respondido a Pilato lo suficiente para conocer la causa. Pero ante las acusaciones de los sacerdotes se calló, porque todo era vocerío y confusión y. calumnias.
Estaba bien patente la verdad, ya se lo habían dicho a Caifás la noche antes: no había por qué preguntarle a Él sobre lo que había hecho o lo que había enseñado, gente suficiente había que podía responder por El (Jn 18,21). Además, no preguntaban con el deseo de saber la verdad, que, aunque el Señor hubiese respondido, no le hubieran creído (Le 22,67).

Tampoco le parecía que tuviese necesidad de defenderse ante estas acusaciones, lo mejor era menospreciarlas callando. San Ambrosio dice: «El Señor, acusada, calla; y con razón calla, porque no necesita defensa. Que procuren defenderse los que temen ser vencidos. Al callar no otorgó, como se dice, sino que tuvo en tan poco las acusaciones que no se dignó refutarlas».