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sábado, 18 de febrero de 2017

LOS MARTIRES MEXICANOS




Pbro. D. Félix Castañeda.


En los Turbios Fondos del Agrarismo

La triste historia de la conspiración anticristiana o comunista como se la conoce ahora, tiene en su desenvolvimiento en Rusia, especialmente en la época de Lenin, episodios reveladores que pueden ilustrar mucho, a primera vista, los increíbles sucesos de la persecución mexicana.
Bien sabemos cómo de la manera más astuta e hipócrita, los comunistas se esforzaban por aparecer como redentores de los obreros de las industrias, para resolver, ellos, el innegable y urgente problema de la cuestión social. Y una vez que los obreros, alucinados por las deslumbrantes promesas de bienestar que se les ofrecían, fueron el apoyo más firme y el escalón más seguro para subir al poder, de que se sirvieron los conspiradores de la revolución social contra el orden cristiano, continuaron y continúan los infelices engañados, en ese lugar de escalón o pedestal, con que desde un principio los usaron, sin haberlos mejorado en nada, pues al capitalismo patronal ha sustituido el capitalismo estatal, que comenzando en la famosa NEP de Lenin, se llama ahora el stalinismo.
No fueron solamente los obreros de la industria, los escogidos para la empresa anticristiana. Había otra masa de hombres, la más numerosa por cierto, y si por una parte la más maleable a causa de su incultura, por otra parte, más difícil de conquistar por su amor a la tierra y por su sencilla pero ardiente fe religiosa: los campesinos agricultores. La lucha contra los kulaks o campesinos ricos, muy abundantes en Rusia, llena con sus atrocidades y crímenes, muchas páginas de la historia del comunismo ruso. Y la táctica empleada contra ellos fue, como siempre, el engaño y las falsas promesas, a los humildes peones de lo que nosotros llamamos las "haciendas" de cultivo.
Promesas de despojar a los amos de esas haciendas de sus amadas tierras, para repartirlas entre los asalariados trabajadores, o sea el Agrarismo o robo, disimulado con máscara de justicia, de las propiedades de los latifundistas, por grandes o pequeñas que fueran esas propiedades.
En el, caso de los obreros evidentemente el capitalismo liberal, con su olvido de las leyes de justicia y caridad, había creado una situación de inferioridad y malestar imposible de aprobarse para los trabajadores; especialmente desde que la Revolución Francesa, primer estallido de la moderna conspiración anticristiana, había disuelto los antiguos gremios o corporaciones de obreros. Y esa situación se prestaba como expresamente creada para el caso, a los mentidos intentos de reforma de los conspiradores, y la supieron aprovechar bien.
En el problema agrario, el ideal ciertamente era que todos poseyeran su pejugalito o parcela propia para cultivarla con todo el empeño y diligencia que se usa en mejorar lo que le pertenece, pero tropezaba con otras dificultades técnicas de no fácil resolución; aunque no sea más que ésta: cierta clase de productos agrícolas, para ser costeables necesitan grandes extensiones de terreno, agua en abundancia, descanso periódico de una parte del campo, mientras otra se trabaja intensamente, etc. Dividir esos latifundios, sin tener en cuenta estas exigencias de la misma naturaleza de la tierra, sería provocar una baja lamentable y peligrosa para la misma nación, de su gran nodriza: la agricultura.
Pero a los conspiradores contra el orden cristiano, lo que les importaba era otra cosa: soliviantar los ánimos de los campesinos, tradicionalmente religiosos, provocar por medio de ellos el desorden y la revolución, que había de conducir a la ruina de la civilización y paz cristiana de las sociedades y después. . .¡ ya se vería!. . . ¡Cínica y textual afirmación de Lenin! El Agrarismo en México participó desde el principio del pecado original del comunismo: su espíritu anticristiano; y las consecuencias, las estamos ahora palpando, especialmente los mismos engañados campesinos. Díganlo si no los infelices "espaldas mojadas".
Por eso, con verdadero asombro de muchos, que no han conocido los turbios fondos del agrarismo mexicano, entre los verdugos de los católicos mexicanos en la persecución callista, se encuentran campesinos mexicanos, (cosa increíble, hará poco más de medio siglo), individuos y aun grupos enteros de agraristas, completamente envenenados por las intrigas de los fautores del comunismo.
No faltaron en nuestro abnegado clero rural, dignísimos sacerdotes, que descubrieron a tiempo esos turbios fondos, y trataron por todos los medios a su alcance, de impedir el contagio de la peste comunista entre nuestros rancheros.
Pbro. Crescenciano Aguilar.
Así el año de 1925, cuando ya se perfilaba en el horizonte de nuestra patria la gran persecución, el señor cura de Capilla del Castillo, en las cercanías de Juanacatlán, estado de Jalisco, Don Crescenciano Aguilar, inició una campaña perfectamente de acuerdo con los postulados de la doctrina cristiana, sosteniendo en sus sermones a las masas campesinas, la siguiente tesis: "o tierras, o sacramentos"; esto es, que los afiliados a las ideas agro-comunistas no podían recibir los sacramentos de la Iglesia con buena conciencia, ni los ministros del Señor podían impartírselos.
El señor cura Aguilar era un pastor celosísimo, un ilustrado sacerdote esclavo de su deber y abnegado en su ministerio, y por eso era sumamente querido en aquella región de Juanacatlán y aun en Guadalajara.
Y sin embargo un grupo de campesinos, movidos por sus funestos líderes agraristas, que comprendieron tenían en el esforzado sacerdote un digno adversario de sus ideas disolventes y anticristianas, la noche del 13 de septiembre de ese año de 1925, invadieron su casa y lo asesinaron cobardemente.
Así fue una de las primeras víctimas del odio comunista, contra la doctrina de justicia y de paz de Jesucristo, que él predicaba; y bien merece contarse en este catálogo de nuestros mártires mexicanos.
Así se comenzaba a cumplir la orden del presidente de los Estados Unidos, el funesto Mr. Wüson, a su acólito y agente Mr. Lind, de ayudar a la Revolución Mexicana especialmente en la destrucción de la influencia "política" (esto es católica) y económica, de los hacendados de nuestra patria.
Lo que quería decir en sustancia: "fomentar por todo medio posible las ideas y triunfo del agrarismo mexicano".
Más tarde, cuando ya rugía potente la persecución, se ha de señalar otra víctima ilustre y santa del agrarismo, el señor cura de Juanchorrey, del mismo Jalisco, Pbro. D. Félix Castañeda.
Oriundo de Zacatecas, de padres muy humildes pero muy cristianos, el niño Félix, se sintió llamado por Dios al sacerdocio, y a costa de sacrificios muy grandes, logró entrar primero en la escuelita de la Purísima, anexa al Seminario, en la que siempre obtuvo las mejores calificaciones de conducta y de estudios. Pasó al seminario en octubre de 1892 y allí terminó su carrera sacerdotal, siempre con las calificaciones de "sobresaliente", en 1903 en que fue ordenado sacerdote. No era pues un adocenado o inculto sino un hombre muy versado en las ciencias divinas y humanas y al que no era fácil engañar.
Vicario en varias parroquias y por un poco de tiempo párroco de Valparaíso, fue también uno de los que trataba con gran celo de preservar a nuestros pobres campesinos de las intrigas mendaces de los agraristas descubriéndoles sus perversas intenciones. Así es que, los líderes funestos de esas ideas, esparcidos por toda la extensión de la República lo consideraban como un adversario digno de tomarse en cuenta.
La suspensión de los cultos, decretada por el Venerable Episcopado, le sorprendió en su vicaría de Juanchorrey, y como los demás sacerdotes, tuvo que refugiarse en casa particular, que fue la de Don Teodoro Hernández, en aquella misma ranchería. No quería por motivo alguno abandonar por completo a las ovejas que Dios le había confiado y retirarse a lugar más seguro. Allí en efecto continuó sus ministerios con los campesinos y celebraba el culto en privado.
A fines de abril de 1927 celebró allí un matrimonio cristiano, que como era natural llegó a conocimiento de muchos, y entre ellos de algún líder agrario quien no tardó en denunciarlo a las autoridades callistas de Tepetongo.
El l 9 de mayo siguiente, en que ya se celebraba en nuestro país la gran fiesta comunista, llamada "día del trabajo", para celebrarla dignamente los agraristas con apoyo de la autoridad militar llegaron a la casa del señor Hernández y aprehendieron al padre Castañeda, en los momentos en que acababa de celebrar la Santa Misa, llevándolo en seguida a la cárcel de Tepetongo. Justo es decir que el Presidente Municipal del pueblo, don Urbano Miramontes, hizo todo lo posible para salvar al padre, que era
buen amigo suyo. Pero en la población había un tal José Orozco al que unos llaman licenciado, y otros presentan como jefe militar. Este pobre hombre había sido condiscípulo del padre Castañeda en el seminario, del cual salió como por la misma época salió del suyo en Rusia, Stalin con la misma neta de perversidad y rebeldía, que el célebre bolchevique.
Este hombre al saber la prisión del padre Castañeda dio órdenes de que fuera trasladado a Jerez y llevado a su presencia. Don Urbano Miramontes con la esperanza de poder libertar al padre, en su calidad de Presidente Municipal, lo acompañó.
-Allí le esperaba Orozco, y sin más ni más con un arma punzocortante acaso una bayoneta de un soldado, hirió al P. Castañeda en ambas mejillas y en la barba.
Sorprendido el padre, con toda mansedumbre, le dijo a su vil agresor:
—No seas ingrato: acuérdate de que fuimos amigos y condiscípulos en el seminario. ¿Por qué me hieres? Y la respuesta del bribón fue abofetearlo y después, cortarle él mismo la lengua. Verdadera manifestación de posesión diabólica de aquel infeliz.
Incontinenti dio otra orden: "llévenlo al panteón y fusílenlo allí mismo".
Los soldados, aunque de mala gana, obedecieron, y D. Urbano, por más que alegaba sus derechos para juzgar él al sacerdote, y de este modo poder salvarlo, se convirtió en objeto de burlas de los malvados.
Formado el cuadro, el sacerdote sin poder hablar y casi desfallecido por la enorme pérdida de sangre, que brotaba d? su mutilada lengua; fue colocado enfrente del pelotón por los soldados, quienes en parte conmovidos por aquella horrible situación, en parte por las objeciones del Presidente Municipal
se negaban a disparar.
Mas había acompañado a los verdugos un grupito de agraristas, quienes en el cateo de la casa se habían apoderado de los ornamentos sacerdotales del mártir y revistiéndoselos por burla, «entre blasfemias y denuestos, penetraban entre los soldados aterrados y con filosos cuchillos herían al sacerdote, que sostenía, sin encontrar otro modo de ayudarle en su azoro, el presidente Don Urbano.
Llegó en esto a presenciar el horrendo crimen, Orozco.
—¡Qué circo es éste! —exclamó ante aquel espectáculo. Y acordándose de sus tiempos del Seminario, quiso el infame hacer una parodia de la degradación de un sacerdote, condenado a muerte, y ordenó a uno de aquellos perversos, que con su cuchillo cortara la piel de la coronilla y desollara las manos del desfallecido ministro de Dios que se contentaba con mirar compasivo, y como perdonándolo, a su antiguo condiscípulo. 
Y una vez hecho aquello, el mismo Orozco, llegó hasta él y le dio una puñalada mortal, que abrió la puerta del cielo al invicto mártir.
La consternación de los buenos habitantes de Tepetongo al saber aquello que había sucedido en el cementerio de Jerez es imposible de describir.
La pobre señora madre del monstruo Orozco, al saber que su hijo se había hecho un asesino de sacerdotes, perdió la razón.

Por mi parte, no ha sido sino con gran repugnancia como he escrito esta semblanza, a causa de la deshonra de esos pobres hermanos míos engañados agraristas. . . Pero tengo ante la vista, tres relatos distintos e impresos de aquella horrible tragedia que, con breves variantes que ya señalé, coinciden en todo lo demás. . . Tocará al tribunal eclesiástico que espero ha de formarse, para juzgar las causas de nuestros mártires, aquilatar los datos y detalles, dados por testigos presenciales, de los hechos aquí narrados.