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sábado, 7 de enero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

LA VERDADERA ORTODOXIA DEL PUEBLO RUSO Y
LA SEUDO ORTODOXIA DE LOS TEÓLOGOS ANTICATÓLICOS.

El carácter eminentemente religioso del pueblo, ruso, así como la tendencia mística que se manifiesta en nuestra filosofía, en las letras (1) y las artes, parecen reservar a Rusia una gran misión religiosa. También hacia la religión se vuelven, de buen o mal grado, nuestros patriotas, cuando se ven obligados a declarar en qué consiste la vocación suprema de nuestro país o «la idea rusa», como se dice hoy. Según ellos, la ortodoxia o la religión de la Iglesia greco rusa, opuesta a las comuniones occidentales, constituiría el fondo verdadero de nuestra esencia nacional. He aquí a primera vista un círculo vicioso de los más evidentes. Si preguntamos cuál es la razón de ser histórica de la Iglesia oriental separada, se nos responde: Es haber formado y educado espiritualmente al pueblo ruso. Y, cuando queremos saber cuál es la razón de ser de este pueblo, contestan: Es pertenecer a la Iglesia oriental separada. Conduce a este callejón, sin salida la dificultad de determinar exactamente lo que se entiende por la ortodoxia que se quiere monopolizar en nuestro favor. Tal dificultad no existe para las gentes del pueblo que son verdaderamente ortodoxas a conciencia y en la simplicidad de su corazón. Interrogados con inteligencia sobre su religión, os dirán que ser ortodoxo es ser bautizado cristiano, llevar una cruz en el pecho o una santa imagen cualquiera, adorar a Cristo, rogar a la muy inmaculada Santa Virgen (2) y a todos los santos representados por las imágenes y reliquias, santificar las fiestas y ayunar según el orden tradicional, venerar la función sagrada de los obispos y sacerdotes y tomar parte en los santos sacramentos a la encarnación de su ideal esencialmente religioso.
Si Rusia está llamada a decir su palabra al mundo, no será desde las regiones brillantes del arte y de las letras, ni de las alturas soberbias de la filosofía y de las ciencias de donde esa palabra descenderá, sino de las sublimes y humildes cimas de la religión. Mis lectores rusos y polacos hallarán la prueba detallada de esta tesis en la segunda edición de mi obra La cuestión nacional en Rusia, cuyo capítulo último ha sido traducido al polaco por el Sr. Benoni y publicado bajo el título: Rusia y la Europa.  Esta es la verdadera ortodoxia del pueblo ruso y también la nuestra. Pero no es la de nuestros patriotas militantes. Es claro que la verdadera ortodoxia no tiene en sí nada de particularista y no puede, en modo alguno, constituir un atributo nacional o local que nos separe fatalmente de los pueblos occidentales; porque la mayor parte de estos pueblos (la parte católica) tiene absolutamente el mismo fondo religioso que nosotros. Todo lo que para nosotros es santo y sagrado lo es también para ellos. Para indicar un solo punto esencial: uno de los aspectos característicos del catolicismo, el culto de la Santa Virgen, es no sólo practicado por la Rusia ortodoxa (3) en general, sino que hasta hay imágenes milagrosas especiales-veneradas en común por los católicos romanos y los ortodoxos rusos; por ejemplo, la Santa Virgen de Czenstochowa en Polonia. Si, la piedad es verdaderamente el carácter distintivo de nuestro espíritu nacional, el hecho de que los principales emblemas de esta, piedad nos sean comunes con los occidentales nos obliga a reconocer nuestra solidaridad con ellos en lo que nosotros consideramos como más esencial. En cuanto al profundo contraste que presenta la piedad contemplativa del Oriente con la religión activa de los occidentales, es un contraste subjetivo y puramente humano que nada tiene que ver con los objetos divinos de nuestra fe y de nuestro culto, y, lejos de ser motivo de justa separación, debería más bien inducir a las dos grandes partes del mundo cristiano a una reunión más íntima para completarse mutuamente.

Pero bajo la influencia del mal principio que no cesa de actuar aquí abajo, se ha exagerado la diferencia para hacer de ella una división. Y en el momento en que Rusia recibía el bautismo de Constantinopla, los griegos, bien que todavía en formal comunión con Roma, tras del cisma temporario de Focio (4) estaban va fuertemente penetrados del particularismo nacional alimentado por la rivalidad jerárquica, por la política de los emperadores y las luchas de escuela. Resultó de ello que el pueblo ruso, en la persona de San Vladimiro, compró la perla evangélica cubierta de polvo bizantino. El cuerpo de la nación, a quien no “interesaban las ambiciones y odios clericales, no comprendía nada de las ficciones teológicas resultantes de ello; el cuerpo de la nación recibió y conservó la esencia del cristianismo" ortodoxo puro y simple, es decir, la fe y la vida religiosa determinada por la gracia divina traducidas en obras de piedad y caridad. Pero el clero reclutado en un principio entre los griegos y la escuela eclesiástica, aceptaron la sucesión nefasta de los Focios y los Cerularios como parte integrante de la verdadera religión. Esta psesudo ortodoxia de nuestra escuela teológica, que nada tiene de común con la fe de la Iglesia universal ni con la piedad del pueblo ruso, no contiene elemento positivo alguno, sino sólo negaciones arbitrarias producidas y alimentadas por una polémica artificiosa.

«Dios Hijo no participa en el orden divino de la Procesión del Espíritu Santo”. “La Santa Virgen no ha sido inmaculada desde el primer instante de su existencia.” (5). «El primado de jurisdicción no pertenece a la sede de Roma, y el Papa no tiene la autoridad dogmática de pastor y doctor de la Iglesia Universal.” Tales son las principales negaciones que examinaremos más adelante. Bástenos comprobar ahora que dichas negaciones no han recibido ninguna clase de sanción religiosa ni se apoyan sobre ninguna autoridad eclesiástica aceptada como obligatoria e infalible por todos los ortodoxos. Ningún concilio ecuménico ha condenado ni siquiera juzgado las doctrinas católicas anatematizadas por nuestros polemistas; y cuando se nos presenta a este nuevo género de teología negativa como la verdadera doctrina de la Iglesia Universal, no podemos ver en ello más que una pretensión exorbitante derivada de la ignorancia o la mala fe. En segundo lugar, es evidente que esa falsa ortodoxia no podría, como tampoco la verdadera, servir de base positiva a «la idea rusa». En efecto, intentemos substituir por cantidades reales la X algebraica de la «ortodoxia» proclamada sin cesar con ficticio entusiasmo por una prensa seudopatriótica. Según vosotros, la esencia ideal de Rusia es la ortodoxia, y esta ortodoxia que enarboláis especialmente contra el catolicismo se reduce para vosotros a las diferencias entre ambas confesiones. El fondo verdaderamente religioso que tenemos en común con los occidentales parece no ofreceros más que mediocre interés; son las diferencias las que os interesan sobre todo. Pues bien: en lugar de ese vago término de «ortodoxia» poned esas diferencias determinadas y declarad abiertamente que la idea religiosa de Rusia consiste en negar el dogma la inmaculada Concepción, la autoridad del Papa. Este último es el que os interesa particularmente. Los otros —ya lo sabéis— sólo son pretextos; pero el Soberano Pontífice, ¡ese es el enemigo! Toda vuestra «ortodoxia», toda vuestra «idea rusa», no es, pues, en el fondo, más que una protesta nacional contra la potestad universal del Papa. Pero, ¿en nombre de qué? Aquí comienza la verdadera dificultad de vuestra situación. Ese odio protestante contra la monarquía eclesiástica, para hablar al espíritu y al corazón, debería ser justificado por algún gran principio positivo. A la forma del gobierno teocrático que desaprobáis deberíais oponer otra forma mejor. Y es justamente lo que os es imposible hacer ¿Qué clase de constitución eclesiástica tenéis para ofrecer a los pueblos occidentales? ¿Iríais a preconizarles el gobierno conciliar, a hablarles de concilios ecuménicos? ¡Medice cura te ipsum! ¿Por qué no ha opuesto el Oriente un verdadero concilio ecuménico al de Trento o al, del Vaticano? ¿De dónde proviene ese silencio impotente de la verdad frente al error afirmado solemnemente? ¿Desde cuándo los guardianes de la ortodoxia se han convertido en cobardes perros que sólo se atreven a ladrar tras el muro? No cabe duda; al paso que las grandes asambleas de la Iglesia continúan ocupando un lugar de importancia en la doctrina y en la vida del catolicismo, el Oriente cristiano es quien, desde hace mil años, está privado de esta manifestación valiosa de la Iglesia Universal y nuestros mejores teólogos (Filareto de Moscú, por ejemplo) confiesan que es imposible un concilio ecuménico en la Iglesia oriental mientras permanezca separada del Occidente. Pero a nuestros pretendidos ortodoxos nada les cuesta oponer un concilio imposible a los concilios reales de la Iglesia católica y defender su causa con armas que han perdido y bajo una bandera que se les ha arrebatado.

(1) Nuestros mejores escritores modernos, cediendo a una aspiración religiosa más fuerte que su vocación estética, han debido dejar el estrecho terreno literario para actuar, con más o menos éxito, como moralistas y reformadores, apóstoles o profetas.  La prematura muerte de Pushkin nos impide apreciar si la tendencia religiosa que sus obras más cumplidas revelan era bastante profunda como para llegar a ser con el tiempo su idea predominante y hacerle abandonar el dominio de la poesía pura, como sucedió a Gogol (la Correspondencia con mis amigos), a Dostoievski (el Diario de un escritor), a Tolstoi (Confesión,Mi religión, etc.)- Parece que el genio ruso no encontrara su expresión definitiva en la producción poética, ni el medio.

(2) «Muy Inmaculada «toda.Inmaculada» seneporotchnaia), es el epíteto constante que se agrega al nombre de la Santa Virgen en nuestros libros litúrgicos, traducido del griego panárnonos y de otros nombres análogos.

(3) No excluyo de esta calificación a los viejos creyentes propiamente dichos, cuyas diferencias con la Iglesia de Estado no se refieren al verdadero objeto de la religión.

(4) La ruptura definitiva que recién tuvo lugar más tarde, en 1054, no fué por lo demás sino un simple hecho sin carácter alguno de sanción legal y obligatoria, puesto que el anatema de los legados del Papa León IX no se dirigía contra la Iglesia Oriental, sino únicamente contra la persona del patriarca Miguel Cerulario v contra idos partidarios de su locura» (locura, a decir verdad, bien manifiesta); y,'por su lado, la Iglesia oriental nunca ha podido reunir un Concilio ecuménico, el que, según nuestros mismos teólogos, es el solo tribunal competente para juzgar de nuestras diferencias con el Papado.

(5) Estos teólogos enceguecidos por el odio se atreven así a renegar de la creencia manifiesta de la Iglesia Oriental, griega y rusa, que proclama siempre a la Santa Virgen toda Inmaculada, Inmaculada por excelencia.