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viernes, 27 de enero de 2017

Ite Missa Est

27 DE ENERO
SAN JUAN CRISOSTOMO,
OBISPO Y DOCTOR
DE LA IGLESIA


Epístola – II Timoteo; IV, 1-8
Evangelio – San Mateo; V, 13-19


EL DEBER DE LOS PASTORES. — Antes de la llegada del Emmanuel, los hombres estaban como ovejas sin pastor; el rebaño andaba disperso, y el género humano corría hacia su ruina. Jesús no se contentó, con ser el Cordero destinado al sacrificio por nuestros pecados; quiso revestir el carácter de Pastor para llevarnos a todos al divino aprisco. Pero, como debía subir a los cielos, proveyó a las necesidades de sus ovejas estableciendo una serie de pastores, que apacentasen en nombre suyo a su rebaño hasta la consumación de los siglos. Ahora bien, las ovejas tienen ante todo necesidad de doctrina, que es la luz de vida; por eso quiso el Emmanuel que los Pastores fuesen también Doctores. El deber de los pastores para con sus ovejas es ante todo administrar la Palabra divina y los Sacramentos. Por sí mismos y continuamente deben apacentar a sus ovejas con este doble alimento, y dar su vida, si es preciso, en cumplimiento de esa obligación sobre la que descansa toda la obra de la salvación del mundo. Pero, como no está el discípulo sobre el maestro, los Pastores y Doctores del pueblo cristiano, si son fieles, serán también objeto de odio por parte de los enemigos de Dios, porque sólo con perjuicio del reino de Satanás podrán propagar el de Jesucristo. Por eso, la historia de la Iglesia, muestra en todas sus páginas los relatos de las persecuciones sufridas por los que quisieron seguir el ejemplo de celo y caridad comenzado por Cristo en la tierra. Tres clases de luchas han tenido que sostener a través de los siglos, dando ocasión a tres admirables victorias.

LUCHA CONTRA EL PAGANISMO. — Tuvieron que luchar contra la religión pagana que se oponía sangrientamente a la predicación de la ley de Cristo. Esta persecución dió la corona y llevó a la cuna del Emmanuel, durante los cuarenta días dedicados a su Nacimiento, a Policarpo, Ignacio, Fabián y Telesforo.

LUCHA CON LOS PODERES TEMPORALES. — Después de la era de las persecuciones, abrióse a los jefes del pueblo cristiano una nueva palestra no menos gloriosa. Algunos príncipes, hijos al principio de la Iglesia, quisieron pronto encadenarla. Pensaron que convenía a su política tener sujeta a aquella palabra que debía recorrer libremente el mundo en todas sus direcciones, como la luz visible de que es imagen. Quisieron ser sacerdotes y pontífices, como en tiempo del paganismo, y detener los manantiales de la vida que se agotan en cuanto les toca una mano profana. Entablóse una lucha continua entre ambos poderes, el temporal y el espiritual; este largo período tuvo también sus soldados y sus mártires. En todos los siglos honró Dios a su Iglesia por medio de los combates y de los triunfos de numerosos y valientes campeones de la palabra y del ministerio. Tomás de Cantorbery e Hilario de Poitiers representan dignamente a estos caballeros de la Corte del Rey recién nacido.

LUCHA CONTRA EL MUNDO. — Pero existe otra clase de combates para los Pastores y Doctores del pueblo fiel: se trata de la lucha contra el mundo y sus vicios. Comenzó con el Cristianismo y continuará ocupando a la Iglesia hasta el último día; por haberla sostenido valerosamente merecieron el odio del mundo por el nombre de Jesucristo muchos santos prelados. Ni la caridad ni los servicios de todo género, ni la humildad, ni su mansedumbre, los libraron de la Ingratitud, del odio, ni de las persecuciones, porque fueron, fieles en proclamar la doctrina de su Maestro, en defender la virtud, y oponerse a los pecadores. No se vió libre Francisco de Sales de la malicia de los hombres, ni el mismo Juan Crisóstomo cuyo triunfo alegra hoy a la Iglesia y que se presenta ante la cuna del Emmanuel como el mártir más insigne de los deberes pastorales.

EL OBISPO PERSEGUIDO. — Discípulo del Salvador de los hombres hasta en la práctica de sus consejos por la profesión monástica, este predicador de boca de oro no empleó su magnífica elocuencia sino en la recomendación de las virtudes traídas por Cristo a la tierra, y en la reprensión de toda clase de pecadores. Una emperatriz, cuya vanidad pagana había denunciado; hombres poderosos, a quien había señalado mala conducta; mujeres influyentes a cuyos oídos sonaba con demasiada frecuencia su voz importuna; un obispo de Alejandría, prelados de la corte, más celosos de su reputación que de su propia virtud: tales son los poderes que suscitó el infierno contra Juan. Ni el amor de su pueblo, ni la santidad de su vida bastarán a librarle, y así veremos a este obispo marchar hacia la muerte cansado de fatiga, en medio de soldados, camino del destierro, después de haber hechizado con su palabra mágica a los habitantes de Antioquía, después de haber reunido en torno suyo a Constantinopla entera, en un entusiasmo que crecía de día en día, después de haber sido depuesto en un indigno conciliábulo', y haber visto su nombre borrado de los dípticos del altar, a pesar de la protesta enérgica del Pontífice romano. 

VALOR DEL OBISPO. — Pero ni el Pastor, ni el Doctor se daban por vencidos. Repetía con San Pablo: "¡Desgraciado de mí, si no predico el Evangelio!" (I Cor., IX, 16.) Y también: "La palabra de Dios no se halla encadenada." (II Tim., II, 9). La Iglesia triunfaba en él, más glorificada y consolidada por la constancia del Crisóstomo conducido al destierro por haber predicado la doctrina de Jesucristo, que por el éxito de aquella elocuencia que Libanio hubiera deseado para el paganismo. Escuchemos sus enérgicas frases antes de salir para su último destierro. Ya había sido desterrado otra vez, pero un terremoto, indicio de la ira divina, obligó a la misma Eudoxia a solicitar del Emperador con lágrimas su vuelta. Fórmanse nuevas tormentas contra Juan; pero él siente en sí toda la fortaleza de la Iglesia, y desafía la tempestad. Aprendamos lo que es un Obispo formado en la escuela de Jesucristo, Pastor y Obispo de nuestras almas, como dice San Pedro (I. S. Pedro., II, 25.) "Las olas de la tormenta vienen contra nosotros, pero no tenemos miedo a sumergirnos, porque estamos sentados sobre la roca. Ya puede el mar lanzarse con toda su ira, no quebrantará la roca; ya pueden subir las olas, que no lograrán hundir la barca de Jesús. Yo os pregunto: ¿Qué podríamos temer? ¿La muerte? Mas, Cristo es mi vida, y el morir ganancia. (Fil., I, 21.) El destierro, me diréis. Pero, "la tierra es del Señor, y todo cuanto ella encierra". (Salmo XXIII, 1.) ¿La confiscación de los bienes? Pero, "nada trajimos al venir al mundo, y nada podremos llevarnos". (I Tim., VI, 7.) Desprecio los temores de este mundo, y sus bienes me causan risa. No tengo miedo a la pobreza, no ansio las riquezas, no temo la muerte; si deseo vivir, es únicamente por vuestro bien, vuestro provecho es el único motivo que me induce a hablar en las presentes circunstancias. He aquí la súplica que os hago: Tened confianza. Nadie podrá separarnos. Lo que Dios unió no lo podrá deshacer el hombre. Lo dijo Dios con respecto a la unión del hombre y de la mujer Si no puedes, oh hombre, romper el vínculo del matrimonio ¿cómo podrías dividir a la Iglesia de Dios? Como no puedes alcanzar a Aquel a quien persigues, la atacas a ella. Pues, el medio de hacer mi victoria más aplastante y de agotar tus fuerzas con mayor certeza, es el de combatirme; porque, te será duro dar coces contra el aguijón. (Hech., IX, 5.) No embotarás su punta, y te ensangrentarás los pies. Las olas no rompen la roca, caen sobre sí mismas en impotente espuma. Oh hombre, nada se puede comparar con la fuerza de la Iglesia. Termina de combatirla, si no quieres ver agotadas tus fuerzas; no pelees contra el cielo. Si declaras la guerra al hombre, podrás vencer o sucumbir; pero si atacas a la Iglesia, puedes abandonar toda esperanza de victoria, porque Dios es más fuerte que todos. ¿Tendremos envidia del Señor? ¿Seremos más potentes que El? Dios ha fundado y ha consolidado; ¿quién tratará de destruir? ¿No conoces su poder? Mira El a la tierra y la hace temblar; ordena, y lo que estaba quebrantado, se vuelve firme. Si, no hace mucho todavía pudo dar firmeza a vuestra ciudad combatida por un terremoto ¿cuánto mejor podrá asegurar a su Iglesia? Está más segura que el mismo cielo. El cielo y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán. ¿Qué palabras? Tú eres Pedro, y sobre ésta piedra (que es mía), construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Si a esta palabra no crees, cree a los hechos. ¡Cuántos tiranos trataron de aplastar a la Iglesia! ¡Cuántas hogueras, cuántas bestias feroces, cuántas espadas! Y todo para no conseguir nada. ¿Dónde están ahora esos temibles enemigos? El silencio y el olvido les hacen justicia. ¿Dónde está en cambio la Iglesia? ¡Ante nuestros propios ojos, y más resplandeciente que el mismo sol! Pues, si cuando los cristianos no eran más que un puñado, no pudieron ser vencidos, ¿cómo podrán vencerlos hoy que el mundo está lleno de esta santa religión? El cielo y la tierra pasarán, dice el Señor, pero mis palabras no pasarán. Y así tiene que ser; porque Dios ama más a la Iglesia que al mismo cielo. Fijáos que no tomó carne del cielo, su carne pertenece a la Iglesia. El cielo es para la Iglesia, no la Iglesia para el cielo. No os alarméis por lo que ha sucedido. Hacedme la gracia de permanecer inconmovibles en vuestra fe. ¿No visteis que Pedro, al caminar sobre las aguas estuvo a punto de sumergirse no por la fuerza de las olas, sino por la flaqueza de su fe?, por haber dudado un momento. ¿Es que hemos sido elevados a esta silla con miras humanas? ¿Nos ha elevado el hombre, para que pueda el hombre derribarnos por potestad humana? Y no lo digo por arrogancia o vanagloria, no lo quiera Dios, lo digo sólo para asegurar los ánimos fluctuantes. La ciudad estaba firme sobre sus fundamentos; pero el diablo ha querido destruir la Iglesia. ¡Oh infame y malvado espíritu no has podido derribar sus murallas y con todo eso pretendes destruir a la Iglesia! ¿Es que la Iglesia consiste en murallas? No: la Iglesia es la muchedumbre de los fieles; esas son sus firmes columnas, no sujetas con hierro, sino unidas por la fe. No digo solamente que esa multitud tiene más fuerza que el fuego; digo que tu ira no podría triunfar ni siquiera de un solo cristiano. Recuerda las heridas que te hicieron los Mártires. ¿No se vió con frecuencia comparecer ante el juez a una delicada joven que, aun no era casadera? jóvenes más tiernas que la cera pero más firmes que la roca. Desgarrabas sus costados pero no le arrebatabas la fe. Cedía la carne bajo las garras del tormento, pero no su constancia en la fe. ¿No pudiste vencer a una mujer y esperas vencer a todo un pueblo? Entonces no has oído al Señor que dijo: "Donde dos o tres estuvieren reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos." (Mat., XVIII, 20.) Y ¡no habría de estar presente en medio de un pueblo numeroso, unido por los lazos del amor! Tengo la garantía en mis manos, tengo su promesa escrita; ese es el báculo en que me apoyo, mi seguridad, mi puerto tranquilo. Ya puede agitarse todo el mundo; yo me contento con releer ese texto sagrado: ahí está mi muro y mi fortaleza. ¿Cuál es ese texto? El siguiente: He aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos. Si Cristo está conmigo ¿a quién voy a temer? Aun cuando las olas, los mares, la ira de los soberanos se levanten contra mí, todo eso me importa menos que una tela de araña. Presto estaba para marchar desde ahora al destierro, si vuestra caridad no me hubiese detenido. Esta es mi plegaria: Hágase, Señor, tu voluntad; no ésta u otra voluntad, sino la tuya. Suceda lo que Dios quiera; si quiere que permanezca aquí, se lo agradezco; si quiere llevarme a otro sitio, también se lo agradeceré Así es el corazón de un ministro de Jesucristo, humilde e invencible. En todos los tiempos suscita Dios hombres de este templo, y cuando escasean, todo languidece y se apaga. La Iglesia de Oriente tuvo cuatro Doctores de este carácter: Atanasio, Gregorio de Nacianzo, Basilio y Crisóstomo: el siglo que los vió nacer conservó la fe, a pesar de los mayores peligros. Los dos primeros aparecen en la época en que la Iglesia irradia aún todo el esplendor de su Esposo resucitado; el tercero señala el tiempo en que fecundaron a la Iglesia los dones del Espíritu Santo; Crisóstomo alegra con su presencia el tiempo en que se nos aparece el Verbo de Dios bajo el manto de su flaqueza y de su infancia. Felices nosotros, los hijos de la Iglesia latina, la única que ha tenido la dicha de conservar la fe primitiva, porque está Pedro con ella; honremos a estas cuatro columnas del edificio de la tradición; pero rindamos también homenaje a Crisóstomo, Doctor de todas las Iglesias, vencedor del mundo, Pastor inquebrantable, sucesor de los Mártires, predicador por antonomasia, admirador de Pablo, imitador de Cristo.

VIDA.Nació San Juan Crisóstomo en Antioquía entre el año 344 y 347, y fué allí ordenado de sacerdote en 386. Elegido obispo de Constantinopla en 398, se opuso con energía a la corrupción de las costumbres, lo que atrajo la ira de la Emperatriz Eudoxia, quien le desterró. Habiendo el pueblo pedido su vuelta, tuvo que salir de nuevo desterrado para no volver ya, permaneciendo allí desde el 404 hasta el 407. Allí tuvo que sufrir mucho pero también ganó muchas almas a Cristo. El Papa Inocencio I ordenó fuera restablecido en su sede de Constantinopla pero al regresar le maltrataron los soldados de tal forma que murió en Coman, en el Ponto, el 14 de setiembre de 407. Pío X declaróle patrón de los oradores sagrados y Doctor de la Iglesia universal, el 8 de julio de 1908.

¡Cuántas coronas adornan tu frente, oh Crisóstomo! ¡cuán glorioso es tu nombre en la Iglesia de la tierra y en la del cielo! Enseñaste la verdad, luchaste con constancia, sufriste por la justicia, diste tu vida por la libertad de la palabra divina. No te lograron seducir los aplausos de los hombres; el don de la elocuencia evangélica con que te dotó el Espíritu Santo no era más que una débil imagen de los destellos y del fuego que el Verbo divino infundía en tu corazón. Amaste al Verbo y a Jesús más que a tu propia gloria, más que a tu comodidad, más que a tu vida. Sufriste persecuciones por parte de los hombres; manos sacrílegas borraron tu nombre de las listas del altar; indignas pasiones dictaron una sentencia en la que, a imitación de Jesucristo, eras equiparado a los criminales, y arrojado de la sagrada cátedra. Pero no estaba en manos de los hombres el apagar el sol, ni borrar la memoria de Crisóstomo. Roma te fué fiel; guardó con honor tu memoria, y aún hoy conserva tus restos sagrados, junto a los del Príncipe de los Apóstoles. El mundo cristiano te proclama uno de los más fieles distribuidores de la Verdad divina. En pago de nuestros homenajes, oh Crisóstomo, considéranos desde lo alto del cielo como ovejas tuyas; instrúyenos, refórmanos, haznos cristianos. Discípulo fiel de San Pablo, sólo a Jesucristo conociste; pero en él están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, descúbrenos al Salvador que llega a nosotros lleno de encanto y dulzura; haz que le conozcamos; enséñanos la manera de serle gratos, y los medios de poderle imitar; haz que acepte nuestro amor. También nosotros somos desterrados; pero amamos excesivamente el lugar de nuestro destierro; con frecuencia estamos tentados de tomarlo por nuestra verdadera patria. Despéganos de esta morada terrestre y de sus ilusiones. Haz que tengamos prisa por reunimos contigo, para estar con Jesucristo, en quien te hemos de hallar para siempre. Oh fiel Pastor, ruega por nuestros Pastores; alcanza para ellos un alma semejante a la tuya, y para sus ovejas docilidad. Bendice a los predicadores de la divina palabra, para que no se prediquen a sí mismos sino a Jesucristo. Comunícanos la elocuencia cristiana que se inspira en la Sagrada Escritura y en la oración, para que los pueblos atraídos por una oratoria celestial, se conviertan y den gloria a Dios. Protege al Romano Puntillee, cuyo predecesor fué el único que se atrevió a defenderte: haz que sea siempre su corazón un refugio para los Obispos perseguidos por la justicia. Devuelve la vida a tu Iglesia de Constantinopla que olvidó tu fe y tus ejemplos. Sácala de ese envilecimiento en que vive desde hace tiempo. Logra con tus plegarias, que Cristo, Sabiduría eterna, se acuerde de su Iglesia de Santa Sofía y se digne purificarla, y restaurar en ella el altar donde se inmoló durante tantos siglos. Ten siempre cariño a las Iglesias de Occidente, que con tanto amor procuraron tu gloria. Apresura el fin de las herejías que han devastado a muchas de nuestras cristiandades; ahuyenta las tinieblas de la incredulidad, aviva en nosotros la fe y haz que florezcan las virtudes.