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miércoles, 18 de enero de 2017

El Islam: Una Ideología Religiosa - Rubén Calderón Bouchet

MEDIO HUMANO
Y
GEOGRAFICO



El Islam, como realidad socio política, es el resultado de una prédica inspirada en un libro: el Corán; que, como la Biblia, significa la Escritura, los libros. ¿Cuáles son los orígenes, las fuentes y la calidad de ese libro? Es lo que trataremos de responder comenzando con un breve examen del medio geográfico y humano en donde fue escrito. Cuando se habla de las grandes religiones universales es habitual considerar al Islam como una de ellas, y no la menos importante si se toma en cuenta el número de fieles que se dicen musulmanes. Para justificar esta afirmación basta considerar la fuerza de su proselitismo tanto entre los árabes, como posteriormente entre los persas, los hindúes, los bereberes, los turcos y todos los pueblos que se encontraban en la cuenca del Mediterráneo hasta alcanzar Occidente a través de la península Ibérica. Una verdadera marca, para decirlo en términos de deporte, que iguala si no supera, la lograda por el Imperio Romano en su momento más notable. Si se toma en cuenta que esta difusión armada propagó la lengua árabe sobre la base de un libro, "Qur'án", que pretendía reemplazar la Biblia y los Evangelios con una versión más depurada de la auténtica revelación, se puede pensar que efectivamente hay en la pretensión religiosa de los árabes contenidos teológicos suficientes para confirmar este propósito.

La leyenda de procedencia árabe en torno al origen del libro, habla de una revelación hecha al profeta Mujamad por el Arcángel Gabriel en la lengua de los beduinos trashumantes que solían cantar sus batallas y sus amores, sin preocuparse excesivamente por los designios que tuviera Dios o los dioses con respecto al destino del hombre. Era una lengua ruda y poco depurada y no precisamente el vehículo idiomático más adecuado para convertirse en instrumento de una cultura ecuménica. En primer lugar porque carecía de eso que los griegos, y en su seguimiento los latinos, llamaron filosofía. Es perfectamente sabido que sólo la razón filosofante puede acuñar nociones cuyo contenido objetivo sirvan de base a un saber universal fundado en la razón. El Espíritu sopla donde quiere, pero también es cierto que la Divina Providencia prepara con cuidado las bases humanas de su revelación, y si nuestro Señor llegó al mundo en el preciso momento en que la difusión de la civilización greco latina creaba los instrumentos de un saber y de un derecho ecuménicos, es porque así lo necesitaba para una inteligente propagación de una doctrina que venía a coronar la tradición religiosa. La fe es un conocimiento fundado en el testimonio divino, y como tal conocimiento está formalmente dirigido a la inteligencia y no a una impulsividad ciega alimentada en las oscuras cavernas del instinto, por eso convenía cuidar los instrumentos nocionales aptos para su difusión. El mundo donde nació el Corán carecía de esos elementos intelectuales y se propagó como una marejada de afirmaciones rotundas y tanto más agresivas, cuanto menos aptas para ser sostenidas por un aparato conceptual adecuado. Esa lengua de pastores nómades recibió, no obstante, en las "aleyas" del Corán, una suerte de depuración sintáctica inspirada en la "Torah" y en los profetas hebreos, libros que el Angel Gabriel debía conocer a la perfección y que transmitió a Mujamad junto con el ritmo habitual de los hagiógrafos bíblicos.


Muy poco se sabe de la pre-historia árabe. La zapa de los arqueólogos no ha penetrado muy profundamente en el seno de esas tierras, y como no se han hecho excavaciones de gran importancia, carecemos de una estratografía bien establecida. Dejamos expresamente de lado las conjeturas formuladas sobre las bases de algunos modestos encuentros y entramos directamente en la situación mejor conocida de la historia contemporánea al advenimiento del Islam. Con respecto al nombre que recibieron estos pueblos se supone que deriva del término hebreo "arabab" con el que se señala el desierto y en particular la depresión que se extiende al sur del Mar Muerto. Aplicado a los habitantes de esa región, el significado se extendió hacia los vecinos que guardaban con ellos un parentesco de hábitos y costumbres. El árabe era, fundamentalmente, el beduino. El hombre asentado en las orillas del desierto o en sus oasis y que cruzaba las arenas inhóspitas con sus largas caravanas de camellos. Estos pueblos hablaban dialectos que parecían derivar de una lengua común de procedencia semítica como el acadio, el cananeo, el hebreo, el arameo, el ugarítico y el etiópico. Cuando llegó hasta ellos el contenido de las narraciones bíblicas se convencieron, con demasiada facilidad, de que su lengua materna era la madre de todas las otras y el idioma que los ángeles enseñaron a Adán. Era remontarse un poco lejos y navegar sin brú- julas en el vasto mar de la prehistoria. Ningún arqueólogo de oficio y ningún filólogo confirmaría semejante desatino, pero es un hecho que la imaginación musulmana no reconoce los límites propuestos por un saber que no tiene el aval del Profeta. Es dato cierto que la victoria militar del estado árabe de Medina impuso el Corán a todas las otras tribus y, con el libro, la lengua de los ''yemenitas", que se constituyó así en el idioma del Islam. La importancia política de la Arabia del Sud provenía de su comercio centrado en la exportación de la mirra, el incienso, el láudano y otras yerbas aromáticas muy apreciadas en los países de alta civilización. Herodoto decía que toda la ''Arabia exhalaba un olor divino". Esto explica la afición que tuvieran "el Padre de la historia" y sus compatriotas a todo cuanto pudiera dar grato perfume a la vida.

El comercio y la cría de camellos y ganado menor era la habitual ocupación de estos nómades que gustaban de hacer largos viajes en caravanas e intercambiar los productos provenientes de la Persia y de la India, con los manufacturados en las ciudades del Mediterráneo asiático. Hasta el triunfo del Islam, los árabes no conocieron una organización política estatal. El carácter tribal de sus sociedades prolongaban una querella endémica y hacía muy difícil la unidad entre tantos factores de discordia alimentados por los celos, las suspicacias y los intereses. No obstante, hubo grupos familiares que se impusieron sobre los otros y crearon una suerte de aristocracia con pujos hegemónicos que, en sus momentos más fuertes, auspiciaron una efímera monarquía. La necesidad de proteger el tráfico y combatir con las armas a quienes pretendían interferir en sus negocios, los habituaron a constantes correrías bélicas y a depender, en gran medida, de sus jefes militares y, como suele suceder en casos semejantes, no faltaron los juglares que cantaron las hazañas de los caudillos y amenizaron con sus narraciones épicas las largas veladas del desierto. De esta manera, la magia de un cielo transparente que inundaba con su fulgor nocturno las dunas silenciosas colaboró en la formación de ese temperamento tan capaz de mantener prolongados silencios como de estallar en rápidos e inesperados furores.

La Meca (en árabe Macea) se convirtió en una suerte de emporio comercial organizada en república oligárquica. Los jefes de las tribus nobles formaron un Consejo junto con los notables de la ciudad y pronto se unieron a ellos todos los comerciantes que habían hecho fortuna. Al sur de La Meca se levantaba la ciudad de Medina donde se habían instalado muchos agricultores comerciantes judíos dando a este centro político una pujanza que los mecanos veían crecer con gran recelo. Maxime Rodinson, especialista en historia de Arabia, asegura que este mundo comercial, crecido a la sombra del nomadismo tribal, pedía una nueva organización política cuyo esbozo tomó incremento bajo la influencia religiosa de judíos y cristianos. Para este autor ambas religiones son individualistas y se imponen, precisamente, en el momento en que el interés particular del comercio hace desfallecer las fuerzas colectivas del tribalismo. "Eran ideologías extranjeras -enseña el sabio profesor marxista haciendo un uso del término ideología en perfecta consonancia con su sistema- que estaban ligadas con las potencias que luchaban por el control del mercado árabe" (L'Arabie avant l'Islam, Histoire Universelle de la Pléiade, t. II, p. 35). Una situación de tal naturaleza dibuja un momento privilegiado y clásico para que un autor marxista no vea en tales condiciones la oportunidad de formar una ideología. Necesariamente se imponía "... un estado árabe, guiado por una ideología árabe adaptada a las nuevas condiciones socio económicas, pero lo bastante próxima al medio beduino como para encauzar to.das sus energías en una sola dirección política. Las vías estaban abiertas para el hombre de genio que sabría, mejor que otro, responder al reclamo del momento histórico" (Ibíd.).

La argumentación es relativamente sencilla: una determinada situación económica donde comienza a predominar el carácter individualista del comercio impone una conclusión ideológica que armonice ese individualismo con las exigencias disciplinarias de la cohesión social. El genio de idearla saldrá de allí como un colofón necesario. Esta forma de pensar introduce en la complejidad de los hechos históricos la descansadora seguridad de una explicación mecánica. Por desgracia, la realidad no suele ser tan simple y cuando nos arrimamos a los datos concretos que proveen los sucesos salen a nuestro encuentro muchos testimonios que no entran en el esquema. No parece del todo cierto que los grandes empresarios árabes, que arriesgaban sus capitales en la formación de extensas caravanas, encontraran problemas insalvables en una religión popular hecha de supersticiosas incongruencias y de una indiferencia casi brutal con respecto al destino eterno, tanto de los ricos como de los pobres. No existía en esa fe una escatología que pidiera cuentas detalladas del buen o del mal uso del dinero. El polidaimonismo ancestral era perfectamente apto para que se pudiera gozar en la tierra de las fortunas adquiridas de cualquier manera y no había un juicio final que echara a perder tales deliquios con la preocupación de tener que dar cuenta a Dios de nuestros actos. Cristianos y judíos, eternos aguafiestas de las alegrías paganas, asediaban a una buena parte de la población árabe tratando de conquistarla para sus cultos severos y sustraerla así a la influencia de algunos demonios endémicos que hacían excelentes migas con el temperamento de esos hombres sensuales y despreocupados. Los especialistas católicos en los orígenes de la religión islámica no creen que haya existido una crisis religiosa en la Arabia del siglo VI de nuestra era y encuentran una simbiosis especialmente feliz entre la vitalidad económica de la Meca y el centro religioso encamado por la Ka'ba, que existía desde el siglo II y atraía con su prestigio singular a los eternos vagabundos del desierto, ofreciéndoles la paz del espíritu y las delicias materiales que podían colmar su concupiscencia. Tratar de conciliar ambas opiniones sería una vana faena; dejemos que subsistan por el momento una al lado de la otra y observemos la situación religiosa de esa época para detectar los síntomas que podían presagiar el advenimiento de la nueva fe. La Ka'ba es uno de los templos más feos que el hombre ha levantado en honor de sus dioses, apenas un galpón de doce metros de largo, diez de ancho y quince de altura. Su único lujo es una suerte de zó- calo de mármol de unos veinticinco centímetros que sirve de basamento a todo el edificio. Como cualquier otro centro religioso levantado en pleno desierto, fue construido en las cercanías de unos pozos de agua, los de Xemzem, donde acostumbraban pernoctar las caravanas y reponer sus provisiones. Una piedra negra caída del cielo, probablemente un meteorito, se había convertido en objeto de adoración para las tribus beduinas que veían en ella no sabían qué misterioso designio divino.

Guénon escribió algunas reflexiones muy interesantes sobre el culto de las "piedras que han caído del cielo" y hasta las relacionó, en una visión de singular audacia, con la idea de la piedra viva sobre la que Cristo edificó su Iglesia. Sin tratar de iluminar la oscuridad de este simbolismo religioso de universal extensión y que aparece también en el cristianismo pleno de asombrosa realidad, diremos que la piedra existente en la Ka'ba atraía la curiosidad de los beduinos y, mediante la colaboración activa de algunos sacristanes bastante avispados, se convirtió en un centro religioso de gran prestigio. Los discípulos de Mujamad lo vincularán más tarde con el Angel Gabriel y extenderán su antigüedad hasta Abraham, padre de los hombres. En el siglo VI de nuestra era, el templo de la Ka'ba era un emporio de fetiches líticos entreverados sin orden y de acuerdo con el capricho de sus adoradores. El culto consistía en un homenaje rendido a los ídolos y luego una fiestita en torno al edificio y en donde se discutía también acerca de los respectivos méritos de las numerosas deidades. El Corán se burla de tales controversias con respecto al sexo de los dioses y al uso que podían hacer de la pasión erótica: "¿Qué opináis del Lat, del Uzza y de la otra, de la tercera diosa, Manat?" (Sura 53, aleyas 19-20). Los profesionales de historia de las religiones suelen divertirse en extraer de las ideas de estos dioses conclusiones muy discutibles, si se tiene en cuenta la base bastante frágil de su simbolismo. Tor Andrae identifica la diosa Uzza con Venus y Afrodita y no se detiene hasta llegar a la Virgen María sin poner mientes en las diferencias nada triviales de sus cultos. "Era la estrella matutina, uno de los nombres con que los cristianos designan a la Santfsima Virgen en sus piadosas letanías". Y añade Tor Andrae con la seguridad que brota de una indiscutida certeza científica: "Uno ve cómo la graciosa y radiante reina del cielo fue habitual a la devoción mediterránea y próximo oriental y sobrevivió a la caída del mundo antiguo conquistando un lugar de privilegio en el cristianismo católico bajo el nombre de Virgen María, Reina de los Cielos" (Ver BERTUEL, J. L'Islam, N.E.L. París, 1981, p. 35).

No es ésta la oportunidad de hablar de la misteriosa relación que liga el cielo astronómico con las revelaciones religiosas, pero sí para señalar, de paso, la singular diversión intelectual que consiste en confundir el símbolo físico con la realidad espiritual significada y luego, invirtiendo el orden de las prelaciones, poner el acento de realidad sobre el símbolo y no sobre aquello que simboliza. El sura 71, fechado en La Meca, examina, a propósito de Noé y el Diluvio, las divinidades adoradas por los árabes preislámicos y desata contra ellas una áspera polémica que debió ocurrir en los días contemporáneos al Profeta. Una cita de las aleyas 22-28 nos permitirá conocer esas deidades con sus características esenciales y advertir la rudeza del culto ancestral de los árabes. "Wadd, significa amante, ten(a forma de hombre, adorada por la tribu de Kalb o Kalbtes. Se encontró en Yadda y fue colocada en el santuario de Daumutu Yandal". "Suwa, entrada de la noche, ten(a forma de mujer y era adorada por la tribu de Hudail o HudaiUes, era una divinidad de origen sud arábigo, cuyo santuario estaba en Ruhab, cerca de la Meca". "La Guz, el asistente, ten(a forma de León, adorada por la tribu de Murad o murad(es en Yemen". "La Uc, el defensor, ten(a forma de caballo y era adorada por la tribu de Hamdan o Hamdan(es". "Nasr, el águila, ten(a la forma de esa ave y era adorada por la tribu de Duilkila o DulkiUes del Yemen".

No mucho mejor instruidos que el erudito profesor Tor Andrae, los árabes preislámicos confundían la letra de las tradiciones religiosas con su espíritu y adoraban los signos porque habían perdido, en su torpe naturalismo, la noción de la espiritualidad divina. Para conservar su pureza, la tradición hebrea rechazó siempre las imágenes religiosas como si desconfiara, con justa razón, de la fuerte tendencia semítica a privilegiar la fantasía en detrimento de la razón. ·" Probablemente, bajo la doble influencia cristiana y judía aparece en la Arabia de ese tiempo el nombre de Allah, que según toda probabilidad es idéntico al Yavé de Moisés de quien posee los principales atributos: único, creador y todopoderoso. Con respecto al nombre que los árabes otorgaron a Dios, la exégesis filológica está en su propio juego y los especialistas cobran todo su prestigio relacionando el término Allah con los dioses fundamentales de las inscripciones arameas y fenicias. La epigrafía de esos dos pueblos es rica en el uso de los vocablos 11 o Ilah, también El-Ela referidos siempre a un dios principal. Con más modestia, historiadores menos filólogos, enseñan que los árabes convertidos al cristianismo llamaron Allah al dios bíblico que los hebreos conocían con las cuatro letras del "Tetragramma" y que en nuestra propia lengua suena a algo así como Yavé. El autor del Corán, quien quiera que fuere, se apoderó del nombre de Allah y lo convirtió en la expresión del Dios Unico para entregarlo a la adoración de los musulmanes o verdaderos creyentes.Los árabes idólatras también conocieron el nombre de Allah y estuvieron siempre bien dispuestos a concederle un lugarcito en su abigarrado panteón sin hacer mucho caso de su inclinación a la exclusividad. En el sura 6, aleya 136, el Corán afirma que "...los idólatras destinan a Allah una porción de cuanto Él creó, de sus cultivos y ganados y, presuntuosamente dicen ¡Esto es para Allah y aquello para nuestros (dolos! Pero lo que destinan a sus (dolos jamás llegará hasta Allah, en cambio lo destinado a Allah llegará a sus (dolos ¡Qué mal juzgan!" Los que juzgan acerca de los hechos religiosos lo hacen siempre en función de presupuestos que no suelen concordar demasiado con la auténtica tradición. Para los que ven el monoteísmo en la perspectiva de una evolución progresista necesaria, observan que el nombre de Allah había comenzado a jugar el papel de un dios supremo con anterioridad a la influencia de judíos y cristianos y se convertirá en el verdadero trampolín que facilitará el salto inevitable de la idolatría, al Dios único. Allah estaba disponible y también lo estaba, según la sólida opinión de los escritores marxistas, la infra-estructura económica con todos los requisitos del caso: posesión de los medios de producción en manos de una oligarquía comercial de cuño individualista. Faltaba el profeta, el enviado de Dios que debía poner la levadura en el espesor de la masa. Este fue Mujamad. Su historia nos ha llegado envuelta en la leyenda, y no es faena fácil para el historiador de oficio extraer lo que puede haber de verdad en medio de tanta fantasía. 

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