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jueves, 8 de diciembre de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN


CAPÍTULO 3
LA NUEVA IGLESIA

Pablo VI afirma, en el discurso de clausura, que el Concilio tuvo dos grandes «intenciones religiosas»: una última, acercarse al hombre moderno por un «nuevo humanismo», y otra inmediata, la «redefinición» de la Iglesia: “El Concilio, más que de las verdades divinas, se ha ocupado principalmente de la Iglesia, de su naturaleza, de su composición, de su vocación ecuménica, de su actividad apostólica y misionera. Esta secular sociedad religiosa, que es la Iglesia, ha tratado de realizar un acto reflejo sobre sí misma para conocerse mejor, para definirse mejor y disponer, consiguientemente, sus sentimientos y sus preceptos” (n. 5). En el capítulo anterior hemos hablado de aquella última intención, ahora nos toca hablar de esta más “directa y primordial intención religiosa” (n. 5). Es claro que convenía guardar este orden porque, si bien la instauración del «nuevo humanismo» es algo último en cuanto a la ejecución, estuvo ciertamente primero en la intención. La redefinición de la Iglesia es una intención «directa», esto es, más inmediato, y si el Papa la considera «primordial», es justamente porque constituye el medio para alcanzar aquello. La Iglesia, como buena samaritana, se redefine para salvar al humanismo moderno, que yace herido a la vera del camino: “El humanismo laico y profano ha aparecido, finalmente, en toda su terrible estatura y, en cierto sentido, ha desafiado al Concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión -porque tal es- del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. [Lo que se dio fue una redefinición de la misma Iglesia:] La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo” (n. 8). Después de lo dicho en el capítulo anterior, podemos comprender las líneas generales de la redefinición de la Iglesia según el Concilio. Esta consiste en un redimensionamiento en el contexto de la humanidad, más precisamente, en un humilde achicamiento. Ha sido tan grande la estima de los valores humanos, que el Concilio ha tomado conciencia de que la Iglesia católica no es lo único que vale y existe, como antes Ella pareció pensar. Antes la Iglesia católica parecía creer que Ella era Todo, pero ahora ha tomado conciencia que es Parte de un Todo más grande, es algo en la Humanidad y para la Humanidad: “La religión católica y la vida humana –reconoce Pablo VI- reafirman así su alianza, su convergencia en una sola humana realidad: la religión católica es para la humanidad; en cierto sentido, ella es la vida de la humanidad” (n. 15). La primera sorpresa que trae el achicamiento de la Iglesia, consiste en descubrir que hay algo respetable más allá de sus fronteras: el mundo y las religiones. Antes la Iglesia se consideraba como única Arca de salvación, y de sus muros para afuera sólo veía un reino de tinieblas condenado a la perdición. Toda su actividad estaba dirigida ad intra, en un esfuerzo de conversión e incorporación de los hombres y de los pueblos en Ella misma. Ahora que el Concilio la ve como parte de algo mayor, aparece una doble dirección de actividades y preocupaciones, ad intra y ad extra91. Esto nos pide dividir nuestro capítulo en cuatro temas:

A. La Iglesia y el Reino de Dios.  
Aquí consideraremos cómo la Iglesia pasa a ser parte de la Humanidad y qué funciones debe cumplir para la Humanidad.

B. La Iglesia y el Mundo.  
Establecida la distinción entre la Iglesia-parte y la Humanidad-todo, pasamos a considerar la distinción y relación entre la esfera religiosa de la Humanidad, donde se incluye la Iglesia, y la esfera profana, a la que podemos llamar Mundo. Aquí entonces no consideramos la relación de parte a todo, sino de parte a parte, en cierto modo de mitad a mitad.

C. La Iglesia y las Religiones.
Dentro de la esfera religiosa, la Iglesia católica descubre nuevas relaciones con las demás religiones, supuestamente fundamentales en orden a su relación con el Mundo y a la instauración del Reino de Dios en toda la Humanidad.

D. La Iglesia Comunión.
Finalmente, habiendo considerado todas las nuevas relaciones ad extra, pasamos a considerar cómo entiende el Concilio que la Iglesia debe redefinirse en su constitución íntima, ad intra, para poder cumplir más adecuadamente las funciones anteriores, que hasta ahora tenía ignoradas.

A. LA IGLESIA Y EL REINO DE DIOS

1º La doctrina católica
Se puede decir que toda la predicación de Nuestro Señor giró en tomo al Reino de los cielos o Reino de Dios. Jesucristo habla del Reino como de una realidad por venir, pero que no deja de estar en cierto modo presente; enseña que el Reino ya presente es algo interior al hombre, pero que constituye también una realidad social. Es verdad que en los Evangelios se habla mucho del Reino y poco de la Iglesia, mientras que a partir de Pentecostés comienza a hablarse más de Iglesia que de Reino, como se ve en los demás escritos del Nuevo Testamento. Pero es claro que, con matices diversos, ambos términos significan lo mismo. En la solemne declaración de Nuestro Señor a San Pedro, que refiere San Mateo, queda incontestablemente afirmada la identidad entre Iglesia y Reino: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19). “Este reino de Dios -comenta un autor-, expresión que puede tener un significado más o menos amplio según el contexto, en este lugar [de Mateo 16], por el perfecto paralelismo con la frase anterior y la siguiente: «Todo lo que atares en ¡a tierra, quedará atado en los cielos», sólo puede significar el reino de Dios existente en la tierra, ya que Pedro, el apóstol que tiene delante Jesús, será la autoridad suprema de este reino. Reino de Dios o reino de los cielos e Iglesia no son, pues, realidades distintas, sino la misma realidad bajo dos aspectos. Y en esto se corresponde armónicamente el Nuevo Testamento con el Antiguo: como el pueblo escogido era el reino de Dios del Antiguo Testamento, así, en el Nuevo, la Iglesia de Cristo es el reino de Dios en la tierra. Por tanto, cuando Cristo habla del reino de Dios en la tierra, habla en realidad de su Iglesia”. El Reino de Dios significa principalmente aquella realidad que se va a establecer plenamente allende la historia, después de la segunda venida de Nuestro Señor. La Iglesia, en cambio, se refiere principalmente a la sociedad de los bautizados instituida por Nuestro Señor en la historia, en su primera venida, esto es, la Iglesia militante. Pero Nuestro Señor habla también del Reino como algo ya constituido en la tierra, refiriéndose a la Iglesia militante; y el Reino que trasciende la historia es lo que se entiende como Iglesia triunfante. En el único punto en que la noción de «Reino» parece más amplia que la de «Iglesia», es en cuanto se refiere al reinado interior de Dios en el corazón del cristiano. Pero esto tampoco es ajeno a la noción de Iglesia, porque el Reino inmanente se establece en las almas por la fe y la caridad, principios por los que se pertenece a la Iglesia de Cristo. De allí que la sana teología haya siempre identificado estos dos conceptos: “Reino de Dios -dice Santo Tomás- se entiende como por antonomasia, de dos maneras: a veces como la congregación de los que caminan por la fe; y así se dice Reino de Dios a la Iglesia militante; otras veces, en cambio, como el colegio de aquellos que ya están establecidos en el fin; y así se dice Reino de Dios a la Iglesia triunfante”. Esta no es sólo doctrina teológica, sino doctrina católica sostenida por el mismo Magisterio. Los Papas, ciertamente, hablan de la Iglesia y del Reino de Cristo como de una misma e idéntica cosa. León XIII comienza su encíclica sobre la masonería Humanum Genus diciendo: “El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios... El primer campo es el reino de Dios sobre la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo”. Pío XI dice en Quas Primas: “Catholica Ecclesia, quae est Christi regnum in terris, la Iglesia católica, que es el Reino de Cristo en la tierra... Tal se nos propone ciertamente en los Evangelios este reino [de Cristo], para entrar en el cual los hombres han de prepararse haciendo penitencia, y no pueden de hecho entrar si no es por la fe y el bautismo” (Denzinger 2195). Pío XII condena en Mystici Corporis a los que distinguen una Iglesia ideal de la Iglesia jurídica y aclara: “El Eterno Padre quiso [la Iglesia], ciertamente, como «reino del Hijo de su amor»; pero un verdadero reino, en el que todos los fieles le rindiesen pleno homenaje de su entendimiento y voluntad”. En verdad no terminaríamos nunca si tuviéramos que hacer la lista de los pasajes donde los Papas identifican la Iglesia con el Reino de Dios.

2º La distinción conciliar entre Iglesia y Reino de Dios
Sin embargo, otra de las muchas sorpresas que depara la doctrina conciliar al ingenuo católico tradicional, es la distinción entre Iglesia y Reino de Dios. Cuando leemos en Lumen gentium que la Iglesia es el “reino de Cristo presente actualmente en misterio” (n.3) y que “constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” (n.5), podría parecemos que en nada se distingue de lo que teníamos aprendido: la Iglesia que milita en la tierra es el Reino de Dios en el misterio dé la fe; y es a la vez semilla del Reino de los Cielos, es decir, de la Iglesia triunfante en la claridad de la gloria. Pero donde no veíamos conflicto, la Comisión Teológica Internacional encuentra “la difícil cuestión de la relación entre la Iglesia y el Reino”. ¿Por qué lo fácil se hace difícil? Porque para nosotros el Reino es simplemente la Iglesia, pero, bien leído, para el Concilio no: “Mientras que muchos Padres de la Iglesia, muchos teólogos medievales y los Reformadores del siglo XVI identifican generalmente la Iglesia y el Reino, se tiende, sobre todo desde hace dos siglos, a poner entre ambos una distancia más o menos grande”. Hoy esta distancia se considera doctrina comúnmente aceptada: “Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino -dice el entonces Cardenal Ratzinger- no implica olvidar que el Reino de Dios, aún considerado en su fase histórica, no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social”.

3º Los motivos de la distinción
Al levantarse en defensa de los valores humanos, el humanismo dice enfrentarse no tanto con Dios sino con sus representantes, es decir, con la constitución jerárquica de la Iglesia. En la medida en que se fue alejando de la Iglesia católica, la terminó negando como legítima heredera de Jesucristo. Pero como es imposible separar la figura de Jesucristo de la predicación del Reino de Dios, aprovechó las diferencias de matices entre las nociones de Iglesia y Reino para decir que una cosa es el Reino que Cristo prometía y otra la Iglesia que de hecho surgió como institución. Esta acusación se ha hecho clásica en frase del modernista A. Loisy (excomulgado por San Pío X en 1908): “Jesús anunciaba el Reino de Dios, y lo que vino fue la Iglesia”, objeción que, hasta antes del Concilio, era obligadamente considerada en todo tratado teológico o apologético al estudiar la institución de la Iglesia por Jesucristo. Como además del aspecto social del Reino, que es donde se identifica con la Iglesia militante, Nuestro Señor habló también de su carácter inmanente y de su realización trascendente, de allí que estos dos últimos aspectos hayan servido para negar el primero: “Dos teorías -dice Zapelena- han alcanzado máxima celebridad en nuestros tiempos: la primera es la interpretación escatológica del Reino de Dios, que ha triunfado totalmente en las filas de los modernistas; la otra es la interpretación del Reino de Dios puramente interno, que cuenta con insignes patrocinadores en la escuela protestante liberal”. La interpretación escatológica es sostenida principalmente por A. Loisy, y la de un reino puramente interior es defendida por Sabatier en Francia y por Harnack en Alemania. Zapelena las expone y refuta ampliamente en su tratado, estableciendo finalmente la tesis: “El Reino de Dios que Cristo anunció, es la sociedad propiamente dicha que Cristo mismo inmediata y voluntariamente instituyó: su Iglesia”. Pero más recientemente, entre los protestantes ha habido opiniones más ecuménicas que, sosteniendo la distinción entre Reino e Iglesia, reconocen sin embargo que ésta también estuvo en la intención de Cristo -por supuesto que entiende la Iglesia como algo mayor, de lo que la Iglesia católica es sólo, en el mejor de los casos, una parte-. En un escolio de su tratado sobre la Iglesia, Salaverri considera este asunto: «En qué difieren los conceptos de Reino de Dios e Iglesia». En nota, después de mencionar las opiniones racionalista y escatologista, hace referencia a una tercera posición más matizada: “Los [críticos] más recientes, en cambio, como K. Barth, G. Gloege, H. D. Wendland, K. L. Schmidt, afirman que no sólo el Reino de Dios, sino también la Iglesia tiene a Cristo como autor; sin embargo en su mente el Reino no es sino trascendente y triunfante, mientras que la Iglesia, por el contrario, es sólo temporal y militante; y por eso establecen una absoluta distinción y contraposición entre el Reino y la Iglesia, aunque concedan que la Iglesia se ordena al Reino como un instrumento de Dios en el cual obra eficazmente la virtud del Reino”. En este contexto, el humanismo nuevo de los católicos que querían hacer las paces entre la Iglesia y el mundo moderno, trató de acomodar esta distinción de manera más estrecha con la doctrina tradicional. Ya Maritain lo intenta en su Humanismo integral. Pero ¿por qué también ellos la necesitan sostener? No es difícil de explicar. Lo que aquí está en juego es la universalidad o «catolicidad». Por poco que se conozca a Jesucristo, se ve claro que su persona y su obra tienen una intención de universalidad. Y por poco que se conozca al humanismo, también se ve claro su pretensión de «catolicidad», pues pone a la persona humana como rex et centrum de toda la creación. Pero aunque la institución fundada por Cristo se arrogue el título de «católica», es irremediablemente claro que deja muchas cosas humanas fuera de Ella: todo el novus ordo político, que la ignora cada vez más, y multitud de otras religiones. Lo que hará, entonces, el católico humanismo nuevo, será reconocer universalidad de hecho sólo al Reino de Dios, de manera que abarque efectivamente a toda la humanidad, y reconocerle a la Iglesia una universalidad sólo de intención, esto es, que por su función o misión se dirige a toda la humanidad:

• La universalidad del Reino trascendente o escatológico no presenta mayor problema. Primero, porque es un problema futuro, y los problemas futuros no constituyen ningún problema. Segundo, porque Dios se arreglará para que haya una nueva tierra donde todo hombre será rey y sacerdote. Lo único que hay que matizar en la doctrina tradicional, es el asunto de la salvación universal. Porque no responde a los principios humanistas discriminar entre derecha e izquierda, reservando para aquellos las alegrías y para éstos las tristezas. Pero aún este asunto de la salvación universal, como es futuro, no es problema, y basta establecerlo como pura posibilidad.

• El problema se presenta respecto al presente, porque los inhumanos tradicionalistas sostienen que la Iglesia es la única Arca universal de salvación, mientras que los humanistas viejos dicen que no. El principio de solución se halla en relegar la universalidad de hecho al Reino inmanente porque, aunque no es futuro, es invisible y misterioso, y los problemas invisibles casi tampoco son problema. El humanismo nuevo va a afirmar, entonces, que todo hombre, por el hecho de ser hombre, pertenece interiormente al Reino de Dios, por lo que alguna relación guarda con la Iglesia. Así cierra la ecuación de la universalidad: Humanidad = Reino de Dios (inmanente) = Iglesia. Y si alguno se inquieta preguntándose en qué consiste el Reino de Dios en el corazón de todo hombre, sepa que es otro de los favores de Prometeo con la astucia del subjetivismo. Porque la Revelación no deja de ofrecer algunos asideros para hallar, por la unión hipostática, cierta relación entre Jesucristo y la naturaleza humana: “Ipse Films Dei, in carnatione sua cum omni homine quodammodo se univit”. La explicación detallada de cómo un cosa conlleva la otra, puede dejarse en las imaginativas manos del pluralismo teológico.

• El conflicto con la doctrina tradicional parecía insalvable en cuanto al Reino social y su relación con la Iglesia como sociedad visible, sobre todo por los últimos desarrollos de la doctrina de Cristo Rey. Pero aquí es donde el humanismo nuevo desplegó mayor originalidad, inventando el mito de la «nueva cristiandad», del que se hizo abanderado Maritain: hasta ahora nadie se había dado cuenta de que Cristo reina en los estados de la «sana laicidad», cuyo modelo ejemplar es Estados Unidos. De esto hablaremos en el próximo punto, al tratar de la relación Iglesia- Mundo. Ahora señalemos la no menos original explicación conciliar de la relación entre la Iglesia y el Reino, por medio de la noción de sacramento-misterio: el Reino es misterio invisible y la Iglesia católica es el sacramento o signo que lo hace en cierto modo visible y lo promueve eficazmente en su misterioso crecimiento. De esta sutil manera se explica que la Iglesia sea y no sea el Reino: lo es en cuanto lo significa y contiene, no lo es en cuanto lo sirve y persigue. Y se le conserva a la Iglesia algún título de universalidad: no será el Arca, sino el “Sacramento universal de salvación”.

4º Iglesia y Reino de Dios según Lumen gentium
¿Para Lumen gentium la Iglesia se identifica o no con el Reino? La respuesta no es inmediata porque la Iglesia es identificada con el Reino incoado en la tierra -inauguratus in tenis- a través de la misteriosa noción de «misterio»: “La Iglesia, o Reino de Cristo presente ya en el misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios” (n. 3). Esta difícil expresión es oscuramente explicada en el párrafo n.5, dedicado especialmente a tratar este asunto: “El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a su Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del Reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: «Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el Reino de Dios» (Mc 1, 15, cf. Mt 4, 17). Ahora bien, este Reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (Mc 4, 14): quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo (Lc 12, 32), ésos recibieron el Reino; la semilla va después germinando poco a poco por su vigor interno, y crece hasta el tiempo de la siega (Mc 4, 26-29). Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra: «Si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11, 20 Mt 12, 28). Pero sobre todo, el Reino se manifiesta en la Persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, que vino «a servir y a dar su vida para la redención de muchos» (Mc 10, 45)”. Hasta aquí podría parecer que el Reino de Dios no es otra cosa que la Iglesia. Pero el último párrafo nos advierte que se distinguen: “Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio  -germen et initinm-  de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el Reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria”'. Es evidente que el Reino a instaurar en todos los pueblos no es el Reino consumado en la gloria, sino ese Reino que se dijo que ya llegó. Pero ese Reino en la tierra ya no se dice que sea la Iglesia, sino que la Iglesia tiene la misión de anunciarlo e instaurarlo, que la Iglesia es sólo germen e inicio del Reino en la historia y en la tierra. El germen es el brote o vástago, el primer producto de algo, que lo inicia y pone de manifiesto. El Reino de Dios, entonces, es una realidad divina oculta como la semilla bajo la tierra, esto es, substancialmente invisible, en pleno movimiento de germinación; y del Reino brota la Iglesia como manifestación visible, con la misión de anunciarlo e instaurarlo en las naciones. La Iglesia no sería simpliciter el Reino de Dios incoado en la tierra -como lo afirma la doctrina tradicional-, sino un producto de esa incoación; no sería la semilla que se hace árbol, sino el primer brote de esta semilla, que revela su presencia. Pero como el brote es todo lo que se ve, la Iglesia podría decirse quodammodo el Reino de Dios, en cuanto que en Ella y por Ella el misterioso Reino se hace presente: “Ecclesia, seu regnum Christi iam praesens in mysterio” (n. 3). Así el Concilio cree dar satisfacción a la doctrina tradicional que identifica, sin más, Iglesia y Reino.

5º La Iglesia «sacramento» del Reino
La semilla es Cristo, y su presencia en el corazón de los hombres es el Reino. La Iglesia no sería ni Cristo ni el Reino, sino el «sacramento» de Cristo y del Reino. Con esta novedosa noción, excogitada en los círculos hasta entonces más bien cerrados de la «nueva teología», el Concilio cree solucionar un conflicto con la doctrina tradicional. Y da también cumplimiento a uno de sus propósitos principales: la redefinición o achicamiento de la Iglesia frente a la Humanidad, hecho de tal manera que no pierda méritos para el título de «católica» o universal. Más, antes de seguir, cabe hacer una aclaración. A la teología nueva le da claustrofobia el quedar encerrada en una única definición, pues de niña sufrió mucho por esa razón en sus discusiones con su madrastra, la teología escolástica. Por eso no abandona su moderado subjetivismo, que le permite negar la posibilidad de una única definición esencial y quedarse con un pluralismo de definiciones funcionales mucho más cómodo. La Constitución dogmática sobre la Iglesia, «Lumen gentium», va a privilegiar la definición de la Iglesia como «Pueblo de. Dios», porque le viene bien para redefinir su estructura íntima con un enfoque más democrático. No dejará de definirla también como «Cuerpo místico de Cristo», para que nadie la acuse de no respetar la tradición. Pero como definición para teológicas lides va a preferir la más sutil de «Sacramento», habilísima para conciliar contradicciones. Por eso no debe extrañarle a nadie que luego, en la vida concreta de la Iglesia posconciliar, no se haya utilizado ni aquella ni ésta sino otra nueva, la definición de la Iglesia como «Comunión», apta para una pacífica convivencia. Lumen gentium define la Iglesia como «sacramento» desde su primer párrafo: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n.1). Para la teología tradicional, la Iglesia «es» el género humano en cuanto se ha unido a Dios en Cristo, pero para el Concilio eso no es la Iglesia sino el Reino. La Iglesia es sólo “como un sacramento, o sea signo e instrumento” del Reino, esto es, de la Humanidad unida con Dios quodammodo por la Encarnación. Es verdad que en la Constitución conciliar no aparece explícitamente la expresión «la Iglesia es sacramento del Reino», porque hubiera chocado muchos piadosos oídos episcopales. Pero se lo aclarará luego: “Puede ser útil preguntarse aquí -dice la Comisión Teológica Internacional- si se puede con justeza designar a la Iglesia como el sacramento del Reino... Señalaremos, en primer lugar, que el Concilio no ha empleado en modo alguno esta expresión... Se podrá, sin embargo, recurrir a la expresión «Iglesia sacramento del Reino» si es claro que se la emplea en la perspectiva siguiente: ...La Iglesia no es puro signo (sacramentum tantum), sino que la realidad significada está presente en el signo (res et sacramentum) como realidad del Reino”. Como puede verse por los latines de este último texto, la noción de «sacramento» aplicada a la Iglesia viene ataviada con todas las galas de la escolástica. Mientras no se pretenda precisar demasiado las cosas en su realidad ontológica (el subjetivismo lo prohibe), la explicación funciona con cierta simplicidad:

• El Reino es Cristo, verdad y gracia, presente en los hombres de buena voluntad. Como, según el optimismo conciliar, todo hombre tiene buena voluntad, de allí que el Reino sea toda la Humanidad. De manera más profunda, la buena voluntad se vincula con cierta apertura de la libertad humana a la trascendencia divina, alcanzada porque el Verbo asumió quodammodo la Humanidad.
• La Iglesia es sacramento que significa a Cristo y lo hace eficazmente presente ante los hombres. De allí que sea, en cuanto sociedad religiosa, incoación terrena del Reino trascendente, por lo que puede decirse que «es» el Reino (como puede predicarse el todo de su parte principal); y en cuanto hace visiblemente presente a Cristo ante la Humanidad, anuncia e instaura el Reino en el mundo, por lo que puede decirse «sacramento» del Reino. Por eso, si objetáramos que, como el signo no es lo significado, se divide la Iglesia (signo o sacramento) del Reino (res significada), se nos responde con lo de la CTI: Nego, porque si bien el Reino es la res invisible y misteriosa, la Iglesia no es sacramentum tantum, sino sacramentum et res, es decir, hace presente el Reino conteniéndolo, significando y siendo el Reino.

6º La Iglesia «sacramento» de Cristo

La definición de la Iglesia como «sacramento» es sólo una punta del iceberg de la teología nueva contra el que naufragó el Concilio108. En los desarrollos de la nueva noción de sacramento, llevados a cabo especialmente por Schillebeeckx y Semmelroth, Jesucristo es el «sacramento» de Dios y la Iglesia «sacramento» de Cristo. Lumen gentium no utiliza estos términos, pero trae su sustancia. Una idea especialmente fecunda fue la que vehicula la noción de la Iglesia como «sacramento» de Cristo. ¿Acaso no concederíamos que la Iglesia prolonga la presencia y la obra de Cristo en la tierra? Pues bien, eso quiere decir que la Iglesia es signo e instrumento, es decir, «sacramento», de Cristo en la instauración del Reino en el mundo. Préstese atención al siguiente texto de Lumen gentium: “Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. Por esta notable analogía se asimila al misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano vivo de salvación a El indisolublemente unido, de forma semejante la articulación social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el acrecentamiento del cuerpo” (n. 8). Si dejamos para más adelante la distinción entre Iglesia jerárquica y Cuerpo místico, que implica el problema del «subsistit in», el texto nos dice que aquella realidad compleja que es la Iglesia visible y espiritual, está constituida por un elemento humano, la sociedad jerárquica, y un elemento divino, el Espíritu de Cristo, cuya presencia en la Humanidad instaura el Reino de Dios. Esta Iglesia, pues, le sirve a Cristo para “comunicar a todos”, es decir, a la Humanidad, “la verdad y la gracia”, que son dones espirituales invisibles.

La relación de la Iglesia jerárquica al Espíritu de Cristo es análoga, entonces, a la relación de la naturaleza asumida al Verbo de Dios; ambas cumplen la función de manifestación visible (= signo) y de órgano (= instrumento) de salvación. No están los términos pero está la cosa: la Iglesia jerárquica es «sacramento» de Cristo, de modo análogo a como el hombre Cristo (nestorianamente concebido) es «sacramento» del Verbo. Este párrafo reproduce una feliz idea de Congar, quien se la atribuye humildemente a Santo Tomás. Es cierto que, con Santo Tomás (cf. III, q. 8, a. 3), debemos entender la Iglesia Cuerpo místico como algo más amplio que la Iglesia jerárquica o militante, pues incluye a la Iglesia triunfante, purgante y a todos aquellos que, sobre la tierra, tienen fe sobrenatural, aunque todavía no hayan ingresado por el bautismo en la Iglesia jerárquica. Pero el truco está en que, después de sostener que todos los hombres están quodammodo unidos con Cristo por una especie de bautismo de deseo automático, se le atribuye a la Iglesia visible como un todo el ser instrumento de Cristo para la instauración del Reino. Este ministerio, en verdad, pertenece exclusivamente a la jerarquía sacerdotal, a quien le toca instaurar y acrecentar el Reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia. Pero al atribuirle tramposamente este ministerio a toda la Iglesia, aparece ésta como mediadora en la instauración y acrecentamiento de un Reino que va más allá de Ella (como efectivamente el Reino o Iglesia va más allá de la jerarquía sacerdotal). Es así que aparece la Iglesia entera con un oficio «sacerdotal» como Mediadora entre la Humanidad y Dios, prolongando el oficio sacerdotal de Nuestro Señor. Idea mística, original y atractiva, preñada -como veremos- de perversas consecuencias. La Iglesia visible, entonces, tiene una universalidad no de extensión sino de función, no es el Arca sino el «sacramento universal de salvación». Esta es la reinterpretación conciliar del dogma «extra Eclesial nidia salus».


Doctrina Católica
Doctrina Conciliar

• El Reino de Dios incoado en la tierra se identifica con la Iglesia.

• El Reino de Dios se extiende más allá de la Iglesia visible a las almas de buena voluntad, en razón de la dignidad cristiana del bautismo de deseo, incorporadas por la fe y la caridad a Cristo Redentor.

• Las consecuencias del pecado original y la experiencia de las cosas humanas obliga a ser pesimista, considerando extraordinaria la existencia de dignidad cristiana fuera de la Iglesia.

• De allí la necesidad y obligación de ingresar a la Iglesia, que es Arca universal de salvación, porque sin la doctrina, sacramentos y costumbres de la sociedad cristiana, se hace imposible la santificación de los hombres.

• La Jerarquía sacerdotal continúa la presencia y acción de Cristo en orden al crecimiento del Reino-Iglesia, a manera de imagen viviente y de instrumento, por medio del Sacramento del orden.
• El Reino de Dios incoado en la tierra se identifica con la Humanidad.

• El Reino de Dios se extiende más allá de la Iglesia visible a las almas de buena voluntad, en razón de la dignidad humana de toda persona, incorporadas quodammodo a Cristo Encarnado.


• Contra las enseñanzas de la Revelación y de la experiencia, el Concilio se obliga a ser optimista, considerando ordinaria la existencia de dignidad humana en la Humanidad.


• De allí que no sea necesario ni obligatorio ingresar a la Iglesia, que es Sacramento universal de salvación, porque el testimonio de vida de la sociedad eclesiástica es una eficaz ayuda a la humanización de los hombres.

• La Iglesia visible continúa la presencia y acción de Cristo en orden al crecimiento del Reino Humanidad, a manera de signo e instrumento, porque Ella misma es Sacramento.
Así como no todos están llamados a ingresar en el clero,
así tampoco estarían todos llamados a ingresar en la Iglesia.