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miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE

NATURALEZA DE LA RELIGIÓN:
CULTO INTERNO, EXTERNO Y PÚBLICO


66. P. ¿Cuáles son los elementos esenciales de toda religión?
R. Hay tres elementos esenciales que integran el fondo de toda religión. Todas tienen verdades que creer, leyes que guardar y un culto que rendir a Dios. Tres palabras expresan estos tres elementos: dogma, moral y culto. La religión es el conjunto de los deberes del hombre para con Dios. El hombre debe a su Creador el homenaje de sus diferentes facultades. Debe emplear su inteligencia en conocerle, su voluntad, en conservar sus leyes, su corazón y su cuerpo, en honrarle con un culto conveniente. Tal es la razón íntima de estos tres elementos esenciales de toda religión.

67. P. ¿Cómo manifiesta el hombre su religión?
R. Las relaciones del hombre con Dios deben traducirse por sentimientos interiores y por actos exteriores, que toman el nombre de culto. El culto es el homenaje que una criatura rinde a Dios. Consiste en el cumplimiento de todos sus deberes religiosos. Hay tres clases de cultos: el culto interno, el externo y el público o social. Estos tres cultos son necesarios. La religión no es una ciencia puramente teórica; no basta reconocer la grandeza de Dios y los lazos que nos unen a Él: debe haber, de parte del hombre, un homenaje real de adoración, de respeto y de amor hacia Dios: eso es el culto. Debemos honrar, respetar a todas las personas que son superiores a nosotros, ya por sus méritos, ya por su dignidad, ya por su poder. El culto es el honor, el respeto, la alabanza que debemos a Dios. El culto, pues, no es otra cosa que el ejercicio o la práctica de la religión que ciertos autores definen: El culto de Dios:

1° El culto interno consiste en los homenajes de adoración, de amor, de sumisión que nuestra alma ofrece a Dios, sin manifestarlos exteriormente por actos sensibles. Este culto interno constituye la esencia misma de la religión; por consiguiente, es tan necesario y tan obligatorio como la religión misma. Un homenaje exterior cualquiera, que no dimane de los sentimientos del alma, no sería más que una demostración hipócrita, un insulto más que un homenaje. Dios es espíritu, y ante todo, quiere adoradores en espíritu y en verdad. El primer acto de culto interno es hacer todas las cosas por amor de Dios; referirlo todo a Dios es un deber, no sólo para las almas piadosas, sino también para todos los hombres que quieran proceder de acuerdo con las leyes de la razón, porque ésta nos dice que, siendo servidores de Dios, debemos hacerlo todo para su gloria.

2° El culto externo consiste en manifestar, mediante actos religiosos y sensibles, los sentimientos que tenemos para con Dios. Es la adoración del cuerpo, que junta las manos, se inclina, se prosterna, se arrodilla, etc., para proclamar que Dios es el Señor y Dueño. Así, la oración vocal, el canto de salmos e himnos, las posturas y ademanes suplicantes, las ceremonias religiosas, los sacrificios son actos de culto externo. Estos actos suponen los sentimientos del alma, y son con relación a Dios, las señales de respeto y de amor que un hijo da a su padre.

3° El culto público no es más que el culto externo rendido a Dios, no por un simple particular, sino por una familia, por una sociedad, por una nación. Este es el culto social. Ciertos deístas pretenden elevarse por encima de las preocupaciones populares, no aceptando más culto que el del pensamiento y del sentimiento, ni más templo que el de la naturaleza. Tienen, según ellos, la religión en el corazón, y rechazan como inútil todo culto externo y público. Nada más falso que esta teoría, conforme se probará en las dos siguientes preguntas.

68. P. ¿Es necesario el culto externo?
R. Sí; el culto externo es absolutamente necesario por varios motivos:

El cuerpo es obra de Dios como el alma; es junto, por tanto, que el cuerpo tome parte en los homenajes que el hombre tributa a Dios.

El hombre debe rendir a Dios un culto conforme con su propia naturaleza; y como es natural al hombre expresar, mediante signos sensibles, los sentimientos interiores que experimenta, el culto externo es la expresión necesaria del culto interno.

El culto externo es un medio de sostener y desarrollar el interno. A no ser por las exterioridades de la religión y sus prácticas, la piedad interior desaparecería y nuestra alma no se uniría nunca a Dios.

a) Mediante el culto externo, el hombre rinde homenaje de la Creación entera, cuyo pontífice es. Se prosterna para adorarle, edificando iglesias, adornando santuarios, el hombre asocia la materia al culto del espíritu y, por su intermedio, la creación material rinde a su Criador un legítimo homenaje.

b) El culto externo es natural al hombre. Este, como hemos visto, es un compuesto de dos substancias, tan estrechamente unidas entre sí, que no puede experimentar sentimientos íntimos sin manifestarlos exteriormente. La palabra, las líneas del rostro, los gestos expresan naturalmente lo que sucede en su alma. El hombre no puede, pues, tener verdaderos sentimientos religiosos que vayan dirigidos a Dios, si no los manifiesta por medio de oraciones, cánticos y otros actos sensibles. El hombre que vive sin religión exterior, demuestra, por eso mismo, que carece de ella en su corazón. ¿Qué hijo, penetrado de amor y de respeto para con sus padres, no manifiesta su piedad filial?...

c) Hay más todavía: el culto externo es un medio eficaz para desarrollar el culto interno. El alma, unida al cuerpo, lucha con grandísimas dificultades para elevarse a las cosas espirituales sin el concurso de las cosas sensibles. Ella recibe las impresiones de lo exterior por conducto de los sentidos. La belleza de las ceremonias, los emblemas, el canto, etc., contribuyen a despertar y avivar los sentimientos de religión. Que un hombre deje de arrodillarse ante Dios, que omita la oración vocal, que no frecuenta la iglesia, y bien pronto dejará de tener religión en su alma. Lo averigua la experiencia. Con razón se ha dicho: “Querer reducir la religión a lo puramente espiritual, es querer relegarla a un mundo imaginario”.

69. P. ¿Es necesario el culto público?
R. Sí; es culto público es necesario.

Dios es el Creador, el Conservador y el dueño de las sociedades y de los
individuos. Por estos títulos, las sociedades le deben homenaje social y, por consiguiente, público de sumisión.

El culto público es necesario para dar a los pueblos una idea elevada de la religión y de los deberes que impone.

Es un medio poderoso para conservar y aumentar en todos los hombres el amor a la religión. El ejemplo arrastra, y nada es tan eficaz como el culto público para hacer popular la religión. Fuera de eso, el género humano ha reconocido siempre la necesidad del culto público, como lo prueban las fiestas, los templos, los altares establecidos en todos los pueblos.

Dios ha hecho al hombre sociable; no vive, ni crece, ni se conserva sino en la sociedad. Sus necesidades, sus facultades, sus inclinaciones, todo en el hombre justifica estas palabras del Creador: No es bueno que el hombre esté solo. De ahí la institución de la familia o sociedad doméstica; y también la de la sociedad civil que no es otra cosa que la prolongación de la familia. Un particular debe adorar a Dios en su corazón y expresar, mediante actos exteriores, los sentimientos de su alma: su naturaleza lo requiere así. Cada sociedad, compuesta de un cierto número de individuos a los cuales de entre sí, constituye una persona moral, que tiene sus deberes para con Dios, puesto que de Él depende, como el individuo. Es la divina Providencia la que forma y dirige las familias y las sociedades, y las eleva o las deprime, según sean fieles o no a las leyes divinas. Necesita, pues, la sociedad de un culto público o social para dar gracias a Dios por los bienes que sus miembros reciben en común: el estado social del hombre lo pide.

Sin el culto público, Dios no recibe el debido honor, y los hombres no comprenden la importancia de la religión. En la sociedad civil, para infundir respeto a la autoridad, se emplea el culto civil. Cuando el Jefe de Estado pasa por una ciudad, se levantan arcos de triunfo, flotan las banderas al aire, las bandas ejecutan marchas, lo jefes militares, vestidos de brillantes uniformes, van a saludar al gobernante, y las muchedumbres le aclaman Pues bien, el primer Jefe de Estado, el  Soberano de los soberanos es Dios. ¿Podrá el hombre negarle aquellos homenajes públicos y solemnes que rinde a sus representantes en la tierra? No, no; el culto público es necesario.

El culto público es el medio más eficaz para desarrollar los sentimientos religiosos. Suprimid en el hogar doméstico la oración en común, las buenas lecturas, el canto de plegarias, gozos e himnos, las imágenes sagradas, etc., y muy pronto los miembros de la familia dejarán de pensar en Dios. Entonces, el hijo pierde el respeto al padre; la hija a la madre; la unión, los afectos y atenciones mutuos dejan de existir¡ Qué triste y desgraciada es una familia sin religión!... En la sociedad civil, ¿hay algo más conmovedor que ver reunidos en torno del mismo altar a los gobernantes y a los gobernados, a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, formando una sola familia, arrodillada, delante del mismo padre?... El ejemplo ejerce una gran influencia y es soberanamente eficaz para excitar en alma el pensamiento y el amor de Dios.

Suprimid las iglesias, las asambleas, las fiestas, la solemne voz de la campana, las cruces erigidas en las plazas, y millones de hombres ya no verán nada que les obligue a decir: He aquí a tus hermanos que piensan en Dios; es menester que tú también pienses en Él. ¡Qué distinta una parroquia piadosa, de un barrio impío, donde nada recuerda a Dios y su culto!... Si prescindís del culto público, ¿de qué medio te valdréis para movilizar a las masas? Del teatro, de los clubs, de los cafés, de los lugares de orgías Cerrad  las iglesias y las capillas, y en seguida os veréis obligados a construir cárceles. Desterrad la religión de las calles y plazas públicas, prohibiendo las procesiones, y no tardarán en verse frecuentadas por otras procesiones de gentes que, por cierto, no es santa El culto público, por consiguiente, no es tan sólo un deber, sino también una cuestión de vida o muerte para la sociedad doméstica o civil.

70. P. ¿Qué se necesita para el culto externo y público?
R. Para el culto externo y público se necesitan la oración, los edificios sagrados, las ceremonias, un sacerdocio y días consagrados al culto. Estos cinco elementos se hallan en todos los pueblos.

1º Se necesita de la oración. Ella es una parte esencial del culto: con la oración se adora a Dios, se le alaba, se le dan gracias, se le ama, se le implora. De esta suerte, la oración incluye el ejercicio de las más excelentes virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la confianza, la oración honra todas las perfecciones divinas: el poder, la sabiduría, la bondad de Dios. La oración es la primera necesidad de nuestra flaqueza, el primer grito del dolor y de la desgracia. Es un instinto que Dios ha puesto en nosotros; el mundo ha rezado siempre, y a pesar de los sofismas de la impiedad, el mundo no dejará nunca de rezar. Nunca el hombre es tan grande como cuando se anonada ante el Creador para rendirle homenaje e implorar su socorro. “Yo creo, escribía Donoso Cortés, que los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Si nosotros pudiéramos penetrar en los secretos de Dios y de la historia, quedaríamos asombrados ante los prodigiosos efectos de la oración, aun en las cosas humanas. Para que la sociedad esté tranquila, se necesita un cierto equilibrio, que sólo Dios conoce, entre las oraciones y las acciones, entre la vida contemplativa y la vida activa. Si hubiera una sola hora de un solo día en que la tierra no enviara una plegaria al cielo, ese día y esa hora serían el último día y la última hora del universo”.

2º Se necesitan iglesias. Los edificios sagrados no son necesarios para Dios, porque todo el universo es su templo; pero lo son para el hombre, y los hallamos en todos los pueblos. En el templo estamos más recogidos, nos sentimos más cerca de Dios, rezamos en común, somos instruidos y excitados a la piedad por las ceremonias. Se necesitan casas especiales para los diversos servicios públicos: ministerios, palacios de justicia, casas consistoriales, escuelas, etc.; ¿y no se necesitarán iglesias donde el pueblo pueda reunirse para tributar a Dios un culto conveniente? Los edificios sagrados son tan necesarios para el culto, que los impíos comienzan a destruirlos, tan luego como tienen en sus manos el poder para perseguir a la religión. Si adornáis vuestros palacios, vuestras casas, vuestro monumentos públicos, con mucha más razón debéis adornar las iglesias, porque nada es demasiado hermoso para Dios.

3º Se necesitan las ceremonias. Ellas dan a los hombres una elevada idea de la majestad divina; estimulan y despiertan la piedad debilitada o dormida, y simbolizan nuestros deberes para con Dios y para con nuestros semejantes.

4º Se necesita un sacerdocio, es decir, presbíteros elegidos de entre los hombres para velar por el ejercicio del culto. Sucede con el culto lo que con las leyes: para asegurar el cumplimiento y aplicación de las mismas, se requiere jueces y magistrados; así también se requieren sacerdotes para vigilar por la conservación del culto y de las leyes morales. El sacerdote instruye, dirige, amonesta y preside los acontecimientos más importantes de la vida; él es quién, en nombre de todos, ofrece el sacrificio, acto el más importante del culto. 

En todas las religiones se hallan sacerdotes, señal clara de que todos los pueblos los han reconocido como necesarios. Si hay alguna religión que debiera prescindir de los sacerdotes, sería seguramente la protestante, puesto que no hace falta el sacerdote cuando no hay altar, cuando cada cristiano está facultado para interpretar la Biblia a su manera. Sin embargo, los protestantes tienen sus ministros, que, aunque desprovistos de todo mandato y autoridad, comentan el Evangelio. Los masones tienen sus logias, que vienen a ser su templo. Allí, con la aparatosa majestad de un pontífice, el venerable, revestido de ornamentos simbólicos, preside ritos y juramentos, que serían ridículos si no fueran satánicos. ¡Y los librepensadores!... Proclaman ferozmente a todos los vientos que no quieren culto ni sacerdotes; y después inventan el bautismo civil, el matrimonio civil, el entierro civil, etc., donde, en lugar del sacerdote católico, está el sacerdote del ateísmo, que parodia la liturgia y las oraciones de la Iglesia. ¡Tan cierto es que los hombres no pueden mudar la naturaleza de las cosas! No hay sociedad sin religión, ni religión sin culto, ni culto sin sacerdotes. Si no se adora a Dios, se adora a Satanás o a sus ídolos; si no se obedece al sacerdote de Dios, se obedece al sacerdote de Lucifer.

5º Se necesitan días especialmente consagrados al culto. Así como el hombre debe a Dios una porción del espacio, que le consagra edificando templos, también le debe una porción del tiempo, que le da consagrando al culto algunos días de fiesta. Todos los pueblos han tenido días festivos en honor de la divinidad, hecho extraño que sólo puede explicarse por la revelación primitiva. La división del tiempo en semanas, la santificación de un día cada siete, es una costumbre constantemente observada de todos los pueblos. “La semana, dice el incrédulo Laplace, circula a través de los siglos; y cosa muy digna de notarse es que sea la misma en toda la tierra”. El séptimo día se convierte en el día de Dios y en el día del hombre. Los pueblos cristianos lo llamaron domingo. Es el día en que Dios y el hombre se encuentran al pie de los altares y en que se establece entre ellos un santo comercio por el intercambio de plegarias y de gracias. Si no existiera el domingo, el hombre olvidaría que hay un cielo eterno que debemos ganar, un alma que debemos salvar, un infierno que debemos evitar ¿Es acaso demasiado pensar en esto un día por semana? Faltando la institución del domingo, los habitantes de un pueblo no se reunirían nunca para alabar a Dios y rendirle culto público y social. El domingo trae aparejadas otras ventajas:

Es necesario para el cuerpo humano, porque éste se abatiría luego sin un día de reposo por semana.  


Es necesario a la familia, cuyos miembros no pueden reunirse más que ese día para gozar de las verdades y dulzuras de la vida. 3º Es necesario a la felicidad social, porque la Iglesia es la única escuela de fraternidad, de concordia y de unión de clases. Por esto, hacer trabajar al obrero el domingo, no es solamente un crimen contra Dios, sino también un ultraje a la libertad de conciencia y a la fraternidad social. Faltar a las prácticas del culto público equivale a profesar el ateísmo y la impiedad, además de constituir un grave escándalo para la propia familia y para los conciudadanos del que falta a tan sagrado deber.