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lunes, 14 de noviembre de 2016

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

SOLOVIEV
(CONTINUACIÓN)

Desde este punto de vista, la enorme importancia histórica de Lenin consiste en haber cerrado el ciclo abierto por ese cardenal de Richelieu contra el cual se levantó la indignación cristiana, además de española, de Quevedo y Saavedra Fajardo, y que tan certeramente ha sido calificado por Belloc como destructor de la unidad católica de Europa. La labor del comunismo ruso se reduce a someter al imperio de la lógica la vida política moderna. No se puede combatir contra él con paliativos, ni mucho menos aun adoptando sus propios métodos, como se quiere decir por ahí que Tania espíritu pseudocrístiano.  Por lo visto, considera la lucha entre las dos ideologías más extremadas y trascendentales que han aparecido en el escenario de la Historia como simple contienda de personas. No. El remedio contra la G. P. U. no es la Gestapo, ni contra la Gestapo, la violación, en nombre de la libertad, de los principios fundamentales de la justicia y del derecho. Así como el comunismo, proyección social, la más violenta y extremada, del ateísmo no reconoce, al fin de cuentas, más adversario real que el cristianismo, es sólo recurriendo a la forma más integral —íbamos a decir también más violenta y extremada— de cristianismo, a la católica, apostólica, romana, vivida en, su plenitud, cómo podrá vencerse al comunismo. Mientras esta gran verdad no se convierta en clima histórico de hogaño, habrá que seguir desconfiando, por no decir desesperando, de la salvación de Europa. Este es el grande, el trágico fracaso de Solovief. Espíritu de envergadura análogas a de Dostoievski, pensó, al igual de él, que su patria se encontraba en vísperas de una catástrofe interior, eso sí, que a consecuencias de contiendas internacionales. Hasta le señaló de antemano, con categórica segundad, sus futuros —ahora pasados y vencidos— adversarios. Las derrotas militares provocarían, según él, la anarquía interna, a cuyo término, su optimismo incorregible le hacía ver, como iris de paz, la integración de esa patria purificada por el dolor, en la cristiandad de A pesar de todo, persistimos en la idea del fracaso, y de un fracaso que, a no mediar algún milagro de la Providencia, no lleva trazas de rectificación. Es que en el pensamiento de Solovief, la anarquía anunciada debía cumplir respecto de su patria misión semejante a la desempeñada por el dolor en la vida sobrenatural del cristiano, actuando a modo de aquellas noches místicas con que el Espíritu Santo va purificando las almas destinadas por Él mismo a los más excelsos grados de perfección: bajo la presión de tanto sufrimiento, la nación moscovita reconocería prácticamente sus errores, resolviéndolos en la aceptación fervorosa de la unidad. Es aquí donde comienza el fracaso de nuestro pensador. La anarquía hizo presa, efectivamente, en Rusia, pero —y esto es lo gravísimo—no la postró. Al contrario, dentro de ella ha encontrado el pueblo ruso esas inagotables energías que le han permitido triunfar en la contienda más colosal que han presenciado los hombres, a la vez que más decisiva para su porvenir histórico nacional. Hoy día el Imperio ruso, borradas por sendos triunfos las derrotas que en 1905 y 1917 le habían infligido, respectivamente, Japón y Alemania, se presenta ante los ojos de la burguesía aterrorizada más fuerte y amenazante que nunca. Es él, principalmente, quien venció al III Reich, conquistando de este modo para sí propio la hegemonía en el Viejo Mundo. Y naturalmente que tales circunstancias, lejos de redimirlo de la catástrofe moral en que se halla sumido, sólo pueden contribuir a confirmarlo más y más en ella, porque no ha de ser la victoria conseguida en virtud de ciertos y determinados principios lo que ha de decidir a abandonarlos a un pueblo que sólo se deja convencer por el testimonio de la fuerza.

¿Cómo pudo un espíritu tan lúcido engañarse hasta ese extremo? Para centrar la cuestión hay que tener en cuenta que, en sus años de juventud, Solovief militó en el partido de los eslavófilos, donde no pudieron menos de cobrar bríos, no obstante la amplitud de criterio que le bebió, en el ambiente del hogar, las inveteradas preocupaciones nacionalistas que todo ruso, sólo por serlo, lleva ya ahincadas en su espíritu. Utópico sería exigirle a un nacionalista de cualquier país comprensión del extranjero en cuanto tal y posición objetiva e imparcial (lo cual no es lo mismo que «indiferente») respecto de la tierra de sus mayores. En el error de Solovief, como casi en todo error histórico, hay ante todo falsa perspectiva frente a un hecho real. Si comparamos, en efecto, la Rusia de los zares con una Alemania presa en su mayor parte de la herejía; con una Francia que, infiel a su condición de hija primogénita de la Iglesia, sólo se preocupa — trascendental preocupación — de arruinar el poderío de la Casa de Austria, proclamando, a fin de lograrlo, con las fuerzas antieuropeas, para vivir, por último, de los postulados de su Revolución ; con una Italia, con una Inglaterra, constituidas en enemigas irreconciliables del Pontificado y de la unidad católica, todas las ventajas estaban de parte de Rusia, sin que pueda alegarse la existencia en dichos países de núcleos fuertes de auténticos católicos, porque aquí se habla de naciones en cuanto Estados en forma, para ajustamos a la expresión de Max Scheler, y no bajo el aspecto de conglomerados de células sociales. El hecho es que, en toda Europa, no quedaban más que España y la monarquía austrohúngara más o menos libres de contaminación; pero esta última, por su predominio sobre los eslavos centroeuropeos, no podía ser considerada por Solovief sino como un poder político del todo efímero, mientras que en lo relativo a España se encontraba, como ya queda dicho, en la más absoluta ignorancia.

Y aquí llegamos a la segunda causa del engaño de Solovief: su desconocimiento absoluto de la realidad espiritual hispánica  El haber tenido noticias acerca de ella habría ampliado considerablemente sus horizontes, descubriéndole aspectos nuevos y mucho más perfectos que los que él había visto, de llegar a la colaboración leal, sincera y continuada entre la Iglesia y el Estado. Era España la única nación que en el occidente europeo podía erguirse, limpia la frente y serena la mirada, ante la santa Rusia, para oponerle un sentido religioso mucho más auténtico, porque sin desconocer la importancia de la contemplación. — ¿podría desconocerla la nación de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, de San Pedro de Alcántara y de fray Juan de los Ángeles?—sabía intensificarla hasta el extremo de hacerla fructificar en acción. Solovief no supo nunca que la leyenda de San Nicolás y San Casiano con que comienza el libro primero de su obra encontró durante siglos amplio margen de ampliación fuera de los dominios en que entrecruzaban sus influencias la Iglesia y el Sacro Imperio, en el admirable proceso histórico de la Contrarreforma.

España era en la catolicidad lo que Rusia dentro del cisma: una nación que pudo llamarse santa con muchos mejores títulos que Rusia; pero que no quiso hacerlo porque su hondo sentido humano le hacía ver el desacato envuelto en la atribución de tan augusto calificativo a cierta entidad de orden formalmente terreno como es en sí la nación. Lo repetimos: la desgracia de Solovief estuvo en haber ignorado a España, y, por ignorarla, en creer que para constituirse en brazo armado de Dios se requería necesariamente «una masa enorme y compacta de Imperio». Para no perder el sentido de las proporciones, debió haber sabido que la nación española «sin apenas soldados, y con sólo su fe, creó un Imperio en cuyos dominios no se ponía el sol». Eran los seis millones de españoles, y no los dieciséis millones de franceses, ni los veintitantos de alemanes, los que dominaron el mundo en el siglo XVI; esto no lo supo Solovief, como tampoco llegó á saber jamás que la evangelización del continente americano se debió no a iniciativas particulares, sino a la voluntad oficial decidida y categórica de los reyes españoles, de aquellos excelsos jefes políticos que conquistaron para su nación, con su actitud, el título de monarquía misionera. Debió haber sabido, por último, que hubo un momento de la Historia —aquel momento extraño y superior de la especie humana, de que habla Taine— en que el Sacro Imperio romano germánico cumplió dignamente su cometido de cabeza temporal de la cristiandad y brazo armado de la Iglesia precisamente, cuando la diadema de Carlomagno fue a reposar en las sienes augustas de otro Carlos, del César español Carlos V. De haberlo sabido, cuántos motivos de meditación habría encontrado su inteligencia privilegiada en el hecho misterioso de que la única vez en que la universalidad de jure inherente al Sacro Imperio vino a fraguar en universalidad de facto fue cuando su misión excelsa se halló confiada a la decisión apostólica, la valentía y las armas españolas ! Solovief, como buen ruso, es mesiánico.


Anida en el alma rusa una especie de creencia instintiva de hallarse predestinada para cierta misión trascendental por el mismo Dios. Parece como si la convicción inquebrantable del hebreo respecto de sí propio de pertenecer al pueblo escogido y predilecto de la Divinidad se hubiera transfundido al alma rusa, sin considerar que lo que en el hebreo es creencia definida apoyada en el hecho Perfectamente histórico de la promesa de Dios a Abraham, no podría pasar, en el ruso, de vago e inconsistente sentimentalismo. La única convicción aceptable de tipo mesiánico para un pueblo no elegido de antemano por lo que es, es hacerse elegir por lo que haga. Ese es el caso del pueblo español. Porque mesiánico no hay duda que lo es; eso sí, que con un mesianismo no cerrado ni exclusivista, sino amplio, abierto, generoso, consistente en querer —a veces hasta exageradamente—que todos reconozcan la Verdad, así, con mayúscula. Consciente de la profunda diferencia que le separa de quienes han sido y continúan siendo aún los depositarios de la promesa —porque los dones de Dios son irrevocables (Rom., XI, 29) —el pueblo español comprendió desde el principio que para él no había más salida que hacer, como pueblo, padecer violencia al reino de los cielos, porque sabía que sólo los violentos lo arrebatan.