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sábado, 5 de noviembre de 2016

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL

VLADMIR SOLOVIEV


MUCHO ha llovido sobre Rusia desde que Solovief la estudió en sus relaciones con la Iglesia Universal. Lo que en justicia podríamos llamar la aventura rusa, o sea su incorporación más o menos efectiva a la civilización occidental, constituye en su hondo y gigantesco dramatismo uno de los episodios históricos más emocionantes por que ha debido pasar jamás nación alguna. Es la epopeya de un gran pueblo que, europeo de raza y cristiano de religión, se ve, no obstante, por diversas circunstancias de clima espiritual, privado de toda comunicación con sus hermanos de raza y religión occidentales, más cultos, progresistas y emprendedores. Su filiación bizantina en el orden religioso y, en el político, la lucha secular por la hegemonía entablada entre el Norte y el Sur, entre Moscú y Kiev, actúan como muralla infranqueable que impide al pueblo ruso alzar la vista por encima de sus fronteras para dirigirlas hacia el Occidente. Con la decisión de la lucha en favor de Moscú y la consiguiente unificación de la nación moscovita en tiempos del zar Alexis bajo la égida de la que, andando el tiempo, habría de ser por antonomasia la ciudad del Kremlin, no llega a despejarse por entero el ambiente, aunque se había ya dado un gran paso en este sentido; quedaba aún por resolver el problema religioso. No llegó a advertirlo el hijo del zar Alexis al lanzarse, con la precipitación y vehemencia con que se llevan siempre a la práctica los deseos largamente contenidos por el camino de una occidentalización que él creyó integral; no advirtió que toda etapa de extraversión colectiva supone resuelto el más fundamental de todos los problemas, que es el religioso, y que, por dejarlo en suspenso con su institución del Santo Sínodo, terminaría por venirse al suelo su colosal empresa política. Para la nación, mucho más aún que para los individuos, ser equivale a hacer. Cuando la persona individual deja de actuar, le queda por lo menos el recurso de refugiarse en su condición de substancia, que a su vez encuentra asegurada su vigencia en el existir, desde que persiste en su seno la actividad vegetativa.

El caso de la nación, empero, es muy distinto.

La nación es un todo moral, no físico como creyeron Hegel y Spengler. Su existencia se nos aparece así, bajo su aspecto ontológico, como de orden puramente accidental, viniendo a consistir, al fin de cuentas, en la unidad brotada de la convergencia de entendimientos y voluntades —de almas, en una palabra— en torno al mismo ideal. Ese carácter de accidente le impone hallarse en continua actividad, porque si el acto correlativo de la esencia sustancial es la existencia, el que corresponde al accidente es la operación. Podemos dejar inactiva a nuestra esencia humana por las condiciones que la afectan, como a todas las esencias, de inmutabilidad y necesidad; pero para la nación, inactividad suena lo mismo que muerte. Esa es la razón por qué a la etapa de unificación nacional sucede siempre otra de aspiraciones imperiales. No se pueden dejar inactivas fuerzas nacionales puestas ya en tensión. No podía Rusia en modo alguno constituir excepción a esta regla. Por eso, cuando el imperioso zar Pedro juzga suficientemente unido a su pueblo, no vacila en hacérselo sentir al Occidente, a ese Occidente que ante sus ojos ávidos se presentaba como dechado de civilización y de cultura. Para los limítrofes, el expediente es pura y simplemente la guerra. Y vienen Carlos XII y Poltava, Ingria y Careíia, y, por último, su coronamiento triunfal, San Petersburgo. Para los más alejados, es el rumor mismo de sus victorias, aviso bien elocuente de que en la inmensidad de las llanuras orientales se ha alzado un nuevo poder político, con el cual deberá contarse de ahí adelante, y que, al correr de tres siglos escasos, acabará por suplantar a los occidentales en el predominio europeo.

Aquí comienza la segunda y gran tragedia rusa —la primera había sido el cristianizarse en el cisma—el Occidente, con quien entra en contacto, es una cultura que, bajo apariencias de plenitud, se encuentra en trance apresurado de disolución. La Europa de fines del XVII es la Europa de Westfalia, la que, tras una larga serie de guerras y desolaciones atroces, logra, al fin, en Münster y Osnabrück, su anhelo de aniquilar en definitiva esa pervivencia, que aún duraba, de los tiempos medievales. Y esto debe tenerse en cuenta si se quiere comprender, en parte por lo menos, ese giro de cobardías y claudicaciones, de tolerancia aparente y degradante tiranía, de entremezcla monstruosa, en fin, de la verdad con la mentira, que va asumiendo, hasta el punto de parecer hacer de ella su carácter distintivo, la época repulsiva que estamos viviendo. Westfalia significa el triunfo legal —legal, no legítimo, por Dios-de la revolución moderna luterano-cartesiana. Hasta entonces, y desde que Felipe el Hermoso había concluido con el predominio político de los Papas por su triunfo sobre Bonifacio VIII, subsistían aún, si bien debilitados y no poco alterados en su auténtica fisonomía, ciertos jirones de cristiandad medieval. No era mucho, pero sí lo Suficiente, para que un buen día, v. gr., la nación española empuñara en sus manos evangélicas la gloriosa mutilada insignia y se lanzara no sólo a conquistar para la fe y civilizar el continente americano, sino también a restaurar en el propio reducto europeo, señorío del mundo entonces, la unidad cristiana. Fracasada en su aspecto europeo la empresa, los débiles restos medievales se recogen en España; fuera, comienza el reinado incontestable del espíritu moderno. Urgía, pues, sancionar cuanto antes jurídicamente el fracaso. De ahí Westfalia. En adelante, la Europa de Lutero y de Descartes, liberada de la pesadilla española, no encontrará obstáculo alguno en sus propósitos de asegurar el triunfo definitivo de la revolución internacional.

Con esa Europa, luterana en religión, cartesiana en su pensamiento humano, establece contacto la Rusia de Pedro el Grande. Y como no había entrado aún España, felizmente para ella, a formar parte de esa Europa, porque no habían tampoco venido aún a gobernarla los Borbones, resulta que para el pueblo ruso quedó sumida en las tinieblas de lo ignoto la única nación que, por experiencia propia, habría podido darle lecciones eficaces acerca de lo que constituye para, el cristiano la auténtica cultura. La falta absoluta de contacto entre la Rusia de Pedro el Grande y la España de la Casa de Austria puede considerarse como una de las mayores desgracias para el mundo moderno, sin que esto implique considerar como ideal la época española de Felipe IV y el Rey hechizado. Estadista de extraordinarias cualidades a la vez que terriblemente superficial, el zar Pedro corre como un alocado tras un orden social-económico que no tolera regulación alguna de orden moral; es la economía cartesiana, proyección colectiva de un cuerpo humano que ha venido a encontrar fuera del alma su formalización sustancial. No podía el espíritu ruso resistir la prueba, enervado como se hallaba por la anémica religiosidad de tipo bizantino; no podía contener los ímpetus acalladores de un progreso que los mismos pueblos de Occidente, aún vigorizados por su conexión de dieciséis siglos con el centro universal de la Ortodoxia, se habían sentido impotentes para reprimir. Y comienzan muy pronto a palparse los frutos de aquel gigantesco equívoco. Dos siglos de guerras victoriosas no son obstáculo para que en 1876 pueda ya afirmar la intuición profética de Dostoiewsky en el adolescente que la sociedad rusa se encuentra en vísperas de un tremendo cataclismo que la habrá de subvertir hasta en sus cimientos. Seguramente que la profecía permaneció ignorada del gran público, porque la recompensa con que los climas históricos de decadencia suelen premiar a los genios es el menosprecio, cuando no, lo cual es mucho peor, la conspiración del silencio. Tal parece haber acontecido entonces. Por lo menos, no parece haber hecho gran mella en Solovief, ya que varios años después, le vemos aún, no obstante su íntima amistad con el novelista, confiado en la trascendental pseudomisión religiosa de su patria. Entramos aquí, al referirnos ahora a ella, en la tesis central de su filosofía de la Historia.


Para Solovief, aparece, en efecto, como imposible que logre la Iglesia implantar en este mundo el reino de Dios sin el concurso de algún poder político. Su asombrosa inteligencia le permite encontrar, en la historia misma de la sociedad fundada por Jesucristo, un magnífico argumento a forsiori en favor de su tesis. Es un hecho —es él quien lo indica— que cuando, por incapacidad o rebeldía del poder político, se vio obligada la Iglesia a asumir por cuenta propia la cristianización de la vida civil, vino a resentirse su específica misión religiosa hasta el punto de adquirir cierta fisonomía externa más o menos profana. Es que espíritus como San Gregorio VII o Inocencio III aparecen sólo muy de tarde en tarde en la Historia. De aquí que, conscientes de los peligros a que se exponían como vicarios de Cristo si se entregaban por sí propios a la gestión de negocios temporales, los Papas buscasen constantemente la colaboración del poder político. Dos imperios, el bizantino y el germánico, elegidos por el sucesor de San Pedro para tan excelsa misión, no supieron responder a las esperanzas en ellos cifradas los emperadores bizantinos, por su odio más o menos solapado, pero siempre específico a la vez que irreconciliable, hacia lo católico; los monarcas germánicos, por no haber comprendido plenamente el problema social y político del cristianismo. En cuanto a los esfuerzos desplegados a espaldas y con prescindencia de la Iglesia por las naciones modernas, más vale no insistir en ellos. Si ya al señalarnos sus frutos nos habla Solovief del militarismo universal que transforma pueblos enteros en ejércitos enemigos, de antagonismos sociales profundos e irreconciliables, del relajamiento progresivo de toda fuerza moral en los individuos revelado en el número siempre creciente de locuras, crímenes y suicidios, ¿qué habría pensado ahora, al contemplar los horrores en que, presa de incontenible angustia, se debate la Humanidad entera, y el odio, verdaderamente diabólico en su abyección, sobre el cual, como sobre cimiento seguro, piensan los actuales insensatos dirigentes de la política internacional edificar el orden futuro del género humano?