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lunes, 21 de noviembre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

LA TÁCTICA DE HOY


La mano de los perseguidores no se fatiga ni se cansa. Sigue asestando golpes sobre la libertad de conciencia y aprieta hoy más reciamente que nunca los grilletes que tiene puestos al pensamiento y al espíritu del pueblo. Porque a pesar de todo y de los esfuerzos brutales y sistemáticos de descatolización, sentimientos, mentalidad, direcciones centrales de las almas, en fin, todo, continúa, siendo católico. Y la persecución se aferra en herir, en tasajear lo que es el nervio vivo, el resorte pujante de la vida interior de nuestra nacionalidad.

Con todo, debemos reconocer que el delirio actual de persecución es una brillantísima oportunidad de que se deje sentir todo el enorme, todo el gigantesco significado de realidad avasalladora e innegable que tiene el hecho de que los católicos forman la inmensa, la abrumadora mayoría del país. Y para hacerlo sentir, no se necesitan espadas, ni bayonetas; no se necesita de los comicios, ni de luchas electorales: basta hacer marchar la realidad, basta hacer marchar los hechos, basta poner en marcha a esa mayoría para que dé una carga recia de parálisis. No hay mejor manera de demostrar que el aire constituye un elemento esencial para la vida, como suprimirlo. Mucho antes de que sobrevenga la asfixia total, todos los labios se abrirán demacrados y ansiosos para proclamar al aire factor irremplazablemente vital.

Un procedimientos un tanto raro, un tanto extraño, pero siempre en todas partes eficaz, insuperablemente decisivo, para rendir a los déspotas y quebrantar sus caprichos, es el que consiste en apelar al recursos de atentar contra la propia vida. La célebre abanderada del feminismo inglés apeló a este recurso y se condenó a no comer, el día en que fue aprehendida. Al día siguiente o muy poco después fue puesta en libertad, porque su tenacidad en privarse de alimentos rindió, fatigó a sus perseguidores.

El caso de Alcalde de Cork, es relativamente más reciente. Este joven irlandés en los días en que ardió más enconadamente que nunca el debate de emancipación entre Irlanda e Inglaterra, se condenó también a la huelga del hambre y murió. Su actitud llegó a ser de significación mundial. Fue discutida por moralistas, teólogos, políticos y filósofos. Entre tanto él, delante de la muerte a la cual él mismo por su propia determinación se había condenado, altivo, arrogante, hermoso, deslumbradoramente bello, porque estaba resuelto a acabar más bellamente que como lo deseaba Heda Gabler en un libro de Ibsen y no como un suicida, sino como un héroe radiante de la libertad cristiana, contaba los pasos de la muerte y al mismo tiempo veía en derredor suyo a centenares de millares de esclavos que se agolpaban en su calabozo, que se arrodillaban a todas horas para que el martirio de la huelga del hambre fuera fecundo y vislumbraba el incendio del horizonte y sentía que una mano, la mano de la libertad, se posaba sobre su frente. Poco tiempo después de la muerte del insigne Alcalde de Cork, Irlanda daba un paso gigantesco en su liberación.

La nueva táctica de combatir contra los profanadores de la libertad, contra los violadores del derecho y de la majestad de la conciencia, se ha orientado por rumbos antes totalmente desconocidos. Hasta hace poco tiempo solamente se pensaba en matar y en reclutar batallones. En seguida se alzaba la bandera de la rebeldía y se derramaba sangre de hermanos. Hoy se va por otro camino. En Irlanda se fue por rumbos ignorados. Es cierto que Catón de Utica se mató poco antes que César lo hiciera prisionero y después de leer las páginas inmortales de El Fedón, que trazó la pluma encendida del genio de Platón. Sin embargo, el suicidio de Catón fue la muerte del último hombre libre de Roma. Al día siguiente fue enterrada la libertad, hasta que salió resucitada de las catacumbas. Porque apareció una enorme legión de hombres obscuros y de mujeres y niños débiles o inermes que se dejaban matar, para que su sangre ganara la batalla de la libertad. La táctica moderna no se parece a la espada de Catón y se semeja un tanto a la actitud de los antiguos mártires; pero va por nuevos senderos. Y hoy se piensa y debe pensarse en aplicar en la medida de lo posible el sistema del joven héroe irlandés que se dejó morir de hambre en medio de sus cadenas, detrás de los cerrojos de la cárcel del despotismo inglés y en presencia de millares de parias como él.

Se dirá que este sistema aplicado literalmente en el mismo sentido en que lo aplicó el Alcalde de Cork y en la misma forma empleada por la abanderada del feminismo en Inglaterra, fracasaría. Porque los esbirros de nuestro medio muy lejos de rendirse ante un hombre que se niega a comer, se regocijarían, dado que la crueldad y el desdén con que se trata a todos los católicos entre nosotros, no dan lugar a duda sobre ello. Y nosotros en este punto estamos perfectamente de acuerdo. Sin embargo, si la huelga del hambre al tratarse de un hombre, de uno solo de los parias, fuera a parar en el desastre, no sucede ni ha sucedido, aun entre nosotros, en más de alguna ocasión esto mismo, con un procedimiento bastante parecido a la huelga del hambre.

Hablamos de otra especie de huelga que aunque un tanto semejante a la del Alcalde de Cork, no pide, no exige, estar dispuestos a la muerte, ni pide ni exige más que unos cuantos sacrificios que ser de unánimes, coordinados, uniformes, simultáneos, constantes, caen como montaña sobre los déspotas y los rinde y los resquebraja. El procedimiento a que nos referimos es el luto, pero no un luto que se reduzca a clavar moños negros en las puertas y en las ventanas y que haga vestir crespones oscuros a hombres y a mujeres, no: ese luto debe tener como base esencialmente fundamenta, la abstención, no de tomar alimentos, no de apagar la sed, no de renunciar al sueño: se trata de abstenerse, en la mayor medida posible, de hacer las compras ordinarias y limitarse rigurosamente a lo indispensable para la vida en sus aspectos ordinarios.

Además, abstenerse de toda diversión, del empleo de toda clase de vehículos y de salir a la calle, a no ser que se trate de casos imprescindibles. Una abstención así, que remotamente, que muy lejanamente se asemeja, se parece a la huelga del hambre, cuando se sabe coordinar, entroncar todas las actitudes con oportunidad, con simultaneidad, con uniformidad, sin discrepancia, sin deserciones ignominiosas, lleva a toda la vida, lleva a todo el enorme resonante torrente de la vida ordinaria si no a la parálisis súbita y total, cuando menos a una parálisis parcial que se parece mucho a la otra y que acaba, que ha acabado siempre por fatigar, por desdoblar el puño de los perseguidores.

La campaña que los católicos de Jalisco emprendieron contra la reducción de sacerdotes consistió esencialmente en esa abstención de que acabamos de hablar. De pronto casi todos dudaban del éxito, los perseguidores se encogieron de hombros y rieron burlonamente. Pero a la vuelta de unos cuantos días y en seguida de unos cuantos meses toda la trama complicada de la vida de los negocios, comenzó a padecer la asfixia más o menos fuerte; hubo casas comerciales que quebraban y la parálisis comenzó a amenazarlo todo. Fue entonces cuando los que estaban vivamente interesados en la derogación del decreto, abrieron los ojos y hasta los mismos perseguidores, inclusive masones, incrédulos y liberales, quisieron ansiosamente dicha derogación.


Hoy se puede hacer otro tanto ante el furor de los actuales perseguidores. Hagámoslo. Háganlo por todas partes. Y la batalla se ganará ahora, se ganará mañana, se ganará siempre. Abstención uniforme, cerrada, simultánea, completa en los términos antes indicados. Es el recurso supremo y nuevo contra los verdugos de la conciencia. De manera que si se logra que la masa inmensa de los católicos salude aunque sea de lejos el espectro radiante y victorioso del joven irlandés que se condenó a la huella del hambre para liberar a su Patria, la libertad ganará la batalla para siempre.