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viernes, 18 de noviembre de 2016

EL PURGATORIO - La última de las misericordias de Dios - R.P Dolindo Ruotolo

DONDE VA EL ALMA


El alma se separa del cuerpo… La muerte es la consecuencia del pecado, y es común a todos los hombres. Aunque uno sea incrédulo, no puede huir de la realidad de la muerte. Todos tenemos que morir, lo sabemos, pero raramente encontramos quién se preocupe de ello, aún cuando se ha llegado a la extrema vejez. Yo soy viejo, tengo 77 años, sé que estoy cerca de la muerte, pero no siento en mí la muerte, siento la vida, aún cuando, por la vejez me doy cuenta que no tengo la fuerza para hacer ciertas cosas. La razón de este fenómeno interno, está en el alma y en su inmortalidad. Tenemos el alma que es inmortal, y como tal siempre joven. Al llegar a la vejez tenemos la impresión de una doble fisonomía: la primera es tener una cara y un cuerpo bastante diversos de aquel que es por los años, si nos miramos en un espejo o en una fotografía, tenemos una desconcertante sorpresa, porque notamos el inexorable deterioro del cuerpo. Es esta una fisonomía tan diversa de aquella que sentimos internamente. También este fenómeno es un testimonio de la realidad del alma inmortal. El cuerpo es instrumento del alma; cuando el instrumento está en mal estado y no sirve, se trata de arreglarlo. Cuando no sirve más, se lo elimina. El cuerpo, instrumento del alma cuando se envejece comienza a ponerse inútil. Se trata de mejorarlo, y puede servir todavía, pero menos que antes. Después se debilita hasta el gradual deterioro de los órganos, hasta que no pudiendo ser instrumento del alma, ésta lo abandona y llega la muerte. Los esfuerzos hechos para huir de la muerte con los médicos y las medicinas, a menudo la aceleran. El cuerpo responde menos al impulso del alma, y muere poco a poco, a medida que los órganos internos se destruyen. El corazón comienza a ceder, la circulación se altera, la respiración se vuelve dificultosa porque a los pulmones les falta fuerza, se cansan, y por el cansancio se acumula el anhídrido carbónico en el organismo, después el colapso, luego la muerte, la inevitable muerte.

¿Y el alma que hace? Como ella da la vida al cuerpo entero y a cada una de sus partes, permanece toda en el cuerpo, hasta que haya una célula viva todavía capaz de ser activada por el alma. Después, cuando también esta célula está incapacitada y el cuerpo va hacia la destrucción, entonces el alma se separa del cuerpo. Los dolores particulares del cuerpo humano se deben no sólo a la sensibilidad de los órganos, que por los nervios, se concentran en el cerebro y por el cerebro en el alma que lo vivifica, sino que son debido también a la falta de acción del alma, cuando no puede actuar completamente por los órganos del cuerpo. Aquellos dolores son como una muerte parcial que puede pasar del dolor al espasmo, como sucede, por ejemplo, cuando se saca un diente careado. La muerte por lo tanto es un dolor total, es la separación del alma del cuerpo en un espasmo terrible, que es temperado sólo por la agonía. Pareciera una paradoja, y sin embargo es así: la falta de la respiración tiene una función anestesiante, por el cual los dolores se siente menos. Por lo tanto, en la agonía de un moribundo poner una inyección activante, de alcanfor o similar, es un error que puede causar al moribundo espasmos terribles por el despertar de la sensibilidad, y este despertar podría llevar al moribundo a la desesperación. Como gusanillo que sale del capullo El alma es toda espiritual, y sale del cuerpo en la plenitud de la vida del espíritu, como gusanillo que sale del capullo y lo deja abandonado. Sale en la perenne juventud de la inmortalidad, intelecto y voluntad, que busca su objetivo: la Eterna Verdad y el Eterno Bien. Está fuera del mundo, y lanzado a lo alto, con razón tiende a ir sólo a Dios, su único fin. El alma sin embargo, no es como Dios la ha creado al infundirla en el cuerpo, no es como Jesús la ha redimido, sino que lleva consigo las propias responsabilidades y, éstas en el instante mismo de la separación del cuerpo, aparecen no en la nebulosa luz de la propia conciencia, sino en la esplendorosa luz de la Verdad eterna.

Nuestra conciencia es elástica, y se presta a justificaciones que no corresponden a la realidad, porque nosotros, por nuestro natural orgullo, tratamos siempre de justificarnos. En Nápoles, dicen con escultural expresión que “la conciencia es como la piel, cuando la estira se extiende”. Pero a la luz de la Verdad eterna, el alma se reconoce por aquello que es, con una evidencia que no puede encontrar disculpas o justificaciones. Es una sorpresa que es terrible si el alma está en pecado mortal, porque el pecado la vuelve horriblemente desfiguradas; si el alma está en gracia de Dios, pero manchada de pequeñas culpas, y deformada por las imperfecciones, experimenta una gran confusión. El alma condenada es como un peso que tiende al abismo, aun sintiendo la natural inclinación hacia Dios; el alma en gracia imperfecta es como un cohete…. Que no la puede llevar hacia Dios, porque no funciona, está atascado, no sale. El alma por lo tanto tiende no al abismo, que es lo contrapuesto a la gloria, sino que tiende a purificarse, y considera como un don el poder purificarse, aunque sea entre dolores. 


El alma en estado de pecado mortal está tan lejos de Dios, que permanece en un estado de muerte espiritual, cae en el abismo, como en una nueva espantosa vida, en la cual no encuentra sino el gusano de sus culpas que la vence atormentándola. Por esto, se genera en ella el odio, y los siete pecados mortales la vuelven infeliz, porque la siguen como si estuviera revestida de un nuevo cuerpo, cargado de todas las enfermedades. Conserva sin embargo, el natural ímpetu de criatura que tiende a Dios, pero este natural ímpetu no puede llegar a la meta que se vuelve atormentadora y repugnante, y por lo tanto no le queda más que desesperación y el eterno horror. Es como una sustancia putrefacta que no es más dulcísimo crema, sino agusanada masa. El alma en gracia pero en parte manchada, es como paloma de alas heridas que no puede volar, pero tiende a Dios con el amor, por el estado de gracia que la atrae a Él, y busca el modo de purificarse, implorándole su misericordia. El alma condenada es una miserable viajera que ha llegado al fin eterno de un peregrinaje. El alma en gracia es una viajera que ha llegado al fin a la vida eterna, pero en la purificación debe continuar todavía viajera, para purificarse en un penoso peregrinaje de amor. El condenado está en el eterno dolor, el ánima purgante sigue en el camino del peregrinaje, está todavía en el tiempo, y espera el feliz día, de la unión plena con Dios. Por esto el Purgatorio está todavía en el tiempo, y la purificación es
contabilizada con el tiempo.