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miércoles, 12 de octubre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

BAJO UNA SOLA BANDERA



Los católicos de México hemos padecido y padecemos la gravísima enfermedad del individualismo. En otros términos, nos aferramos demasiado a nuestros puntos de vista, a nuestros programas personales, a la bandera que hemos levantado en un instante de entusiasmo y de atrevimiento y no toleramos jamás que alguien toque nuestra empresa, ni mucho menos que se les una y se les entronque en un movimiento común. Esta enfermedad, que no merece otro nombre que el de individualismo crónico y reconcentrado, aparte de ser una aberración imperdonable y una señal inequívoca de orgullo, es una negación franca y abierta de la ley ineludible de la cooperación que ha presidido y preside todos los días la vida humana, aun en sus más imperceptibles manifestaciones. Bájese hasta la partícula de tierra más insignificante y allí se encontrará la ley de la cooperación traducida en admirable disciplina y jerarquía. Analícese la estructura complicada de los vivientes y del Universo y allí aparecerá esa ley suprema en sus mismas manifestaciones: disciplina, jerarquía, subordinación unidad. Pero nadie, como nosotros, se ha empeñado y por espacio de largos años, en renegar y contradecir la ley suprema que preside el orden y que le sirve de armadura, de oleaje impetuoso de combate, de organización y de victoria a la vez. Y por esto nos encontramos reducidos a la categoría ignominiosa de mendigos despojados por la revolución y a la categoría aún más ignominiosa de esclavos delante de los perseguidores de la Iglesia. Porque no hemos querido, no hemos sabido acatar la ley suprema de la vida humana que es ley de solidaridad, de disciplina, de cooperación, de subordinación y sobre todo de unidad, de manera que pensamientos, voluntades, brazos, corazones, palabras, caracteres, individuos., grupos, en pocos términos, todos: grandes y pequeños, sabios e ignorantes, hombres y mujeres, niños y jóvenes y viejos nos prestemos con la docilidad misma con que todos los días la vida amasa, bate, humedece, riega y modela nuestra carne y la sustancia de nuestro espíritu, para sacar de allí, del crisol ardiente que purifica sangre y carne y enciende el pensamiento y la palabra, el milagro radiante de los grandes que sobrepujan a todos los demás. Basta pensar en que si en un momento dado cualquiera de nuestros órganos se desarticula y se arranca del conjunto de nuestro cuerpo, cae en el más desesperante, en el más agotante raquitismo, para que se nos revele de un solo golpe de vista el hecho, hoy ya indiscutible, de nuestra ignominia, nuestro empobrecimiento, nuestra debilidad como individuos y como colectividad, en que nos ha venido a colocar nuestro individualismo feroz, nuestro encastillamiento en nuestros programas individuales y de campanario.

¿Cómo dar un paso así, apoyados exclusivamente en nuestras propias fuerzas, en nuestra propia personalidad, en nuestros programas, si se trata de una obra de reconquista nacional y se necesita la colaboración entusiasta, uniforme, de todas las energías del país? Sobre todo ¿cómo llegar a la victoria final sin tener una máquina que llena todo el país, que tiene resortes extendidos hacia todos los rumbos, de manera de poder mover la masa entera de las fuerzas de la nación o atacarlas en un momento dado? Y nuestra derrota, nuestros desastres, la noche profunda de nuestra ignominia, no arranca más que de allí: de nuestra idolatría por nuestras opiniones, por nuestras empresas, por nuestras obras: hemos sido desde este punto de vista víctimas de un liberalismo que a venido a negar audazmente la ley de la unidad, de la transfusión vital, de la solidaridad humana, que es ley suprema de progreso, de combate y de victoria. Y por haber negado esa ley, por no haber sabido ni querido practicar dócilmente la disciplina, que en todas partes se manifiesta y que Mauricio Barrés[1] ha sabido presentar en un libro que lleva el nombre paradójico de El Culto del yo, hemos tenido que pagar nuestra audacia, nuestro orgullo, nuestra ceguera, con la esclavitud que padecemos, con el harapo de mendigos de la libertad que llevamos sobre nuestras espaldas, con las cadenas que se hunden y escarban nuestro pensamiento y nuestros huesos.

¿Seguiremos a pesar de sentir todavía sobre nuestra frente la elocuencia atronadora de los hechos embriagada de sangre y de humillación, encastillados en nuestro propio pensamiento, en nuestros programa, en nuestra obra de ciudad o de campanario? ¿No tendremos el valor necesario para borrar las fronteras que nosotros mismos hemos trazado en nuestro derredor, para defender nuestro programa y no daremos un paso para estrechar la mano de todos nuestros hermanos y para juntarnos en un haz único que acabe con la esclavitud y la ignominia de cada uno y de todos, acabando con nuestro aislamiento y con nuestros programas de exclusivismo de campanario? Atrevámonos a romper esas fronteras, porque al otro lado de ellas está la única bandera, que al ser la bandera de todos será la bandera de la victoria de todos.



[1] BARRES, Mauricio (1862-1923). Literato y novelista francés, abogado, académico, diputado, da culto de yo y glorifica el valor y la energía, al escepticismo crudo y a la ironía.