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jueves, 22 de septiembre de 2016

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE

SEGUNDA VERDAD:
TENEMOS ALMA
EL HOMBRE, CRIATURA DE DIOS, POSEE UN ALMA INTELIGENTE,
ESPIRITUAL, LIBRE E INMORTAL


37. P. ¿Qué es el hombre?

R. El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma. El hombre es una criatura, es decir, un ser que viene de la nada por el poder de Dios. Es una criatura racional, es decir, inteligente, capaz de discernir el bien del mal, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Es la razón la que distingue eminentemente al hombre del animal y de las otras criaturas del mundo visible. El hombre se compone de un cuerpo y de un alma. El cuerpo es esta envoltura exterior, esta substancia material que vemos, que tocamos; se compone de diversas partes: son nuestros miembros y nuestros diversos órganos. El alma es una substancia invisible que vive, siente, piensa, juzga, razona, obra libremente y da al cuerpo el ser, el movimiento y la vida. La unión del alma con el cuerpo constituye al hombre y lo hace un ser intermedio entre los ángeles, que son espíritus puros, y las criaturas sin inteligencia o son vida, que son materia. Así, pues, el cuerpo y el alma son dos substancias distintas, y su unión íntima, substancial, personal, constituye el hombre.

38. P. ¿Es cierto que tenemos alma?

R. Sí; es muy cierto que tenemos alma, pues hay algo en nosotros que vive e imprime el movimiento a nuestros miembros; algo que siente, que conoce, que piensa, raciocina y obra libremente. Pero como el cuerpo por sí mismo es inerte, sin vida, sin sentimiento, sin inteligencia y sin voluntad, un cadáver, debemos concluir que hay en nosotros algo diferente del cuerpo, y ese algo es el alma. Se llama alma, en general, el principio vital que da la vida a los seres vivientes de este mundo sensible; la planta, el animal, el hombre. Pero como el alma del hombre es infinitamente superior a los otros principios de vida, en el lenguaje ordinario, la palabra alma designa el alma humana. Tenemos un alma. Todo efecto supone una causa; todo viviente supone un principio de vida. La materia no vive. Tenemos en nosotros tres facultades principales: estas facultades son otras tantas pruebas de la existencia del alma.

Estamos dotados de sensibilidad. Ahora bien, si tocamos un cadáver; nada siente. ¿Por qué? Porque el alma ya se ha ido de ese cuerpo.

Somos inteligentes. Tenemos la facultad de pensar o de tener ideas. Pero la idea es algo simple e indivisible. Sería absurdo decir que el pensamiento es largo o ancho redondo o cuadrado, verde o rojo Luego el pensamiento no puede ser producido por un principio compuesto de partes, como todo lo que es materia. Hay, pues, en nosotros un alma distinta del cuerpo, simple e indivisible como el pensamiento.

Tenemos una voluntad activa; mientras que la materia carece de movimiento y de acción propia. Si nuestro cuerpo se mueve a impulso de nuestra voluntad, quiere decir que está sujeto al poder de un alma que lo anima.

APÉNDICE

BREVE LECCIÓN DE FILOSOFÍA

Para conocer mejor al hombre es conveniente conocer también los demás seres que le rodean y le sirven. En este mundo visible no hay más que tres clases de seres vivientes: las plantas, los animales y el hombre. Admítase distinción entre las tres cosas siguientes:

1º El principio vital de las plantas.
2º El alma sensitiva de los animales
3º El alma inteligente del hombre.

1º El principio vital de las plantas. – Los actos de la vida vegetativa son tres:

1º, la planta se nutre;
2º, crece y se desarrolla;
3º, se propaga, es decir, produce una planta igual.

La materia bruta no vive; luego la planta necesita de un principio de vida. ¿De qué naturaleza es el principio vital de la planta? Los sentidos no lo perciben: sólo la razón, en vista de los fenómenos que ese principio produce, determina sus caracteres esenciales. Es simple, inmaterial, aunque de una manera imperfecta, puesto que no existe sino con la materia. Se diferencia de las fuerzas físicas y químicas del organismo, porque la química no puede producir ningún ser viviente, ni siquiera una substancia orgánica. Es producido por la virtud de la semilla, no obra sino en unión con el cuerpo organizado, y desaparece cuando la planta muere. Nosotros, los cristianos, sabemos que este principio vital viene de la palabra creadora de Dios, que ha dado la vida a los seres vivientes de la tierra y con ella el poder de reproducirse: Produzca la tierra hierva verde y semilla, y árboles frutales, que den fruto cada uno según su género, cuya simiente esté en él mismo sobre la tierra. Y así se hizo (Gén., I, 11).

2º Alma de los animales. – El animal posee una vida superior a la de la planta: goza a la vez de la vida vegetativa y de la sensitiva. Su alma, más noble y poderosa que la de las plantas, produce seis actos: los tres de la vida vegetativa: nutrirse, crecer y reproducirse como la planta, y los tres actos de la vida sensitiva. Efectivamente, esta vida se muestra por tres actos.

1º, la sensación: el animal conoce y experimenta las sensaciones de frío, de hambre o de placer o de dolor;

, el movimiento espontáneo: el animal se traslada de un lugar a otro;

3º, la fuerza estimativa y el instinto, que da al animal la facultad de elegir lo que le es útil y evitar lo que le sería nocivo. No hay más que un solo y único principio de vida en cada animal, en cada cuerpo orgánico: tenemos la prueba de la unidad indivisible de cada ser viviente; en la armonía de sus funciones, que tienden a un fin común; en la identidad persistente del ser, a pesar del cambio continuo de sus elementos materiales. El alma de los animales es una realidad que ni es cuerpo ni es espíritu: es un principio intermedio entre el cuerpo y el espíritu; aparece con la vida en el animal, es en él un principio de vida, y se extingue con la misma vida. El alma de los animales es simple, inmaterial, indivisible; si así no fuera, no sería capaz de experimentar sensaciones: la materia bruta no siente y la planta tampoco: Es el alma sensitiva la que da a los animales la facultad de sentir las impresiones de los exterior, la que los dota de sentidos exteriores, como la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y de los sentidos internos: la imaginación y la memoria sensibles. Con todo, el alma de los animales no puede obrar sino en cuanto forma con los órganos un mismo principio de operación; sin el concurso del cuerpo no puede producir acto alguno. Por eso depende absolutamente del cuerpo, y le es imposible vivir sin él. Esta alma es producida por la generación: viene con el cuerpo y con él desaparece. Sólo a la voz y mandato de Dios Creador la tierra produjo animales vivientes, cada uno según su especie. Dijo Dios también: Produzca la tierra alma viviente según su género (Gen, I, 24). La palabra de Dios es eficaz: basta que hable para que todas las cosas existan. Así, la Sagrada escritura afirma de una manera más explícita, que todos los animales tienen un alma que no es su cuerpo, y que esta alma viviente es el principio de la vida del cuerpo. Esta alma no es creada directamente por Dios, sino engendrada por la virtud que el Creador da a los primeros a animales para reproducirse. El modo como Moisés narra la creación de los animales y del hombre, muestra la diferencia esencial que existe entre ellos. El alma sensitiva, salida de la tierra juntamente con el cuerpo, desaparece con él en la tierra; mientras que el alma del hombre, soplo de vida infundido por Dios en su cuerpo, es la obra inmediata de Dios, recibe el ser por la creación, y debe volver a Dios, su Creador y Padre.

3º El alma inteligente del hombre. – El más noble de los seres vivientes de este mundo sensible es el hombre. Él posee la vida vegetativa: como las plantas, se nutre, crece y se sobrevive en sus hijos. Posee la vida sensitiva: como los animales, siente, se mueve de un lugar a otro y elige lo que le conviene. Pero, además, posee la vida intelectiva, que establece una distancia casi infinita entre el hombre y los seres inferiores. En el hombre no hay más que un solo y único principio de vida: el alma inteligente; es el mismo ser que vive, que siente, que piensa, que obra libremente. La unidad del hombre es un hecho más íntimo y más profundo que la conciencia. Aquí, como siempre, la razón y la fe marchan de perfecto acuerdo. El alma humana contiene de una manera superior las fuerzas del principio vital y del alma sensitiva, al modo que una moneda de gran valor contiene en sí muchas otras de menor valor. Ella produce, con relación al cuerpo y de una manera mucho más perfecta, todo lo que los principios inferiores producen en las plantas y el los animales; y por añadidura ejerce en sí misma y por sí misma los actos de la vida intelectiva. Esta vida intelectiva se manifiesta también por tres actos, los que son eminentemente superiores a los otros:

1º El acto de pensar, de formar ideas;

2º El acto de raciocinar, de inventar, de progresar;

3º El acto de querer libremente.

Una ligera explicación sobre cada uno de estos actos nos va a mostrar la diferencia esencial que existe entre el hombre y el bruto. El Concilio de Viena, de 1311, definió que el alma era la forma substancial del cuerpo. En cuanto forma substancial, el alma humana se hace su cuerpo transformado en carne humana los elementos materiales y comunicándoles la vida vegetativa, la vida sensitiva y la vida del hombre.

1º El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos, el universal, es decir, ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etc. No pasa lo mismo con el animal. Indudablemente el animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el conocimiento del animal está limitado a las cosas sensibles, a los objetos particulares. No tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material: ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con el placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.

El hombre conoce el bien y el mal moral. – El hombre goza del bien que hace, y siente remordimientos si obra mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: jamás hallaréis a un animal rastros de remordimientos. Así como no conoce la verdad, este alimento de los espíritus, tampoco conoce el deber, esta fuerza de la voluntad, esta alegría austera del corazón. El bien y el mal moral no pueden ser conocidos sino por la inteligencia.

2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. – El hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios y axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los días descubre algo admirable. El animal no raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía solo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido hoy como al siguiente día de haber sido creados. No cabe la menor duda de que el hombre, valiéndose de los sentidos, de la memoria y de la imaginación sensible del animal, puede llegar a corregirlo de ciertos defectos y hacerle aprender algunas habilidades; pero por sí mismo el animal es incapaz de progreso. El hombre puede amaestrarlo, pero él de suyo no tiene iniciativa.

Sólo el hombre habla. – Por su razón, el hombre posee la palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su naturaleza. El animal no lanza más que gritos para manifestar, a pesar suyo, el placer o el dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento.

3º Sólo el hombre obra libremente. – Es libre para elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo se dice: Yo podrá muy bien no hacerlo. El animal no es libre, y tiene por guía un instinto ciego que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos; y, si se le castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo. Por último, el hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y le adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos definían al hombre: Un animal religioso. Así, el hombre, a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera. Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es espiritual, creada a imagen de Dios. El hombre es el ser único de la creación que reúne a sí la naturaleza corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual mediante la inteligencia.


39. P. ¿Qué es el alma del hombre?

R. El alma del hombre es una substancia espiritual, libre e inmortal, criada a semejanza de Dios y destinada a estar unida a un cuerpo.

1º El alma es una substancia. – Una substancia, según la misma palabra, indica, es una cosa, una realidad que subsiste sin necesidad de estar en otra para existir.

2º El alma es un espíritu. – Un espíritu es un ser simple, inmaterial, substancial, vivo, capaz de existir, conocer, querer y obrar independientemente de la materia. Un espíritu es inmaterial, es decir, inextenso, indivisible, que no tiene ninguna de las propiedades sensibles de la materia, y no puede ser percibido por los sentidos. Dos condiciones se requieren para constituir un espíritu:

a) Es necesario que sea simple; inmaterial, indivisible.

b) Que sea independiente de la materia en su existencia y en sus principales operaciones.

3º El alma es libre, es decir, el alma posee la facultad de determinarse por su propia elección, de hacer una cosa preferentemente a otra, de obrar el bien o de hacer el mal. Esta facultad se llama libre albedrío.

4º El alma es inmortal, es decir, que la naturaleza del alma pide una existencia que no tenga fin: debe sobrevivir al cuerpo y no dejar nunca de vivir.

5º El alma es creada a imagen de Dios, porque es capaz, como Él, de conocer, de amar y de obrar libremente. Dios es un espíritu, nuestra alma es un espíritu; Dios es inteligente, nuestra alma es inteligente; Dios es eterno, nuestra alma es inmortal; Dios es inmenso, está presente en todas partes y todo entero en todos los sitios del mundo; nuestra alma está presente en todo nuestro cuerpo y toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo que ella anima. El alma es imagen de Dios.

6º El alma está destinada a unirse al cuerpo para formar con él una sola naturaleza humana, una sola persona con un yo único. El alma comunica al cuerpo el ser, el movimiento, la vida; y el cuerpo animado por el alma, completa la naturaleza humana de tal suerte que el hombre resulta de la unión de estas dos substancias.

40. P. ¿Cuáles son los principales cualidades del alma?


R. Las principales cualidades del alma son tres: el alma es espiritual, libre e inmortal. Estas tres grandes prerrogativas: la espiritualidad, la libertad y la inmortalidad constituyen la naturaleza del alma humana, la distinguen esencialmente de todos los seres inferiores y la hacen semejante a los ángeles y a Dios mismo.