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viernes, 2 de septiembre de 2016

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE


REFUTACIÓN DEL ATEÍSMO
MATERIALISMO – PANTEÍSMO – POSITIVISMO – EVOLUCIONISMO


15. P. ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?

R. No; es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre, son absurdos, imposibles. Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de  decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”. Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio: Dixit insipiens. Pero no termina todo en este aserto hay que explicar el mundo, el mundo existe... Cabe deslumbrar con palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas sonoras palabras nada explican. Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo, quédanos por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar: 

1°, la existencia de la materia; 
, la organización del mundo; 
3°, el origen de los seres vivientes. 

Estos sistemas pueden reducirse a cuatro:

, materialismo;
, el panteísmo;
, el positivismo,  
4°, el evolucionismo o darwinismo.




MATERIALISMO

16. P. ¿Qué es el materialismo?

R. El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna, y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos. Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman, haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida. Pues nada más falso, ni más imposible.

El Ser necesario no puede menos de existir; y es evidentísimo que la  materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en el mundo? ¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego la materia no es el Ser necesario.

El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita? Toda materia ¿no es limitada? La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es pues, infinitamente perfecta; luego no es el Ser necesario.

El Ser necesario es inmutable; y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas: las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria. El ateo es en realidad digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir.

Así:

Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.

Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un
movimiento que no tiene.

Admite una materia desprovista de inteligencia, y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se  gasta, que no se descompone nunca.

Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.

Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre. Los impíos modernos, capitaneados por Renán, han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el universo. Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dicen de donde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo. Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:

Es imposible que existan átomos sin un creador;

Es imposible que los átomos se mueven sin un motor;

Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente. Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes. Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que  ha servido para construir el mundo.

PANTEÍSMO

17. P. ¿Qué es el panteísmo?

R. El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias. El segundo sistema inventado para explicar el mundo, prescindiendo de Dios, se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Dios-energía, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede decir del panteísmo lo que decía Bosque del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo. “Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y  un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una cebolla, son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo como son el mismo dios. Si yo corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina... Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios... ¿Puede imaginarse nada más absurdo?...¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces! (MAUNOURY,‖Veladas de otoño).

El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia. Es un ateísmo hipócrita.

Admite efectos sin causa; porque si Dios no es un ser personal, distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único,  y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?...

Es contrario al sentido íntimo. Yo siento, sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no otro.

Contradice los enunciados de la razón, que destruye en Dios, y en el mundo atributos contradictorios.

El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda la idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.

N. B. – Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Tiene y Wacherot.

POSITIVISMO

18. P. ¿Qué es el positivismo?

R. El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como hipotético todo lo que cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita. El positivismo es el último progreso de la razón  humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet... no quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella... Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias  y las leyes que de ellas dimanan. Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios; Dios es una ficción, o, a lo sumo, una hipótesis, hoy completamente inútil. No hay alma espiritual: la idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra: una sola cosa existe, y ésta es la materia”. Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral  independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo: es un materialismo hipócrita. La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple  negación para destruir nuestras pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas. Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar. Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? – Otros cielos estrellados. – Sea, ¿Y más allá?... El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y solo Dios es infinito. Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.



GENERACIONES ESPONTÁNEAS – TRANSFORMISMO O DARWINISMO

19. P. ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?
R. Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del evolucionismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenan y rechazan.

Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas. Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.

Se llama evolucionismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos, por una serie indefinida, desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al evolucionismo su nombre, y así se llama también darwinismo. Estos dos sistemas, la generación espontánea y el evolucionismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital... Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio. Destruidos estos gérmenes, no hay producción alguna. Todos los animales están sometidos a la misma ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie. El darwinismo tiene por base fundamental la evolución de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza. Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas de las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentran absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros. Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible. Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras: 

Formalmente con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. 

Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia. 

Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce. Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa. Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría, como tal, una causa positiva. Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa. Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así, el hombre no puede proceder del mono: sería un efecto sin causa. “Ningún ser – dice Santo Tomás – puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa”. 

En resumen, el sentido común nos dice: No se puede dar lo que no se tiene; si ni se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia: luego no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes; luego existe fuera del mundo un ser superior que ha dado al mundo el movimiento, la vida, la inteligencia. Este ser es Dios.


CONCLUSIÓN: Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo. La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan... La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne. La creación, por el contrario, es digna de Dios. Crear es obrar con toda independencia; es no depender de su acción de ninguna materia ni de ningún instrumento. Luego la creación es posible. El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo. El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!

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